La intervención con un paciente judicializado | Topía

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La intervención con un paciente judicializado

 
LOS ATENEOS PSICOANALÍTICOS DE TOPÍA

La complejidad del trabajo clínico con toda la gama que implica el abuso sexual es un desafío actual. Las particularidades de los abordajes con pacientes abusados, con abusadores y la articulación con el poder judicial son cuestiones que atraviesan e implican la producción de dispositivos e intervenciones específicas. Pero esta temática lleva a discusiones, debates y polémicas. Por ello mismo, luego del relato clínico, hemos incluido las repercusiones de este material cuando se expuso en dos instituciones de Salud Mental. Finalmente encontraremos las reflexiones de tres psicoanalistas especialistas en estas cuestiones. Estas permiten enriquecer tanto las posibilidades de entender y operar clínicamente desde una perspectiva psicoanalítica. O sea, poder construir lo que hemos denominado Nuevos Dispositivos Psicoanalíticos.

 

Relato Clínico

 

Un hombre uniformado se presenta en el Servicio de Salud Mental del hospital solicitando tratamiento para el hijo de su esposa. En el hall del servicio manifiesta a viva voz que al joven “le hicieron una cama”. “Lo acusan de abusar a los hijos de mi sobrina y es todo un invento.” Si bien viven a una gran distancia del hospital -en otro partido del conurbano bonaerense-, manifiesta que él trabaja como seguridad cerca de allí y que no hay turnos en la salita cercana a su casa. Le doy un turno.

A la entrevista de admisión concurre Diego de 15 años acompañado por su madre Victoria. Se trata de un joven muy delgado y respetuoso, vestido a la moda de los cantantes de cumbia. Su madre en cambio, tiene un aspecto bastante avasallador, habla fuerte y tiene una gran contextura física; al lado de Diego me resulta contrastante. Me remite a una impresión de fragilidad.

Los entrevisto juntos. Su madre refiere un discurso idéntico al de su marido. Además relata que viven en el piso superior de una casa tipo PH en un barrio modesto del conurbano bonaerense, con su marido José, una hija de 12 años producto de esta pareja y Diego. En la planta baja vive la sobrina del marido -Mary- con sus tres hijos de 8, 6 y 4 años. Diego cuenta que Mary le pidió a su madre que le diera de comer a sus hijos y como ella estaba ocupada, él bajó y les preparó unos fideos; luego regresó a su casa “y al otro día salen con esta denuncia”. Agrega: “me acusan a mí porque me toman por boludo”. Victoria tiene la convicción que denunciaron a su hijo porque quieren quedarse con la casa, haciendo alusión a un conflicto sucesorio entre José y Mary. Señala, además, que le recomendaron en el Centro de Referencia que Diego iniciara un tratamiento, aunque no le dan ninguna indicación por escrito. Los Centros de Referencia de la Provincia de Buenos Aires se encargan a nivel municipal de la atención de personas menores de 18 años que se encuentran en proceso penal ante los Tribunales de Menores o ante el Fuero de Responsabilidad Penal Juvenil y ejecutan medidas cautelares alternativas a la privación de la libertad. Creados a partir de la Ley provincial 13298 de la Promoción y Protección Integral de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes.

Durante esta entrevista salen a la luz algunos conflictos entre Victoria y Diego que datan de hace años atrás. Victoria expresa que nunca pudo ponerle límites a Diego, que sale hasta muy tarde incluso, los días de semana y que además, toma mucho alcohol. “Repitió dos veces séptimo grado y este año empezó bien y luego dejó la escuela”. Diego explica que los primeros meses le va bien, pero que luego le empieza a ir mal porque toma confianza con los nuevos compañeros de clase y empieza a conversar con ellos y por ese motivo deja de prestar atención.

Victoria relata que cuando ya no puede controlar a Diego, lo manda a Misiones con su padre. Diego aclara que en realidad cuando va a casa de su padre, no convive con él, sino con la esposa actual de su padre y sus hermanos menores, ya que como aquél es pescador, viaja por largos períodos de tiempo. Allí se relaciona mucho con sus tíos paternos. Victoria menciona que la última vez volvió de allí porque estaba “muy suelto”, en referencia a que estaba sin contención.

