Pasiones insulinicas (un culebrón guardial) | Topía

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Pasiones insulinicas (un culebrón guardial)

 
Escritos de guardia

Cristina se ha tomado licencia. Me ha dejado a merced de una suplente. Y cada vez que Cristina falta, llegan los federales.

Virgencita de Guadalupe, que la guardia sea tranquila.

 

Noche de ronda

 

Son las 20 horas. Una sirena se escucha cada vez más fuerte, más cerca. No es una ambulancia. Flashes de luces led, frenada de gomas, portazo de patrullero.

Acto seguido un grito pelado: “¡SOLTAME HIJA DE PUTA!”. Cinco segundos después, la respuesta: “¡CALLATE PENDEJA DE MIERDA!”.

El staff médico y de salud mental corre ante los gritos. La escena: una adolescente del tamaño de un ropero trata de liberarse de una mujer policía que la emparda en tamaño, fuerza y puteadas. La piba se revuelve para zafarse de las esposas que la inmovilizan. Cuando casi lo logra, la señora federal la frena con una rodilla en la espalda y le tira los pelos hasta casi desnucarla. Para que no le queden dudas, amenaza: “QUEDATE QUIETA, PENDEJA”. Respuesta: ¡SOS UNA CONCHUDA, TE VOY A DENUNCIAR! ¡ME QUIERO IR!”

Uno de los médicos la reconoce. Es la paciente que se fugó por la tarde. Diabética, situación de calle, madre abandónica, no recibió insulina en todo el día.

-¿¡¡Por qué no me informaron de la fuga?!!!!- irrumpe con más gritos Vizzolini.

Todos nos quedamos medio duros. Es la primera vez que veo a la PFA en acción. Virgencita de Guadalupe, protégenos. De la policía. Y de Vizzolini.

-¿¡¡¡¡ADONDE LA ENCONTRARON??!!!

-¿Usted es el jefe de guardia?- pregunta uno de los federales.

-¡Sí! ¿Y usted quién es?- repregunta el inoperante.

Mientras todos tratamos de ver cómo será el procedimiento, yo sigo rogando que a la señora federal no se le ocurra sacar el chumbo y nos haga matraca a todos.

Inesperadamente, los oficiales masculinos se dan cuenta de lo bizarro de la situación y tratan de frenar a la señora que, desbocada, está por arrancarle el cuero cabelludo a la adolescente.

Néstor, psiquiatra, se acerca para dar las indicaciones del caso: “Vamos a tener que contener a la piba”. Acepto, rezando para que no me vuele un par de dientes. La federal arrastra a la joven que no deja de gritar que nos odia a todos (muy de acuerdo), que quiere a su mamá (acuerdo) y que nos va a matar a todos (no tan de acuerdo).

La contención es casi feroz: Néstor llama a los médicos, enfermeros y a todo el que pueda ayudar. El pobre Néstor no se da cuenta de que la ayuda será apenas del 10% de los veinte monos que miran al ternero a punto de ser degollado. El circo de la sangre siempre garpa. Por eso el cine gore está en ascenso.

-A mí me da miedo- dice una enfermera chaparrita.

-Yo no la toco ni loca- dice una médica insulsa.

-Dale, vamos – tiramos con un enfermero y Gabito, mi amigo pediatra.

La contención se realiza con tres federales masculinos, el enfermero, Néstor, Gabito y yo, que me acuesto literalmente sobre las piernas de la chica para que no se levante.

-¡Hay que darle la insulina!- larga alguien.

Los alaridos llegan hasta la sala de espera.

¡¡¡¡¡¡¡MAMA MAMAMAMAMAMAMAMMA ME ESTAN PEGANDO!!!!!!!!!!!!!!

Quiero decirle que se quede tranquila. Y en eso cae Irene, la médica que caga a sus compañeros en los turnos, la que escupe moralidad por los pasillos, la Caridad Canelón de las guardias. Una reverenda hija de puta. Sin decir agua va, le da una cachetada a la piba, al mejor estilo venezolano. Respuesta: una escupida magistral, directo al ojo. La hubiera aplaudido, pero tenía las manos apretándole las zapatillas.

Néstor, colorado del odio y la impotencia le dice que se corra, que está entorpeciendo. Irene se va, ofendidísima. Perra, te lo mereces.

Las agujas vuelan por todos lados, pero la niña no se calma. Más agujas. Más pasta. La insulina. Llega la madre. Madre que no concurrió en toda la internación a ver cómo estaba su hija. Llega, bañada en lágrimas, se hace lugar entre el personal, gritando:

-¡Hija! ¿Qué te hicieron?

-¡Me pegaron, mamá! ¡Y me quitaron el celular!

-¿Quién te quitó el celular?- grita la madre y nos mira a todos.

-¡La yuta! ¡Y me pegaron! ¡Y una médica hija de puta me pegó también, es una yegua!

-¡Hija mía! ¡Ya mismo me van a escuchar!- y la madre se retira fuera de la habitación.

La piba se calma un poco. Puedo sentir que sus piernas ceden. No alcanzo a entender si por la opípara cantidad de pasta que le enchufaron o porque vino la madre. Aflojamos la contención. Aflojamos.

