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El Psicoanálisis En Estados Unidos: Una Perspectiva Política

 
Voces del Norte 1

En esta serie de artículos discutiré la historia del psicoanálisis en Estados Unidos, concentrándome particularmente en los conflictos entre una visión amplia del psicoanálisis como teoría de liberación y una perspectiva más restringida del psicoanálisis como praxis clínica. Creo que mi propia perspectiva política se revelará fácilmente.

El psicoanálisis tiene una larga historia como movimiento social progresista dedicado a encontrarle alivio al sufrimiento generalizado. Como todos los movimientos de esta índole, los grupos revisionistas y reaccionarios han llegado a dominar en determinadas épocas y en determinados sectores de nuestro campo. Si bien estas tendencias han sido poderosas, no debemos sobrestimar su influencia ni permitir que nos hagan ignorar la historia o la realidad de gran parte del enfoque progresista que existe en el trabajo psicoanalítico actual. Y en especial, estas tendencias conservadoras no deben hacemos ignorar los imperativos teóricos inherentemente progresistas de todas las tendencias del psicoanálisis. Sin duda, toda perspectiva contiene elementos que pueden ser utilizados con fines reaccionarios (represivos), pero la tendencia básica de la posición psicoanalítica es progresista.
El hecho que una teoría sea progresista implica ante todo creer en la posibilidad de un cambio positivo. Aunque las personas no son perfectibles, sí son capaces de llegar a ser más felices y más éticas. Esta creencia se basa en varios supuestos:
1. Muchas personas viven gran parte de su vida en un estado de sufrimiento psíquico.
2. La gente en general y las personas individualmente son capaces de llevar una vida que les de mayor satisfacción que la que han tenido.
3. Aunque gran parte del sufrimiento es inevitable, una buena parte sí se puede evitar.
4. Las estructuras sociales son, en parte, producto de un esfuerzo por hacer que los privilegiados continúen gozando de sus privilegios y, de esta manera, lograr que sean menos infelices que aquellos a quienes explotan, aunque paguen por esto el precio de sentirse culpables e inseguros.
5. Se pueden mejorar las estructuras sociales.
Trataré de demostrar que el psicoanálisis, como fuerza social progresista en Estados Unidos, se ha visto debilitado por su constante división a lo largo de diversas fallas. La primera es la bifurcación que ha tenido la teoría social crítica tanto de la práctica diaria como de la teoría que la informa, de tal manera que, si bien la teoría crítica se ha desarrollado y continúa desarrollándose como crítica radical de la cultura, su impacto entre los terapeutas practicantes ha sido mínimo. Como resultado, la práctica clínica y la teoría pueden ser justamente criticadas por no apreciar lo suficientemente los factores sociales, y la teoría social puede ser criticada por mantenerse alejada del ámbito clínico.
Dentro del campo clínico, se pueden percibir otras divisiones. La primera es entre una versión del psicoanálisis represiva por ser rígida, autoritaria, elitista y moralista, la cual alcanzó su auge como el psicoanálisis oficial de Estados Unidos hasta muy recientemente, y un psicoanálisis más relajado, igualitario y accesible que actualmente está alcanzando un lugar preeminente. La segunda división que podemos apreciar es la separación entre la perspectiva intrapsíquica y la perspectiva interpersonal. La primera perspectiva acentúa en exceso los factores constitucionales e internos, a la vez que soslaya el impacto de la realidad interpersonal. Y la segunda perspectiva acentúa demasiado los factores externos a la vez que ignora y minimiza la realidad intrapsíquica.
Si bien los motivos que están detrás de estas divisiones son sin duda complejos, deseo plantear que un factor importante es el hecho de que un psicoanálisis cohesivo y de conciencia social sería una poderosa fuerza social progresista que amenazaría el statu quo cultural. Planteo que a medida que el psicoanálisis ha evolucionado en esta dirección, se ha visto enfrentado a fuerzas sociales conservadoras que ahora amenazan con reprimirlo.