En el transcurso de la entrevista el relato de Diego me resultó creíble y al mismo tiempo me pregunté cómo se podía trabajar psicoanalíticamente con la duda; y pensé que mi función allí no era la de juzgar o pesquisar si Diego había abusado o no de esos niños.

Al final de la misma pongo de relieve que están allí por la recomendación del Centro de Referencia y le digo a Diego que yo creo lo que él cuenta, pero que el resultado del proceso depende exclusivamente de la resolución del Juez. Agrego que más allá de los eventos de los cuales lo acusan, hay una situación de gran conflicto entre él y su madre y que por otro lado, el hecho de que él hubiera abandonado la escuela, tomara alcohol en exceso y estuviera todo el día sin hacer nada y sin ningún proyecto, lo ponían en una situación de mucho riesgo para sí mismo. Mi impresión fue que lo que lo conmovió fue que le dijera que “estaba en el horno”. Diego acepta comenzar a concurrir a algunas entrevistas. Le entrego a la madre una nota dirigida al Centro de Referencia con mis datos y solicito que me envíen la indicación de tratamiento para Diego por escrito. Como se verá más adelante nunca recibí respuesta a esa solicitud.

En cuanto a la vivienda Diego y su madre se mudaron del barrio donde vivían por indicación del Centro de Referencia y estaban viviendo en otra localidad del conurbano en casa de un hermano de Victoria. José y su otra hija quedan viviendo en la casa del conflicto. Victoria va y viene entre las dos casas.

Las primeras entrevistas transcurren con relatos de salidas los fines de semana y sobre el ir y venir entre dos chicas que le gustan y por otro lado, la bronca tanto hacia la sobrina de su padrastro como hacia la gente del barrio que lo había condenado sin escuchar lo que él tenía para decir. Luego comienza a compartir temas musicales que trae en su celular y que canta junto con sus primos y algunos nuevos amigos, que en realidad no son nuevos, sino que fueron amigos de él en su infancia, ya que según rememora, él vivía allí antes que su madre se casara con José. Dice: “estos pibes son buenos, están rescatados, no roban, no consumen, sólo toman cerveza” haciendo alusión a que “la junta con la que estaba antes eran más zarpados.” Cuenta que él fumaba marihuana con ellos, pero que decidió rescatarse y que los pibes de este barrio lo ayudan porque no consumen. El primo (mayor que él) compone canciones de cumbia y le enseña a Diego a tocar algunos acordes en el teclado, incluso llegan tocar en algunas fiestas de 15. Diego disfruta mucho de la compañía de estos jóvenes y a la vez se entusiasma con las letras, las comparte conmigo en las entrevistas. Las canciones hablan de amor, de “chicas difíciles”, de infidelidad, un joven que va preso por robar y la novia lo engaña con otro, etc.

Después de un mes de concurrir tiene la primera pelea con su madre y recuerda situaciones de abandono y maltrato por parte de su madre cuando era chico. Es la única vez que Diego llora en el transcurso de las entrevistas que tuve con él, esta escena generó en mí la sensación de estar frente un joven con una experiencia de profundo desamparo. Al mismo tiempo dice “yo digo que conmigo mi mamá fue mala madre, me dejó en banda; con mi hermana es una buena madre.”

En una entrevista vincular establecemos algunas pautas de convivencia entre Diego y Victoria, como por ejemplo, que Diego sólo podía salir a la noche los fines de semana y durante la semana debía acostarse a las 12 de la noche. Asimismo Victoria debía inscribirlo en una escuela para el siguiente año escolar.

Durante el transcurso de cuatro meses trabajé con Diego en su espacio individual la bronca que le daba que “la gente del barrio le haya creído a esa mujer y a no a mí, a pesar de que no hay ninguna prueba de que les haya hecho algo a esos chicos. Ella es drogadicta, los deja solos y hay días que ni siquiera les da de comer”, ya  que algunos jóvenes del barrio le habían puesto mensajes diciéndole “violín” u otros comentarios de esa índole en su muro de facebook. “Me voy a vengar de todos los que no me creen.” En varias ocasiones temí que en un acto de impulsividad se apareciera por el barrio. Le señalé la inconveniencia de que fuera por allí, dado que había un proceso judicial al que él se hallaba sometido y una orden de restricción por parte de la Justicia y las consecuencias que podrían acarrear sino la respetaba. Esto lo contuvo y no se presentó en ese domicilio hasta que en el juzgado le ordenaron que volviera a vivir allí.

