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La llamaron Mari

 

En un suburbio de Buenos Aires, se despereza una mañana de marzo, después de dos largos días de lluvia. Está asomando el sol y todo está cubierto por un tufo húmedo, que quedará anidado en las grietas de pisos y paredes.


         Gabriela toma el mate que le ofreció  Mari.  A ellas, el destino las hizo cuñadas, mejor dicho los embarazos de aquellas noches de cumbia, alcohol y porros hasta perder los límites.


         Tanto Gabriela como Mari, que ahora tienen 18 años, casi ni se acuerdan que fueron compañeritas en primer grado, pero sí de sus peripecias a raíz de ser madres desde los quince.


         Mari, anoche consiguió dejar a sus tres hijos con la abuela, que vive al lado; mientras la hija de Gabriela  todavía duerme junto al papá, que es el hermano menor de Mari....


          A Mari la despertó la tensión de sus pechos cargados de leche en tanto su marido  le acariciaba el sexo, él se olvida que no pueden mantener a los tres hijos que ya tienen.  Ella se apartó y dejó la cama dando un salto. Rápidamente fue por unos mates,  tratando de calmar la sed antes de  amamantar .


          Mari es delgada y ágil, en vez de caminar corre, por lo que  no necesita calzarse, si apenas roza el suelo, y no le rehuye al frío y la humedad..


          Gabriela, en cambio, es robusta, pesada, lenta. Se había levantado porque tenía necesidad imperiosa de orinar, mientras su nena lloriquea esperando el biberón de la mañana.  Al pasar por la cocina se encuentran,  el mate a compartir es muy tentador. Se sienta por un ratito. La pereza la vence, es lenta para moverse pero no para hacer pedidos.  Al ver que Mari sale en dirección a la galería de atrás, le dice  –me alcanzás la leche de la heladera, ya que vas para ese lado?


           Imposible imaginar lo que sucederá al instante. Un grito desconocido, llega del fondo, bramidos más que sonidos humanos. Gabriela ahora sí sale corriendo y ve a  Mari  que se sacude  colgada de las manos que como dos agarraderas de acero sostienen la puerta de la vieja y herrumbrada heladera. Las piernas y pies húmedos barren el piso sin control. A su grito interminable se suma el de Gabriela. Con sus manazas gordas toma las muñecas delgadas de su cuñada y con toda su fuerza trata de arrancarla de la máquina infernal. Siente que un temblor intenso la atraviesa desembocando en su pie derecho, y bruscamente las dos caen al suelo, quedando Mari extendida, de espaldas, mientras Gabriela puede incorporarse, gimiendo, temblando, aterrorizada. Sin embargo saca fuerzas para darla vuelta y así ver su rostro boquiabierto, los ojos cerrados, los labios y nariz azulados.  Le da unas bofetadas en la cara tratando de hacerla reaccionar. Mari sigue inmóvil.  Gabriela  trata de pararse y llora a  gritos, vuelve a agacharse y le sacude los hombros, le golpea el pecho, y comienza a articular un pedido de socorro que a medida que lo repite es más claro y contundente, en tanto el rostro, pies y manos de la Mari ya están de color violeta.


         Gabriela se desespera y no entiende cómo sigue sola junto a la muerta, porque ya empezó a darse cuenta que pedía socorro para ella misma,  por su  cuñada ya no podrían hacer nada.  Segundos, minutos, años.... no existe la dimensión del tiempo ante la muerte así instalada, sin aviso alguno.


  Aparece el marido de Mari,  y a los tumbos se acerca, medio dormido, pregunta con tono indignado si otra vez hubo pelea, acostumbrado a trifulcas callejeras y hogareñas, durante las frecuentes borracheras de los hombres de la casa.. No puede darse cuenta de la fatal realidad. La realidad le es intolerable a él, padre de tres niños que ahora ya son huérfanos. Gabriela lo sacude para hacerle reconocer lo que había sucedido. Y entonces se suman sus llantos y comienzan a gritar a los cuatro vientos --¡Socorro, socorro! ¡La Mari se quemó! 


        ¿Algún vecino,  el marido,  su suegra, alguien los auxiliaría,  en la patética situación de estar ante la muerta? Una vecina llama a los bomberos, tomando textualmente lo que escuchó, una quemadura le evocó fuego . Tras los bomberos llega el patrullero policial.  Hacen un reconocimiento rápìdo de la situación, ya no queda nada más por hacer que llevar el cuerpo de la Mari a la morgue judicial.


       El policía levanta el acta, con los pocos datos que, entre sollozos, le pueden aportar los presentes:  Mariela,  “desocupada”, “escolaridad hasta 3ºgrado”,  “cobra un plan Asignación Universal por Hijo” de $ 220 por cada hijo,  “el padre estuvo preso el año pasado”


         No había aprendido siquiera cómo cuidarse para no morir electrocutada dentro de su casa.  ¡Y ella quería que la llamaran Mariela!

 
Articulo publicado en
Abril / 2012

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