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2023

 
Primera Mención del Octavo Concurso Topía Ensayo Breve 2024/2025 “La crisis de fin de época”

El capitalismo tardío induce procesos de desubjetivación masiva a través de medios tecnológicos, de manera directa, no sólo a través de la cultura o de los contenidos. En un contexto de devaluación del trabajo por el impacto de las IA generativas emerge una ideología de omnipotencia que convierte a la extrema derecha en la opción “por default” para los más jóvenes.

Una cosa es que existan las condiciones técnicas de posibilidad para implementar un sistema de renta básica universal, y otra muy distinta es que el desarrollo tecnológico vaya en ese sentido en la sociedad capitalista actual.

En 2023 se hizo masiva la primera versión gratuita de ChatGPT y debajo de cada piedra empezaron a surgir teorías sobre el futuro que le depara a la humanidad la inteligencia artificial (IA). También fue el año en el que llegó a la presidencia en Argentina el ultraderechista Javier Milei. Ese año en una clase de la universidad un joven estudiante me desafió preguntándome a qué me dedicaría cuando la IA reemplace a los profesores.

Escenas como esa se repitieron en cada lugar del mundo en el marco de un proceso que aparenta ser de obsolescencia programada y del cual cuesta encontrar antecedentes. En la actitud desafiante de ese muchacho, ¿cuánto hay de genuina rebeldía, de saludable tensión intergeneracional, y cuánto de crueldad motivada, quizá, por la angustia ante su propio futuro? ¿Cuánto hay de Eros y cuánto de Thanatos?

El rompecabezas que este artículo intenta armar es el de una subjetividad amenazada de extinción por un proceso cuyo alcance es global, y donde los límites entre lo tecnológico, lo político, lo ideológico, lo económico y lo cultural se difuminan, si es que existen. No es una “teoría del todo” ni busca formular leyes generales sobre la subjetividad en crisis; mucho menos predecir el futuro. Apenas intenta entender algunos aspectos de ese “futuro” presente aquí.

El código determinista

Las redes se hacen eco del vaticinio de Bill Gates: pronto la tecnología nos relevará de la necesidad de trabajar, alrededor de la cual los humanos centramos la vida desde la Edad de Piedra hasta ahora. Por fin, ya sólo deberemos preocuparnos por lo que haremos con el tiempo libre.

Para el determinismo tecnológico, el desarrollo tecnológico es consecuencia natural del desarrollo científico, llevado adelante por el hombre como especie –y no por grupos con intereses políticos y económicos específicos o por una clase social, como más bien ocurre–. Ese desarrollo determinará el tipo de sociedad en el que viviremos, independientemente del sistema político o de las relaciones sociales de producción. Es la manera más común de pensar en el cambio tecnológico cuando nos desentendemos del funcionamiento social, político y económico.

Es sorprendente cómo muchos jóvenes de clase trabajadora –y también más de un divulgador científico progresista– creen en ese Paraíso que vislumbra el fundador de Microsoft. Creen que La Tecnología ha venido a liberarlos. Viva la libertad. Esa libertad.

De ahí que los sorprenda enterarse de la edad de ese sueño, soñado entre otros por el humanismo utópico de Tomás Moro y el marxismo revolucionario. Un sueño tan viejo como la noción de que, por más que se realice con ayuda de la técnica, un proyecto semejante no puede sino ser político.

En realidad, incluso Bill Gates, a su modo, plantea la necesidad de un cambio político para arribar a ese Paraíso. La clave, para él, “estará en cómo decidamos usar esta nueva abundancia generada por las máquinas” para el bienestar colectivo, y para que la IA “beneficie a toda la población, no solo a las grandes empresas”1.

Una cosa es que existan las condiciones técnicas de posibilidad para implementar un sistema de renta básica universal –después de todo la riqueza es producida por las sociedades y no por los individuos–, y otra muy distinta es que el desarrollo tecnológico vaya en ese sentido en la sociedad capitalista actual. Tampoco en China ni en la ex URSS prosperaron modelos tecnológicos basados en el desarrollo de las capacidades humanas y no en su explotación: ¿será porque es técnicamente imposible, o por alguna otra razón?

