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Cuando el sadismo entra al consultorio de niños

 

¿Qué impacto nos produce ver al sadismo entrar al consultorio de la mano de una probable psicopatía? ¿Cómo intervenir con una niña que sufre, pero no tiene angustia y, por lo tanto, no pide ayuda, pero le hace insoportable la vida a quienes conviven con ella? ¿Cómo trabajar con el sadismo que se pone en juego en la transferencia? ¿Cómo usar la contratransferencia?

Sari tiene 11 años cuando es traída a la consulta por su madre. Me relata: “Viví un matrimonio difícil durante 15 años, hasta los 5 años de ella. El papá me golpeaba mucho. Me amenazaba con sacarme la nena. Sari se interponía entre los dos. Él vivía con ataques de celos. No dejaba que Sari le tocara nada. Cuando me embaracé me pegaba en la panza y decía:- Más vale que sea varón porque si no, no lo voy a querer. Antes de tenerla a Sari me obligó a abortar dos veces.”

En la firmeza del encuadre se jugaba la posibilidad de que el tratamiento resultara efectivo

Cuando me empieza a contar esta historia, me pregunto por qué soportó tanto sometimiento; parecía inmersa en un vínculo sadomasoquista. Se me iba dibujando la fragilidad de una mujer que no podía poner freno a la agresión. Al escuchar que la niña se interponía entre los dos, sentí en mi cuerpo un cimbronazo: Sari, con sus pocos añitos, participaba de la escena en paridad con los padres, ¡y con la responsabilidad de separarlos!

M- Yo no me animaba a separarme. Sari me dio fuerzas.

Allí se me encendieron las alarmas acerca de cómo esta niña era visualizada como alguien que tenía un poder, el que los adultos no podían habitar. Lo pulsional de la madre y el padre barrían al Yo de cada uno de ellos y no podían hacerse cargo del límite, y era Sari quien intentaba instalarlo.

M- Cuando él se fue se llevó todo, hasta el televisor de la nena. Para que se fuera tuve que ponerle a su nombre la casa de mi mamá, y ella tuvo que venirse a vivir con nosotras. Después de la separación, el padre vio a la nena dos veces y nunca más supimos de él. Sari conoció a mi familia cinco años después porque el padre me había separado de todos.

En ese momento se fortaleció mi presunción de que el padre sería un psicópata, gozando con el ejercicio de tener el poder para someter a la madre.

Yo tenía claro que había algo no negociable: ella tenía que poder hacer la experiencia de contacto con sus propios impulsos, pero dentro de un marco bien acotado por mí

En el relato había un modo de significar que me dejaba entrever que esta mujer había empezado un procesamiento de lo traumático vivido, dado el afecto doloroso con el que narraba.

Respecto de su hija dice la madre:- Me agota. Vivimos peleando. Le tiene pánico a los ascensores desde que se quedó encerrada una vez. Al padre no lo nombra. No quiere dormir sola, se viene a mi cama. Tiene un osito desde que nació. No puede separarse.

Se me va contorneando la imagen de una niña que creció con un Yo sobreexigido y acosado, que tuvo que amparar-se y amparar a los padres en tiempos tempranos en los que necesitaba ella ser sostenida. Otra parte de ella, por suerte, denunciaba una adaptación fallida y expresaba una falencia muy temprana en la constitución de la dependencia, y daba como resultado que no podía separarse de su osito en quien Sari depositaba sus aspectos infantiles. Tampoco podía permanecer “en el aire” cuando viajaba en el ascensor, sintiendo angustias intensas de falta de protección.

Sigue la madre:- Ella vive pendiente de mí. Me llama a cada rato al trabajo. No va a casa de ninguna amiga, ni quiere ir a las salidas que hacen con el colegio. Tiene miedo que el micro la abandone. Los fines de semana viene conmigo, no va con nadie más. Ella no da besos a nadie, excepto a mí. Si yo saliera con alguien, no me animaría a decírselo. Los fines de semana espero el lunes. ¡Este vínculo es asfixiante!