La bifurcación entre la teoría social y la práctica clínica
Cuando el psicoanálisis y el marxismo alcanzaron su madurez en Europa Central durante la primera mitad del siglo XX, compartían un objetivo común y un medio común. El objetivo era entender y aliviar el sufrimiento humano. El medio era el análisis de la falsa conciencia. Ambos planteaban que los seres humanos participan en falsificaciones de la realidad, las cuales perpetúan tanto la desdicha individual como las estructuras sociales autoritarias. Aunque Freud consideraba que este proceso estaba motivado por fuerzas internas y Marx lo consideraba como una respuesta a la opresión externa, los elementos que tenían en común atrajeron la atención de los intelectuales de conciencia social en toda Europa y Rusia.
Las implicaciones sociales del psicoanálisis freudiano son aparentes y a la vez difíciles de entender. Freud consideraba que la cultura era una formación de compromiso generalizado entre las fuerzas del amor y las de la agresión. Para él la neurosis es una internalización individualizada de ese conflicto con las formaciones de un acomodo individualizado construidas sobre un patrón cultural. Algunas formaciones de adaptación, especialmente aquellas emprendidas dentro de un desarrollo inmaduro o bajo el impacto de algún trauma, son menos agradables y más dolorosas que otras. El psicoanálisis clínico fue un procedimiento para desarrollar una relación que permitiera entender y cambiar el impacto de esas internalizaciones. Si bien muchos de los primeros psicoanalistas creían en hacer un esfuerzo para que el tratamiento estuviera al alcance de los pobres, y de hecho trabajaban en clínicas públicas de bajo costo, también reconocían que todo tratamiento individual sólo podía tener un impacto social limitado, y que podía reparar sólo parcialmente el daño ya hecho. Freud escribió en una carta al profesor de medicina de Harvard, James Jackson Putnam, “reconocer nuestras limitaciones terapéuticas refuerza nuestra determinación de cambiar otros factores sociales para que las personas no estén obligadas a vivir en un estado desesperanzado” (Turkle, 1978, pág.142).
En El porvenir de una ilusión, Freud escribió:
“Uno tiene la impresión de que la civilización es algo que le impuso una minoría a una mayoría que se resistía, una minoría que supo cómo tomar posesión de los instrumentos que conducen al poder y a la coerción” (1927, pág.6).
Y añade:
“Ha de esperarse que estas clases desvalidas sientan envidia por el privilegio de que gozan las clases favorecidas y que harán todo lo posible por liberarse de las privaciones excesivas que sufren. Cuando esto no sea posible, existirá cierto grado de descontento permanente dentro de cualquier cultura” (1927, pág.12).
Si bien podía ver claramente que la cultura imponía su cuota de sufrimiento y que se la imponía a unos más que a otros, Freud no llegó a proponer un programa global de cambio social. Sí escribió sobre los efectos perniciosos de la educación religiosa y excesivamente restrictiva, y sí es cierto que abogaba por discusiones abiertas con los niños sobre el sexo y por la educación sexual de éstos. Aun así, Freud se mantuvo pesimista en cuanto a la realización de cambios sociales que pudieran tener efectos significativos a largo plazo. Consideraba que los marxistas eran completamente ingenuos. El enfoque de Freud era “hobbesiano”. Las personas son por naturaleza egoístas en su búsqueda del deseo. Es necesario domesticar su agresión y sexualidad para que la cultura se desarrolle. Aunque consideraba que la situación debía mejorar, ya que algunas personas sufren mucho menos que otras, parece que rechazaba la posibilidad de alterar radicalmente el balance entre la naturaleza y la cultura, ya que la cultura, en su opinión, reflejaba la naturaleza.
El historiador literario francés Faguet escribió que, si fuera cierto el planteamiento de Rousseau de que el hombre nace libre pero está por todas partes encadenado, entonces también sería cierto decir que las ovejas nacen carnívoras y que por todas partes comen yerba. Freud fue aún más tosco. Al referirse a la descripción que hizo Whilhelm Reich de los experimentos comunales en la nueva Unión Soviética, observó que tratar de deshacerse del conflicto de Edipo eliminando a la familia es como tratar de curar un mal intestino tapándose el ano (Berman, 1988).
Aun así, el psicoanálisis y el activismo social llegaron a ser aliados naturales. En la Unión Soviética prestalinista se realizaban experimentos sobre la crianza de niños basados en el psicoanálisis. Sin embargo, después de visitar la Unión Soviética, Reich (1974) llegó a la conclusión profética de que si no se hacía más por relajar la moral sexual, el gran experimento pronto se deterioraría hasta convertirse en una burocracia represiva.
En Alemania, una asociación un tanto amorfa de intelectuales liberales, todos afiliados de alguna manera al Instituto de Investigaciones Sociales de Frankfurt, se concentró en tratar de entender el significado subconsciente que tenían los procesos sociales y las instituciones, en particular la dominación, la opresión y el fracaso de las revoluciones. A este grupo y a sus estudiantes se les conoce en conjunto como la Escuela de Frankfurt, y a su método de análisis como la Teoría Crítica. El grupo original incluía a Walter Benjamin, Horkheimer, Adorno y Fenichel; y la segunda generación incluía a Habermas.
Aunque ha tenido una amplia influencia en la teoría legal y en la literatura, el impacto de la Teoría Crítica en el psicoanálisis clínico predominante desafortunadamente ha sido mínimo. Sólo recientemente, en el trabajo de analistas feministas tales como Jessica Benjamin y Nancy Chodorow, ha ejercido alguna influencia real en la teoría psicoanalítica predominante.
Contrario al caso de Freud, la teoría de Marx era visionaria y utópica. Expuso cuáles eran las condiciones necesarias para la revolución y su evolución hacia un Estado Utópico. El fracaso de la revolución en Alemania en 1918 y la rápida reinstitución de las fuerzas de dominación y represión después de la revolución rusa, hicieron que Horkheimer, Fromm, Adorno, Marcuse y otros les aplicaran enfoques psicoanalíticos a las preguntas: ¿Por qué las personas permiten que los opriman y por qué, de hecho, a menudo se identifican con sus opresores? Sus obras apuntaban hacia interesantes perspectivas y, además, incluían las primeras investigaciones sobre la personalidad autoritaria.
