Lo que el deseo no puede tragar. Cuerpos que se estremecen, placeres que asquean | Topía

Top Menu

Titulo

Lo que el deseo no puede tragar. Cuerpos que se estremecen, placeres que asquean

 

El sentimiento de asco, habitualmente vinculado a la repulsión “involuntaria” hacia alimentos o situaciones percibidas -por su aspecto, olor o sabor- como sucias o desagradables, en la experiencia homoerótica se despliega como un fenómeno complejo y conflictivo que interroga las fronteras entre cuerpo, deseo y cultura. En particular, la sexualidad anal masculina, marcada a lo largo de la historia por una carga simbólica de perversión y suciedad, es un terreno donde se entrecruzan deseos, miedos y afectos contradictorios. Pero el asco no se limita a la experiencia individual, circula también en el plano social como un afecto potente que atraviesa entornos familiares, comunitarios y sociales. Así, pacientes han relatado cómo desde su infancia o adolescencia se enfrentaron a expresiones de repulsión -presumiblemente “viscerales”- hacia las personas gays, lesbianas, travestis y transexuales en discursos familiares que califican como “asquerosas”, “repugnantes” o “degeneradas” a las parejas del mismo sexo o a quienes no se ajustan a las normas de expresión de género, manifestando un asco que regula, estigmatiza y excluye. Este afecto -como veremos- excede lo fisiológico y lejos está de ser una mera reacción moral, revela un malestar psíquico que atraviesa la corporalidad, condicionando la manera en que se habita el deseo. En este artículo, propongo abordar el asco como efecto de un mandato superyoico, y al mismo tiempo, articularlo como un afecto corposubjetivo que se inscribe en la piel y la memoria afectiva de algunos varones que se vinculan eróticamente con otros varones. A partir de una viñeta clínica que describe la náusea de un joven -a quien llamaremos Leandro- durante su primera experiencia homoerótica anal, exploraremos las formas en que este afecto se relaciona con las normas sociales, las construcciones de la masculinidad y con las economías afectivas y libidinales que regulan el deseo.

El sexo anal no es rechazado solo por lo que implica, sino por su asociación con la pasividad, percibida como amenaza a la integridad del yo masculino (patriarcal).

El asco ha sido abordado desde múltiples perspectivas teóricas en el campo de la sexualidad y la subjetividad. Freud, en sus Tres ensayos sobre teoría sexual y en el Caso Dora, identificó el asco como uno de los diques de las pulsiones sexuales -junto a la vergüenza y la moral- afecto que cumple una función defensiva frente a deseos reprimidos o socialmente censurados, especialmente en relación con la sexualidad anal.1

Aunque este trabajo se focaliza en experiencias de varones que se vinculan en el plano erótico con otros varones, conviene aclarar que el erotismo anal no es una práctica exclusiva de estos cuerpos ni de estas identidades. La zona anal -como señaló Freud en los Tres ensayos- constituye una de las primeras zonas erógenas del cuerpo infantil, y en torno a ella se organizan prohibiciones, mandatos de limpieza, rechazos y valoraciones culturales que atraviesan a todos los sujetos, más allá del género o la orientación sexual. Para el bebé, ni el culo ni la mierda son asquerosos; es la cultura la que enseña que deben serlo para poder expulsarlos. En esa pedagogía del control pulsional, el cuerpo aprende que lo que sale por allí debe volverse sucio y desechable. La cultura “entra por el culo”, para decirlo crudamente: allí se localizan tempranamente los afectos de vergüenza, repulsión y control. En este sentido, Paul B. Preciado retoma y radicaliza esta línea al afirmar que “todos tenemos culo” y que el ano, precisamente por no estar ligado ni a la reproducción ni al amor romántico, posee un potencial político y erótico disidente. Se trata de una zona erógena compartida por todos los cuerpos, que desborda el binarismo genital pene/vagina y ha sido históricamente asociada con lo abyecto, lo residual, lo que debe ser ocultado. El ano es un espacio de posibilidad para reelaborar el cuerpo fuera del mandato reproductivo, y por eso mismo es un blanco privilegiado del asco cultural.2