Se me va confirmando la hipótesis de que esta niña, que no procesó la dependencia absoluta, reclama de mil modos procesar aquello infantil que no tuvo: una mamá que sea soporte de las angustias muy tempranas, demandándole a esa mamá una simbiosis ya que la que había tenido había sido deficitaria. La mamá no parecía haber tenido una perturbación psíquica, sino un vínculo de sometimiento en el cual ella estaba atrapada, del cual no podía salir y que no le permitía estar disponible para su bebé.

La madre había perdido a su padre, con quien tenía una relación muy importante, a los 15 años. A los 17 se había casado con el padre de Sari, quien le llevaba 25 años. Posiblemente un duelo imposible de procesar la había hundido en esa relación patológica de pareja.

La abuela materna vive dedicada a Sari y está muy enferma. Le teje ropa para los muñecos. Sari la maltrata, le dice cosas hirientes.

También trata mal a la empleada, no la deja entrar a su cuarto. Ella perdió un embarazo y Sari dice: - Que se joda, por bruta y tonta.

En el colegio aprende bien. Tiene una sola amiga que es parecida a ella y que tiene un perro a quien Sari quiere mucho porque dice que hace todo lo que ella le manda.

Daría la impresión de que Sari no puede identificarse con alguien que sufre. Sentir dolor colocaría a quien lo padece en un lugar de debilidad del cual ella huye. Utiliza una defensa omnipotente y reniega cualquier debilidad. El ambiente le confirma su poder mágico de separar a los padres o sostener a la madre.

A la prima y a la tía no las deja entrar a su casa. Es un drama cuando hay que festejar las fiestas. De la tía, esposa del hermano de la madre, dice que desea que se muera. Luego se rectifica: prefiere que esté viva para hacerla sufrir cada día más. La madre no la frena, dejando que ella decida si la tía puede o no venir a la casa.

Una amiga de la mamá tiene un bebé. Sari le da juguetes y cuando el bebé se entusiasma se los saca gozando de hacerlo llorar. Nadie le dice que eso no lo puede hacer, dejándola librada a sus impulsos sádicos.

Primera entrevista con Sari

Llega una niña muy seria, con anteojos, y una gran medalla colgando del cuello.

Le pregunto por qué viene al consultorio.

S- Tengo algunos miedos. A la noche pienso que hay bichos, arañas en mi cuarto. Al lado de mi cama está la central de teléfono y pienso que si el cable toca la sábana se podría prender fuego. Me levanto y les pregunto a mi mamá y a mi abuela si eso puede pasar. Me dicen que no.

T- ¿Qué te cuelga del cuello?

S- Es una medalla que se abre y adentro está la foto de mi mamá. La llevo todo el día para que me dé suerte. Si me pongo triste tengo la foto. A veces la extraño; si me peleo con ella después en el colegio estoy triste. Lo que pasa es que en el colegio no puedo hablar. Llego a casa, la llamo. Ella está trabajando. Le aviso que voy a bañarme.

T- ¿Vos hacés algo sin decírselo a tu mamá?

S- No. Sólo la tarea del colegio porque ella ya sabe.

T- ¿Y tu papá?

S- No lo veo desde que era chiquita. Nos trataba mal a las dos. Mi mamá se separó y dejó de verlo. Se peleaban, pero me decían que no había pasado nada y me daban regalitos.

En ese momento pienso en cómo el principio de realidad, cuya administración es función de los padres, quedaba a cargo de la niña.

Me sorprendió Sari. Apenas le abrí la puerta, dejó entrar a sus miedos y sus angustias; la contracara de su omnipotencia, de su pensamiento mágico que todo lo podía. Yo sabía, a partir de las entrevistas con la madre, que Sari se había transformado en déspota en su casa. Allí dominaba a todos, mientras que en la escuela, donde se encontraba con pares que seguramente no se someterían a su poder, se sentía desvalida. No podía tener amigos, sólo sirvientes obedientes.

