La boda de Encarna. Homenaje a Manuel Váquez Montalbán. | Topía

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La boda de Encarna. Homenaje a Manuel Váquez Montalbán.

 

Triunfo, 25 / 11 / 1972

La del alba sería cuando han llamado a mi puerta, y en mi puerta se ha recortado una Encarna con sueño, pero alada y sonriente.
    —Don Sixto. Me caso.
He vuelto a cerrar la puerta porque me ha parecido evidente que estaba soñando. Pero nuevamente el timbrazo. Abro y esta vez Encarna estaba menos alegre.
    —Pero, ¿qué le pasa?
    —Así que es verdad. Eres tú, Encarna, y te casas.
    He dejado la puerta abierta a lo irremediable y Encarna ha desparramado su presencia por mi apartamento, hasta el punto que yo no podía ni sentarme en una silla porque hubiera sido algo así como rozar a la propia Encarna. Yo permanecía en pie, escuchando su afortunado resumen de una noche afortunada. Él es músico. Es decir, toca la flauta y el tamboril. Iba para físico nuclear, pero lo dejó correr porque presenció un debate ante la televisión entre Oppenheimer y Teller, entre la paz y la guerra. Él es canadiense. Rubio y alto como la cerveza. En el pecho lleva tatuado un colibrí y el lema La ley es la selva. Se casan.
    —Cuándo? ¿Dónde? ¿Cómo?
    —Mañana. Abajo, en mi piso. ¿Cómo? Pues hemos barajado varias soluciones y hemos aceptado la más poética e informal: la boda gitana. Cogeremos una olla de barro cocido y la tiraremos contra el suelo. Cada pedazo será un año de contrato matrimonial.
    —Con lo que se ha adocenado lo de la alfarería, la olla se va a romper en doscientos pedazos y os van a enterrar en un ataúd doble.
    —Pero qué mala intención tiene usted, don Sixto. Ya buscaremos una olla bien resistente para que se rompa en pocos pedazos. ¿Por qué no la busca usted que tiene tiempo libre?, y además quiero que sea el padrino.
    Y a las nueve de la mañana he empezado mi peregrinación por las cacharrerías de Madrid. Creo que he dado el espectáculo. Porque yo pedía «familias de ollas», ollas de la misma hornada. Y cuando me señalaban una familia de ollas yo escogía una, la tiraba contra el suelo, comprobaba el número de pedazos, pagaba la rotura y me iba sin olla. Cerca del mediodía ya me seguía una veintena de curiosos, entre los que estaban los diez propietarios de cacharrerías, a los que había sorprendido con mis originales compras. Por fin, uno de ellos me ha abordado.
    —Pero, ¿qué busca usted?
    —De verdad, de verdad, busco una olla que no se rompa.
    El hombre se ha rascado una oreja.
    —Venga conmigo. Puedo ofrecerle una olla que ofrece bastantes garantías.¿Ha de ser de barro?
    —De no poder ser de piedra...
    —No hay ollas de piedra. De acero...
    —No. No. Se notaría.
    —Bueno. Buscaremos un barro durísimo.
Me ha llevado a la tienda de un cacharrero de Legazpi y me he llevado una olla increíble, que debía pesar sus buenos cinco kilos y parecía hecha de pared maestra.
    En el piso de Encarna ya me esperaban los canapés de sardina de lata y los invitados enlatados como sardinas. Mucha juventud. El novio era un canadiense al que Baroja habría descrito así: larguirucho, sin sustancia y nada relevante en su personalidad como no sea la melena despeinada. El novio ha auscultado la olla como un médico del seguro, y Encarna me ha pedido que la tirase yo mismo contra el suelo. Los novios a mi lado, un cerco libre a mi alrededor. Expectación. Yo cojo la olla. Cierro los ojos. Concentro toda la energía espiritual de un «no», tratando de impregnar de «no» la pobre carne de barro. Y tiro la olla.
    Sigo con los ojos cerrados hasta que se acalla el ¡oh! que ha ocupado la estancia. Los abro: la olla está en el suelo, intacta. Varias voces dicen que vuelva a tirarse. Pero Encarna dice que no. Que la cosa está hecha, y que si la olla no quiere no hay boda. En vano el matemático, físico, músico o como quieran trata de convencerla con una serie de martingalas y ecuaciones, cálculos de probabilidades, etcétera, etcétera. Yo ya estoy tranquilo, porque nada enfurece tanto a Encarna como los vendedores a domicilio. Y se van. Y sólo nos quedamos Encarna, yo, la olla, restos de canapés de sardinas, de vino tinto. A las cuatro de la madrugada yo estaba empapado de sardinas y tinto cuando subía hacia mi piso con la olla colgada de mi mano, como un ser querido al que nunca abandonaré.

 
Articulo publicado en
Septiembre / 2009

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