Desde esta perspectiva, el asco asociado al erotismo anal no se restringe a los varones homosexuales, aunque en sus trayectorias cobra una visibilidad y un peso específico particular, que es el que en este texto nos proponemos indagar.3

Por su parte, Leo Bersani en “¿Es el recto una tumba?” propone que la pasividad anal representa una amenaza radical para la constitución del yo masculino (patriarcal), donde podemos situar el asco como un efecto estructural que resguarda la integridad subjetiva frente a la pérdida de control y la “desintegración”.4 Didier Eribon, desde la sociología y su autobiografía, describe cómo la injuria y la humillación social internalizadas configuran una subjetividad marcada por la vergüenza y el rechazo hacia el propio deseo homoerótico.5 Mientras que Judith Butler, en Cuerpos que importan, analiza cómo el régimen de “heterosexualidad obligatoria” instituye un orden corporal que expulsa transformando en abyectos sujetos y prácticas no conformes, generando así una forma de violencia psíquica que se materializa en afectos como el asco.6 Finalmente, Sara Ahmed amplía este marco al conceptualizar el asco como un afecto social que se “pega” a ciertos cuerpos, configurando líneas de exclusión y protección, y mostrando que no solo es una reacción individual, sino un mecanismo de poder que regula la convivencia social.7 Este “sistema operativo” nos permite abordar el asco en el inicio de las prácticas homoeróticas en algunos varones como un fenómeno complejo que atraviesa el cuerpo, el psiquismo y la cultura.

La corposubjetividad en crisis: náusea y asco en el proceso subjetivo de salir del placar

El proceso de salir del placar implica una profunda reconfiguración de la corposubjetividad, donde el cuerpo y la identidad se encuentran en una tensión conflictiva.8 Afectos como la náusea y el asco no se manifiestan únicamente como señales somáticas que expresan un rechazo interno sino la inscripción de un malestar social y cultural. La viñeta clínica que sigue ejemplifica cómo, en los inicios del reconocimiento y la puesta en acto de un deseo homoerótico, el cuerpo puede reaccionar con una crisis afectiva que condensa la violencia simbólica del entramado socio-comunitario-familiar heteronormativo.

Leandro relata su primer encuentro sexual anal como placentero, aunque experimenta posteriormente una sensación de náusea persistente: “sentía el estómago revuelto… esa sensación me duró hasta la noche”. Más adelante, refiere que, tras la eyaculación de su partenaire, sintió un malestar físico intenso, “como si el semen hubiese llegado al estómago”. Esta imagen, aunque inverosímil desde el punto de vista fisiológico, puede pensarse como expresión de una fantasía corporal infantil. En las teorías sexuales infantiles, los límites entre lo digestivo, excretor y genital no están aún diferenciados psíquicamente, lo que permite imaginar un cuerpo continuo, invadido por dentro.9

Pero esta fantasía también remite a lo que Julia Kristeva define como lo abyecto: lo que irrumpe en el cuerpo desde afuera, desorganiza el yo y provoca asco.10 Aquí, el semen no simboliza goce o vínculo, sino resto contaminante. Sara Ahmed propone que los afectos circulan socialmente y “se pegan” a los cuerpos, marcándolos con sentidos históricos.11 Así, la náusea de Leandro expresa una economía afectiva donde el cuerpo “homosexual pasivo” ha sido inscripto como receptáculo de lo sucio, lo degradado, lo rechazado.

La zona anal -como señaló Freud en los Tres ensayos- constituye una de las primeras zonas erógenas del cuerpo infantil.

Desde una perspectiva psicoanalítica, este malestar puede leerse como síntoma del conflicto entre deseo y prohibiciones internalizadas, inscrito en el aparato digestivo: órgano clave en las fases oral y anal de la sexualidad infantil freudiana. La sexualidad anal, asociada simbólicamente con lo sucio, puede desencadenar respuestas somáticas cuando el deseo entra en colisión con representaciones sociales degradadas. En este sentido, la náusea y la sensación de “estómago revuelto” no son solo físicas, sino manifestaciones de un malestar psíquico que afecta la materialidad del cuerpo en su tránsito hacia la afirmación de una identidad disidente.