Basado en las filosofías de la técnica de Marcuse y Simondon, Andrew Feenberg (2012) propone que el desarrollo y la implementación de nuevas tecnologías dan forma a las relaciones sociales, haciéndolas más democráticas o autoritarias según sea el código de valores, intenciones e intereses presentes en el diseño.

La conversión técnica de la subjetividad en materia prima para la industria y el lucro ajeno produce una también inédita pérdida de valor de la subjetividad.

En otras palabras, con el desarrollo tecnológico basado en las herramientas objetivas del conocimiento técnico y de la ciencia, las elites proyectan sus valores subjetivos sobre la sociedad, haciendo que todo funcione de manera más parecida a la que imaginan y sueñan. Con la misma base tecnológica –pongamos por caso la IA, la robótica e internet– pueden construirse realidades muy diversas, mundos muy diversos –pongamos por caso qué tareas deben ser realizadas por humanos, aunque una máquina pueda hacerlas, o si un sistema de renta básica debe ser público o privado, y por qué medios técnicos se establece la relación entre quien da y quien recibe–. Si el desarrollo de la IA se ha convertido en la expresión de un antihumanismo radical, como sostiene Eric Sadin (2020), es porque son esos los valores del sujeto social que impulsa esos cambios, y no porque esas tecnologías sean en sí portadoras de un destino fatal para nuestra especie.

Subjetivación o sobreadaptación

Internet sienta definitivamente el paradigma de la tecnología no como una herramienta que simplemente usamos –bien o mal– sino como una compleja estructura material de la cual participamos. Concreta, además, la noción del “artefacto total”, el aparato único del cual todos los demás aparatos tienden a ser parte dependiente, el ente de control total que es quizás el sueño más preciado de la modernidad (Anders, 2011b). Y es un nuevo entorno de participación y conflicto social, más que un conjunto de máquinas de comunicación (Echeverría, 2020).

Los códigos corporativos de valores son los predominantes en el mundo tecnológico, pero el poder de esos códigos no es omnímodo. Cuanto más masiva es una tecnología más se diversifican los contextos de uso, y en ellos siempre existe una capacidad de resignificar esos valores. Eso implica procesos de subjetivación social, con los que los usuarios se apropian y resignifican las tecnologías, incluso subvirtiendo la hegemonía cultural. Es decir: las tecnologías digitales jamás son sólo una herramienta “transparente”, pero sí (también) son (o al menos pueden ser) herramientas.

Pero ¿cómo son esos procesos de subjetivación? ¿Dónde hay apropiación creativa y productiva, y dónde sólo sobreadaptación y prácticas alienantes? Lo que se ve en las aulas con los modelos de lenguaje generativos como Gemini o ChatGPT es a menudo sintomático. El hábito de las pantallas, las dificultades de lectoescritura, comprensión de textos y búsqueda responsable de información, la (no) evaluación crítica de la producción propia o ajena, confluyen con modalidades de uso de la escritura automática que pueden considerarse compulsivas, en especial cuando se saltea el aprendizaje de habilidades básicas específicas. Un estudiante de medicina puede recurrir a ChatGPT para entender un texto en alemán, pero ¿sería aceptable que lo haga un estudiante de alemán al que se le pide traducir el texto?

Para quien tiene un capital de conocimientos adquiridos (o bien una idea clara de qué quiere hacer y qué clase de resultados busca), la IA generativa puede funcionar efectivamente como herramienta para ahorrar tiempo y mejorar la productividad; en caso contrario, es muy difícil. Así, la subjetivación aparece como condición necesaria, aunque no suficiente, para lo que podríamos llamar “buen uso”.

Si además tenemos en cuenta que todo proceso genuino de aprendizaje o de resolución de problemas implica angustias y resistencias (y que el valor libidinal de lo conseguido cuando se superan esos obstáculos es parte fundamental de los procesos de subjetivación y desalienación), entonces la posibilidad técnica de suplantar ese proceso con sólo escribir un prompt y esperar el resultado un par de segundos, máxime si rinde resultados en términos de zafar en una instancia evaluativa o ser celebrado entre los pares como un acto de astucia, parecen dadas las condiciones para hablar, literalmente, de nuevos modos de adicción o consumos problemáticos, que aún no reciben tratamiento como tales, y que están transformando además las relaciones intersubjetivas (hoy, no en el futuro).