 

Somos novios

Luego de dos horas, la joven acepta regresar a su habitación. Está medio boba, lenta, cansada. Vizzolini le indicó la cantidad de insulina. Y le inyectaron la insulina. Néstor indicó lo demás. Y le dieron lo demás.

La acompaño hasta la sala. La madre despareció. El reemplazo de Cristina está informando al Consejo que la “fugada” volvió. Le pregunto cómo se llama.

-Rosa María.

Semejante nombre no puede ser coincidencia: estoy en un culebrón venezolano. Falta que quede ciega, su novio ricachón y papacito la venga a rescatar y su madre muera en un accidente. Y yo, seré la psicóloga que le devolvió la vista. Y veré cómo se abraza con su amor. Me dirán : “Gracias doctora, le estoy inmensamente agradecido por haberme devuelto a mi Rosa María”.

Miro la hora: 23:30 de la noche. Claro, no cené. La falta de glucosa me produce delirios rosas.

Llegamos a la habitación: revistas tiradas por el piso, la cama deshecha y unas cáscaras de naranja sobre la mesa de luz.

-Ay Rosa María, qué desorden...- le digo con tono caribeño.

La piba me mira sin entender. Y registro que estoy sola junto a una masa corporal de 120 kilos. Mejor callar.

Todo está oscuro, no hay nadie más que nosotras dos en la habitación. Rosa María se acerca a la ventana y mira hacia el patio. El reflejo de las luces le dibuja el contorno a la fiera domada.

La “orden” de Vizzolini es que no se quede sola. El ordena, pero no viene. Nunca viene.

-¿Y? ¿Se ve algo por ahí?- le pregunto para romper el hielo.

-Sí- responde- Mi novio, dándole a otra.

Santa Virgencita de Guadalupe, protégeme de otro arrebato, que estoy solita...

Me acerco y miro hacia el patio. No puede ser. ¿Tanta mala suerte puedo tener en esta vida? El novio de Rosa María es Juan Andrés, uno de los “sociales” que está internado desde hace dos semanas en un box de la guardia, a la espera de un hogar. Efectivamente, Juan Andrés se está chamuyando a otra. Su custodia policial, sentado cómodamente en uno de los bancos, trata a su vez, de levantarse a una rubia de pupera y prominente abdomen. No, si yo tengo una suerte.

-Esa pibita para en Constitución, a veces- dice espontáneamente Rosa María-  La voy a cagar a trompadas. Igual él me dijo que quería ser libre.

-Por ahí es una amiga- trato de arreglar, justo en el instante en que la “otra” le parte la boca con pasión al Juan Andrés. Listo. Nada puede hacerse. Se vendrá otro brote, otro...RING. Me suena el telefonito.

-Si, qué pasa.

-¿Estás con la gorda?- pregunta Gabito desde el otro lado.

-Si.

-Escuchame, ¿comió algo?

-No.

-Dale algo de comer porque Vizzolini indicó mal la dosis de insulina y si no come se nos descompensa. Dale algo sin azúcar, ¿no?

Indignación. Eso me sube por la cresta. Vizzolini y la puta que te parió.

-¿Y por qué no viene él? ¿O la madre?

-Porque no podemos encontrarlo y la madre se fue a la comisaría para hacer la denuncia...

-Bueno, bien por la madre, que defienda a la piba.

-No , no, la denuncia es porque le robaron el celular. DALE ALGO DE COMER.

Miro la hora: doce menos diez de la noche.

-Eh, Rosa María...tenés que comer algo- le digo directo, sin filtro.

-No tengo hambre.

-Yo sé, lo que pasa es que después te vas a sentir mal, viste cómo es. Un pedazo de pan, una galletita, con eso alcanza.

-No quiero. Comprame un postre.

Listo. Un postre. Soy un delivery de pacientes.

Llamo a la médica de la sala, le pido que se quede con la doncella, hasta que le traiga su postre. Rosa María no se despega de la ventana. Mira, con la mano apoyada en el mentón, el apretón que su novio le está dando a la pibita. Me quedan cinco minutos antes de que cierre el kiosco. Y mientras bajo por el ascensor, la Virgencita de Guadalupe me ilumina.

Cuando llego al patio, voy derecho hasta el custodio y amablemente le doy una indicación:

-José Alberto, yo sé que te la estás pasando chévere aquí con la señorita, pero ahí arriba tengo a la novia de Juan Andrés que acaba de tener una crisis de excitación. Siendo las doce de la noche, te pediría que te lo llevaras nuevamente, antes de que la niña se me brote otra vez.

José Alberto asiente y se lleva al muchacho. Veo que el kiosquero ya está cerrando y corro como nunca hasta el final del patio, en cumplimiento de mi misión.

-Un postre Ser- pido.

Subo con el premio en la mano. Rosa María continúa en la ventana. Le alcanzo el manjarcito. Se lo devora en tres cucharadas, en silencio. Raspa el fondo del envase. Lo deja sobre la mesa de luz.

-Se fue. Al final, son todos iguales, siempre se van. Mejor me voy a dormir, ya tengo sueño.

-Virgencita de Guadalupe, que el sueño le borre la pesadilla. Al menos por esta noche.

Laura Ormando

Psicóloga

lauromando [at] hotmail.com.ar

 
Articulo publicado en
Noviembre / 2013

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