Este fenómeno se inscribe además en un marco donde las disidencias sexuales son objeto de repudio. El asco circula desde la infancia en discursos familiares y sociales (“qué asquerosos”, “degenerados”, “culo roto”, “corrompen niños”, etc.) que no se limitan a excluir al otro, sino que además se instalan en el sujeto como parte de su constitución subjetiva. El cuerpo que desea se ve así afectado por la injuria estructural que lo constituye. Como sugiere Leo Bersani el sexo anal no es rechazado solo por lo que implica, sino por su asociación con la pasividad, percibida como amenaza a la integridad del yo masculino (patriarcal).12 La náusea se convierte entonces en signo de una tensión entre deseo y un tipo de masculinidad internalizada que demanda control, autonomía y poder.

En el caso de Leandro, la reacción no surge como respuesta al acto sexual en sí, vivido sin culpa ni miedo, sino como un afecto sorpresivo que irrumpe tras una vivencia erótica intensa. Esta náusea no es representación elaborada, sino marca del inconsciente, inscripción sintomática de un conflicto que se expresa con el cuerpo. Como plantea Valentina Yona, el asco forma parte de una economía afectiva que distribuye lo repulsivo sobre ciertos cuerpos y prácticas sexuales, ubicándolos en los márgenes de lo tolerable. En su lectura, el asco no solo rechaza, sino que también conmueve y desestabiliza: puede sacudir al sujeto hasta el vómito, entendido como metáfora de lo que no se puede integrar, pero tampoco ignorar. Desde esta perspectiva, los afectos no son solo barreras, sino huellas que permiten pensar los modos en que se constituye -y se transforma- la corposubjetividad disidente.13

La salida del placar implica algo más que un acto discursivo, supone una reconfiguración vivida del entramado entre cuerpo, deseo e historia afectiva y libidinal.

Otros relatos clínicos confirman este mecanismo: desde la evitación del sexo anal por asociarlo con lo degradante, hasta el recuerdo de escenas familiares donde se rechazaba con asco cualquier afecto entre varones. El deseo se inscribe así en un cuerpo colonizado por afectos que dificultan su disponibilidad erótica. La salida del placar implica algo más que un acto discursivo, supone una reconfiguración vivida del entramado entre cuerpo, deseo e historia afectiva y libidinal, en la que se ponen en juego nuevas formas de identificación que desbordan las coordenadas heteronormativas internalizadas. El cuerpo que antes respondía al mandato heteronormativo ahora se ve conmovido por una experiencia que, pese al malestar, se inscribe como posibilidad.

El asco expresado por figuras significativas -madres, padres, docentes, medios- no rechaza únicamente prácticas, sino también cuerpos y modos de subjetividad. Lo repulsivo no es lo ajeno, sino lo que amenaza con volverse propio. En palabras de Ahmed: “la repugnancia hace algo: mediante ella, los cuerpos ‘retroceden’ ante su proximidad”.14 Ese retroceso no es individual, sino colectivo, una orientación afectiva que produce cercos sociales entre lo que merece dignidad y lo que debe ocultarse permaneciendo en la marginalidad y clandestinidad.

Desde esta perspectiva, el asco funciona como tecnología de poder. No solo produce exclusión, sino que organiza la subjetividad. En términos de Butler, lo abyecto es aquello que debe quedar fuera para que el sujeto heterosexual se constituya.15 En esa exclusión, el sujeto gay también se forma: las injurias (“maricón”, “trolo”, “puto”, “asqueroso”) son marcas de subordinación, pero también matrices identitarias. Como plantea Eribon, estas categorías pueden volverse parte constitutiva del self, y la salida del placar es siempre parcial, porque requiere negociar con esos restos de asco y vergüenza inscritos en el cuerpo y la memoria.16

Ahmed lo resume con precisión: “el objeto que repugna ha saturado el mundo subjetivo; la repugnancia nombra la penetración del mundo por aquello que se considera nauseabundo”.17 El asco, entonces, no solo se dirige hacia el otro, sino que retorna sobre el propio cuerpo cuando la cultura, a través del superyó, lo coloca del lado de lo abyecto. Lejos de ser solo reacción fisiológica, la náusea se convierte en expresión de una subjetividad invadida por una violencia simbólica que se reactualiza en el momento mismo del goce.