Por otro lado, en algunos relatos podía entrever como Victoria o Diego aludían a “lo dijo el psicólogo” cuando peleaban o tenían algún conflicto.

Aproximadamente luego de tres meses de la primera entrevista, Diego me dice que venía a despedirse, ya que se iba Misiones a casa de su padre y relata una fuerte pelea con su madre, ya que Diego volvía tarde a la casa y no le avisaba a Victoria.

En ese momento siento que estoy en presencia de “más de lo mismo” en la historia de Diego, la madre “no puede y se lo saca de encima”.

La madre lo había acompañado; previo asentimiento de Diego la hago pasar y me cuenta que su hijo no le hace caso, que llega a la casa muy tarde y después se levanta muy tarde. Refiere que se pelearon, que ella reconoce que le pegó porque “la sacó” y que él se defendió forcejeando con ella. Además agrega que últimamente está muy agresivo. Intervengo diciéndole que Diego necesita un ámbito de estabilidad, que entiendo lo que a ella le cuesta manejarse como madre con Diego, que él puede ir a visitar a su padre, pero no irse a vivir con él cada vez que tiene problemas con ella, más aún si no es con el padre con quien va a vivir, dado que frecuentemente está de viaje. Por otro lado, le pregunto cómo se sentiría ella si fuera acusada de algo que ella no hizo. Mi intención con esta pregunta era ver si Victoria podía ponerse en el lugar de su hijo, si podía identificarse con él y alojarlo. Contesta que tendría mucha bronca, se queda callada unos segundos y se le quiebra la voz. Decide no enviar a Diego a Misiones. Lo hago pasar a Diego nuevamente y en presencia de los dos, les brindo algunas pautas de convivencia, con especial énfasis en que no puede haber violencia física por parte de ninguno de los dos.

A partir de este momento hubo otras peleas, pero cuando sucedían, Victoria concurría al hospital como esperando que le indicara que no debía enviar a Diego a Misiones y poner algo de ordenamiento en el vínculo entre ellos.

Durante el transcurso de esos seis meses me comuniqué innumerables veces con el Centro de Referencia para trabajar articuladamente, pero la profesional encargada del caso nunca estaba presente. Tampoco respondió a mis llamados, ni el informe enviado donde, además, sugería la inclusión de Diego en el programa Envión (dirigido a jóvenes en situación de vulnerabilidad social, por ejemplo: no estar escolarizados). La única respuesta fue hacia Victoria, diciéndole que no había lugar, que lo pondrían en lista de espera.

En el mes de marzo el joven comienza las clases, pero en una de las entrevistas que tienen regularmente en el Juzgado le ordenan a Victoria que Diego debía vivir en casa de su madre (en la casa donde pesaba la restricción).

Un mes después allanan sorpresivamente la casa y detienen a Diego en la comisaría de la zona desde donde es trasladado a la comisaría de la localidad vecina, ya que según relata Victoria fue golpeado por la policía. Luego de dos días allí, es atacado con agua hirviendo por otros detenidos de una celda contigua, ya que se filtró la información del motivo de su detención. A raíz de la denuncia de este hecho por parte de su madre y la defensora oficial, es trasladado al Instituto de menores Nuevo Dique (ex Araoz Alfaro). Victoria se presenta en el servicio manifestando su sorpresa más aun cuando las pericias que le habían realizado a Diego decían que “no tiene perfil abusador”. “Me dijeron que alguien abusó de los chicos, porque Diego dice la verdad y el nene de ocho años también.” La abogada defensora le revela que hubo una nueva denuncia donde se manifestaba que “el violador volvió a la casa donde tenía prohibido”.

