Contribución de la Clínica del Trabajo a la Teoría del Sufrimiento | Topía

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Contribución de la Clínica del Trabajo a la Teoría del Sufrimiento

 

Introducción

 

Cuando se habla de trabajo en los tiempos que corren está bien visto considerarlo a priori como algo despreciable. Una desgracia generada socialmente. De hecho, hay que reconocer que la evolución del mundo del trabajo, al menos en occidente, es preocupante tanto para los terapeutas como para los trabajadores sociales, y también para el común de la gente, preocupada por las condiciones de trabajo que heredarán sus hijos en un mundo desencantado.

Y sin embargo, al tiempo que hay que deplorar los daños psíquicos engendrados por el trabajo contemporáneo, ese mismo trabajo puede ser invocado como instrumento terapéutico fundamental para las personas que sufren problemas psicopatológicos crónicos. En fin, se debe relativizar el sufrimiento resultante de las exigencias de trabajo, si lo comparamos con el destino corrido por esas mujeres y hombres cuando se los despide de su empresa, o cuando ellos son privados de toda posibilidad de acceder a un empleo, algún día.

Hay por lo tanto, en la práctica, configuraciones de relación entre sufrimiento y trabajo muy contrastadas. La pregunta inmediata e inevitable es saber si es posible dar cuenta de las contradicciones que reúne a la psicodinámica clínica y la psicopatología del trabajo.

Esto es posible, en efecto, si tomamos en serio un cierto número de investigadores y filósofos de todo el mundo (D. Kergoat, H. Hirata J. P. Deranty) a quienes adherimos, a saber: la teoría de “la centralidad del trabajo”.

La teoría de la Centralidad del trabajo se despliega en cuatro áreas:

-En el área individual, el trabajo es central para la formación de la identidad y de la salud mental.

-En el área de las relaciones de hombres y mujeres, en la desigualdad y las relaciones de dominación que organizan lo que se ha acordado en denominar como “género” -en las relaciones entre hombres y mujeres, entonces- el trabajo juega un rol central, siendo entendido aquí, por trabajo, no sólo el trabajo asalariado, sino también el trabajo doméstico.

-En el área política también, podemos mostrar, que el trabajo tiene un rol central en la vida ciudadana.

-Finalmente distinguimos un cuarto eje, que trata de la Teoría del conocimiento. El trabajo en esa área también, ocupa un rol central, que no es otro que el de producir nuevos conocimientos. El noble status del conocimiento, supuestamente suspendido por encima de las contingencias del mundo de los mortales, debe ser revisado a fondo desde lo que consideramos los procesos de producción del conocimiento, y no el conocimiento por sí solo. Es lo que ha dado en llamarse la “Centralidad epistemológica” del trabajo.

 

Las patologías ligadas al trabajo contemporáneo

El trabajo en su forma contemporánea ha generado un aumento de las patologías mentales. Podemos intentar clasificar estas últimas en cinco categorías:

-Las patologías de sobrecarga, en particular el síndrome de Burn–out, el Karoshi y los problemas músculo-esqueléticos.

-Las patologías que complican las agresiones cuya víctima es el personal en ejercicio de sus funciones profesionales: agresiones que provienen de usuarios, clientes, alumnos de escuela y colegios, etc., de manera notable en las actividades de servicio, desde los vendedores de supermercados y los empleados del sector bancario, hasta el personal de servicios públicos.

-Las patologías de personas que son privadas de empleo o que son despedidas, preocupan, y mucho, porque son causa del aumento de depresiones, alcoholismo y otras toxicomanías, y sobre todo por el aumento de la violencia, que degrada poco a poco la vida cotidiana.

-Las patologías del acoso y del “mobbing”

-Las patologías depresivas, que pueden llegar hasta las tentativas de suicidio y suicidios en los lugares de trabajo.

