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Atrapado en la locura

 
De enfermero a paciente de un manicomio en Brasil

El periodista Daniel Navarro Sonim reunió, a partir de manuscritos y entrevistas, las memorias de Walter Farías, quien, en la década del ‘70, pasó de ser un auxiliar de enfermería a ser paciente de una de las instituciones psiquiátricas más grandes de Brasil: el Complejo Psiquiátrico del Juquery, en Franco da Rocha, San Pablo, Brasil. Uno de los más grandes manicomios del mundo. Allí atendía pacientes postrados o que deambulaban por las Salas.

Luego del repentino traslado a un Manicomio Judicial, Walter comienza a convivir con pacientes que cometieron crímenes, algunos muy violentos y crueles. Con su salud mental comprometida, acabó siendo internado en el Hospital Psiquiátrico. Forzado a abandonar su guardapolvo blanco y transformarse en paciente, pasa a sentir en carne propia los horrores del Hospital. Y este libro los describe como ningún otro. Nos acerca a las entrañas del manicomio de una forma desgarradora e inédita hasta hoy.

Publicamos un fragmento de este texto que la Editorial Topía publicará en este año.

Tratamientos para la locura

Como hasta fines de los años 60 aún no había Concurso Público, solo algunos pocos médicos elegían trabajar en el Juquery, con el objetivo de estudiar, entender e intentar curar la locura. Las otras vacantes eran ocupadas por la fuerza. Peleas, una discusión, deudas financieras y hasta un desentendimiento familiar podían ser motivo para que un sujeto decidiese pasar sus días rodeado por una banda de enfermos mentales que babeaban, miraban a las paredes y conversaban con alguien que no estaba allí.

Además de los locos diagnosticados con los más diversos problemas mentales, había además historias de japoneses internados que solo por tener ojos rasgados los tomaban por mongoloides, o de italianos que habían hecho huelga en el puerto de Santos. Presos políticos, drogadictos, alcohólicos y hasta hombres que habían traicionado a su esposa con otro hombre iban a parar al Juquery. Generalmente las familias no lo pensaban dos veces y los internaban con la esperanza de intentar arreglarlos.

Presos políticos, drogadictos, alcohólicos y hasta hombres que habían traicionado a su esposa con otro hombre iban a parar al Juquery. Generalmente las familias no lo pensaban dos veces y los internaban con la esperanza de intentar arreglarlos.

Incluso sin recibir ningún entrenamiento, en poco tiempo los empleados eran capaces de dominar algunas técnicas para calmar los pacientes. Además de encerrar a los locos descontrolados en celdas, utilizaban camisas de fuerza para inmovilizarlos. Si no había camisas de fuerza, ataban sus piernas y brazos con sábanas o trapos. Los pacientes solo eran liberados cuando, caídos al piso, quedaban exhaustos de tanto golpearse. Todas esas prácticas seguían siendo utilizadas en la época en que empecé a trabajar en el Hospital Psiquiátrico.

En el pasado había otras opciones, como la bañoterapia. Consistía en mantener al paciente atado en una silla que permitía girarlo debajo de una ducha con agua helada. Decían que ese método funcionaba mejor en el invierno. También se podía emplear el hielo. En ese caso, el loco, sentado sobre cubos de hielo en una palangana, permanecía en esa posición hasta que el hielo se derretía. Para garantizar su permanencia, dos o tres empleados lo sostenían hasta que finalizara el tratamiento.

La pinza del dentista servía como método de prevención contra las mordidas que podían herir a otros pacientes, a empleados o a ellos mismos. De una sola vez, todos los dientes eran arrancados si ningún tipo de anestesia. La jeringa, además de ser utilizada para aplicar calmantes, servía para inyectar el parásito de la malaria. A medida que la enfermedad avanzaba, un paciente muy eufórico apenas sonreía y balbuceaba palabras sin sentido de manera idiota. Aun sin sufrir de diabetes, el loco rabioso recibía inyecciones con dosis exageradas de insulina. Cuando entraba en coma diabético, quedaba fuera de combate, en cama, por un buen tiempo.

Bastaba que los pacientes escucharan las letras E, C y T para morir de miedo. ECT es la sigla de electroconvulsoterapia, o simplemente electroshock. Antes de entrar al Hospital Psiquiátrico, no podía imaginar que aquellos loquitos de cabezas rapadas recibiesen choque eléctrico. Solo cuando participé de la primera sesión me di cuenta de la crueldad de esa práctica.