Algunas hipótesis iniciales

Mi hipótesis a partir de esta primera entrevista fue que Sari estaría dispuesta a dejar alojar sus necesidades de dependencia en un vínculo transferencial que le ofreciera garantías de permitirle una experiencia de dependencia, con características diferentes que la realizada con sus padres.

Lo importante es no perder la custodia de los bordes del encuadre, ya que es por allí que ingresa la función reguladora de la realidad

¿Qué tipo de contacto habría tenido Sari con sus propios impulsos? Seguramente si hacía un berrinche o tenía rabia, su mamá no era soporte de esa experiencia. Sari no habría podido explorar sus propios impulsos en el marco de un vínculo con otro que fuera capaz de soportarlos, regularlos y ayudar a transformarlos. También había sido testigo de desbordes y de la imposibilidad de su madre de parar la violencia del padre.

Alfredo Tagle, a partir del pensamiento de D. Winnicott, sostiene: “…negar el odio y la destructividad inherente a todo vínculo, no hace más que propiciar la represión o disociación de las espontáneas mociones agresivas, impidiendo el entramado con la sexualidad en su vertiente amorosa. Al no encontrar modalidades que puedan ser recibidas y moduladas en la relación con el entorno, la vuelta contra sí mismo o la irrupción imprevisible pasan a ser otras vías posibles para su expresión, con la carga individual y social que ello significa.”1

Cuando el objeto maternante no está disponible para responder suficientemente bien a las necesidades del bebé, puede no producirse la esperada fusión entre el potencial agresivo y el impulso erótico. La agresión no fusionada se hará presente como reacción defensiva a lo que es vivido por el bebé como ataque ambiental, y su principal modo de aparición es la irrupción brusca, a través de diversas formas de caprichos, berrinches, intensas disconformidades e insatisfacción permanente.

El camino de la salud se da, para Winnicott, cuando la agresión tiene una buena fusión con la sexualidad y está a su servicio. A veces se invierte esto, y la sexualidad está al servicio de la agresión. En este caso la agresión genera satisfacción sexual. La pulsión de dominio es una de las formas que esto puede tomar.

“He aquí una raíz de las tendencias sádicas compulsivas, que pueden convertirse en masoquismo. El individuo se siente real sólo cuando es destructivo y cruel.”2

El valor del encuadre

Pensé que el dispositivo debía incluir sesiones con Sari y entrevistas con su mamá.

En la firmeza del encuadre y en la capacidad de la analista de sobrevivir a los ataques al mismo, se jugaba la posibilidad de que el tratamiento resultara efectivo. Si Sari se resistía a venir y la madre no la traía, estaríamos dejando que se repitiera el dominio omnipotente de la realidad que tanto daño le había provocado. La firmeza del encuadre nos permitiría garantizar que los ataques no se produjeran en el terreno de la realidad externa, sino que pudieran empezar a ocurrir adentro del consultorio, en la realidad virtual del análisis, posibilitando la intervención de la analista. Por eso le di una indicación a la mamá de que trajera a Sari sin faltar, dos sesiones por semana. Así fue.

El sadismo entrando al consultorio

S- ¿Por qué tengo que venir aquí? Yo no necesito. Mi mamá me obliga. Me pierdo un montón de cosas: programas de tele… ¿Qué hay que hacer Susana?

T- Esperás que yo te diga lo que hay que hacer. No elegís vos. Es como si dijeras: yo cocino lo que me manda la receta, pero no puedo decir lo que quiero comer.

S- Yo entiendo, pero no sé qué hay que hacer. Yo hago lo que me dicen.

T- Querés que parezcamos: vos una muñeca a la que le dan cuerda y yo la que le doy cuerda. Muchas veces al terminar un diálogo me preguntaba:- ¿Qué más? Como si se invirtiera la situación y ella me pidiese a mí que asociara, quedando ella pasiva. Al principio, si yo no le proponía algo, ella quedaba inmóvil. El par activo-pasivo estaba siempre en juego. Sólo se le encendían los ojos cuando relataba algo de crueldad que ella hacía. Sólo entonces se sentía ella.