Diego estuvo en el Instituto referido unos tres meses, hasta que un compañero le sugiere escaparse, ya que se habían enterado que su causa era por abuso sexual y que un grupo estaba planeando violarlo por la noche. Se escapa a la casa de su primo y al otro día se presenta con su madre y la defensora oficial ante el juez, quien ordena su libertad hasta que termine el proceso judicial y emite un oficio ordenando tratamiento psicológico para Diego.

Antes de citar a Diego convoco a Victoria y a José, en esa entrevista pido que me cuenten nuevamente todos los antecedentes de lo sucedido. El conflicto entre la sobrina y José era de larga data y tenía que ver con la muerte de la hija de éste. Su hija y Mary se drogaban juntas; en una pelea con él, la hija se va de la casa y a las pocas semanas muere de una sobredosis. Además Victoria cuenta como al pasar (como un dato más) que cuando Diego tenía 9 años, Mary ya lo había acusado intrafamiliarmente de abusar del niño que ahora tiene 8 años, pero en ese momento se demostró que no era cierto porque Diego estaba en otro lado el día del supuesto abuso.

 

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Repercusiones

 

Este ateneo fue leído en el espacio clínico de dos instituciones, una pública y otra privada. Resulta sugestivo poner de relieve que si bien hubo un acuerdo general en cuanto a que no es función del analista pesquisar acerca de la culpabilidad o no del consultante, produjo gran afectación y una reacción visceral por parte de algunos colegas. Una analista llegó a decir que si la Justicia detuvo al joven “por algo sería”, y sostuvo que seguramente era “culpable”.

Otros colegas se conmovieron mucho por la situación planteada y en general resultaba difícil re-direccionar el debate hacia como trabajar clínica e institucionalmente con un caso de las características planteadas. Primaba la impotencia ante el accionar de las instituciones judiciales.

Un colega que trabaja con adolescentes, reveló que durante el relato fueron cambiando sus sentimientos, primero pensó: “que hijo de puta este pibe” y a medida que iba transcurriendo el relato esa bronca fue virando hacia la madre, el “uniformado” y la “Justicia”. Estas  manifestaciones resultan por demás interesantes porque centran el debate en la subjetividad de nosotros/as los/as analistas.

La temática del abuso sexual de niñas, niños y adolescentes es un tema espinoso e irritante. Fue minimizado y desmentido socialmente durante décadas, una de las formas en que se expresó en la clínica fue tipificarlo como fantasía. Como contrapartida, en la actualidad genera múltiples acciones y reacciones. Al ser los analistas parte de este colectivo social debemos estar advertidos de las consonancias y resonancias que esta temática produce en nuestra propia subjetividad, sino estaremos produciendo intervenciones contaminadas de iatrogenia.

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Lo simbólico y lo mortífero

 

Rubén Efron

Psicoanalista

rubenefron [at] fibertel.com.ar

 

Un drama o más bien una sucesión de desencuentros, violencia y sufrimiento atravesado y organizado por la ausencia de referencias, y como paradoja en un escenario donde la referencia (Centro de Referencia) es uno de los protagonistas fundamentales más por sus omisiones que por su presencia efectiva.

¿Cuáles son los diferentes eslabones que definen y valga el neologismo la “desreferenciación”?

 

1-Debilidad o desdibujamiento del referente paterno

 

2-Inconsistencia o fragilidad de la referencia materna

 

3-El Centro de Referencia invalida su condición de referente, operando en contra de su objetivo específico es decir no sosteniendo ninguna propuesta integradora. Es conveniente resaltar que los centros de referencia son dispositivos que se han creado para responder a las nuevas normativas siendo uno de sus objetivos fundamentales desarrollar propuestas alternativas a la institucionalización con el fin de evitar la pérdida de la libertad de los jóvenes En esta circunstancia no sólo no evita la institucionalización sino que indirectamente la promueve.

 

4- Sólo ofertas punitivas por parte de otros referentes del Estado: por un lado la policía irrumpiendo, reprimiendo y hostigando. Un aparato judicial impotente cuya única respuesta en última instancia es el encierro, la pérdida de libertad y  por otro último los mal llamados institutos, eufemismo para designar cárceles de niños/as y jóvenes, verdaderos instrumentos de aniquilamiento subjetivo.

En definitiva se puede afirmar que hay una caída de prácticamente todo el sistema referencial del sujeto tanto individual como socialmente.

