Los caminos insospechados de la adaptación | Topía

Top Menu

Los caminos insospechados de la adaptación

 

En 1966 se produjo un descubrimiento de enormes consecuencias para la teoría de la evolución. La tumba de un niño Neanderthal poblada de objetos Cromagnon, objetos de un eslabón evolutivo que, se suponía hasta ese momento, era 30.000 años posterior en su aparición sobre la tierra, obligaba a revisar los paradigmas que habían regido durante más de un siglo. Si, a diferencia de lo que se había pensado hasta el momento, el Neanderthal y el Cromagnon habían sido simultáneos, si no se habían sucedido el uno al otro, algo debía ser modificado de la teoría dominante en la actualidad, confortablemente instalada en la idea de una evolución lineal y progresiva.
Ya la enseñanza fundamental de la teoría de la selección natural de Darwin -contra Lamarck- había puesto de relieve el hecho de que así como no había una transmisión genética de lo aprendido, la evolución no tiene un plan prefijado. Y los nuevos desarrollos de la paleontología, con Stephen J. Gould a la cabeza, avanzan en esta dirección para plantear que la adaptación, sea biológica o cultural, representa un mejor ajuste a entornos locales específicos, y no una fase inevitable en la escalinata del progreso. La selección natural se nos presenta así como el mecanismo inexorable de un proceso adaptativo, pero queda despojada de toda intención, de toda finalidad, y torna insostenible cualquier ideología que vea en este proceso un ideal conducente a la máxima perfección.
Gould(1) hizo, a su vez, su propio aporte para una modificación sustancial de la teoría de la evolución tal como la hemos conocido. La evolución, efecto de la selección natural, se da bajo un modo discontinuo, a saltos, teniendo lo acontencial, azaroso, una función central. La discontinuidad pone en tela de juicio la posibilidad de hallazgo del famoso “eslabón perdido”, en razón de que al no haber cadena lineal que conduzca al homo sapiens, bien pudo este no haber existido nunca. En última instancia, no hay plan divino que vaya del mono al hombre -siempre tardada, aún cuando bienvenida la autocrítica, la Iglesia acepta la teoría de la evolución para poner en su cúspide al hombre como rey de la creación, tratándose su aparición de una eventualidad más de una mutación que en lo azaroso de sus vicisitudes bien podría haber conducido hacia otra parte.
A modo de ejemplo, para que se pueda apreciar en toda su dimensión esta teoría y el salto que acarrea para nuestro pensamiento, tratemos de imaginar lo siguiente: Supongamos que la humanidad estuviera al borde de su desaparición en razón de que un ruido muy fuerte, de carácter inédito, destruyera los cerebros de quienes lo padecen. Es indudable que los sordos no serían puestos en riesgo, y que una vez desaparecidos todos los oyentes, sólo aquellospodrían continuar viviendo, reproduciéndose y rearmando colonias humanas capaces de conservar la especie. Esta, de todos modos, habría mutado. Sería una especie a la cual le faltaría un sentido, y en la cual otras cualidades se desarrollarían con carácter compensatorio; pero, además, si eventualmente, del nacimiento de dos sordos naciera un niño en el cual algún gen recesivo pudiera seguir produciendo la audición, el sonido mortífero se encargaría de que no dure demasiado sin que, por otra parte, se pudieran detectar las causas de su muerte. El ser sordo constituiría una indudable ventaja para adaptarse a las nuevas condiciones, sin que ello representara, necesariamente, un escalón más en la perfección evolucionista. Se tomaría otra dirección, cuyos alcances serían imposible de predecir porque una vez lanzada en un cierto sentido, su dinámica sólo sería predictible desde un nuevo ordenamiento, y la cultura misma tomaría otro sesgo: no sólo la música perdería todo sentido, sino que gran parte de las comunicaciones regidas por la transmisión de sonido serían archivadas y sólo se mantendrían los aspectos visuales de los mass media, y posiblemente se desarrollaran otros impensables hoy en día.
La selección natural se sostiene en este esta premisa: la adaptación no puede producirse sino llevando a su máxima potencialidad un rasgo presente -aún cuando este rasgo sea, en el caso del ser humano, una hipótesis, una teoría capaz de comprender la realidad a la cual se enfrenta, algo que permita montar lo novedoso sobre lo ya conocido. Es imposible generar mecanismos totalmente nuevos frente a algo absolutamente desconocido, y no hay ser vivo capaz de sobrevivir al intento; para no sucumbir algo debe potenciarse, desplegarse, obtener una transformación cada vez más eficaz, no puede ser creado de la nada sólo como efecto de la acción del medio.
En razón de ello, todos los organismos capaces de tener algún tipo de percepción del mundo que los rodea para sobrevivir poseen ya la posibilidad de interpretar y ordenar la información antes de acceder a ella. Cuando estas capacidades son instintivas, innatas, y se produce un desajuste entre las posibilidades de supervivencia y la realidad a la cual hay que enfrentarse, no hay modo de librar la batalla: el individuo sucumbe, solo o con su especie, y solamente sobreviven aquellos que ya poseían, aún cuando fuera de modo rudimentario, las herramientas necesarias para las nuevas condiciones.
Desde esta perspectiva la afirmación basal del freudismo respecto de la endeblez de los montantes adaptativos en el hombre no encuentra resolución en esa ficción que la acompaña, la cual sostiene que la cría humana debería su supervivencia a la realización de una “prueba de realidad” consistente en acciones de tanteo sobre el mundo, tendientes a diferenciar entre la representación investida, deseante, y el objeto.