Cerca de cuarenta o cincuenta pacientes eran sometidos al tratamiento en cada sesión. La aplicación de electroshock se hacía en un salón de la planta baja de la Tercera Clínica. Por lo menos seis empleados eran convocados para hacerse cargo de un paciente por vez. El primero ponía al loco acostado sobre un colchón, desataba o desabrochaba el pantalón del paciente y metía en su boca un rollo de tela en forma horizontal. Esa técnica prevenía que se rompieran los dientes o, si no tenía dientes, se hirieran los labios. La tela también absorbía la saliva durante la sesión. El segundo asistente se hacía cargo de agarrar la cabeza del paciente. El tercer y el cuarto inmovilizaban el brazo izquierdo y el brazo derecho, respectivamente, sosteniendo los puños del paciente con la mano o simplemente sentándose sobre él. El quinto se apoyaba sobre las piernas para que las rodillas no se doblasen.

La bañoterapia consistía en mantener al paciente atado en una silla que permitía girarlo debajo de una ducha con agua helada. Decían que ese método funcionaba mejor en el invierno

Del lado de afuera, los empleados buscaban a los pacientes de la lista. Desconfiados o ya enterados de que recibirían el ECT, eran cazados dentro de la Clínica hasta ser conducidos a la sala donde se hacía la sesión. El próximo paciente entraba solo después de que el anterior había recibido el electroshock. Otros empleados vigilaban a los que ya habían recibido sus dosis de electricidad para ver cómo despertaban.

Y además había un sexto empleado, el responsable de la temida máquina de electroshock. Se trataba de una caja de madera rústica de aproximadamente treinta centímetros de largo por veinte de altura, conectada a un tomacorrientes. De esta salía un par de cables de cobre de más o menos dos metros. En las puntas de cada cable salían dos puntas metálicas con aislantes que medían más o menos diez centímetros. Y, en las extremidades de cada punta, dos esferas de cobre achatadas del tamaño del fondo de una lata de cerveza servían para aplicar la electricidad sobre las sienes del paciente.

El empleado que aplicaba el choque también tenía un pincel de cerda y un vaso con agua. Antes de la aplicación, pasaba el pincel mojado en las sienes del paciente. En seguida, giraba una llave para prender la máquina y esperaba que la aguja del indicador girara hasta alcanzar el nivel máximo de carga. Entonces, apoyaba las puntas metálicas en las sienes humedecidas del paciente por algunos segundos.

A partir de entonces, la electricidad se trasladaba al cuerpo por los cables conectados a la cabeza. Las venas de los brazos, manos, piernas se hinchaban, quedando muy enrojecidas. Todo hinchado, el paciente se retorcía frenéticamente y se contorsionaba sin parar. Los empleados tenían que sostenerlo con fuerza para que la cabeza, brazos, espaldas y piernas no golpeasen violentamente contra el piso. Ellos decían que la fuerza del shock podría doblar algún miembro, provocando lesiones irreversibles en músculos y nervios. Los empleados, entonces, se esforzaban al máximo para dejar el cuerpo del paciente lo más rígido posible, sin que se doblara. Su boca se contraía, y él mordía la tela con fuerza. Algunos perdían el control y se meaban y se cagaban encima. Con los ojos cerrados, se babeaban y gemían. Al término de la sesión, dormían profundamente. Los cuerpos permanecían estirados en el piso por algunos minutos.

De a poco, uno por uno, los pacientes abrían los ojos lentamente y se despertaban debilitados, sin ningún poder de reacción. Cuando se levantaban, caminaban lentamente apoyándose en las paredes. Parecían no entender qué había ocurrido ni sabían donde realmente estaban. Cuando vi aquello por primera vez, no conseguí dormir de noche. Luego, las sesiones se hicieron frecuentes y terminé siendo convocado para participar otras veces. Nunca apliqué electroshock a los pacientes. Esa tarea siempre tenía que ser ejecutada por empleados de más antigüedad. Siempre fui convocado para la tarea de sostener a los pacientes que recibirían ECT. Lo que nunca entendí es como no recibíamos la carga de electricidad a pesar de que la carga pasaba por todo el cuerpo de los pacientes cuando los sosteníamos.

Nunca supe exactamente si en los sótanos del Juquery se aplicaban otros métodos además de ese, pero circulaban muchas leyendas sobre pacientes sometidos a cirugías de extracción de pedazos de cerebro. Jamás presencié un procedimiento de ese tipo, aunque muchos locos con inmensas cicatrices en la cabeza deambulaban por los patios como verdaderos zombis.