Subjetividades enmascaradas

Según Mario Bunge (2012) la racionalidad de la acción técnica no debería buscarse sólo en los medios, como acostumbra el instrumentalismo cientificista clásico, sino también en los fines. Así se pueden señalar usos de la expresión comodín “usar la tecnología” como forma de encubrir el significado verdadero de la acción, dado por el contenido de la práctica social en que se enmarca y no por la herramienta usada.

A través de La Tecnología el capitalismo financiero 
ha producido una subjetividad restringida a las leyes de la oferta y la demanda, ausente de la dimensión política de la vida.

Se ve entonces que a acciones tan diversas como falsificar un examen, plagiar un artículo parafraseándolo en segundos, confiar ciegamente en información dudosa o realizar un chequeo responsable, puede caberles ese rótulo “neutral” ya que, efectivamente, son formas de “usar la IA” (… así como apuñalar a una persona, cocinar o efectuar una cirugía en quirófano serían formas de “usar un cuchillo”).

Con esta operación ideológica del lenguaje se oculta la valoración social y ética de la acción, naturalizándola y hasta justificando una autopercibida actitud rebelde y crítica – Si los profesores usan IA y en los avisos de empleo te lo piden, ¿por qué prohibirla? –, alimentando las hipótesis de obsolescencia del sistema educativo lanzadas desde Silicon Valley por quienes ya se frotan las manos para “solucionarle ese problema” al mundo.

Las prácticas sociales generan un campo de conocimiento propio, producto de la acción consciente, y ese conocimiento luego es objetivado como acervo de una disciplina. Los aspirantes se forman incorporando esas habilidades, pero ¿qué pasa si las delegan?

Lo habitual es que en ese caso tampoco tengan elementos para un adecuado feedback sobre la respuesta pedida a una IA. Simplemente se conforma con el resultado y queda a la espera del juicio de un tercero. Hay aplicaciones específicas de IA generativa para minimizar los riesgos de esas prácticas, como la popular función “humanizar texto”.

Todo esto supone que se generalicen y banalicen novedosas prácticas de simulación y engaño signando relaciones humanas que debieran ser al menos de confianza y de respeto mutuo. Y eso se transforma en una marca de época sobre los procesos de aprendizaje, con la consiguiente pérdida de oportunidades y de recursos, y un deterioro objetivo de las relaciones humanas y de las condiciones de existencia muy a tono con el espíritu de la política y la economía actuales.

Patear como Messi

Con la mezcla de fascinación y terror que nos inspira lo distópico, un conocido divulgador explica en un reel de Instagram que una IA generativa ya es capaz de escribir, al instante y a partir de un sencillo prompt, un relato impecable al más puro estilo de Borges. Qué maravilla, qué mundo culturalmente rico nos espera. Luego, la consabida pregunta: ¿Acabarán estas máquinas reemplazando la creatividad humana?

Aunque la literatura de Borges es un prodigio a nivel técnico y es inquietante que una máquina pueda reproducir ese estilo, el valor de la escritura borgeana es fundamentalmente simbólico y no puede reducirse a lo técnico, porque proviene del ethos literario.

¿Qué atractivo futbolístico tendría una máquina, ya sea un robot humanoide o un tosco pistón de resorte, capaz de ejecutar tiros libres al arco con la precisión de Lionel Messi? Si bien la técnica es imprescindible tanto en el arte como en el juego, el valor de estos no está dado por la objetividad de la técnica sino por una subjetividad, individual y colectiva, construida socialmente. No por nada los empiristas desde Hume reconocían a los juicios de valor como el dominio típico de lo subjetivo.

Con la lógica mercantil entronizada qua Leyes de la Naturaleza, el tecnopoder se distancia del modelo orwelliano de vigilancia propio de la sociedad industrial y despliega estrategias de control basadas en el confort y el conformismo.

