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Revelación

A partir del revelado de una foto tomada con mi modesta y fiel cámara, que me acompaña en mis viajes,  surgió una revelación sorprendente

Hace muchos años, en los comienzos del 1972, en la cautivante provincia de La Rioja, tuve una repentina visión conmovedora.

Esto ocurrió cuando regresábamos hacia la ciudad, a media tarde, después de visitar el Valle de la Luna,  recorrido que atravesaba un panorama desértico con espinillos secos e inclinados por los vientos.

Discriminación

----Angela, te noto distraída, seguís dejando todo brillante y perfumado, pero noté olvidos no habituales, una franela y el líquido limpiador quedó en la mesa del comedor, la puerta de calle entreabierta,  el teléfono descolgado  ¿algo te preocupa o te tiene disconforme?

---Si  supiera Sra…..tengo tanto para contarle si me quiere escuchar, Ud. que es psicóloga.

----Contame, por la confianza que tenés, no como profesional.

La solidaridad en el medio del desgarro

Carlitos tiene quince años. El nació en uno de esos barrios que alguna vez se llamaron 'cantegriles', aludiendo a barrios muy ricos de Punta del Este y hoy 'asentamientos', pero en definitiva en uno de los lugares destinados a los más pobres de los pobres en nuestro país.

Su familia poblada de hermanitos y hermanitas y de mamá apenas si conseguían como apagar el fuego del hambre cada día.

La llamaron Mari

En un suburbio de Buenos Aires, se despereza una mañana de marzo, después de dos largos días de lluvia. Está asomando el sol y todo está cubierto por un tufo húmedo, que quedará anidado en las grietas de pisos y paredes.


         Gabriela toma el mate que le ofreció  Mari.  A ellas, el destino las hizo cuñadas, mejor dicho los embarazos de aquellas noches de cumbia, alcohol y porros hasta perder los límites.

HORAS CONTADAS (*) ó DESPUES DE LA SEQUÍA

(Durante siete días consecutivos para cada uno de nosotros será domingo, semana tras semana, hasta

que Oesterheld y Juan regresen de esa intemperie que no olvidamos.)

 

 

 

 

Éramos tres y tomábamos té. Sus aromas impregnan lo familiar; si algo no lo es, lo hacen. Lo permanente entonces asienta por un rato.

Cualquier puerta se abre a los gestos del té. Al tintineo iban llegando los demás, rodeábamos la mesa con edad y entrábamos sin fin.

 

 

El peligro acecha

Adela y Aurora, hermanas, ambas octogenarias, viven en un amplio departamento del segundo piso de uno de los antiguos edificios que quedan en el barrio del Abasto.

Lo estrenaron sus abuelos, allá por 1910, y ellas tienen como misión fundamental en la vida garantizar que la única descendiente directa herede los valores familiares representados por este hogar con todos sus objetos.

EL PUNGA

Juan, los 20 años, la barba candado, las zapatillas de marca, la gorrita con visera, el conurbano bonaerense, el mediodía, el barro, la feria, las baratijas, los puestos, la mercadería de segunda, la muchedumbre, el tumulto, la mujer morena, el hombre tatuado, los pibes, la pelota, los perros, la tierra, el barro, la mugre, el frío, el viento, la mano, la limosna, los vendedores, los panchos, la cerveza, el olor a frito, las palomas, las voces, los gritos, las risas, los altoparlantes, la cumbia, la sonrisa desdentada, el cartel, la virgen de Luján, el vendedor, el cliente, la charla, los s

LA BARRITA DE LA CUADRA

Hace ya muchos años, en el barrio de floresta, la barrita de la cuadra estaba integrada por Pancho, Vaguito, Tati, el mono, Roli y el gordo. Tenían entre 10 y 12 años y eran vecinos de toda la vida. Algunos compartían además los estudios primarios, y otros sólo las travesuras diarias en las calles del barrio. De vez en cuando se los veía trepar el muro que daba al patio de los Garrone, donde ya eran especialistas en robar ciruelas. Verlos a todos juntos con las gomeras cazando pajaritos, o en la canchita al lado de la plaza, jugando incansablemente a la pelota, era cosa de todos los días.

Lluvia

Se ha desatado esta lluvia.

Se desbarranca desde el fondo de la tarde, desde un teléfono con un anuncio, desde mi pecho con un ahogo, y por fin desde mis ojos, que ahora dejan caer lentas largas eles.

Hubo muchas lluvias, torrenciales o mansas, contundentes o imprecisas, pero ahora, esta tormenta que arrecia, me deja sin aliento y quiere hacer naufragar mis palabras.