(…)

Entrañas del Juquery

Luego que mi nombre fuera publicado en el Diario Oficial, al principio de 1973, largué mi empleo de metalúrgico. La primera vez que fui al Juquery me desperté muy temprano. Caminé por las calles de poca iluminación ya que el sol todavía no había empezado a aparecer.

Antes de entrar al Hospital, pasé por una garita donde estaba un señor muy bajito que vestía traje y corbata de color negro y camisa blanca. En la cabeza, llevaba un sombrero redondo, también negro, con alas pequeñas. Él recibía a los empleados, médicos y familiares, que en los días de visita recibían autorización para entrar. Carlito, como le gustaba ser llamado, fue internado por su propia madre en el Juquery en 1935, a los 22 años. Nunca se supo cual era el diagnóstico de su enfermedad ni si sería dado de alta. Por su buen comportamiento y por haber conquistado la confianza y respeto de los médicos, empezó a trabajar en la primera portería.

Nunca vi a un paciente de las Colonias que fuera dado de alta. Se morían abandonados y eran enterrados en el Cementerio del Juquery.

Aunque hacía mucho tiempo que estaba en Brasil, no había conseguido perder su acento extranjero. Nacido en Argentina, hablaba muy cerrado. A pesar de eso, comprendí su explicación de cómo llegar al Edificio Administrativo. Finalmente, pidió permiso y fue a atender una llamada desde un teléfono de manija.

Atravesé otra portería hasta llegar a un puente. Miré por debajo de ese puente y vi las aguas del río Juquery. Anduve unos metros más hasta llegar a una avenida ancha y larga, cercada por cinco coqueiros [plantas de coco] muy altos. El follaje espeso me protegía del sol, que había acabado de nacer. Al final de la avenida, doblé a la izquierda y visualicé la casa del doctor Franco da Rocha, un palacete distinto de todo lo que existía en la ciudad. La antigua residencia del médico responsable de la construcción del Complejo Juquery, vacía hacía mucho tiempo, tenía paredes amarillas y detalles en las puertas, ventanas y pasamanos de las escaleras de la entrada. Nadie vivía allí.

Pasé por el palacete y vi, en una calle empedrada, la guardería para los hijos de los empleados, la cancha de fútbol y la jabonería donde se fabricaban los jabones de tocador del Juquery. Seguí adelante, llegué a la portería del Hospital Central y subí por la amplia escalera que daba acceso a las oficinas y a la Biblioteca. Pasé por el busto del doctor Franco da Rocha y entré a una sala para entregar mis documentos y firmar los papeles de admisión.

Luego de resolver todo eso, me junté con los otros novatos que estaban en el pasillo y fuimos hasta un pasaje que daba a un jardín. Encontramos a un empleado de más antigüedad que nos guió hasta las clínicas. Al principio todos teníamos que pasar por prácticas y entrenamientos obligatorios de 40 días de duración antes de saber cuál sería nuestro lugar definitivo de trabajo. El veterano se comprometió a mostrarnos rápidamente las dependencias del Hospital Psiquiátrico, porque el complejo de edificios era muy grande y había muchos departamentos.

Cruzamos el jardín de pasto bien cortado, flores en los canteros, una fuente desde donde salía agua y postes con lámparas que garantizaban la iluminación en la noche. Algunos picaflores y zorzales aprovechaban para descansar y alimentarse. Los bancos, vacíos aquel día, estaban reservados a los familiares que venían los domingos a visitar a los parientes internados. Un domingo era reservado a los hombres y el siguiente a las mujeres.

Más allá de aquel jardín, conseguíamos ver los edificios de las clínicas psiquiátricas, de dos pisos y un subsuelo interconectados por galerías con techo de tejas. Del lado derecho, había cinco clínicas de hombres y, a la izquierda, otras cinco de mujeres. Las ventanas de rejas salidas para afuera como si fueran panzas, permitían que los médicos y empleados observaran, con seguridad, lo que ocurría en todos los rincones sin que precisaran salir. Separando las Clínicas había una torre alta con un reloj y una campana en la punta. En la parte de abajo estaba el comedor de los médicos.

Lo que más predominaba era la mirada que transmitía apatía y tristeza. Los ojos empañados mostraban que no estaban presentes en el Juquery.