Cito sólo los títulos de estas nuevas formas de patología mental en relación con el trabajo, por un lado para dar una idea de la importancia de los problemas llevados a la práctica, y por otro para insistir acerca de las razones y los procesos implicados en una degradación tan masiva. Sólo puedo mencionar los elementos de lo que se llama técnicamente: “análisis etiológico de las nuevas patologías”. Insisto entonces acerca del resultado de la encuesta etiológica: el deterioro de la salud mental en el trabajo está directamente relacionado con la evolución de la organización del trabajo y en particular a la introducción de técnicas nuevas, entre las cuales encontramos:

-La evaluación individualizada del desempeño.

-La “calidad total”.

-La subcontratación en cascada y el recurso creciente a los trabajadores “independientes” en detrimento del trabajo asalariado.

Para decir la verdad, esta evolución de los métodos de organización del trabajo constituye una verdadera mutación que por un lado aumenta considerablemente la presión productiva, y por otro lado, el aislamiento y la soledad .El aumento de las patologías mentales ligadas al trabajo resulta esencialmente de la fragilización generada por los métodos de organización del trabajo que destruye los lazos entre las personas y que, en lugar de la confianza, la lealtad y la solidaridad, instalan en el mundo laboral el individualismo, la deslealtad y al fin de cuentas, una implacable soledad en medio de la masa.

 

Más allá de la patología, el sufrimiento del trabajo

Si actualmente se pueden estudiar las consecuencias de la patología mental del trabajo, a la inversa, ¿cómo caracterizar las condiciones que serían favorables a la salud mental?

Para responder a esta pregunta hay que ingresar en la materialidad misma del trabajo, es decir, llegar hasta aquellos gestos e ideas que forman el núcleo de lo que se podría designar como “el trabajar”. El “trabajar”, decimos, el cenar, el beber, el acostarse, o todavía en alemán “das Fragen”, “das Suchen” o aun, lo que convendría englobar en esa bella palabra tomada de Marx: “el trabajo vivo”.

Desde que los ergonomistas procedieron a lo que se llama el análisis ergonómico del trabajo y la actividad (A. Ombredanne y J. M. Faverge), la tarea definió los objetivos a alcanzar así como el camino a recorrer para llegar a la meta, es decir, el modo operatorio. La tarea es aquello que está prescripto por la organización del trabajo. Pero hemos mostrado que los trabajadores o los “operadores”, tal como se los designa en ergonomía, no respetan nunca la totalidad de lo prescripto. En todas las circunstancias, incluyendo, las tareas que duran menos de un minuto (ver aquí los trabajos de Laville y Teiger), los operadores “engañan”. No solamente por el placer de transgredir o de desobedecer sino porque hay que hacer frente también a las anomalías, los incidentes, los problemas, las disfunciones, los imprevistos que inevitablemente vienen a complicar la bella programación. El operador engaña por tratar de hacer lo mejor posible, en la menor cantidad de tiempo.

Todos estos incidentes que llegan a perturbar las previsiones y las predicciones, son lo que llamamos lo real. Lo real es lo que se da a conocer a quien trabaja por la resistencia de la materia, los útiles o las máquinas al control. Hay entonces una paradoja en lo real. A la vez que uso una técnica que conozco bien, de repente, rápidamente, ésta no funciona más: el error en la computadora, la pieza que se rompe en una prensa, la máquina útil que se recalienta, el cuerpo del enfermo que hace una reacción alérgica cuando le inyecto un medicamento, etc.… Entonces, todo trabajo está colateralmente irrumpido por la resistencia de lo real. Lo real, entonces se vuelve conocido como un fracaso. Por ejemplo, cuando yo era un principiante, como residente médico tuve un paciente anciano de Rusia, hospitalizado por un cáncer de pulmón. Tenía una efusión pleural que agravaba mucho su disnea y decidí hacerle una punción de pleura. Como lo quería mucho, no quise provocarle dolor y le inyecté 1 ml. de xilocaína para anestesiar la zona de punción. Pero hizo una reacción muy aguda al producto y entró en un estado de shock. Y se encontró con que lo mandé a una sala de reanimación. Los reanimadores estaban a su lado. Vinieron en su ayuda, lo entubaron. Pero el broncoespasmo fue absolutamente invencible, a pesar de fuertes dosis de corticoides. Se lo conectó, pero el aire no pasó a los bronquios. En algunos minutos se transformó en un monstruo deforme por el enfisema subcutáneo. Hizo una fibrilación ventricular. Lo reanimamos. Media hora de masaje cardíaco. ¡Nada que hacer! Murió. Maté a mi paciente.