Frente a este escenario de propuestas desubjetivantes ¿cómo hacer para establecer otra índole de referencias?

Si de acuerdo a su definición la referencia es “la base o apoyo de una comparación”, ¿cuáles son los elementos que hacen posible una referencia subjetivante que opere como base o apoyo?

 

A continuación algunas pautas que apuntan a un programa que respete los derechos y la subjetividad de los jóvenes ordenadas sin una jerarquización y sin pretención de exhaustividad  pero que podrían habilitar un enhebrado posterior.

 

A-Problematización del estatuto del abuso.

La denuncia de abuso como recurso extorsivo es una práctica de efectos no meramente desubjetivantes sino como en este caso una propuesta mortífera. El joven queda envuelto y atravesado por una imposición externa en una identidad demoníaca y perversa (“el violeta” en la jerga carcelaria) que propicia la venganza asesina. Por otro lado genera en el  barrio, territorio natural de vida del joven, un contexto de retaliación que sólo sirve con el fin de canalizar tendencias vandálicas muy en contra de cualquier intencionalidad de contribuir a la construcción de una conciencia ciudadana y respetuosa de los derechos. La denuncia no debe ser una mera herramienta punitiva sino que a más de  promover una interrupción del circuito abusivo  debe ser sostenida en el tiempo  para lo cual es necesario acompañar  la situación con racionalidad y atendiendo a todos los actores.

 

B- Reconsideración de la intersectorialidad

La intersectorialidad no es un mero recurso administrativo o una forma de organización burocrática; es un proyecto de abordaje de las problemáticas de niños y jóvenes de manera integral y sin fragmentaciones. Es poner en acto el concepto de corresponsabilidad que es una categoría posible de ser incluida en el campo de la clínica. Porque las nuevas normativas han generado conceptos y dispositivos que deben ser construidos y la perspectiva clínica es una herramienta que puede ser útil en este proceso de construcción.

Frente al territorio del sufrimiento más allá de cualquier encasillamiento no hay ni propietarios ni saberes específicos que puedan solos dar cuenta y respuesta a este drama. Este joven ha quedado “tupacamarizado” y como consecuencia de ello el resultado final ha sido la pérdida de la libertad y una de las razones fundamentales ha sido la ausencia de un programa intersectorial con una mirada clínica sobre un sujeto no despedazado.

 

C- Entre la escansión y la expulsión o la estigmatización

Un corte en el devenir de un sujeto puede tener efectos simbolizantes o mortíferos. Tal como lo sostenía Maud Mannoni en su concepción de la “institución estallada” la escansión cuando era indicada para impedir la cronificación  e implicaba la salida de los chicos de la institución para por ejemplo hacer una estancia en hogares  campesinos tenía un efecto simbolizante. Algo así como un fort-da, un salir para volver a entrar  pero ahora modificado por algún decir. Cuando el joven es enviado (¿depositado?) a la casa de su padre no se produce una escansión simbolizante, sino una potenciación en las afrentas a su subjetividad porque aquel no  está en condiciones de sostener su lugar. Hay que contribuir en el armado de las condiciones para que un corte tenga el carácter de una escansión en cuyo caso se transforma en una operación terapéutica. Si un juez prohibe la entrada del niño al barrio en que ha sido estigmatizado puede estar promoviendo una verdadera escansión si crea las condiciones adecuadas o puede resultar una mera medida represiva si lo lanza a un mundo hostil y sin anclajes.

 

D- La Victimización

El supuesto victimario se transforma en víctima de las sucesivas fragmentaciones y amputaciones a la que es expuesto. Es una sumatoria de victimizaciones que no tienen otra consecuencia más que la destrucción subjetiva. Un protagonista inesperado de la revictimización es un sector de la misma comunidad que contribuye significativamente a desestructurar las redes de la contención social. Son los grandes interrogantes. ¿Cuáles son las condiciones para que la comunidad no se pliegue a las lógicas punitivas? ¿Cómo contribuir a que la comunidad contribuya en la construcción de ciudadanía?