Me sostenía en el planteo de Winnicott acerca de que no es la agresividad la que pone en riesgo a la sociedad, sino la represión de la agresividad individual

Al poco tiempo empezó a aparecer el sadismo en la transferencia. Intentaba usar la plasticola para vaciarla y enchastrar todo, la tijera para cortar una planta del consultorio, disfrutando frente a mí. Cuando yo le hablaba, me contestaba en voz baja y al preguntarle qué había dicho, me respondía:

- Ah, ya lo dije, si no escuchaste lo lamento.

La identificación con un padre sádico y cruel, para no sentirse débil como la madre, parecía desplegarse allí.

Yo tenía claro que había algo no negociable: ella tenía que poder hacer la experiencia de contacto con sus propios impulsos, pero dentro de un marco bien acotado por mí. Me sostenía en el planteo de Winnicott acerca de que no es la agresividad la que pone en riesgo a la sociedad, sino la represión de la agresividad individual.

T- Usá la plasticola como quieras, pero pongo abajo un nylon y no podés salir de los bordes.

T- Usá la tijera, pero no para cortar la planta, ni hacerte daño a vos, ni a mí.

Aquí se juega algo muy importante: la función de sostener el encuadre se hace central. Todo esto pone a prueba la capacidad de tolerancia de la agresión en cada analista. Cuanto más tolere mejor, lo importante es no perder la custodia de los bordes del encuadre, ya que es por allí que ingresa la función reguladora de la realidad.

Las intervenciones con Sari tenían una predominancia no verbal. La interpretación verbal le incrementaba una sensación de pasividad. Inmediatamente era descalificada, recuperando ella de ese modo su actividad.

S- Vos siempre querés tener la razón, sabés todo.

Dada su problemática narcisista grave me mandoneaba y después de una sesión en la que teníamos un clima transferencial muy intenso, venía una nueva arremetida. No toleraba sentir que me necesitaba y no soportaba momentos tiernos conmigo.

Después de un año de tratamiento se fue con su mamá y otros familiares un fin de semana de viaje y disfrutó mucho. No maltrató a nadie y volvió muy contenta, pero no me lo pudo contar.

Después de un tiempo vino a la sesión trayendo un cuento que había escrito con su amiga. “Había dos perros: a uno le amputan las cuatro patas, le hunden los ojos, le parten el cerebro y se suicida. Después se suicida el otro”.

Me puse contenta. El sadismo había iniciado un camino de transformación. Sucedía en un cuento, ya no estaba de forma descarnada entre ella y yo. Pero el altísimo nivel de crueldad que aparecía en el cuento daba la pauta de la intensa calidad sádica de sus pulsiones, seguramente incentivadas por las imágenes traumáticas de las que habría sido testigo en relación a sus padres.

Silvia Bleichmar sostiene: “Lo que importa es si hay mociones amorosas, clivadas… Para que el odio pueda ser mitigado de la violencia sexual y el sadismo, es necesario que haya un clivaje de amor. Yo lo he tenido muy en cuenta cuando trabajo con niños de la calle, el hecho de que tengan sistemas de lealtades intragrupales marca la existencia de enlaces libidinales que son propiciatorios de la posibilidad de un rescate de la autodestrucción o la destrucción del otro.”3

Después de un año y medio de análisis me emocionó escucharla decir:- ¿Sabés que me dio mucha pena verla a mi abuela tan dolorida? Tiene cáncer y se va a morir.

Esta aparición de la capacidad de preocuparse por el otro, las primeras sublimaciones a través de los cuentos, juegos con amigas, fueron marcando un camino de mejoría notable. La mamá salía los fines de semana con amigos y vivían una cotidianeidad de intercambios más placenteros.

Notas

1. Tagle, Alfredo, Del juego a Winnicott. Una revolución silenciosa, Lugar, Buenos Aires, 2016.

2. Winnicott, Donald (1950-1955), “La agresión en relación con el desarrollo emocional” en Escritos de Pediatría y Psicoanálisis, Laia, Barcelona, 1979.

3. Bleichmar, Silvia, “Seminario 31 de julio 2006”.

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Articulo publicado en
Noviembre / 2016

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