Fue una experiencia horrible. Es esto lo real: lo real es lo que da a conocer a quien trabaja por la resistencia al saber hacer, a los procedimientos, a las prescripciones. Es principalmente lo que se revela bajo la forma de una resistencia al control técnico, incluso al conocimiento.

El trabajo vivo es el trabajo que consiste en hacer la experiencia de lo real. Esta experiencia de lo real, es desde el principio y luego, afectiva: genera un sentimiento de sorpresa, pronto retransmitida como irritación, incluso por la cólera. O por la decepción, la fatiga, la duda, el desaliento, el sentimiento de impotencia. Es decir que lo real se revela, desde el principio de un modo afectivo (mode pathique). Por lo tanto, bajo el modo pasivo del sufrimiento. Trabajar es siempre fracasar. Y, luego, ¡trabajar es sufrir!

La dificultad con lo real, es que a menudo, no sabemos como hacerle frente. No conocemos la solución. Lo real, es a menudo una prueba inédita, inesperada, desconocida. Y trabajar, implica entonces, precisamente, la capacidad de hacer frente a lo real, hasta encontrar la solución que permitirá remontarlo.

¡Sólo eso! Si no conozco la solución, debo descubrirla por mí mismo, y tal vez incluso inventarla. ¿En qué consiste entonces la inteligencia de la que debo hacer uso, para remontar lo real? Y bien, esa inteligencia es antes que nada la capacidad de reconocer lo real, a continuación asumir la impotencia. Y, frente a ésta, la pérdida de control que origina -y sobre todo lo más difícil-, hay que hacer una prueba de resistencia: resistencia al error. No tengo éxito, pero no abandono. Insisto, persisto, me obstino, busco .Y tal vez esto dure varios días. Lo pienso fuera de mi trabajo. Lo pienso al anochecer. No me puedo dormir. Sufro insomnio a causa de mi trabajo. ¡Y lo sueño! La inteligencia en el trabajo es todo eso. Para inventar o encontrar la solución hay que comprometerse completamente, con toda nuestra persona, con toda nuestra subjetividad. Y por efecto de la resistencia frente al error terminaré por tener la intuición de la solución. Pero esto amerita ser subrayado, la intuición nace de la intimidad del contacto con el material, con el objeto técnico, que resiste. Hay que fallar, resistir, recomenzar, errar de nuevo, resistir, volver a la obra, y en un momento, surge una idea, la solución, que es un retoño del error, y de la familiarización con el error. La solución viene de la capacidad de soportar el error, es decir de la capacidad de sufrir.

 

Del sufrimiento a la formación de habilidades

Entonces, trabajar es, primero, fallar. Trabajar es luego, sufrir. Y la solución es una producción directa del sufrimiento del trabajo.

Hay que subrayar que el sufrimiento no es solamente la consecuencia contingente y desgraciada del trabajo. Por lo contrario, el sufrimiento es eso que pone al sujeto que trabaja a buscar la solución precisamente para emanciparse de ese sufrimiento que persiste. Podríamos demostrar que el sufrimiento es también el modo fundamental por lo cual se constituye ese conocimiento extraordinario de lo real, este conocimiento íntimo que es también un conocimiento físico. Es el cuerpo el que percibe el mundo y la resistencia que se le opone a nuestra técnica .Y es de este conocimiento por el cuerpo que fluye en un momento dado la idea, la intuición del camino que permitirá de rozar con lo real y remontarlo.

Esto es lo que los autores alemanes (F. Böle, B. Milkau) designan con el nombre de “subjektivierendes Handeln” y los griegos denominaron “mètis” (Détienne y Vernant, 1974).