La teoría de Freud carece de una dimensión utópica. Consideraba que la civilización era, a lo sumo, un infeliz acomodo entre los deseos del individuo y las necesidades del grupo en general. Con el fin de desarrollar una visión utópica, Marcuse propuso la posibilidad de lo que él llamó una “sublimación no represiva”. De alguna manera tenía que ver con amar la sociedad como extensión de uno mismo, es decir, amar en forma narcisista. Desafortunadamente no se dirigió a la pregunta: ¿Cómo puede uno amar a los demás en forma narcisista y a la vez permitirles el derecho a tener una existencia separada? La visión de Marcuse es la de una utopía sexual polimorfa en la que las personas trabajan muy poco y viven en unión con la naturaleza. Su trabajo proporcionó la base teórica de muchos de los experimentos utópicos de finales de los años sesenta. Otros psicoanalistas críticos de la cultura norteamericana que escribieron en los años sesenta son Norman Brown, Franz Fanon, Grier y Cobbs, y la estudiante de Marcuse, Angela Davis.
Un resultado de la Teoría Crítica que tiene especial significado es un importante proyecto de investigación psicoanalítica encabezado por Adorno (Adorno et al, 1982) a finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta. Desgraciadamente, fuentes secundarias han simplificado su origen y sus consecuencias. Esta investigación fue financiada por el Comité Judío Norteamericano y su meta explícita era identificar a posibles fascistas y definir posibles formas de intervenirlos. Un supuesto básico de la escuela de Frankfurt era que “toda organización social produce las estructuras de personalidad que requiere para su conservación. En una sociedad de clases, la clase dominante asegura su posición, con el apoyo del sistema educativo y la familia como institución, asegurándose de que su ideología sea la ideología dominante entre todos los miembros de la sociedad” (Reich, 1972, xvii).
La hipótesis era que la personalidad autoritaria –y en este trabajo se refiere a alguien que voluntariamente sigue los dictados de una autoridad cruel– se nutre de una particular constelación edípica que le es común a una sociedad industrial/capitalista. En esta constelación, el padre está relativamente ausente y es ineficaz, o está relativamente ausente y es punitivo. El niño rechaza al padre y busca en el estado/cultura una estructura a ideales. Le da la espalda al padre sintiendo ira pero, a la vez, sintiéndose culpable, al haber destruido al padre en su fantasía. En su búsqueda por un nuevo padre ideal, la persona cae fácilmente bajo la influencia de autoridades que controlan al individuo, y éste dirige su ira y las proyecciones de su rechazo de sí mismo hacia enemigos y grupos externos. Por su simplismo a inclusivismo, Fanon (1963, 1967) incorporó variaciones de este tema para explicar el racismo, y más recientemente lo hizo Chodorow (1978) para explicar la falta de empatía entre los hombres.
El grupo de investigación de Adorno desarrolló un sencillo cuestionario diseñado para medir el grado de autoritarismo. Conocido como la “Escala F” y considerado válido aun cuando fue un cuestionario limitado a unas 14 preguntas (Ray, 1979), resultó ser un buen termómetro para medir las tendencias racistas. En efecto, la conclusión más importante de los cuarenta años de investigación con la “Escala F” ha sido la consistente relación que existe entre el autoritarismo –medido con una puntuación basada en esta Escala– y las tendencias a ideologías racistas. La relación ha sido descrita como “una de las más duraderas en la literatura de las ciencias sociales” (Ray, 1988, pág. 673). Aunque la metodología de Adorno fue ampliamente atacada y sus formulaciones psicoanalíticas criticadas, en una revisión de los más de 1200 estudios sobre el autoritarismo realizados hasta 1983, Meleon, Hagendoorn, Ranijankers y Visser (1988) concluyeron que dicho concepto del autoritarismo es válido y que las hipótesis sobre la relación entre el autoritarismo, el racismo, el conservadurismo y el sexualismo han sido confirmadas repetidas veces.
Existen varias razones para releer esta investigación y analizar sus conclusiones. Una es el hecho de que, dentro de la literatura psicológica, dicha investigación psicoanalítica y la hipótesis hacen caso omiso del desarrollo dinámico en que se basa. Se le niega su significado profundo y se le describe como una investigación de psicología social. Es un ejemplo más de un patrón que se repite: una investigación psicoanalítica que es atacada o ignorada por los psicólogos académicos. Cuando las conclusiones tienen tanto peso que no pueden ser ignoradas, entonces las separan por completo de la teoría y les dan explicaciones carentes de todo significado inconsciente. Los psicoanalistas, en su mayoría, también hacen caso omiso de la investigación.
Otro motivo para recordar el trabajo de Adorno, tal como parece ser el caso con toda investigación psicoanalítica, es que se han ignorado las implicaciones que tiene para la política social. Si bien muchos en la actualidad parecen estar ansiosos por unirse al coro de las explicaciones biológicas, las cuales se proponen explicar con causas genéticas a “la juventud que es dada a la violencia”, también parece ser que no somos capaces de tomar en serio aún la posibilidad de que podríamos desarrollar instrumentos para identificar actitudes autoritarias y racistas y las estructuras familiares/culturales que las nutren.
Es interesante contar con este historial al tratar de entender por qué el psicoanálisis en Estados Unidos ha llegado a ser considerado por muchos como políticamente conservador y socialmente impotente. Los poderosos instrumentos de investigación social, de análisis cultural y de cambio que la teoría psicoanalítica ofrece han sido, en su mayoría, ignorados tanto por los profesionales clínicos de la tendencia predominante como por los debates sobre la política social del Estado. El psicoanálisis ha quedado suspendido en el aire sin ningún vínculo a una organización oficial. Y lo que es peor, el campo clínico se ha visto sometido a fuerzas internas y externas que reducen aun más su relevancia social y hasta amenazan su supervivencia como modalidad terapéutica accesible a otros fuera de la elite minoritaria. Los siguientes artículos articularán con más detalle este proceso.