No obstante, la existencia de una máquina capaz de “escribir como Borges” hace que el valor de “escribir como Borges” tienda a cero, en tanto que el trabajo invertido en lograr una pieza símil borgeana es nulo. Quedó claro en abril de 2025, cuando de pronto se volvió furor mundial la producción indiscriminada de imágenes al estilo de Studio Ghibli con ChatGPT. La moda sólo duró lo suficiente como para “domar” al creador del estilo, Hayao Miyazaki, quien en 2016 calificaba al arte basado en IA como “un insulto a la vida misma”2.

Sobre el caso, la prensa hizo foco en la cuestión, no menor, de los derechos de autor. Pero el trasfondo es la caída del valor, económico y simbólico, de formas de trabajo basadas en la subjetivación, consideradas históricamente de alto valor cultural. No parece un efecto alentador en materia de vocaciones.

En la academia hay quienes celebran lo que otros vemos como problema. Se oye que todo proceso educativo que no asuma la lógica de un videojuego está destinado al fracaso, y que pretender el desarrollo de habilidades expresivas más allá de las aplicables en TikTok es poco menos que un acto de demencia conservadora y negacionista del Progreso.

¿Qué habilidades se necesitarán en el futuro? Yuval Harari sostiene que la principal será olvidar: “La única certeza con respecto al futuro es que va a haber cada vez más cambios, mayores y más rápidos. Lo que aprendiste en la juventud, cuando llegas a los 30 o a los 50 ya no sirve. Es más, la clave para adaptarse al nuevo mundo es olvidar. Tienes que ser capaz de olvidar lo que crees que sabes, porque a menudo interrumpe y dificulta que aprendas cosas nuevas”3, sostuvo el autor de Sapiens y Nexus en una conferencia en 2023. Para los griegos, el olvido era la muerte, y el Leteo el río en que las almas de los muertos se bañaban para borrar los recuerdos antes de estar listas para reencarnar; para los humanos de la Era Digital, debería ser tan sencillo como apretar un botón de reset.

La máquina de desubjetivación

En 2003 Google implementó un nuevo modelo de funcionamiento para su motor de búsqueda basado en redes neuronales artificiales, una tecnología ensayada sin éxito décadas antes, cuando las computadoras no podían manejar grandes volúmenes de datos. Esta IA era capaz de recoger el residuo informativo de cada interacción de los usuarios con su plataforma digital y “reciclarlo”, con dos fines específicos. Uno, optimizar la experiencia del usuario, facilitándole acceso directo a información más compatible con sus hábitos (inferidos automáticamente por el algoritmo, justamente a partir del análisis de esos “datos basura”); otro, optimizar el delivery de la oferta informativa enviándola, en tiempo real, al usuario más susceptible a reaccionar a ella.

Tal fue el éxito de este modelo que no sólo catapultó a Google a la cima del Olimpo y fue replicado por los demás gigantes de la red, sino que se convirtió además en el paradigma de una nueva economía global basada en el excedente conductual. El excedente conductual es el resultado técnicamente objetivado de las acciones del usuario online, y por lo tanto un registro material de sus intenciones, deseos, emociones y preferencias. Esta conversión de la subjetividad humana en commodity al servicio del capital no sólo fue y es posible gracias a la disponibilidad de los medios técnicos: también requirió que la sociedad naturalizara la apropiación de toda esa información por parte de un Gran Otro, en lo que Shoshana Zuboff (2019) señala como la mayor cesión masiva de derechos –hasta entonces– de la Historia.

Cuando lo viejo cae y lo nuevo no aparece emergen los monstruos, y el Sueño de la Razón -materializado en la IA- como en la obra de Goya, también genera monstruos.

La conversión técnica de la subjetividad en materia prima para la industria y el lucro ajeno produce una también inédita pérdida de valor de la subjetividad, aunque un mundo de confort y opciones de consumo personalizadas la puede disimular, o incluso justificar.

Hoy la IA generativa consuma este proceso transformando en commodity al trabajo intelectual. Se compara al actual proceso de sustitución de capacidades con el que ocurrió en innovaciones pasadas: así, la aversión hacia la IA generativa sería una reacción análoga a la sucedida ante la imprenta (que tornaría obsoleta a la memoria humana), la calculadora electrónica (que “arruinaría” la capacidad matemática del cerebro) y, por supuesto, la furia de los ludditas contra las máquinas en la primera Revolución Industrial.