Podemos mostrar también que esta resistencia a la lucha con lo real conduce, finalmente, a un desplazamiento de si mismo. Hay, en suma, que revisar la relación con si mismo, para encontrar finalmente la solución. De manera que trabajar, no es solamente producir, es también transformarse a si mismo. Al término de esta prueba, he adquirido nuevas habilidades, nuevas competencias. Soy más inteligente después de la confrontación con lo real -la resistencia del mundo- que antes de tener trabajo. En todo trabajo de investigación, por ejemplo, encaramos situaciones que no comprendemos. Cada vez que trato de preparar un páncreas aislado, perfundido, en ratas, el tejido se necrosa en pocas horas. Hay cosas que no sirven en mi forma de operar, entonces al mismo tiempo respeto escrupulosamente los procedimientos y protocolos. Y no sé de donde viene la falla.

Aquí trabajar es continuar buscando, recomenzar y sobre todo encontrar una solución. Hay que descubrirla, y tal vez, inventarla. Termino por encontrar un truco, un eslabón o, aun, una estrategia que consiste en acariciar y seducir la rata antes de la anestesia y hacer durante la intervención, las maniobras más económicas, las menos traumatizantes posibles. Entonces la preparación del páncreas no se necrosa.

De este análisis de la diferencia entre tarea y actividad, entre lo prescripto y lo efectivo, entre las dos realidades, podemos tomar dos lecciones:

-la primera es que trabajar es fundamentalmente llenar este vacío entre lo prescripto y lo efectivo. Por decirlo de otra manera, es eso que hay que acompañar a las prescripciones, para venir a la base de la tarea y de lo real. Es lo que llamamos “trabajo vivo”.

-La segunda es que el trabajo obliga a quien trabaja a transformarse a sí mismo, en el mejor de los casos, le permite progresar, mejorar, incluso realizarse. Es una primera aproximación al placer del trabajo que en el plano metapsicológico, equivale a las relaciones estrechas con la teoría de la sublimación.

 

Invisibilidad del “trabajador”

Pero hay un malentendido acerca de quién está en el corazón del trabajo. Porque todo esto que vengo diciendo no se ve y no puede verse. Las reacciones afectivas en la resistencia a lo real y el fracaso no se ven .La irritación, el desaliento, la duda sobre la propia competencia, no se ven. Mis insomnios, no se ven. Los efectos de mi mal humor sobre mi entorno y mis hijos, no se ven en los lugares de trabajo. Y cuando pienso en mi trabajo -tiempo fundamental en la transformación de si mismo- cuando imagino una solución, mi imaginación, como mis proyectos no se ven. El sufrimiento, de una forma general, no pertenece al mundo visible (Henry, 1973).

Por otro lado, para alcanzar los resultados, me veo obligado a ser más listo, mentir y violar las reglas. No puedo mostrar cómo he llegado a resolver el problema y a remontar lo real. Les propongo otro ejemplo que estudió uno de mis alumnos. Se trata de las “baby sitters” que trabajan con niños muy pequeños, la mayoría de ellos aún bebés. Luego del almuerzo, los chiquitos hacen la siesta. La asistente maternal debe monitorear su sueño para prevenir eventuales accidentes, un bebé con frío que tose y se sofoca, otro que hace una pausa respiratoria muy prolongada, otro que regurgita y se asfixia… hay a veces hasta 20 niñitos a cuidar juntos. Es difícil para las asistentes. Es difícil y las asistentes tienen siempre miedo de no registrar un accidente. La otra dificultad es cómo resistir al sueño cuando las mujeres están cansadas y el sueño de los niños las contagia. Entonces ellas lograron armar una “cadena” que en si misma es una organización inteligente. Se sientan, toman la lana y las agujas, y tejen. Y tejiendo ellas evitan dormirse. Es una actividad silenciosa, que tiene también la ventaja de distraer a la asistente de la escucha demasiado aplicada a los niños. En el momento que usted escucha demasiado, todas las respiraciones se vuelven sospechosas: ¿es un estridor del lactante? ¿es un ruido de la nariz?, ¿es una disnea de Cheynes –Stokes? ¿es una pausa respiratoria? Y tejiendo y dejando de mirar los chicos, la asistente se deja llevar a una especie de escucha flotante. Establece una simbiosis con los sonidos y los murmullos de las respiraciones con las cuales ellas se familiarizan. Al momento que se produce un cambio en la “respiración a coro”, ella sabe inmediatamente, el que tiene cualquier cosa anormal y encuentra rápidamente quien es el niñito que no va bien. Es un saber-hacer de la tarea.