La humanidad no hubiera subistido si la “la cosa del mundo” capaz de satisfacer la necesidad tuviera que ser reconocida por acciones de ensayo y error, si cada individuo hubiera debido, en principio, realizar por sí mismo todas las pruebas que garantizan su supervivencia. La cuestión acerca de cómo implementar entonces un conocimiento de la realidad, incluso de qué manera el psiquismo es capaz de someterse al principio de realidad una vez que el inconciente entra en pugna para lograr su objetivo de descarga inmediata, o acerca de qué relación guarda este conocimiento con los primeros esquemas de acción y bajo qué premisas se resuelve el pasaje a modos representacionales que anteceden a la acción eficiente en el mundo, no tiene una respuesta aún satisfactoria desde el psicoanálisis, y el innatismo que intenta sostener la supervivencia en la existencia de una pulsión de vida concebida como prolongación directa de la biología en la vida representacional, ha cumplido la función que todas las hipótesis adventicias tienen en nuestro campo: llenar el terreno de maleza que torna cada vez más dificultoso el desbroce conceptual.
Sabemos de los intentos de ver al bebé como una especie de Robinson Crusoe autoengendrándose a partir de sus propias posibilidades; nada, ni desde el punto de vista biológico, ni representacional, permite sostener tal alternativa. Intentemos, por otra parte, trasladar a Robinson Crusoe a la realidad humana cotidiana: sería posible concebir a los Home Less como una suerte de Robinson Crusoe del presente, teniendo en cuenta la proeza que implica sobrevivir luego que la marea económica ha arrojado a alguien del otro lado? Cuánta inteligencia, cuánta picardía y conocimiento de ciertas legalidades son necesarios para sobrevivir en las calles, que no constituyen precisamente una isla pródiga.
Porque Robinson, en su isla o en Buenos Aires, no hubiera sobrevivido sin conocimientos previos que permitan diferenciar, en un tacho de basura, lo que es comestible de aquello que no lo es. Constituídos estos conocimientos, a su vez, bajo modos no sólo prácticos sino ideológicos e históricos, ya que no podemos desconocer el hecho de que Robinson era un hombre criado en sociedad, y por una sociedad con sus particularidades ideológicas, enclavada en un tiempo concreto -no era sólo un hombre “de la cultura”-, a tal punto que no tuvo mejor idea, cuando vio a otro ser humano, que convertirlo en su sirviente. La supervivencia en condiciones extremas requiere una dosis muy importante de inteligencia aprendida, de conocimiento organizado si no de las condiciones nuevas, de los métodos para enfrentarse a ella: el ensayo está precedido siempre de una hipótesis.
Que el conocimiento hipotético que precede a la acción sea patrimonio del sujeto o de algún otro ser humano que lo toma a cargo disminuye la probabilidad de error que llevaría al fracaso -en este caso a la muerte. Las impasses a la cual conducen tanto la posición originaria del psicoanálisis respecto a la prueba de realidad como el innatismo que la sucede coexisten con otra corriente, marginal en la obra freudiana pero fundamental para salir del encierro, la cual plantea, desde otra perspectiva, que la debilidad de los montantes adaptativos innatos da ingreso, y pone en primer plano, la función que ocupa el otro humano en la supervivencia de la cría y en la instauración de esa “prueba de realidad” que no puede ser realizada, de inicio, sino por aquel que tiene a cargo la conservación con vida de la cría.
En este sentido, el salto de la naturaleza a la vida representacional que lleva a concebir al yo como provisto de un deseo originario de autoconservación constituye sólo una ilusión retrospectiva, una teoría de carácter “robinsoniano”, en razón de que la conservación en los orígenes no tiene nada de “auto”: incluye al cachorro humano como ser de naturaleza -naturaleza que, en sí misma, sólo tiende a su permanencia sin que esto implique ningún tipo de intencionalidad, ningún tipo de “conciencia intencional”, si nos plantamos en una posición que se abstenga de concebir a la naturaleza como provista de “alma”, habitada por algo del orden de lo divino-, con alguien provisto de intencionalidad, capaz de establecer “acciones con arreglo a metas”, y de representarse el presente y el futuro, otorgándole sentido desde un pasado en el cual la libido ocupa un lugar central.
Pero la presencia del adulto, como presencia constitututiva del psiquismo infantil, debe llevarnos a evaluar, por otra parte, que la intencionalidad autoconservativa, en razón de la disparidad esencial de estructuras y posibilidades, pone en juego el inconciente de quien ejerce las funciones. Inconciente que si bien implica aspectos sexuales, tanto pulsionales como edípicos, acarrea consigo los modos de representarse la supervivencia: -atravesado el narcisismo del adulto tanto por la historia edípica singular, como por los modos más generales, socialmente adquiridos, de representarse el propio ser en el mundo.
El adulto que parasita sexual y simbólicamente al recién nacido genera mediante esta intervención -en el sentido estricto del término, esto es: que interviene como un “inter”entre el cachorro humano en vías de constitución y su ser de naturaleza- las condiciones de constitución de un mundo representacional que no se agota en la resolución de las tensiones biológicas, sino que da también curso a los fantasmas sexuales y de supervivencia, autoconservativos en el sentido humano, social del término, realizando así el movimiento que va desde un principio de realidad tendiente a la conservacion con vida, a la transmisión de un conjunto de valores, representaciones del mundo, lugar de constitución de la ideología que sostiene en su núcleo un “principio de realidad” como realidad humana, singular, histórica.

