Testimonios de la pasantía en la Clínica de la Borde, Francia | Topía

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Testimonios de la pasantía en la Clínica de la Borde, Francia

 

Durante el año 2003 Topía Revista seleccionó un grupo de pasantes para realizar una experiencia de trabajo en la Clínica de La Borde, en Cour Cheverny, Francia, bajo la tutoría de nuestra corresponsal en París, Luciana Volco.
Esta clínica está dirigida aún por Jean Oury, discípulo de Lacan y pionero de la llamada “psicoterapia institucional”. Allí trabajaron, entre otros, Félix Guattari. Esta forma de abordaje de la patología mental sigue aún hoy siendo novedosa dentro de nuestro campo. Creemos que los textos enviados a nuestra redacción por Eleonora Lotersztein y Mónica Amanto nos brindan la posibilidad de leer lo que implica otra forma de abordaje de la locura.

Una experiencia al estilo ¨Labordiano¨

Me decidí a escribir este artículo un tiempo después de haber sido partícipe de una experiencia enriquecedora que me hizo crecer tanto como persona como profesionalmente.
Se trata de un viaje a Francia como pasante de una clínica psiquiátrica por la que fui seleccionada gracias a esta revista que me dio la posibilidad de conocer un nuevo mundo.
A través de esta nueva apertura hacia otros caminos, otros recorridos y otras vivencias se me abrió un panorama inmenso y mi mente comenzó a funcionar de otra manera, a pensar diferente.
La experiencia que yo viví con los pacientes psicóticos en un castillo en el medio del campo dejó en mí abierto un canal a la sensibilidad y me permitió conectarme con todas las vivencias de una manera más aguda y profunda.
Yo ya no soy la misma luego de haber transitado ese sendero lleno de nuevos aprendizajes, vivencias y experiencias compartidas que me devolvieron una nueva imagen de mí.
El encuentro con esos pacientes, las diferencias de cultura y de lenguaje, me confrontó con mis propias carencias y limitaciones. Pero siempre dejándome una impronta como marca que jamás se borrará por más que el tiempo pase.
Cabe destacar que yo conviví en el mismo castillo donde se hospedaban y eran tratados los pacientes (llamados pensionados), con otros pasantes como yo, de otros países, la mayoría franco parlantes. Teniendo en cuenta que para mí el idioma no representaba una barrera o dificultad., igualmente a todos los que realizábamos la pasantía, en los primeros momentos nos costó adaptarnos a los nuevos ritmos y tiempos que demandaba ese tipo de trabajo.
En la primera reunión de pasantes nos dieron un texto cuyo título era ¨Repères¨ (REFERENCIAS), donde nos explicaban las coordenadas del lugar y todo lo referente a normas y horarios a respetar. Y no es azaroso dicho título, porque a mí me aconteció que por momentos me encontraba sin referencias, como habiendo perdido la dimensión de mi propio ser y las coordenadas temporo-espaciales que me sostenían. Como si estuviera embebiéndome de la “locura” del lugar.
En cuanto al tipo de trabajo, este mismo está situado bajo los principios de la Psicoterapia Institucional, y es por sobre todas las cosas lo que yo llamaría ¨comunitario¨, es decir, todas las decisiones eran tomadas en conjunto, reflexionando, teniendo reuniones donde cada uno (pacientes y trabajadores), opinaba lo que le parecía y nunca uno solo decidía, no había ni jerarquías ni burocracias, y eso era bastante respetado.
Por ejemplo un día decidí realizar el turno de las 17hs. hasta las 23hs. en la enfermería del castillo y leí en una cartelera un anuncio que informaba a todos que se iban a pintar las paredes de ese lugar, entonces cada uno debía anotar el color de pintura que más le gustaba y luego se decidía entre todos. Eso me llamó mucho la atención porque, como esa, todas las decisiones eran debatidas previamente y consensuadas.