Si insisto aquí en esta anécdota, es porque ella permite prestar atención, sobre varias cuestiones importantes:

-¿Qué puede pensar el director administrativo cuando ve o cuando registra que la asistente maternal teje durante sus horas de trabajo? ¿Puede este director comprender que tejer es una forma particularmente hábil e inteligente de trabajar?

-El segundo punto, es que si interrogamos esta asistente sobre lo que hace tejiendo durante su trabajo, ella es incapaz de explicarlo. Cuando esta cadena de trabajo se crea a partir del cuerpo, se practica a partir del cuerpo y no es fácil darse cuenta de la habilidad incorporada. Es que precisamente la inteligencia en el trabajo está en el avance sobre la capacidad que tenemos de simbolizarla, de formalizarla, de fundamentarla, de explicitarla y transmitirla.

-Finalmente, podemos anticipar que esta clase de trabajo permanece también en la sombra, dentro de la discreción, a veces en la clandestinidad, porque, como no llegan a justificarlo, los operadores prefieren ocultarlo. Ellos están efectivamente fuera de las normas fuera de los procedimientos, y pasan, a menudo, por transgresiones que podrían prestarse a sanciones.

Entonces, lo esencial del trabajo, es fundamentalmente invisible (Henry, 1997) Es lo que constituye una maldición. Subestimamos casi siempre lo que la producción debe a la subjetividad y al sufrimiento porque estos últimos son invisibles y no se miden.

 

Trabajo colectivo

 Ahora podría profundizar la descripción, porque hablé del trabajo considerado individualmente. Pero en muchas situaciones las personas no trabajan solas. Trabajan con otros, trabajan para otros: se trabaja para un jefe, para sus colegas o subordinados. Trabajar juntos es extremadamente complicado. ¡Sobre todo si todos empiezan a ser inteligentes! Porque entonces cada uno traza su propio camino, elabora sus propias reglas, inventa sus propias búsquedas, construye sus propios saberes. E inevitablemente surge el desorden, incluso el caos (por ejemplo, un equipo de enfermeras).

Es una nueva dificultad, de veras considerable. Encontramos aquí, al nivel del colectivo, otra vez, una brecha, un retraso, entre las prescripciones, la resistencia a trabajar en conjunto -lo que llamamos coordinación- y eso, que efectivamente tiene éxito en el trabajo conjunto -la cooperación-. Entre coordinación y cooperación, la brecha es enorme.

Excedería los límites de este texto describir los tesoros de inteligencia y de habilidad que hay que movilizar para achicar la brecha entre lo prescripto y lo efectivo, entre la coordinación y la cooperación.

Pueden imaginar entonces que esto es a la vez sutil y fascinante, pero que también requiere mucho sufrimiento, conflictos y discusiones. Y en otros términos, la cooperación sólo es posible si los individuos se implican dentro de los conflictos y los debates colectivos, es decir, si ellos toman riesgos.

 

Del sufrimiento al placer de trabajar

Si el sufrimiento es el precio del trabajo individual y colectivo, ¿por qué, entonces, las personas toman esos riesgos con su salud? ¿Por qué se implican ellos con tanta energía en su trabajo, dentro del trabajo vivo?

Y bien, es porque a cambio de la contribución que ellos aportan a la organización del trabajo, a la empresa o a la sociedad toda entera a cambio de su sufrimiento, ellos esperan, una retribución.

Esta retribución que ellos esperan, es o bien material: el sueldo, los honorarios, las primas… pero es fácil demostrar eso que moviliza la inteligencia y el celo, individual o colectivo, que no es fundamentalmente la dimensión material de la retribución, sino la dimensión simbólica. Eso que las personas esperan a cambio de su compromiso y su sufrimiento, es una retribución moral, que toma una forma extremadamente precisa: reconocimiento.

