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Fármacos, represión y control

 

La autora en el libro Pandemia. Los secretos de una relación peligrosa: humanos, virus y laboratorios (editorial Sudamericana, 2009) relaciona el virus A (N1H1) con la famosa y letal Gripe Española de 1918 que fue provocada por un virus precursor del actual. Los síntomas, el mecanismo por el que mata, las lesiones que muestran las autopsias son idénticos en 1918 y 2009. Entonces hubo una primera ola benigna y una segunda que causó entre 30 y 100 millones de muertes en ocho meses. ¿Cómo saber si también esta vez habrá una segunda ola letal? Mónica Müller con un estilo apasionante y el rigor de una especialista devela una historia silenciada durante más de noventa años. Analiza los paralelos con el presente y echa luz sobre las zonas oscuras de la poderosa industria de los fármacos que hoy esta siendo investigada bajo acusaciones de escándalo. El presente texto fue elegido por la autora para ser publicado por la revista Topía. 

 

Nuestra relación con el universo microscópico es una historia de guerras. El estado de antagonismo permanente contra lo invisible y la producción de armas nuevas contra cada amenaza son característicos de la idea que los humanos tenemos de nuestra posición en el mundo. La industria farmacéutica lleva ese concepto a su punto máximo cuando promete para cada mal un remedio y presenta los hechos naturales y las etapas biológicas como enfermedades.

El hábito ya naturalizado de tomar una droga química contra cada síntoma es la consecuencia directa de esa forma de entender la salud y la enfermedad. El uso de antitérmicos es un claro ejemplo. La fiebre es un mecanismo de defensa muy ingenioso: si no existiera habría que crearla y su inventor entraría con honores a la historia de la medicina. La temperatura corporal elevada inhibe el crecimiento y la reproducción de organismos infecciosos y es la protagonista principal de una delicada cascada de reacciones inmunitarias que incluye la liberación de agentes antitumorales. A los virus se les complica la vida cuando la sangre supera los 38 grados; su fantástica capacidad de replicación se hace lenta hasta que quedan desactivados. La fiebre no es una enfermedad. La fiebre cura. Entonces ¿por qué los médicos recetan antitérmicos en forma rutinaria? Un residente de un hospital respondió con una honestidad desarmante: -Porque existen. ¿Y por qué los pacientes toman antitérmicos en cuanto su temperatura sube más allá de los 38 grados? Porque los médicos los recetan.

En nuestro mundo atravesado por la pulsión de consumir, la publicidad no respeta nada. Los fármacos son objeto de deseo tanto como los vestidos y los relojes. Hay drogas que quedan bien y otras que son demodées o poco elegantes, y muchas veces el único límite para tomarlas es la capacidad económica para comprarlas. Nadie quiere el antidepresivo que se tomaba hace diez años. Todos quieren el de Melanie Griffith, que acaba de ser lanzado en Estados Unidos y cuesta 100 dólares la caja.

Cuando un argentino tiene dolor de garganta o está resfriado va a la farmacia, elige al azar o por consejo del farmacéutico un antibiótico y lo toma como le parece. En lugar de comprar veinte comprimidos compra cinco porque no le alcanza la plata, o en lugar de tomarlo siete días lo toma dos porque enseguida se siente bien (no porque el antibiótico ya haya actuado sino porque la enfermedad concluyó su curso natural). Los farmacéuticos cuentan que muchos clientes piden “déme un antibiótico bien fuerte” o “déme el mejor, aunque sea más caro” como si estuvieran comprando un buen par de botas de trekking. No saben que no existe un antibiótico mejor ni uno fuerte, sino uno específico para cada caso. Sin saberlo, están favoreciendo la creación de una cepa bacteriana super resistente a todos los antibióticos conocidos, lo que pone en peligro su propia inmunidad y por un efecto de ruleta rusa darwiniana, la de todo el género humano. Pero esos pacientes no son responsables: creen en lo que su médico les dice y en lo que la publicidad les muestra como un valor confiable. Su médico muchas veces les indica un antibiótico cuando no es necesario, y los comerciales de televisión les aseguran que pueden volver hoy mismo al trabajo aunque estén con gripe, y tener mayor vitalidad, mejor humor y rendir más tomando determinadas drogas. Dos tabletas de aspirina, es la receta que los protagonistas de unos comerciales de TV dan para combatir el cansancio o el abatimiento. Una sola tableta de 500 mg. altera la coagulación de la sangre durante siete días y puede producir hemorragias gástricas. Y 1000 mg. no hacen más efecto que 500. Sólo duplican el riesgo de tener un grave accidente hemorrágico y las ganancias del laboratorio.

Todos los días alguien cuenta que por indicación médica está tomando amoxicilina por un catarro bronquial o un dolor de garganta. ¿Le hicieron un test rápido para saber si la causa era bacteriana o viral? ¿El catarro tenía una evolución sospechosa, o era la secuela natural de un resfrío que se resolvería tosiendo y expectorando durante una semana? 