Seguimos caminando en dirección a las clínicas de hombres. Antes de bajar por la escalera, divisé dos torres un poco más chicas que la torre del reloj. Cada una quedaba al final de los pabellones de varones y mujeres. Se trataba de las Rotundas [Edificio de planta circular], el primer destino de los pacientes antes de ser derivados a las Clínicas. Cuando llegaban para la internación eran fotografiados y se tomaban sus impresiones digitales, ahí quedaban por períodos de 7, 14 o 21 días, según el caso. A diario, médicos, psiquiatras y empleados subían por una escalera en forma de caracol y llevaban de treinta minutos a una hora para observar a los pacientes aislados en celdas redondas de paredes revestidas de goma. Al finalizar, los médicos los transferían para las Clínicas.

Las Colonias generalmente recibían a pacientes sin ninguna chance de cura, pero que ya habían recibido tratamiento en las Clínicas Psiquiátricas. A pesar de que recibían medicación regularmente, raramente psiquiatras, médicos y familiares los visitaban. Nunca vi a un paciente de las Colonias que fuera dado de alta. Se morían abandonados y eran enterrados en el Cementerio del Juquery.

La rotunda también servía para controlar a los pacientes en estado de crisis. Aun medicados, el lugar servía para aislar a quien se atrevía atacar a otros pacientes o empleados. Cuando no era la propia familia la que traía a los pacientes al tratamiento, se llamaba a la policía para trasladar a las personas que enloquecían de repente, aunque fuesen de otras ciudades o provincias. Cuando llegaba un caso así, un empleado del Juquery lo recibía de mano de un policía y, si era necesario, lo golpeaba hasta calmarlo, atarlo y aplicarle un calmante hasta que se consiguiera encerrarlo en la celda de la rotunda. Curioso es que la rotunda para los varones estaba ubicada junto a las clínicas de mujeres, mientras las mujeres iban para la rotunda ubicada en el sector de hombres del Hospital Psiquiátrico.

Cada Clínica Psiquiátrica contaba con un comedor para los pacientes. Distribuida a partir de la cocina central, que estaba ubicada en un patio grande frente al comedor de la Tercera Clínica de hombres, la comida preparada era servida tanto para los empleados como para los pacientes. Las clínicas también tenían salas de mediación, consultorio psiquiátrico, baños para los pacientes y empleados, barbería y vestuario. Los dormitorios estaban distribuidos en dos pisos. En el piso de abajo atendía a los pacientes incapaces de controlar sus necesidades fisiológicas. Los que se hacían encima ensuciaban las camas, las sábanas y el piso. No les importaban los baños. Orinaban y defecaban en cualquier lado. En el piso de arriba estaban los pacientes que conseguían mantenerse limpios. Durante el día todos compartían el espacio del patio para tomar sol.

Atravesamos la Primera Clínica hasta llegar a la Segunda. Pasamos por el comedor de los empleados. Subimos algunos tramos de escalera que, hasta la última clínica, finalizaba en galerías abiertas que se unían a la próxima clínica, patios u otros edificios, como los laboratorios, la dirección de la Colonia y el garaje reservado a la flota de automóviles, ómnibus y camiones, además de la imprenta que imprimía todo tipo de documentos internos, desde recetarios, historias clínicas, formularios de internación hasta los block de notas para uso de los médicos.

Detrás del edificio de dos pisos de la Primera Clínica había además un conjunto de ocho a diez casas, por lo que me acuerdo, que componían la villa en que vivían los médicos. Algunos se iban a la capital los fines de semana, pero otros preferían quedarse en el Juquery porque hacían la residencia médica o ya habían traído la familia.

Cuando parecía que el Juquery acababa, me di cuenta que después de las cinco clínicas psiquiátricas de hombres y mujeres estaban también las clínicas médica y quirúrgica, sin hablar de la lavandería, del pabellón escuela, de la morgue y los consultorios odontológicos. Y, después de todo eso, se podía ver bien arriba, unas de las colonias psiquiátricas.

Aun más al fondo, hasta donde llegaba mi vista, vivían pacientes esparcidos por otras colonias que sobrepasaban los límites de Franco da Rocha. Cada cual contaba con cancha de fútbol, cocina, comedor, campo de bocha, consultorios médico y odontológico, vestuario, farmacia, dormitorios y patio.