Este reconocimiento, no es solamente un suplemento del alma, ni una palmada afectuosa sobre la espalda. Por el contrario el reconocimiento pasa por pruebas extremadamente rigurosas que consisten en los juicios.

Podemos mostrar que hay dos tipos de juicio: el juicio de utilidad y el juicio de bondad. No tengo espacio para describirlos profundamente. Pero indicaré solamente que estos juicios de reconocimiento, tras los cuales corremos todos, no aportan a la persona del trabajador. ¡No! El juicio esperado es un juicio que aporta específicamente sobre el trabajo cumplido: por una parte sobre su utilidad, por otra sobre su calidad. Y cuando se obtiene el reconocimiento de utilidad y de la calidad de mi trabajo, entonces yo tengo una satisfacción intensa de mi relación con el trabajo. El reconocimiento del trabajo es lo que permite transformar el sufrimiento en placer. Por lo que el reconocimiento se distingue del masoquismo, es que en este último caso, el sufrimiento es directamente fuente de placer por erotización del sufrimiento o del dolor.

Por el contrario, en el reconocimiento, se trata de un largo camino: es pasando por el trabajo, por la prueba de lo real, por el sufrimiento, por el descubrimiento de soluciones y por el reconocimiento que el sufrimiento es, finalmente transformado en placer. Al imponer el pasaje por el juicio de los otros miembros del colectivo o del equipo, el reconocimiento introduce en el proceso que conduce al placer y a la sublimación un rol fundamental al otro. La sublimación es profundamente dependiente de los otros y no solamente de si-mismo.

 

Reconocimiento, identidad y salud mental

Un último punto a marcar para volver a tratar la relación entre trabajo y salud mental: he sostenido que el reconocimiento aporta al trabajo. ¡Sí! Pero cuando la calidad de mi trabajo ha sido reconocido por los otros (de una forma personal exclusivamente) es posible trasladar ese reconocimiento del registro del hacer hacia el registro del ser: yo soy más inteligente, más competente, más seguro que antes. Poco a poco, tiempo al tiempo, yo me supero, mi identidad se desarrolla, yo evoluciono.

Sería fácil mostrar que el reconocimiento de mis compañeros por la calidad de mi trabajo hacen de mí un técnico o un artesano, como los otros técnicos, los otros artesanos, un investigador como los otros investigadores, un psicólogo como los otros psicólogos, un jefe como los otros jefes, etc. … Es decir, el reconocimiento me confiere la pertenencia a un equipo, a un colectivo, a una actividad, incluso a una comunidad de pertenencia. El reconocimiento confiere a cambio de mi sufrimiento, una pertenencia que también conjura la soledad.

En resumen, permite a quien trabaja transformar su sufrimiento en crecimiento de su identidad. La identidad es el sostén de la salud mental. Toda crisis psicopatológica está centrada en una crisis de identidad.

Al salir de la infancia y la adolescencia, la identidad está inconclusa, incompleta e inestable. El trabajo, a través del reconocimiento, constituye una segunda oportunidad, después del amor, para construir y acrecentar su identidad y adquirir así una mejor resistencia psíquica frente a las pruebas de la vida.

Ciertas organizaciones del trabajo favorecen la psicodinámica del reconocimiento y permiten inscribir el trabajo como mediador irreemplazable de la salud. Quienes no tienen trabajo, desempleados de larga data, desocupados primarios, aquellos que pierden su empleo, los que son despedidos, pierden también el derecho de aportar una contribución a la organización del trabajo, a la empresa y a la sociedad. Pero son al mismo tiempo privados de todo reconocimiento y podemos medir los arrasamientos psicopatológicos y sociales -en particular la violencia en aumento- que resultan de la privación de empleo.

Esto no significa que el mundo del trabajo sea rosa, y ciertas organizaciones del trabajo, en boga actualmente, destruyen sistemáticamente los resortes de esta dinámica entre contribución y retribución, desestructuran sin descanso las condiciones del reconocimiento y la cooperación y minan las bases de convivencia en el trabajo. Es necesario entonces, en la medida en que apuntamos a una acción racional en el campo de las relaciones entre trabajo y salud mental, y para conjurar la violencia social, actuar en dos frentes:

- El del empleo.