-Me lo dieron por si acaso- es la respuesta más frecuente.

En el primer año de la carrera de medicina, a lo sumo en el segundo si uno es muy distraído, se aprende que las enfermedades virales no se tratan con antibióticos. En cualquier caso es poco probable que alguien se gradúe sin enterarse. Para alentarnos a afrontar el arduo plan de estudios, un profesor de anatomía nos decía que si uno deja un ladrillo en la puerta de la Facultad de Medicina y seis años después lo retira, se lleva un médico. Con seguridad, aún ese médico estaría al tanto de la diferente terapéutica que requiere un cuadro viral y uno bacteriano. Sin embargo, esas indicaciones absurdas son la rutina diaria en guardias, consultorios y clínicas privadas y hospitales públicos. Y son posibles porque el sistema de salud las consiente con la aprobación o el silencio.

La venta libre de antibióticos es un mensaje tanto para los pacientes como para los profesionales. Si cualquiera puede tomar el que en otra oportunidad le recetó un médico simpático o el que tomó una amiga que sabe mucho de medicina ¿qué le impide al médico recetarle uno a un paciente que no lo necesita?

Los corticoides son otra familia de drogas salvadoras que se indican en forma superflua y abusiva y en consecuencia los pacientes utilizan a la ligera. Son recursos milagrosos frente a reacciones alérgicas inflamatorias que pueden comprometer la vida, pero para hacer su efecto supresor ponen al organismo en estado de alarma. Si a uno lo corre un león las glándulas suprarrenales segregan adrenalina, un corticoide natural poderoso que sale al torrente sanguíneo para llegar a todos los órganos y tejidos y poner en suspenso una serie de funciones poco importantes para dar lugar a otras imprescindibles en esa coyuntura. La inflamación que las células experimentan como respuesta a una agresión desaparece en segundos. La sangre afluye a los músculos en cantidad suficiente para que tengan fuerza para correr en sentido contrario a donde está el león y los bronquios se abren para que no falte oxígeno en esa carrera desesperada. Por eso son potentes broncodilatadores. Pero tomarlos en forma crónica pone al organismo en un estado de alarma permanente, como si todo el día y todos los días lo estuviera corriendo un león. Alteraciones de la inmunidad, osteoporosis, destrucción del cartílago de crecimiento en los chicos, acumulación anormal de grasa corporal, estrías cutáneas y alteraciones psíquicas son algunos de sus efectos secundarios que aparecen con el uso masivo o continuado. Sin embargo, muchos médicos los indican en forma automática por una inflamación de la garganta, una otitis o la extracción de una muela, cuando una articulación se inflama por una torcedura o cuando un músculo duele por una contractura. Los deportistas profesionales reciben con frecuencia corticoides inyectados en el punto de la inflamación para que puedan volver a salir a la cancha o al ring como si no estuvieran lesionados. Para las empresas comerciales el dolor no es el mensaje de auxilio de un tejido que sufre y necesita reposo, sino un obstáculo para el cumplimiento de un contrato.

Bien mirado, casi todo nuestro vademécum oficial está compuesto por drogas anti-cualquier reacción defensivadel organismo. La tos, que expulsa hacia el exterior partículas que de otra manera podrían llegar a los pulmones, es un síntoma temible que hay que conjurar por cualquier medio. Una diarrea o un vómito, mecanismos autolimpiantes liberadores de toxinas, una manchita roja en la piel o mocos verdes en la nariz merecen un llamado de urgencia al médico y el pedido de una receta que “corte” el síntoma. Si el médico está de vacaciones la solución está en la farmacia, donde le venden a elección y sin receta antibióticos, antihistamínicos, antitusivos, analgésicos, corticoides o antiinflamatorios, lo que el cliente pida.

La pasión creciente por las drogas es un fenómeno mundial motorizado por el marketing especializado, pero en la Argentina parece estar tomando un ritmo enfermizo. Entre 2002 y 2008 el consumo pasó de siete a trece unidades (cajas o blisters) por persona.[1]

Nadie le da tiempo a su inmunidad para que pelee y salga fortalecida del encuentro con un microbio. Y nadie tolera sentirse cansado, dolorido, débil o triste. La tristeza, sobre todo, goza de muy mala fama. La vulgarización de términos provocada por un exceso de psicoterapias pret à porter hace que se la llame depresión aunque uno tenga buenos motivos para estar triste. En consecuencia se la trata como a una enfermedad, sacudiéndole dos o tres fármacos a la vez para inhibir sus desagradables síntomas: el llanto, la queja, la falta de deseo y la reflexión penosa.

Desde hace más de veinte años el casal argentino psicóloga-psiquiatra canta siempre la misma letra con independencia del paciente que tenga en el diván: un antidepresivo + un ansiolítico. Sólo las drogas y las marcas cambian cada año según los nuevos lanzamientos de la industria. Lo que antes era fluoxetina ahora es venlafaxina. Lo que antes era bromazepam ahora es clonazepam. Lo que antes era trabajo psicoanalítico arduo, interesante y profundo ahora es un service superficial para suprimir esas odiosas lágrimas que nadie quiere ver.