Se trata de ubicar el asco como un afecto político, modelado por normas de género, fantasías de pureza y contaminación y discursos de repulsión.

La náusea de Leandro no es sólo síntoma de rechazo: es también evidencia de un cruce de frontera. Un cuerpo que, aun atravesado por el asco, comienza a inscribirse en la posibilidad de habitar el deseo de otro modo. En este marco, el síntoma -la náusea, el estómago revuelto- condensa la paradoja de placeres que asquean: una vivencia erótica intensa que se abre paso donde antes hubo injuria, una experiencia que conmueve y desorganiza al sujeto.

Del asco al reconocimiento: clínica, política y ética del deseo disidente

Frente a la inscripción del asco en los cuerpos y discursos, la clínica no puede limitarse a interpretarlo como un síntoma individual desligado del lazo social. Por el contrario, se trata de ubicar el asco como un afecto político, modelado por normas de género, fantasías de pureza y contaminación y discursos de repulsión que apuntan a mantener el orden heteronormativo como régimen hegemónico del deseo. La clínica con sujetos disidentes, en este marco, requiere una ética que acompañe los procesos de subjetivación donde el deseo pueda afirmarse en su diferencia, aun cuando esa afirmación atraviese zonas de malestar, conflicto o náusea.

Trabajar con el asco no es forzar su desaparición inmediata, sino alojar su emergencia como expresión de una tensión que requiere elaboración: entre lo que se desea y lo que se ha aprendido a repudiar, entre el cuerpo propio y el cuerpo abyecto, entre el placer y la vergüenza. La tarea analítica es permitir que ese afecto se despliegue, se escuche y se interprete no solo como defensa, sino también como vestigio de un discurso social que el sujeto necesita revisar para poder habitarse de otra manera. Se trata, en suma, de acompañar una reescritura de la geografía corposubjetiva: mapa dinámico en que se inscriben, disputan y reconfiguran las marcas simbólicas, afectivas y políticas del cuerpo. Allí “donde repulsión hubo, afirmación encarnada podrá advenir”.18

Algunas reflexiones

El recorrido propuesto en este artículo buscó pensar el asco no como un residuo puramente individual, ni como una expresión fisiológica espontánea, sino como un afecto cargado de historia, discurso e ideología. A partir de una viñeta clínica situada en el inicio de un proceso de salida del placar, indagamos cómo la náusea puede encarnar la tensión entre el deseo homoerótico y el rechazo incorporado desde el entorno social, evidenciando una corposubjetividad en crisis.

La experiencia del asco no es, entonces, solo rechazo: es también un campo de conflicto, de producción simbólica, de inscripción de normas y, eventualmente, de su cuestionamiento.

En este sentido, la clínica que aloja estas manifestaciones no puede limitarse a una neutralidad técnica, sino que debe sostener una ética del reconocimiento, capaz de leer los afectos en su espesor político y cultural. Trabajar con el asco en pacientes LGBTIQ+ implica abrir la posibilidad de desarmar su lógica represiva, habilitando espacios donde el deseo se vuelva enunciable, vivible, afirmable, más allá del malestar.

Lo nauseabundo, lo sucio, lo repulsivo -esas marcas con que la cultura heterosexista sanciona lo diferente- pueden volverse, en el trabajo clínico y en la escena social, espacios de invención de otras formas de habitar el cuerpo y el mundo. ◼

 

Notas

1. Cf Freud, Sigmund (1905), “Tres ensayos de teoría sexual” en Obras Completas, Amorrortu, Buenos Aires, 1976, 24 tomos, Tomo VII, pp. 109-222. Especialmente pp. 138, 147, 162, 173.

