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La esperanza: alcances de una pasión

 

Decía Freud que para el buen desarrollo de un tratamiento los terapeutas debíamos contar con la “expectativa esperanzada” de los pacientes, sin la cual las mejores medidas se tornaban ineficaces. Años después el psicoanálisis precisó los términos, y la esperanza pasó a formar parte de la transferencia positiva. Esta disposición, la que nos permite depositar nuestra confianza en el analista, es una expresión particularizada de una actitud más amplia que nos hace encarar la vida con la convicción de que nuestro ser puede desplegarse hacia el otro a través del amor, el trabajo, el arte, la ciencia, la humanidad, el mundo.
La especie humana insiste en la búsqueda de la felicidad y proyecta sobre la realidad externa sus deseos más profundos. Así como a nivel individual la vivencia de satisfacción es motor de búsqueda de eso que podría remitirnos a nuestro mayor placer, así también, en el plano cultural, la esperanza se ha ido plasmando en utopías, muchas de las cuales son escenificaciones espléndidas de una añorada Edad de Oro. Toda la cultura occidental ha organizado sus sueños en torno a construcciones ideales. Y organizando los sueños, le dio formas y contenidos a la vida real, que se constituyó en soporte de la tensión entre lo que somos y lo que deseamos ser. Siempre hubo, históricamente, una mirada dirigida hacia la ilusión de un mundo más bello y más justo: Platón, el cristianismo, Tomás Moro, Campanella, Bacon, la Ilustración, el positivismo, el socialismo utópico, el anarquismo, el marxismo, el hippismo; ofrecieron sus propuestas.
Permanentemente se trató, en esta riquísima historia cultural, de buscar otra realidad. Para poder hacerlo, era preciso tener proyectos, convicciones, audacia. Estar atravesado por la esperanza.
Pero hubo, a lo largo de este trayecto, algunas voces que alertaron sobre los riesgos de las utopías; el salvajismo y la destrucción que podían engrendar en su afán de perfección. Robert Stevenson, harto de la abrumadora eficacia de la sociedad de su tiempo, decía en El Club del Suicidio: “...a las comodidades modernas falta una sola cosa: una manera decente y fácil de abandonar el escenario: una salida trasera hacia la libertad (...) una entrada privada hacia la muerte.”(1)
La modernidad, gran fogonera de utopías, lo fue también de antiutopías, que, como sutil contracara, comenzaron a sucederse. Hubo expresiones de todo tipo, entre ellas, en el campo de la literatura, Los viajes de Gulliver, de J. Swift, La máquina del tiempo, de H. G. Wells, y más recientemente Un mundo feliz, de A. Huxley y 1984 de G. Orwell; sin olvidarnos del magnífico alegato antiutópico de los surrealistas, o de la obra de Cioran, o de bellas obras cinematográficas como Metrópolis de Fritz Lang, Blade Runner de Ridley Scott, Brazil de Terri Gilliam.
El siglo XX cuestionó a fondo los sentimientos esperanzados que habían alimentado la idea de un progreso infinito en materia científica, social, moral. Ya lo había planteado Nietzsche, lo sostuvo Freud y luego la Escuela de Franckfurt: la humanidad estaba saturada de destrucción; las gloriosas utopías de la modernidad terminaban en carnicería, en aniquilación de millones de seres humanos. Cada ideal de mundo nuevo estaba sostenido por persecuciones y matanzas.
¿Qué indicaba eso? ¿Debía abjurarse de la esperanza? ¿Había que concluir que palabras tales como “proyecto”, “compromiso”, “responsabilidad”, “fraternidad”, debían ser archivadas junto con otros recuerdos de épocas doradas? ¿Todo planeamiento esperanzado del futuro debía ser sospechado de fascista? ¿Toda utopía debía resolverse en totalitarismo?
La posmodernidad representó formas de vida y de relación en las que los sentimientos intensos fueron considerados de mal gusto; las pasiones, una excentricidad; el compromiso político, una forma enmascarada de manipulación del otro. Apareció lo que Lipovetsky llamó “la ética light”. Un hombre narcisista para un mundo extraño y hostil. Pero esto permitió también desarrollar una mayor tolerancia hacia las diferencias, lo cual tuvo un peso importante en el sostenimiento de la idea de que todos los seres humanos debían ser respetados por igual. Afirma Richard Rorty: “La concepción que estoy presentando sustenta que existe un progreso moral, y que ese progreso se orienta en realidad en dirección de una mayor solidaridad humana. Pero no considera que esa solidaridad consista en el reconocimiento de un yo nuclear –la esencia humana– en todos los seres humanos. En lugar de eso, se la concibe como la capacidad para percibir cada vez con mayor claridad que las diferencias tradicionales (de tribu, de religión, de raza, de costumbres, y las demás de la misma especie) carecen de importancia cuando se las compara con las similitudes referentes al dolor y la humillación; se la concibe, pues, como la capacidad de considerar a personas muy diferentes de nosotros incluidas en la categoría de nosotros.”(2)
¿Cómo se han ido reflejando en la clínica estos cambios conceptuales tan importantes? (No olvidemos que el psicoanálisis nació casi al mismo tiempo en que las utopías sufrieron más críticas por su pretensión hegemónica).