Michael Moskowitz
Ph.D., New York
mmos [at] otherpress.com

 

REFERENCIAS

Adorno, T.W; Frenkel-Bruswik, E; Levinson, D.J; Sanford, R.N. The authoritarian personality. NY: Norton. 1982
Berman, E. “Communal upbringing in the Kibbutz: the allure and risk of psychoanalytic utopianism.” Psychoanalytic study of the child. New Heaven: Yale University Press. 1988
Chodorow, N. The reproduction of mothering: Psychoanalysis and the sociology of gender. University of California Press. 1978
Fanon, F. The wretched of the earth. NY: Grove Press. 1963
––. Black skin white masks. NY: Grove Press. 1967.
Freud, S. The future of an illusion. Standard Edition. 1927
Meleon, J.D; Hagendoorn, L; Raaijmakers, Q; Visser, L. “Authoritarianism and the revival of political racism: reassessments in The Neatherlands of the reliability and validity of the concept of authoritarianism by Adorno et al.” Political psychology. 1988
Ray, J. “A short balanced F scale.” Journal of Social Psychology 109. 1979
––. “Why the F scale predicts racism.” Political Psychology. 1988
Reich, W. Sex-Pol: essays 1929-1934. NY: Random House. 1972
––. The sexual revolution: toward a self regulating character structure. NY: Farrar, Straus and Giroux. 1974
Turkle, S. Psichoanalytic politics: Freud´s french revolution. NY: Basic Books. 1978
 

 
Articulo publicado en
Octubre / 2000

Boletín Topía

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