En algún punto del tratamiento la psicóloga, que como las azafatas casi siempre es mujer, deriva al paciente a su coequiper psiquiatra, que como los comisarios de a bordo casi siempre es hombre. El diagnóstico y la terapéutica serán siempre los mismos: “usted está deprimido y ansioso; va a tomar esto y esto durante unos años para aprovechar mejor su terapia”.

No hay evidencias de que la tasa de suicidios haya disminuido desde que se generalizó y se multiplicó en forma geométrica el uso de antidepresivos. Las estadísticas mundiales son contradictorias y cada una relativiza a la siguiente. Lo único seguro es que en los dos últimos años en los Estados Unidos hubo un alarmante aumento de casos entre los niños y los púberes y también entre los soldados que vuelven de llevar la democracia al mundo bárbaro, aunque en general son puestos bajo tratamiento psiquiátrico desde el momento mismo en que vuelven a pisar la tierra donde nacieron. Es comprensible: el suicidio puede ser un alivio en los países donde rige la prohibición de estar triste.

Estuve en Nueva York en noviembre de 2001, un mes y medio después del atentado contra las Torres Gemelas. Por toda la ciudad había altares espontáneos con retratos de personas desaparecidas, flores, poemas, mensajes desgarradores y esperanzadas sartas de grullas de origami. Dos estaciones de subterráneo estaban clausuradas, aplastadas por los escombros y atravesadas de arriba a abajo como brochettes por vigas de hierro. Las primeras planas de los diarios anunciaban el inminente apresamiento de Bin Laden con títulos de Play Station en tamaño catástrofe: “Bin Laden is on the run!” “We got him!”. A cinco cuadras a la redonda del lugar donde habían estado las torres flotaba un olor fuerte a caballo muerto. Debajo de los escombros todavía quedaban más de mil cadáveres descomponiéndose. Dos veces por día camiones hidrantes rociaban los despojos con líquidos desinfectantes. Por las ratas, me explicaron mis amigos. Compré una cámara de fotos en un local a 100 metros de las torres. Desde el segundo piso se veía el interior de algunas oficinas: cortinas blancas flameando por fuera de las ventanas descalabradas, un escritorio intacto de diseño exquisito; frente a él dos sillas del mismo juego volcadas, papeles volando y planeando hacia la calle. Cuando quise probar la cámara me advirtieron que estaba prohibido hacer tomas de las ruinas.

La gente parecía activa y sonriente como siempre. Bush indicó con tono enérgico: “¡Ahora hay que consumir, consumir, consumir!” Los locutores de radio de voz estentórea instaban a salir y comprar como si nada hubiera sucedido: -Pass and move on! –repetían como un mantra capaz de convencer de que no había pasado nada y la vida continuaba. Le pregunté a mi amigo neoyorkino más sensible si podía dormir, si no estaba asustado, impresionado o angustiado. Me contestó que no era hora de lamentarse. Para los americanos era hora de trabajar y producir, no de llorar. Ante esa respuesta tardé un poco en hacerle mi segunda pregunta de sudaca sensiblera. Por fin me animé y sin vacilar me aseguró que no, que no sentía olor a caballo ni a ningún otro animal muerto a quinientos metros alrededor de las torres.

Esta experiencia es un indicio pero no permite afirmar que el delito de estar triste sea un invento estadounidense. Cuando en agosto de 2000 el submarino nuclear ruso Kursk se averió y quedó encallado en el fondo del mar de Barents con 118 marineros a bordo, las cámaras de televisión se demoraron filmando a las madres de los tripulantes mientras miraban el punto en el agua donde a 108 metros de profundidad sus hijos vivían sus últimas horas en lenta agonía. Una de ellas, llorando desesperada, increpó a los responsables del martirio de su hijo. Un brazo masculino con uniforme azul y entorchados dorados apareció de la nada y la sujetó mientras una enfermera le clavaba una jeringa y le inyectaba un sedante. Dos segundos después la mujer cayó inconciente y una ambulancia se la llevó fuera del alcance de las cámaras.

La pena y la ira, como la vejez y la muerte, se han transformado en espectáculos bochornosos que nadie quiere presenciar. Los fármacos para disimularlos, neutralizarlos y controlarlos son un bien tan valorado en nuestra civilización que casi nadie sabe vivir sin ellos.

 

Mónica Müller

Médica homeópata

ememe06 [at] yahoo.es

 

 

Nota

 

[1] “Se duplicó en seis años el consumo de medicamentos” http://edant.clarin.com/diario/2010/01/24/sociedad/s-02126083.htm, Clarín, 24 de enero de 2009.

 

 

 
Articulo publicado en
Noviembre / 2010

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