Deberemos decir que, en la actualidad, resultan anacrónicas las posturas que se obstinan en centrar sus interrogantes en qué quieren las histéricas o en qué consiste la deuda de los obsesivos. El sufrimiento humano, tal como se nos presenta, tiene que ver con la angustia ante una vida cuya preocupación básica puede consistir en saber cómo sobrevivir; cuándo cerrará el lugar de trabajo, en qué momento fracasará el proyecto de familia. Tener una buena AFJP, obviamente, no alcanza para aliviar esos males. Ni lucir una silueta fantástica, tener mucho dinero, aparentar quince años menos o muchas conquistas eróticas. Las metas que se impone una persona común en una sociedad como la nuestra están permanentemente acechadas por el fracaso, o a veces, lo que suele ser más grave; por el éxito. Esto conduce a estados depresivos, adicciones, actuaciones psicopáticas de todo calibre y, sobre todo, a una profunda angustia de “no ser”. ¿Con qué nos encontramos en estos cuadros sino con lo que Freud consideraba los despliegues de la pulsión de muerte?
André Green dice que los psicoanalistas de hoy, cuando pensamos en la neurosis, no tomamos ya como telón fondo la perversión. Afirma: “...el modelo implícito de la neurosis y de la perversión se funda ahora en la psicosis (...) los analistas oyen hoy en la neurosis menos la perversión, que la psicosis subyacente.” ¿Y qué es lo que representan las psicosis? Según Green: “...pulsiones de destrucción y psicosis son solidarias.” Por eso él invita a no confundir locura con psicosis. Sostiene: “...la locura, que es constitutiva de lo humano, está ligada a la vicisitudes del Eros primordial siempre en conflicto con las pulsiones destructivas.”(3) ¿Cuál es una de las manifestaciones más claras de esa locura asociada con los intereses de la vida? La pasión. Se desprende de esto que en un panorama clínico caracterizado por el predominio de la destrucción no podemos menospreciar el valor de Eros, de la locura, de las pasiones, que pueden constituirse en fuente de ligazones, de vida, de sobrevivencia de nuestra especie. Lejos estamos del momento en el que había que abocarse rigurosamente a sofocar las pasiones, fuente de todo mal. Se trata ahora de rescatar su valor, de buscar en ellas el vigor que nos permita salir del conformismo tanático, de la mediocridad de la repetición.
El analista actual se encuentra cada vez más obligado a ser una presencia sólida para el paciente, a mostrarle que está ahí para escucharlo de verdad y para hacerlo sin indiferencia ni con apuro. El analista debe “ser” (en el sentido en que lo decía Winnicott, cuando afirmaba que ser y sentirse real es lo propio de la salud) para ofrecerle a quien lo consulta un anclaje seguro y consistente en una realidad que, por un lado, ha perdido referentes, y que por el otro los ha multiplicado de una forma difícilmente controlable para el sujeto. El analista puede constituirse en esta presencia si conserva lo que en Freud era pasión de buscar la verdad. Esta actitud apasionada permitirá que pueda erigirse en esperanza de que otro a su vez se interrogue por la verdad de su deseo y pueda mantenerse en esa difícil empresa.
La esperanza en la fecundidad de nuestra disciplina será la que podrá impulsarnos a sostener la necesidad de investigar, de avanzar en el desarrollo de nuestro conocimiento, dejándonos guiar por la lucidez de los analistas que nos precedieron pero sin repetir sus dichos a la manera de catecismos. Esta esperanza nos permitirá explorar la subjetividad precisando cuáles son las categorías que mejor describen las formaciones de nuestro psiquismo; sin permanecer atados a conceptualizaciones que fueron útiles a principios del siglo XX, pero que en este momento resultan mezquinas para entender los hechos. Para ello deberemos recordar lo que decía Freud sobre la formación de los analistas. Deberemos rescatarnos de la apatía y estudiar no sólo nuestra materia específica, sino filosofía, antropología, historia de la cultura, religiones comparadas, epistemología, y todo lo que sea necesario para la apertura de nuestros horizontes conceptuales.
Con esperanza en nuestras posibilidades teóricas podremos desarrollar recursos técnicos que nos permitan escuchar a nuestros pacientes y transmitir nuestras interpretaciones; recursos éstos que no serán entonces meros ritos obsesivos ni manipulaciones seductoras o psicopáticas.
Desde mi punto de vista, sin analistas apasionados habrá rituales técnicos, habrá convocatorias multitudinarias, habrá “papers”, habrá discusiones sesudas en congresos autocomplacientes; pero no habrá análisis. Nos habremos quedado con la liturgia psicoanalítica, pero sin el espíritu revolucionario que dio origen a nuestra actividad.
Freud decía que la gran amenaza de la cultura era la pulsión de muerte y que la incógnita era si Eros iba a poder afianzarse lo suficiente como para prevalecer. Yo pienso que sin analistas esperanzados en que su tarea pueda contribuir a la acción de Eros, la aventura freudiana habrá perdido sus objetivos.
¿Eso quiere decir que necesitamos una utopía? Sí, siempre que podamos entenderla como recreación del sueño psicoanalítico de hacer conciente lo inconsciente y de constituirnos así en representantes de una postura ética que nos invita a hacernos sujetos de nuestros deseos y garantes de nuestras acciones.

María Angélica Palombo
Psicóloga
cronopio [at] fibertel.com.ar

 

Notas
1. Stevenson, Robert Louis, El club del suicidio, Nova Dell, México, 1969, Pag.19.
2. Rorty, Richard, Contingencia, ironía y solidaridad, Paidós, Barcelona, 1991, pag.210.
3. Green, André, De locuras privadas, Amorrortu, Bs.As., 1990, pag.253.
 

 
Articulo publicado en
Octubre / 2000

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