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A.A.

 

Déjenme hablar, háganme el favor. Se los pido en virtud de la gran cantidad de años que hace que nos conocemos. Merezco ser escuchado en silencio. Sé que muchos de ustedes se molestarán conmigo, otros tal vez se angustien, y lo que es peor, más de uno, imagino quiénes, montará en cólera.

Esto que vengo a decirles, a contarles, es un giro inesperado que dio mi vida, sí esa repetida y anodina que ustedes, hace ya más de veinte años, conocen.

La equivocación es mía, yo les creí, como se dice, a pie juntillas, estuve convencido de mi enfermedad por la insistencia de ustedes que decían que lo era. Ese fue mi error. ¡Por favor, por favor, no murmuren, no conversen entre ustedes, déjenme terminar! Ustedes. y yo necesitamos una explicación. Nos la merecemos.

Cuando me explicaron, con amor y paciencia, al descubrir mis actos, de la enfermedad que compartíamos, y que yo ignoraba, me hicieron descubrir un mundo nuevo, un mundo con posibilidades, como se dice en la mala literatura, creí que mi vida había dado un giro copernicano.

Recordarán mi timidez, mis pocas y timoratas palabras, qué palabras, balbuceos diría. No es que no tuviera ideas, al contrario, las tenía y en demasía. Sabia lo que quería pero simplemente no podía hilvanarlas y hacerlas acciones, eso decían ustedes, se me iba a ir cuando dejara mi enfermedad, esa que parecía tan cruel y que nos unía a todos.

Aquí aprendí a sostener un debate, una forma de hablar y pensar, conocí una unión con el mundo. Claro que durante veinte años hablamos de lo mismo y con el mismo discurso, las mismas indicaciones: contenerse, refrenar los impulsos, llamar a un compañero, pedir ayuda, huir de los estímulos, huir de los colectivos, estar alertas y vernos todos los días.

En esa actitud, en la humildad de ser anónimos, con poca cosa que supiéramos de nosotros mismos mas allá del problema que teníamos, si ya sé... tengan paciencia, por favor no me interrumpan... el problema que ustedes.piensan que tenemos y que yo, humildemente, creo que ya no tengo.

No, no creo que me haya curado, no creo que esté libre del flagelo, como dice Luis, se trata de que ya no creo que el flagelo, que la enfermedad, que el mal, sea tal!!!!

Si no me dejan terminar no se entenderá nada, no, no se trata de haber vuelto a las andadas, no ando en un estado de excitación que me impida pensar, estoy lúcido, en mis cabales, miren mis manos no tiemblan, puedo hacer el cuatro con mi pierna derecha, no tengo ojeras de esas lamentables que he portado tanto tiempo, por eso mismo necesito contarles.

No se angustien, no, no he venido a hacer ningún sabotaje al grupo, a lo que hemos pensado hasta hoy. Solo quiero decirles mis descubrimientos, después me voy y ustedes. siguen con la reunión, es preciso y necesario que les cuente.

Lo mío empezó cuando era muy chico, nunca lo pude explicar bien, tal vez la timidez, tal vez la ilusión de un mundo sin palabras, no sé... Lo cierto es que desde pequeño descubrí e intenté tocar a las mujeres en los colectivos.

Recuerdo vivamente los pequeños ómnibus donde iba a la escuela, la cantidad de gente que en ellos viajaba, antes era todo distinto, la gente se levantaba temprano para ir al trabajo y esos pequeños microómnibus iban repletos. Había que empujar, correrse al interior del coche era una titánica tarea que necesitaba empuje y brío, se subía y bajaba por adelante, ¿se acuerdan? Allí descubrí el roce, el descubrimiento y diferencia entre un empuje fortuito y un encuentro cercano de indudable tipo. Ahí me hice, sin querer, sin buscarlo, un apoyador anónimo, sí apoyador anónimo de transporte publico. Viví en silencio y clandestinamente cada suba a un colectivo con la sublime, secreta y desesperada esperanza de apoyar una mina.

Ya sé, ya sé que a ustedes les pasa lo mismo, ya sé que no les cuento nada nuevo, no se impacienten. Pero voy a llegar al cambio, a la diferencia que creo he descubierto.

Conocí subtes de horas pico, colectivos como el siete, que eran la delicia y el goce de cualquier apoyador anónimo. El cincuenta y tres, por ejemplo, que iba desde Caseros a la Boca, permitía apoyadas largas, cómodas, y llegado el caso orgásmicas. No, les juro, no trato de excitarlos. No quiero, ni pretendo que crean que es una invitación a salir en patota apoyadora, ustedes saben que siempre fui un apoyador solitario, lejos de mis intenciones la barbarie de la patota masificadora.

Es cierto que durante años viví una vergüenza silenciosa, es verdad que muchos de mis amigos nunca supieron de mi incansable interés por recorrer la ciudad en microómnibus en horas picos. Pagué un caro precio por mis gustos secretos.

Me aislé, creí que el amor era así, sin palabras, a puro roce, de pierna con pierna, de brazo con codo, de muñeca con seno, de entrepierna con culo, en fin ustedes conocen las infinitas variantes del arte que nos une.

Hay tres tipos de frecuentadores habituales en el transporte público: los vendedores ambulantes, los punguistas y nosotros, los apoyadores anónimos.

Pues bien, he venido a decirles que después del descubrimiento que hice en el colectivo 140, he descubierto la verdad aunando a ello lo sublime y lo orgásmico: no quiero ser más un apoyador anónimo, ni un apoyador anónimo en recuperación, me he dado cuenta de que el sexo en el colectivo se inicia y avanza en forma espléndida si uno es conocido. Es más, si las personas que desean ser apoyadas saben horario y recorrido del apoyador famoso se ponen en espera en los lugares más indicados. Vendrán provistas de minifaldas y demás vestuario que colaborará para el éxito de una prolongada y excelente apoyada.

Amigos, vine a decirles que el error es ser un pobre y humilde apoyador anónimo. Hay que militar y activar para el apoyo explícito, descarado y gozoso. Salir de la clandestinidad, mostrar el mundo de sensaciones que el apoyo en transporte público produce tanto a jóvenes, como a viejos y niños. ¡Terminar con el ocultamiento de tan noble y delicado oficio desarrollado por años por especialistas como nosotros! Hay que dar clases en la universidad, en los centros comunales, en los clubes de barrio. Muchas personas de esta noble y alicaída patria desean fervientemente ser apoyadas mientras viajan, muchas niñas desean llegar a casa después de haber disfrutado de un orgasmo producido en un colectivo por un ilustre apoyador público.

Por eso vine a decirles que me despido de ustedes.

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Articulo publicado en
Septiembre / 2009

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