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La guirnalda sórdida

 
Columna

Las imágenes capturadas han dejado en último lugar su empleo como medio de elaboración estética y de memoria, de registro histórico, para ser ahora un medio de comunicación directa que usufructúa su potencial de inmediatez y de condensación.

Sin embargo, y a pesar de la convicción manifiesta de eminentes teóricos que aseguran la efectividad de un sistema semiótico de la imagen, aquí afirmaremos más bien que la imagen sólo forma parte, se aviene a componer un sistema semiótico, que en ese sentido ella es más bien pre-semiótica y pro-semiótica ya que, en tanto imagen recortada, tiende a la articulación simbólica, de la que casi nunca se separa del todo, pero tampoco coincide con ella plenamente. En los registros de la materialidad psíquica ella es más primaria e implica menores mediaciones que el elemento específicamente lingüístico. En la imagen viene mezclada la producción discursiva que le da sentido con la posibilidad de impugnar su consistencia, de excederla. Es capaz de asolarse y de afirmar su predominio en un mismo acto. La única materialidad que coincide sin resto con la dimensión sígnica es la escritura, en tanto está fatalmente sometida a la legalidad de la traducción. La imagen y el significado son aquello que se mantiene más estable en el pasaje de una lengua a otra, de un sistema a otro. La imagen, además, conserva su base en lo perceptual, en la estimulación sensorial, lo cual es tenido en cuenta actualmente por el rédito de sus efectos, que entran en el cálculo de la productividad: efectos de una excitación desligada de argumentos.

Si la llamada cultura de la imagen es un avatar de la cultura, también representa una dilapidación progresiva de lo que hasta ayer se entendía por este término en occidente: la cultura letrada, el culto al texto. Los últimos giros en las formas de producción de subjetividad apuntan a desarticular en lo posible toda instancia negativa o dialéctica. Por sobre la oposición entre lo represor y lo reprimido, ahora abundan efectos de dominación a través del estímulo, del éxtasis sostenido compulsivamente, sin cauces de realimentación negativa, a pura adicción. El mundo del pensamiento único, formulado como dispersión, ha trastocado la dialéctica cultural -como se viene advirtiendo en el campo de la teoría crítica desde hace décadas- pero también ha trastocado, hoy de la manera más evidente, la dialéctica pulsional. ¿Cómo? Volviendo fluidas o anulando las dialécticas fundamentales: orgánico-inorgánico, dormido-despierto, trabajo-descanso, presencia-ausencia, interno-externo. En el centro de esa agonía de las fronteras está la consagración de la imagen. La frontera es un fenómeno que se soporta en la materialidad histórica de las lenguas y el principal organizador de sus legalidades es la traducción. Las imágenes, por su parte, abarcan enormes zonas en donde la traducción resultaría innecesaria, donde ella se presenta siendo lo que es, a través y a pesar de las fronteras.

Por eso una de las ficciones más fuertes, populares e iniciáticas sobre la época de la conectividad, la película Matrix, muestra al sistema productivo desde una indistinción de sus registros, de la cual sólo se sale habitando una resistencia que se constituye ya en otro mundo, necesariamente en otro mundo, porque en el mundo virtual -la realidad compartida- no hay manera de resistir. No habría fronteras dentro del mundo, sino que habría sólo una lógica excluyente, adentro o afuera. Esto se presenta como autoevidente y no resulta fácil para cualquier sujeto ni en cualquier momento descubrir que tal proyecto no recubre toda realidad efectiva o en potencia.

Como lo dijo entre sus primeras frases una paciente de quince años: “No soporto el positivismo actual”. Lo escuché con desconcierto y creí que la sesión se abría hacia cuestiones epistemológicas con ropaje académico incluido. Muy bien, me dije, veremos qué pasa acá. Pero claro, ella iba a referirse a toda la perorata circundante sobre “ponerle energía positiva a las cosas”, a que “lo que sucede conviene”, etc., a lo insoportable de un sentido común que confunde la superación del dolor con la negación del conflicto.

El positivismo que naciera en el siglo XIX trajo extravíos y no poca destructividad, pero era una filosofía con la que se podía debatir en torno a variables históricas sopesadas. Discutiendo al positivismo aprendimos a ser más lúcidos sobre algunas derivas del capitalismo y viceversa.

El problema que encontraba esta adolescente era que con este conjunto de ideas volátiles, sostenido por adultos y pares, no se podía establecer discusión alguna y que, para colmo, esa tendencia tan repleta de candidez como de mala fe invoca lo imposible con tal de evadir una réplica, no ingresa en controversias, pretende no admitir contrastaciones históricas.

El panorama es desalentador, pero confiemos aún en la sospecha, como afirmaba esta joven analizante, de que “esa diversión es demasiado aburrida para ser real”.

Juan Melero

Psicoanalista, Rosario

jxmxmx [at] hotmail.com

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Articulo publicado en
Julio / 2016

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