El Juquery también albergaba a criminales que no podían más vivir en sociedad por el peligro que representaban para la población de bien. Condenados por la Justicia, los marginales era encarcelados en el Manicomio Judicial. Con sus murallas altas, el Manicomio era comandado por la Secretaría de Salud. La Cuarta Colonia Penal también podía recibir a los internos que ya habían estado en el Manicomio.

Locos, revirados y pirados

Muchos empleados trabajaban sin la necesidad de lidiar directamente con los locos: jardineros, pintores, motoristas, plomeros, entre otras profesiones que ya no logro recordar. Vestían mamelucos, jardineros, uniformes o ropas formales más caras o más modestas.

Bajo la supervisión de los jefes y de los pocos enfermeros formados, una legión de asistentes y auxiliares de enfermería con sus batas blancas corrían de un lado para otro a fin de cuidar de los pacientes del Hospital Psiquiátrico. También había un puñado de médicos y psiquiatras. En mi caso, y en el de otros ochocientos empleados, todos contratados de un solo tiro, pasábamos todo el día rodeados de una multitud de locos con una infinidad de problemas mentales y psiquiátricos.

Aquel lugar parecía una manzana podrida. Por afuera, la cáscara era bonita y reluciente, con edificios y construcciones que yo nunca había imaginado que vería en mi vida. Del lado de adentro, la pulpa estaba podrida y carcomida por gusanos hambrientos. Un amontonamiento de hombres desnudos y harapientos con la cabeza rapada pasaba el día deambulando por las galerías y pasillos, y poblaba cada uno de los patios.

Jóvenes esqueléticos o gordos, viejos arrugados y jorobados: no importaba la edad, ellos marchaban en su ritmo propio. También podían marchar en una sola pata. Con dificultades para caminar, algunos se arrastraban por el piso. También había quien andaba dificultosamente esforzándose para sostener la cabeza, que parecía pesar más que el cuerpo. La mayoría permanecía con los ojos saltones o los guiñaba sin parar.

Pero lo que más predominaba era la mirada que transmitía apatía y tristeza. Los ojos empañados mostraban que no estaban presentes en el Juquery. Habitaban mundos distantes, desordenados y confusos. Esos pacientes no estaban en condiciones de diferenciar un enfermo mental de un enfermero o un médico. Por otro lado, aunque en menor número, había aquellos que permanecían en estado de alerta permanente. Los ojos abiertos y fijos se movían rápidamente en dirección a algún ruido o movimiento brusco de alguien que estuviera a su alrededor. Aunque daban la impresión de ser seres feroces, no pasaban de ser seres inofensivos. La mayoría de las veces, los remedios conocidos como psicotrópicos los mantenían así.

Con la lengua afuera y la baba que corría por la pera, había también los que miraban sus manos y retorcían los dedos, entrelazándolos uno a los otros hasta el punto en que los huesos y las articulaciones lo permitían. Otros pacientes caían y permanecían por horas tirados sobre sus propios excrementos. Ni siquiera les importaba si alguien tropezaba con sus cuerpos. También podían recibir puntapiés y patadas sin reaccionar. Lográbamos cargar algunos para los dormitorios, pero otros se agarraban a lo que podían con tal de permanecer en el mismo lugar, en medio de la suciedad producida por ellos mismos.

El loco seguía pasando de mano en mano y, en algunos casos, cuando llegaba al responsable de darle la medicación, él ya había tomado ocho comprimidos o recibido una serie de inyecciones.

Los pacientes que solo se vestían los días de visita se consideraban un caso aparte. Bañados, peinados y usando ropas para la ocasión, llegaban calmamente y se acomodaban cerca de sus parientes, que vivían más allá de las murallas, cercas y portones. Acabada la visita, se despedían y pasaban por el portón para inmediatamente desabotonar la camisa y arrancarse los pantalones, calzoncillos, medias y zapatos o sandalias. Desnudos, retomaban la marcha por los pasillos y patios.

Mientras tanto, aun cuando hacía calor, algunos pacientes exageraban en la cantidad de ropa que usaban. Se ponían dos, tres y hasta cuatro abrigos inmundos y empapados de grasa, todos al mismo tiempo, uno sobre otro. Para completar la figura, colgaban en sus ropas cucharas, tazas y platos de aluminio. Con el tiempo, los utensilios quedaban un asco. Como no eran lavados con agua hirviendo de las calderas, adquirían finalmente un aspecto feo, y además el metal perdía el brillo.