Pero una característica notable del proceso actual es que este rendering de capacidades incrementa, proporcionalmente, la autonomía operativa del capital sobre el trabajo. La transferencia masiva de múltiples capacidades productivas de los trabajadores hacia las máquinas puede revertir décadas de una evolución histórica en que las fuerzas productivas –a través de la evolución del mundo del trabajo, de la educación y de la propia innovación tecnológica– pudieron mejorar objetivamente sus condiciones de vida.

El medio en el que esto ocurre no es un entorno de “simples herramientas” sino un Gran Otro, el sujeto de un monumental proceso de apropiación, acumulación y concentración. Y el acervo cultural, técnico y cognitivo de la humanidad, materializado en monstruosas estructuras de servers y redes neuronales que dan soporte a la Nube, será un bien que tendrá unos pocos dueños, que con suerte nos harán el favor de permitirnos acceder a él en carácter de usuarios.

La venida del Superhombre

La actitud de ignorancia socrática que Harari nos aconseja no es la que anima al Gran Espíritu de Silicon Valley. Marc Andreessen, fundador de Netscape, filósofo vocacional y habitué de las suntuosas reuniones de políticos y empresarios ultraderechistas a las que se acostumbró a asistir el presidente argentino Milei en Estados Unidos, es el autor de un Manifiesto Tecno-Optimista, en el que explicita el código ético, político e ideológico de parte de la tecnocracia digital tan claramente y sin filtro que vuelve superflua e impotente toda crítica.

Con una prosa recitada evocando un aire religioso el Manifiesto (2023) arranca declarando sus “Verdades” y “Mentiras” sobre la revolución tecnológica en curso. Denuncia al “Mito de Prometeo” –ejemplificado en Frankenstein, Oppenheimer y otros relatos alarmistas, “miserables con respecto al futuro”, augures de pobreza, desempleo, inequidad y una catástrofe ambiental por culpa de un desarrollo irresponsable– y proclama, en cambio, que la Tecnología es la base de la civilización, “la gloria de la ambición humana y la realización de nuestro potencial”.

El Enemigo por batir, sostiene, son las instituciones obsoletas “que en su juventud fueron vitales” pero que hoy controlan el pensamiento y el discurso públicos como en 1984 de Orwell. Así, se despacha –ahorraré comillas– contra el estatismo -aunque salvando expresamente al poder militar-, el autoritarismo, el comunismo, el colectivismo, la gerontocracia, las regulaciones, los monopolios, la cartelización, las ideas zombis del pasado y la deferencia ciega a las tradiciones.

El Manifiesto tilda a todo saber no cooptado por la lógica mercantil como cosa de “delirantes” entregados a teorías abstractas y “creencias de lujo”, y denuncia las ideas preferidas de estos Enemigos del Progreso: al Principio de Precaución, la Utopía de Tomás Moro, la desaceleración y el decrecimiento, el desarrollo sustentable, la responsabilidad social, el capitalismo participante, la tecnoética y la gestión del riesgo, entre otros.

Este texto sin desperdicio, que testimonia la consustanciación total de al menos una parte de la elite de Silicon Valley con los valores de la nueva ultraderecha, desembozada en la extracción y explotación de los últimos recursos que le quedan al planeta sin tener que soportar el peso de las responsabilidades adquiridas históricamente por el Estado capitalista que fue la condición de su surgimiento, termina aunando la épica del Superhombre nietzscheano con el Libre Mercado. Promete que nuestros descendientes (¿o sólo los suyos?) “vivirán en las estrellas” y sentencia, por si quedan dudas, que “la tecnología es la solución a todos los problemas del mundo real”.

El saludo nazi de Elon Musk en la asunción presidencial de Donald Trump (donde asumió él mismo un cargo público), la feroz cruzada del dueño de X por su idea de “libertad de expresión” y contra la “ideología de género”, sus propuestas de eliminar la seguridad social e incrementar la semana laboral a 120 horas –porque “nadie cambia el mundo trabajando sólo ocho horas por día”– corroboran que el Manifiesto Tecno-Optimista no es un producto aislado, ni descontextualizado, ni inorgánico en términos políticos.