Yo me preguntaba porqué determinaciones que para mí eran nimias, como por ejemplo arreglar o no una fotocopiadora, eran tomadas en conjunto luego de haberlas hablado varias veces a lo largo de diferentes reuniones. Me explicaron que las distintas reuniones que se realizaban semanalmente permitían la circulación de un mismo tema, y, como asistían diferentes personas a cada reunión, unas hablaban y otras no porque no se animaban , dependiendo esto, de quienes estuvieran presentes en ese momento, es muy bueno escuchar, comprender, y darles el lugar a todos a que opinen, porque, de esa manera se avanza en el razonamiento y se pone en cuestión la posición que cada uno toma. Es por eso que las decisiones se toman discutiendo, no arbitrariamente, ni en medio de un conflicto.
Con respecto al tema de la circulación era muy importante que la gente que trabajaba allí, los llamados “monitores”, fueran rotando de puestos y roles, nadie era nominado como el enfermero, el psicólogo o el asistente social, sino que todos hacían todo sin rótulos. Y gracias a eso y a la libre circulación de los pacientes por los distintos lugares que ofrecía esta clínica se creaban constelaciones transferenciales múltiples que permitían a un mismo paciente conectarse por ejemplo en un taller con unas personas y en una reunión con otras.
En esta clínica psiquiátrica tan particular funcionaba un “Club” que tenía por objetivo financiar las actividades de los diversos talleres que funcionaban ahí. Al principio era un tanto complicado entender el modus operandi de este club, pero a medida que el tiempo pasaba y que yo iba escuchando y formando parte de las distintas reuniones, comencé a comprender de qué se trataba ese trabajo tan interesante que realizaba el club.
Cuando regresé me pregunté: pero, se curan los pacientes allí?, qué es lo que cura? Y me costó encontrar una respuesta si lo pensaba en términos de curación. Finalmente llegué a la conclusión de que el trabajo institucional y comunitario en sí es lo que ayuda a encontrar un camino diferente a la psicosis. No es una sola cosa lo que permite o no encontrar la salida al sufrimiento que implica la enfermedad mental, sino que es todo el trabajo en conjunto (los talleres, el club, las salidas terapéuticas, la medicación) lo que contribuye a llevar una calidad de vida más digna y placentera.
Y por último quisiera compartir con ustedes dos vivencias, las más significativas de todas las que experimenté allí. En una de las salidas terapéuticas fuimos a un mercado donde vendían comida , ropa y accesorios en general, una paciente a la cual le gustaba mucho disfrazarse, (cada día se vestía con ropa diferente que ella misma fabricaba), se le ocurrió comprarse una soga. Por supuesto mi asombro fue muy grande al verla, porque como se imaginarán, lo primero que se me cruzó por la cabeza fue la posibilidad de un suicidio.
Cuando hablé con la monitora encargada de ese taller, a ella ni se le había ocurrido esa posibilidad. Entonces, eso me dio la posibilidad de reflexionar acerca de las diferencias de enfoque y maneras de pensar al enfermo mental que esta modalidad de trabajo “institucional” aporta, otorgándoles a los pacientes la apertura y libertad que se merecen.
Considero e esto un ejemplo a tener en cuenta, y un modelo que deberían adoptar varios de los hospitales psiquiátricos de este país.
Y para finalizar, la última anécdota se trata de que cuando yo estuve trabajando en la cocina, siempre aparecía un paciente en pleno delirio, que hablaba sin parar. Mi último día allí, yo ya estaba empezando a elaborar el duelo que implicaba volver a mi país, y sentía un dejo de tristeza por tener que dejar esa modalidad de trabajo tan original y creativa, y sobre todo porque me tenía que despedir de los pacientes que vivían ahí. Entonces le dije a este paciente que me iba a ser difícil olvidarlo, y él me contestó : “RIGOLER”, que significa tomarlo en broma o reírse de eso, como si se hubiera conectado en lo más profundo con mi sentimiento de angustia y vacío, dándome una respuesta original y sorprendente que me mostró un camino diferente frente a esa despedida que para mí “no era ninguna broma.”
Mi más profundo agradecimiento al Dr. Jean Oury, fundador y director de la Clínica Psiquiátrica La Borde, a Luciana Volco, nuestro único contacto argentino que continúa trabajando allí, a todos los monitores que nos recibieron con tanta amabilidad y fueron tan cordiales conmigo, y a la revista Topía porque sin todos ellos no hubiera sido posible realizar esta experiencia. Muchas Gracias!!