Era común ver algunos pacientes con un gorrito en la cabeza y con un morral colgado del hombro. Esa especie de bolso que servía solo para cargar chucherías sin valor, como jabones o espejitos, era confeccionado, tal como el gorro, en los talleres de costura, y garantizaba la seguridad de las pocas pertenencias que ellos lograban reunir. Sin embargo, no faltaban ratas dispuestas a hacer desaparecer cualquier cosa dejada arriba, en la cama de los dormitorios.

A pesar de no ser difícil escuchar el canto de los pajaritos y hasta el gruñido de los macacos, prevalecían los ruidos sin sentido de los pacientes. Las charlas se daban entre dos, tres y cuatro personas, pero a la vez había también el que prefería hablar solo. Gritos, aullidos, gemidos y lamentos componían la sinfonía en los patios y pasillos; daba para escribir un diccionario solo con las malas palabras. Mientras unos caminaban con la cabeza reclinada y se quejaban hablando bajito, otros buscaban como un estrado y gritaban haciendo uso pleno uso de sus pulmones. Cuando se cansaban, se sentaban, agachaban la cabeza para dentro de los brazos cruzados y miraban hacia el piso. Recobraban el ánimo y volvían a marchar sin rumbo, mientras gritaban sin parar. A mucha gente no le molestaba el ruido, y los empleados aprendían rápidamente a ignorarlo.

Un paciente más patriota cantaba el Himno de Brasil del principio al final, varias veces al día, hasta el anochecer. A veces, se arriesgaba a cantar también los Himnos a la Bandera o el Himno de la Independencia. Como no los sabía bien, cuando se daba cuenta que se había equivocado o se olvidaba de algún pasaje de la letra, mandaba a la mierda a quien se cruzase en su camino. No perdonaba a médicos, enfermeros, auxiliares, asistentes, pacientes ni a vecinos de cama.

Ajenos a todo lo que ocurría en los patios, algunos pacientes se tapaban los ojos con las manos para intentar escapar de la luz de las lámparas o de los rayos del sol que entraban por las ventanas de los dormitorios. Tampoco lograban cruzar la puerta de los dormitorios. Sentados en el piso o en la cama, hacían el balanceo del cuerpo de un lado a otro, para adelante y para atrás, murmurando palabras que nadie lograba entender, casi llorando, pero sin derramar lágrimas. Uno de ellos preguntaba de dónde venían los monstruos que entraban por la puerta o atravesaban la ventana y se escondían debajo de la cama. Decía que solo lograba ver a las criaturas pavorosas a la noche, porque brillaban al oscuro y volaban cerca del techo.

Al otro extremo, estaban los furiosos. Forzados a vivir en soledad, pasaban días y noches confinados en celdas, agitados y gritando. Tenían atados sus muñecas y tobillos a las camas de hierro. La cabeza con vendas era resultado de los golpes dados contra la pared cuando estaban sueltos. Muchas veces solo el cansancio era lo que los detenía; ni la medicación o electrochoques conseguía calmarlos.

Los furiosos tomaban medicación reforzada antes de ser confinados, principalmente si habían agredido a un empleado. El procedimiento, además de bastante confuso, no tenía un criterio, y la jefatura hacia la vista gorda. Primeramente, el paciente era derivado al médico y se le daban dos o tres medicamentos distintos. Después que era liberado, un enfermero aumentaba por cuenta propia la dosis administrada. El loco seguía pasando de mano en mano y, en algunos casos, cuando llegaba al responsable de darle la medicación, él ya había tomado ocho comprimidos o recibido una serie de inyecciones.

Cuando algún paciente intentaba burlar la medicación, poniendo los comprimidos debajo de la lengua para escupir luego enseguida o escondiéndola debajo del colchón después que el enfermero le daba la espalda para irse, la orientación que se recibía, en el caso de que el paciente fuera descubierto, era que llamáramos al médico para que autorizara al empleado a aplicarle la medicación directamente en la vena. Pero, como conocíamos a todos con los que lidiábamos, difícilmente alguien intentaba pasarnos. Para los que se resistían abrir la boca, bastaba gritarles. Amedrentados, luego de las órdenes “¡Abrí la boca!” o “¡Tomá!”, ellos tragaban cualquier cosa: Diazepam, Gardenal, Nozinan, entre otros medicamentos que dejaban a los pacientes dopados.

(…)

 

Traducción:
Maria de Fátima Nunes de França

 

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Articulo publicado en
Abril / 2019

Boletín Topía