Apostar al ganador

Los chicos de la carnicería de mi cuadra están expectantes porque “Elon Musk va a sacar un celular nuevo por 300 dólares” y esperan poder comprarlo. Por el incremento en el precio de la mercadería están vendiendo la mitad, pero no importa porque en dólares factura lo mismo que si vendieran el doble con los precios viejos.

Un celular te da más beneficios que el Estado y no te cobra impuestos. ¿Para qué sirve el Estado? Ya ni jubilarte vas a poder. La educación es obsoleta, nadie sabe para qué sirve y hoy es La Tecnología la que te mantiene informado, te entretiene y te da las herramientas para manejarte en el mundo real. Pone toda la cultura humana a tu alcance al instante, gratis, sin trabajo y sin que la tengas que buscar. Podés ganar plata sin estudios, sin título, sin el Estado y sin ser un genio, pero no sin La Tecnología. Al que no le gusta, que se vaya a vivir al medio de la montaña: va a volver sin que lo llamen.

¿Por qué apostar al perdedor, a lo obsoleto? Günther Anders (2011a) sostenía en los pasados ’50 que ante la técnica el hombre ya se sabe de antemano el perdedor. Y eso le genera una secreta vergüenza, tan secreta que no es capaz de reconocérsela a sí mismo. Ese sujeto vulnerable, que sueña de día y de noche, que teme por su suerte y necesita razones para vivir, que padece las contradicciones de su existencia y sus ganas de rascarse, sus afectos, su miedo a la muerte y la vejez, observa con fascinación y desconfianza a esos objetos construidos por otros hombres, hechos para funcionar, a diferencia de él, que debe padecer su corporalidad y su subjetividad como fallas de origen.

Décadas antes de internet y de las IA generativas. Anders sostuvo (2011b) que, con la electricidad, también las máquinas entraban en su propia era de la obsolescencia, porque cada artefacto pasaba a ser subsidiario de una única Gran Máquina, con lo cual se degradaban en tanto que herramientas al servicio del humano que las usa. Esa tendencia de las máquinas a conformar una sola es el destino del Capitalismo, decía, si no de la Modernidad.

Los jóvenes se identifican con La Tecnología. No con el conocimiento técnico sino con la fuerza juvenil de la innovación. Se socializan a través de Ella, la Gran Madre, en espacios virtuales privados de los que participan gratuitamente, y que les ofrecen más poder, más confort y mejores prestaciones que los espacios públicos del mundo presencial. Su modo de socialización mayoritario es el que le ofrecen las plataformas, y es el de usuarios. Antes que ciudadanos o sujetos políticos, viven como usuarios de las instituciones, de lo público y de la sociedad. Y el usuario usa lo que le sirve, y lo que no, no le interesa. A través de La Tecnología el capitalismo financiero ha producido una subjetividad restringida a las leyes de la oferta y la demanda, ausente de la dimensión política de la vida como no sea para manifestar su hartazgo o fastidio por lo que no funciona.

Con la lógica mercantil entronizada qua Leyes de la Naturaleza, el tecnopoder se distancia del modelo orwelliano de vigilancia propio de la sociedad industrial y despliega estrategias de control basadas en el confort y el conformismo; seduce en vez de prohibir; complace y, en lugar de someternos, nos hace dependientes (Han, 2014). La decisión libre cede espacio a la libre elección entre distintas ofertas. El poder se vuelve el padre cómplice que pervierte las reglas (no las subvierte ni quiere transformarlas), es el adulto que hace chistes obscenos en un acto escolar.

Epílogo: sobrevivir en el Edén

Las subjetividades actuales parecen disociadas entre la promesa de un Edén tecnológico a medida sin política de por medio y la amenaza de un desplazamiento inminente al arcón de las cosas viejas, donde “sobrevivir” (en términos del imaginario neoliberal, vivir en ese Edén ilusorio que se puede comprar con dinero) es la única meta legítima del ser humano.