Desnudez en las calles

Susana Ragatke

 

Caminando por Corrientes, a unas cuadras del Abasto, en una de esas raras tardes en que había poca gente a mi alrededor, vi sorpresivamente a varios metros delante mío, y en el espacio entre dos autos estacionados, una masa de un tono blanco lechoso con limites oscuros superior e inferior, que parecía dotada de ciertos movimientos. Sentí curiosidad, me fui acercando con cautela, manteniendo distancia del cordón de la vereda.   Pude darme cuenta que se trataba de una persona, de espaldas, con las nalgas descubiertas. Parecía haber estado defecando y quizá orinando.

Un encuentro

Susana Ragatke

susana.ragatke [at] topia.com.ar

 

               Era una mañana del dos mil uno, en el conurbano, el gran supermercado y a pocas cuadras la villa de los pobres. Fue cuando una muchedumbre se avalanzó sobre las góndola, salteó cajas, molinetes y puertas, llevándose mercaderías para palear el frío y el hambre de familias sin trabajo. En el entorno, humo, golpes, tiros, forcejeos entre la policía y ellos, detenidos unos, huyendo otros, tratando de no perder lo poco logrado.

Al atardecer, todo era desolación vigilada por una guardia policial.

La foto del reencuentro

Susana Frida Ragatke            

susana.ragatke [at] topia.com.ar

 

 Para ella, la calle Corrientes a la altura de Montevideo es un lugar muy querido, ahí se siente imbuída de un clima propicio para hallazgos, encuentros y reencuentros.

Hay lugares y personajes que lo hacen inconfundible.

Alvaro Yunque: Evocación poemática de la Biblioteca Obrera de la calle México 2070

Recuerdo: Era por el año 1909. La República iba a festejar – con estado de sitio – el centenario de su emancipación.
Poco antes, Simón Radowisky, un muchacho candoroso, creyendo muy fácil resolver los conflictos entre el trabajo y el capital, hizo que el Coronel Ramón Falcón, el jefe de Policía, pegara un brinco tan grande que no paró hasta el otro mundo.

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Palomas y buitres

Por Mónica Debuchy
monimonita [at] hotmail.com

Estoy sola en la oficina. El sol tempranero entibia el lugar. Cuelgo mi cartera y abro la ventana que da a Paseo Colón. Tres pisos más abajo la ciudad bulle: colectivos atestados, impacientes automovilistas que  se pegan a la bocina, el sonido de un bombo y el grito de ¡justicia, justicia para los trabajadores! me indica que una marcha se dirige a Plaza de Mayo. Me asomo al balcón.

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Un trabajo honrado

Por Rubén Oscar Leva
levar [at] live.com.ar

    Ese día llegó inusualmente temprano. En la calle los recortes de papeles celestes y blancos, residuos patrióticos del heroico seis a cero frente a Perú, se alzaban en remolinos agitados por el viento helado del amanecer. El vigilante de la garita, haciendo la “V” de la victoria, agitó su mano en señal de saludo.

La familia en-red-ada 2

En el barrio de Almagro, Magdalena vive en el noveno piso, en un departamento pequeño y coqueto, desde el que puede disfrutar los árboles y pájaros de la plaza. No descuidó la protección de ventanas con mosquitero, por la posible invasión de insectos, salvo la abertura de la ventanita vaivén del baño.
Ella se fue acostumbrando a vivir sola después de enviudar hace cuatro años, llegando a disfrutar de los beneficios de la independencia antes nunca experimentada.

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La familia en-red-ada 1

 

Elena se encuentra frente a la caja haciendo el pago de la tarjeta, disgustada por la deuda que queda pendiente. Gastos generosos de fin de año y el receso del verano a la vista; se pregunta cómo enfrentarán el próximo pago.

Suena el celular, su hija, Gabriela la de quince. Registra la llamada pero no la atiende, termina el trámite y sale rápidamente del banco, para responderle.

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Cosa de pájaros

Mi consultorio está en un quinto piso a unas dos cuadras del Parque Independencia. Tiene una ventana bastante grande que da a calle Alvear, hacia el este, y otra, más pequeña, que mira hacia el oeste y desde la cual se puede espiar un rectángulo de parque. Emergiendo de entre el follaje de las tipas y los pinos, una o dos torres de iluminación de la cancha de Newells Old Boys perforan sin misericordia ese encanto verde que acaricia el cielo.

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Mirando la foto en la calle Corrientes

   --Amiga, yo le cuido el auto, quédese tranquila—y seguía indicándome con énfasis como arrimar no desperdiciando espacio. Terminó con un ceremonioso saludo sacándose la gorra.
   No bajé, esperando una amiga con quien encontrarme, el cuidador se acercó. 
   --Vaya tranquila, hace seis años que estoy aquí, me autorizó el juez y la policía. Si quiere me da algo cuando se va.

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El Colorado

       El colorado                                                                                   Norma B. López

 

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