Decir, a esta altura de la historia, que en estas articulaciones de sentido el lenguaje tiene un papel central, es tan verdadero como banal. Porque la cuestión está no en el lenguaje como articulador general, sino en los ensamblajes discursivos que posibilitan el atrapamiento y la construcción de una realidad que sería literalmente “impensable” si no hubiera un código desde el cual otorgarle permanencia y densidad simbólica. José Saramago construye, al respecto, en su libro El año de 1993, una parábola sobre la represión y el poder al dar cuenta, de modo poético y terrible, de una sociedad en la cual los dominados ya no tienen nada que decir porque no hay palabras para oponerse a un poder no-discursivo: “Una vez más el imposible quedarse o la simple memoria de haber sido… “Así mirar apartado la propia sombra con ojos invisibles y sonrerír por ello mientras la gente perpleja busca donde nada hay…”
Estas articulaciones discursivas, que dan una organización al mundo, generan el cañamazo de toda experiencia. No se trata de afirmar, de modo idealista, que la experiencia no exista sin lenguaje, sino que sin él es imposible situarla, organizarla, darle sentido: de ahí que la inmersión del niño en el mundo de los símbolos no se realice ingenuamente: no hay “tábula rasa” en razón de que el adulto que tiene a su cargo los cuidados precoces tiene su propia organización simbólica de la experiencia. Y esta está atravesada por la experiencia singular de cada uno, pero imbricada también en la experiencia histórica del grupo social de pertenencia, sus traumatismos y fantasmas.
Es en ese sentido que podríamos afirmar que los seres humanos pueden transmitir la experiencia de la especie, no de modo genético, y que el lamarckismo, derrotado en la biología, encuentra un lugar en los procesos de intercambio y transmisión simbólica. A condición, por supuesto, de tomar en cuenta que no es la adaptación en sí misma, natural o biológica lo que se transmite, sino los rasgos inscriptos en la cultura, las formas de resolución imaginarios, simbólicos, que la acompañan.
Junto a los modos de representar el mundo para sobrevir en él, los adultos inscriben en los niños sus temores y fantasmas, su “neurosis” y sus anhelos, y la prueba de realidad toma un carácter radicalmente distinto a aquel que lleva a reconocer en el pecho el recipiente de la leche con la cual nutrirse.
La realidad es realidad, entonces, no sólo presente sino anhelada, fantaseada y codiciada, añorada o perdida, nunca puramente autoconservativa. Por eso el niño Neanderthal tenía objetos Cromagnon en la sepultura... Tal vez sus padres habían querido dotarlo de algo que no poseían, pero que constituía parte de los ideales de su época: “En el otro mundo, quizás, logre ser un Cromagnon...”.

Silvia Bleichmar
Psicoanalista

 

Notas
1.  Gould, Stephen Jay: de este autor, profesor de Paleontologìa de la Universidad de Harvard, se pueden encontrar referencias en, entre otras obras: Dientes de gallina y dedos de caballo, Ed. Hermann Blume, Madrid, 1984 o en La vida maravillosa, Ocho cerditos o El pulgar del panda, los 3 publicados por Ed. Crìtica, Barcelona, en 1989, 1994 y 1994 respectivamente.

 
Articulo publicado en
Julio / 1997

Boletín Topía