Si la ideología es un fenómeno derivado de una estructura política y jurídica y, en última instancia, de las relaciones de producción que están a la base de la economía, entonces hay elementos para sostener que el estado de desubjetivación, desmovilización y desesperanza colectivos que afecta en especial a las poblaciones más jóvenes, y que se expresa en la adhesión a alternativas políticas de corte fascistoide como el autodenominado libertarismo en Argentina, encuentra un sólido fundamento en las profundas transformaciones que el desarrollo y la imposición de ciertas tecnologías está causando en la relación del ser humano con el trabajo, y en el creciente poder político y mediático que los propios impulsores de estas innovaciones asumen, desplazando a otras formas políticas que hoy son tenidas por obsoletas.

En todos los casos, la brutalidad que exudan tales alternativas políticas habla del fin del capitalismo como fuerza civilizatoria, o al menos como productor de relatos capaces de llevar el sentido de la vida más allá de la supervivencia.

Cuando lo viejo cae y lo nuevo no aparece emergen los monstruos, y el Sueño de la Razón –materializado en la IA– como en la obra de Goya, también genera monstruos. La emergencia de una crítica cada vez más sistemática, aguda y cuantiosa de los modelos de desarrollo tecnológico -una crítica que la modernidad había convertido en tabú, pero que hoy se vuelve urgente- no alcanza todavía para que la necesidad de modelos de desarrollo más compatibles con la vida y la dignidad humana se materialice en alternativas políticas concretas. Pero el futuro está abierto.◼

Bibliografía

Anders, G. (2011a), “Sobre la vergüenza prometeica” en Anders G., La obsolescencia del hombre, Vol. I (pp. 35-104), Valencia, Pre-Textos.
___________ (2011b), La obsolescencia de las máquinas en Anders G., La obsolescencia del hombre, Vol. II (pp. 121-131), Valencia, Pre-Textos.
Andreessen, M. (2023), The Techno-Optimist Manifesto, Sitio corporativo de Andreessen - Horowicz. Disponible en: https://a16z-com.translate.goog/the-techno-optimist-manifesto/?_x_tr_sl=en&_x_tr_tl=es&_x_tr_hl=es&_x_tr_pto=tc
Bunge, M. (2012), “Tecnología, Ciencia y filosofía” en Filosofía de la tecnología y otros ensayos (pp. 47-78), Lima, Fondo Editorial de la Universidad Inca Garcilaso de la Vega.
Echeverría, J. (2020), “Tecnologías digitales: Dominación y empoderamiento social” en J. Rasner (Ed.), Desafíos de la sociedad digital en el mundo contemporáneo (pp. 13-33), Montevideo, CSIC.
Feenberg, A. (2012), Transformar la tecnología, Bernal, UNQ.
Han, B.-C. (2014), Psicopolítica, Barcelona, Herder.
Sadin, E. (2020), La inteligencia artificial o el desafío del siglo: Anatomía de un antihumanismo radical, Buenos Aires, Caja Negra.
Zuboff, S. (2019), The Age of Surveillance Capitalism, Londres y Nueva York, Hachette.

Notas

1. Ámbito, 16/04/2025: “Bill Gates responde: ¿Deberíamos trabajar sólo dos días a la semana?”, en: https://www.ambito.com/negocios/bill-gates-responde-deberiamos-trabajar-solo-dos-dias-la-semana-n6134471
2. Euro News, 29/04(2025: “Miyazaki carga contra las imágenes virales de ChatGPT al estilo Estudio Ghibli”, en: https://es.euronews.com/cultura/2025/03/29/miyazaki-carga-contra-las-imagenes-virales-de-chatgpt-al-estilo-estudio-ghibli
3. Ver en FB charla del ciclo BBVA “Aprendamos Juntos” (11/07/2023), en https://www.facebook.com/AprendemosJuntosBBVA/videos/924303058659689/

 

Marcelo Rodríguez (Seudónimo: Hallux Valgus)
Periodista, escritor y docente. Doctor en Epistemología e Historia de la Ciencia (UNTREF)., Ciudad de Buenos Aires
Email: marcelo.s.rodriguez [at] gmail.com

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Articulo publicado en
Agosto / 2026

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