- Pero también el de la organización del trabajo.

Para terminar, quiero resaltar que las nuevas formas de organización del trabajo no tienen nada de inevitable. No tienen nada que ver con una supuesta casualidad del destino. La organización del trabajo es una construcción humana. No se despliega sino con el consentimiento y la colaboración de millones de hombres y mujeres. El trabajo puede generar lo peor, hasta el suicidio, y puede generar lo mejor: el placer, la autorrealización y la emancipación. Es gracias al trabajo que las mujeres se emanciparon de la dominación de los hombres. No hay ninguna fatalidad en la evolución actual. Todo depende de nosotros y de la formación de una voluntad colectiva de re-encantar el trabajo.

 

En conclusión

En todo trabajo hay sufrimiento .El sufrimiento es inevitable. Lo que no está determinado de antemano, es el destino de ese sufrimiento.

1- Puede ser transformado en placer y en autorrealización, puede abrir el proceso de sublimación si la calidad del trabajo cumplido es objeto de “reconocimiento”. Al contrario, puede empujar hacia la descompensación. Es el caso que se produce cuando se niega el reconocimiento a quien efectivamente toma los riesgos psíquicos por honrar su trabajo y que es traicionado por la empresa o por sus colegas.

2- El sufrimiento es el principio de inteligencia en el trabajo, es el sufrimiento el que moviliza la inteligencia y guía la intuición hacia la solución.

3- El sufrimiento no es solamente una infelicidad, es también el principio de la genialidad de la inteligencia y la autorrealización.

4- El sufrimiento se experimenta afectivamente, es decir que hay un cuerpo para experimentar el sufrimiento. El sufrimiento es corporal.

5- El destino feliz o infeliz del sufrimiento no depende sólo de sí mismo. Depende fundamentalmente del juicio del otro acerca de la calidad de mi hacer.

6- El sufrimiento que impone el trabajo de producción (poiesis), es decir, la experiencia de confrontación con la resistencia que el mundo opone al dominio, no puede ser atravesada si no es pasando por una transformación de si mismo, un trabajo de si sobre si que releva del Arbeiten freudiano: Erarbeiten (a través del trabajo), durcharbeiten (trabajo elaborativo) y seguido Traumarbeiten (trabajo del sueño).

7- Existen dos esferas en las cuales se puede conquistar y acrecentar la identidad:

a. La autorrealización en el campo social, y ésta pasa por el trabajo.

b. La autorrealización en el campo erótico y ésta pasa por el amor.

Para la salud mental, el trabajo es una segunda chance, y para los que son desdichados en el amor, es la única chance de no volverse loco.

 

Christophe Dejours

 

Christophe Dejours es un psiquiatra y psicoanalista, profesor del Conservatorio Nacional de Artes y Oficios y director del Laboratorio de Psicología del Trabajo en Francia. Está especializado en temas laborales y posee una vasta producción bibliográfica en su país de origen siendo traducidas al castellano algunas de sus obras, entre ellas, El factor humano (Lumen, 1998), Investigaciones psicoanalíticas sobre el cuerpo (Siglo XXI, 1992) y Trabajo y desgaste mental (Hvmanitas, 1990). Hace cuatro años publicamos La banalización de la injusticia social(Topía, 2006). Su perspectiva implica analizar el sufrimiento en el trabajo en el mundo actual.

Este texto especial para este número aniversario de Topía, permite avanzar en las contribuciones de la clínica del trabajo a la salud mental de los sujetos. O sea, así como se puede analizar aquello que enferma de la organización del trabajo, también se puede profundizar en lo que el trabajo aporta a la salud mental. Dejours desarrolla esta línea en este artículo con el rigor al que nos tiene acostumbrado.

 

 

Bibliografía

 

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Traducción: María Cristina Lizundia

Revisión técnica: Luciana Volco

 

 
Articulo publicado en
Noviembre / 2010

Boletín Topía

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