 

Eleonora Lotersztein
Ex concurrente del Centro de Salud Mental “Ameghino”

 

Ahí adentro, en un castillo

“Ahí dentro, el azar de la existencia ha puesto
a los médicos, los monitores, los enfermeros,
los esquizofrénicos (y a mi).
Todo eso en un mismo lugar,
alrededor de un castillo.
En una clínica psiquiátrica: La Borde”
Philippe Bichon

Esto puedo confirmar, “el azar de la existencia”, y otras yerbas (como la convocatoria de la Revista Topía); ha hecho que me encuentre ahí adentro, por dos meses, conviviendo con este grupo de gente y conviviendo veinticuatro horas sobre veinticuatro con “la psicosis”. No prefiero decir con personas que padecen de esta enfermedad y que son capaces no solamente de padecerla; sino de ir, venir, hacer, deshacer, traer llevar, sí llevar con ella una vida digna.
¿Qué es lo que sucede allí para que esto suceda?
“La moindre de choses”. El valor de las pequeñas cosas en la vida cotidiana. Esto en primer plano, a la vista, pero apoyado en una teoría, una estructura y una experiencia de vida que lleva 50 años desde su concreción en la Borde y algunos más desde su semilla en el pensamiento, ideas e ideales del doctor Jean Oury y el primer grupo de médicos y pacientes que lo acompañaron.
Confieso que durante los primeros días esta pregunta no hubiera podido responderla. Sí, es cierto que sucedían cosas (reuniones, pacientes, pasantes, club, paseos, sectores, cocina, higiene), todo sucedía como un torbellino y en otra lengua, que aunque la había estudiado me resultaba más extraña que ninguna, todo me resultaba caótico, pero había algo que me tranquilizaba, nadie se asustaba del “caos”.
“Deja va venir” “Ya va a venir”, me decían y ellos se referían a la posibilidad de hablar bien francés, sin saber que para mi significaba mucho más que eso. Un “monitor” (así se llama al personal que trabaja en la clínica) sudamericano, también él, captó la esencia de lo que me pasaba y me contó su experiencia: “cuando yo llegué a Francia, no hablaba una sola palabra en francés, estaba haciendo un stage (pasantía) en lo de Manonni, parecía “un autista más”, esto me tranquilizó y fui encontrando la forma.
¿Qué hice para encontrarla? No la busqué, me zambullí, al principio en aguas algo turbias, que luego se fueron aclarando, y en momentos nadé y en otros floté placidamente. Y era verdad de a poco fue viniendo y aquello que era dificultad se fue transformando en nuevas y verdaderas posibilidades.
Y este era el juego, en el transcurso de la vida cotidiana iban apareciendo los distintos “conceptos”, tan necesarios para darnos cierta seguridad a los neuróticos. Se iba aclarando poco a poco el caos.
Sin saberlo antes, este fue mi desafío, bancarme mi desestructuración, fuerte, en algunos momentos yo también me sentía “una psicótica más”, con la cálida sensación que había otros que podían acogerme (accueil).
La función de “acogimiento” no es algo de lo que se hable demasiado; ni siquiera se dice vos vas a recibir a tal, vos acompañá a tal otro; sin embargo se transmite y habrá alguien que prepara la mesa especial para cuando llegás, alguno que fue a buscar las sábanas, u otro que te acompaña a conocer la clínica. Esto lo puede hacer otro stagier (pasante), un pensioner (paciente) y, a veces, nadie, como sucede también en la vida cotidiana. Pero, seguramente uno no va a estar vagando demasiado, sin saber a donde ir, en todo caso circulará por algunos lugares, hasta encontrar el propio.
Por ejemplo se encontrará en una de las tantas reuniones que hay; de equipo, de club, de talleres, de carteles, de ambiente, con Oury, etc., etc., etc.
En estas reuniones se habla sobre la teoría, el estado de un paciente, o “porqué se consume tanto café”. De a poco las fui diferenciando, por supuesto para mí las más conocidas, y en las que me sentía más cómoda eran aquellas reuniones organizadas, en las que se hablaba de un tema, hacíamos preguntas y eran respondidas. Pero, aquellas otras, donde se pasaban entre veinte o treinta minutos, alrededor de treinta personas, entre las que se hallaba Oury hablando por ejemplo de “porqué se consumía tanto café”,o “que se hacía con la videograbadora rota” (era obvio, llevarla a arreglar) y después se seguía hablando del café en la mesa, en la enfermería , en la cocina; por supuesto no se llegaba a ninguna conclusión. Tantas horas, tanta gente hablando del café y “sin decir nada”. A los pocos días había café en los momentos adecuados y la cantidad justa ¿Qué había pasado? Si nadie dijo que había que hacer. No, la problemática circula, la palabra circula, se pone en evidencia, se dicen cosas, se va cambiando de hábitos o de actitudes, cada uno se responsabiliza de algo, de su parte y se va resolviendo.
Un día viernes me invitaron para que vaya a las 11.30 de la mañana a la sala de espectáculos, fui, en un rato comenzaba el taller de yoga. Estábamos allí tres stagiers, dos monitrices, y vino un pensioner. Cinco personas que dejan de “trabajar” para hacer yoga con un solo paciente. Con el tiempo la proporción cambió y los pacientes venían y para cada uno era una experiencia diferente, con su cuerpo, con sus delirios y también en la relación con nosotros. Luciana Volco lo dice tan claramente: “Es que el trabajar aparece muy ligado a un compartir la vida cotidiana, los espacios y las tareas comunes, adquiriendo así otro sentido. Es a veces no hacer nada; a veces dejar trabajar al otro, sea quien sea; a veces, simplemente garantizar una presencia, un interés o ceder un lugar. Es a veces renunciar a que las cosas se hagan bien, se hagan “profesionalmente” o a tiempo. A veces es trabajar con el otro o por el otro.”
Así se fueron construyendo las relaciones y se fueron aclarando conceptos, que posiblemente formen parte de otro escrito. Por ahora, transmito aquí mi experiencia, aquello que implico para mi un desafío, un cambio de actitud en relación a los enfermos mentales, rescatando aquellas cosas que sí pueden hacer y vivir con su enfermedad puesta.
Como antes de partir de La Borde le agradecí a todas las personas que estando allí hacen posible esta experiencia; ahora, de regreso, quiero agradecer a Topía Revista y a todas las personas están acá y que fueron las promotoras para que esto pudiera comenzar.

Lic. Mónica Amanto
Psicóloga
 

 
Articulo publicado en
Abril / 2005

Boletín Topía