2. Preciado, Paul B., Manifiesto contra-sexual, Opera Prima, 2002, p. 27.

3. Si bien este artículo se centra en experiencias homoeróticas, cabe señalar que el placer anal en varones heterosexuales también se encuentra atravesado por fuertes mandatos normativos que lo asocian con lo abyecto, lo degradado o lo “feminizante”. En muchos casos, este goce permanece “guardado en el placar”, como parte de un deseo no reconocido o censurado, incluso en vínculos heterosexuales. Un chiste repetido en ámbitos masculinos “hetero es el que prueba y no le gusta” resume bien esta lógica: se habilita la experiencia solo si al final se reafirma el rechazo, garantizando que la virilidad masculina patriarcal permanezca intacta.

4. Bersani, Leo (1988), “¿Es el recto una tumba?” en Llamas, Ricardo (comp.), Construyendo sidentidades. Estudios desde el corazón de una pandemia, Madrid, Siglo XXI, 1995, pp. 107, 114-115.

5. Eribon, Didier, Reflexiones sobre la cuestión gay, Anagrama, Barcelona, 2001, pp 97-101; Eribon, Didier, Regreso a Reims, Buenos Aires, Libros del Zorzal, 2017.

6. Cf. Butler, Judith (1993), Cuerpos que importan. Sobre los límites materiales y discursivos del “sexo”, Buenos Aires, Paidós, 2018.

7. Ahmed, Sara (2004), La política cultural de las emociones, México, Programa Universitario de Estudios de Género, UNAM, 2015, Cap. 4: “La performatividad de la repugnancia”.

8. Ver, por ejemplo: Barzani, Carlos, “Psicoanálisis y abordaje de la homo-lesbofobia”, revista Topía Nº 87, noviembre 2019. Disponible en https://www.topia.com.ar/articulos/psicoanalisis-y-abordaje-homo-lesbofobia. Kosofsky Sedgwick, Eve (1990), Epistemología del armario, Barcelona, Ed. de la Tempestad, 1998.

9. Freud, Sigmund (1908), “Sobre las teorías sexuales infantiles” en op. cit., Tomo IX, pp. 183-201.

10. Para Kristeva lo abyecto surge de un mecanismo primario contemporáneo a la separación yo-no yo, es “aquello que perturba una identidad, un sistema, un orden. Aquello que no respeta los límites, los lugares, las reglas. La complicidad, lo ambiguo, lo mixto.” La abyección se expresa en reacciones de repugnancia respecto de las excreciones del cuerpo -pus, sudor, excrementos, vómitos, flujo menstrual, etc.- y los olores asociados con cada una de ellas. Kristeva, Julia (1980), Poderes de la perversión, México, Siglo XXI, 1989, p. 11.

11. Ahmed, Sara, Ibídem.

12. Bersani, Leo, op. cit.

13. Yona, Valentina, “‘Vomité de los nervios y dije soy puto’: reflexiones en torno a la economía afectiva del asco”, Etcétera. Revista Del Área De Ciencias Sociales Del CIFFyH, Nº 15, 26 de diciembre de 2024, pp. 16-19. Disponible en https://revistas.unc.edu.ar/index.php/etcetera/article/view/47530

14. Ahmed, Sara, op. cit., p. 135.

15. Butler, Judith, op. cit., pp. 19-20.

16. Eribon, Didier, Reflexiones sobre la cuestión gay, op. cit., Cap. I y VII.

17. Ahmed, Sara, op. cit., p. 154.

18. Esta frase reformula, en clave afectiva y disidente, la célebre máxima freudiana: “Donde Ello era, Yo advendrá”.

 

Carlos Alberto Barzani, Psicoanalista
carlos.barzani [at] topia.com.ar
IG: @carlosbarzani  

 
Articulo publicado en
Agosto / 2025

Artículos recientes