 

D- El abordaje terapéutico

Una analista que intenta instalarse en una posición de escucha partiendo de una lógica de escucha no punitiva ni detectivesca se enfrenta con todos los obstáculos que provienen de lazos imposibles de construir. Se sustrae del imperativo de confirmación del acto abusivo que sólo conduce a la iatrogenia “Mi función no era pesquisar”. ¿Cuáles son las condiciones para que una demanda de analisis pueda ser sostenida en el tiempo cuando tal como decíamos anteriormente hay una caída de todas las referencias?  Es muy difícil que pueda contribuir al sostenimiento de una demanda cuando el contexto que tiene carácter significante produce una devastación de todas las referencias.

 

Alguna conclusión

 

Es en el enhebrado de estos aspectos que se puede ir construyendo un lugar para este joven y para todos aquellos cuya condición de existencia está atravesada por el sufrimiento y el horror. El destino individual es indisociable del de su comunidad y también de todos aquéllos que tienen que responder al dolor y al sufrimiento de la gente.

Estas ideas heterogéneas y de diferentes planos quedan presentadas para su profundizacion y debate.

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Adriana Granica.

Psicoanalista y abogada de niños

adrianagranica [at] hotmail.com

 

El título

Primer interrogante: ¿qué es un paciente judicializado? ¿De qué estructura clínica se trata? Obviamente, tal categoría clínica no forma parte de ninguna de nuestras tradiciones teóricas.

Sin embargo, el adjetivo agregado al sujeto paciente (que sí exige un lugar en la clínica) intenta definir algo. Ese algo es lo que nos plantea el interrogante central en relación con esta situación relatada. Empezaría diferenciando lo que remite al paciente de lo que refiere a lo judicial. Sin descartar que podemos jugar con la idea de la paciente paciencia que tiene que tener un sujeto para sortear las formas en que la violencia institucional se ejerce, aunque sea desde la banal burocratización de una indicación posible.

Vale la pena comenzar abriendo la posibilidad de diferenciar ambas cuestiones. Más allá de un chiste con el que alguna vez jugamos: que en los servicios de salud mental existen 3 estructuras clínicas: las psicosis, las neurosis y los judiciales, éste último no es un diagnóstico.

¿Qué hace peculiar a lo judicial para que muchas veces se pierda el sujeto que padece y éste quede subsumido en el discurso de los expedientes? ¿Cuál es la articulación real y/o imaginaria entre las instituciones, los terapeutas y los operadores judiciales?

Estimo que es muy interesante poder deconstruir estas cuestiones.

 

La presentación

El texto cuenta que una persona uniformada solicita el turno para el hijo de su esposa  y a viva voz manifiesta que le” hicieron una cama”, “lo acusan de abuso”, etc. Afirmaciones  que la madre y el joven repiten en la primera entrevista.

Esto es: ya al pedir el turno, aparece para quienes consultan, una confusión entre el servicio de salud y el poder judicial.

En este punto la primera cuestión a dirimir es definir qué se nos demanda, en qué  lugar se nos ubica, qué viene a buscar quien consulta, qué solicita la institución que “deriva”. Vocablo, que encontramos poco feliz en tanto enfatiza más el abandono de un barco dejado a merced de los vientos que el de una posición de acompañamiento de un sujeto que padece.

La presentación de la familia, en el primer encuentro, se coloca del lado de lo judicial, intentando desmentir una acusación, cosa absolutamente frecuente.

Los consultantes no tienen idea de cuál es el motivo de su consulta y cuál será el papel de quien los reciba.

 

La tarea clínica

¿Deberá el terapeuta acaso dirimir la verosimilitud de lo que se testimonie? ¿Se trata acaso de un testimonio?

Eso es lo que el terapeuta insiste en despejar: “En el transcurso de la entrevista el relato de Diego me resultó creíble y al mismo tiempo me pregunté cómo se podía trabajar psicoanalíticamente con la duda; y pensé que mi función allí no era la de juzgar o pesquisar si Diego había abusado o no de esos niños”.

Hay una cuestión fundamental que el terapeuta de hecho comprendió, y es que no se trata de una pericia, ni siquiera de un dictamen (vinculante o no) que deba proveer el servicio de salud. En el texto se sugiere que se trata de una recomendación del Centro de Referencia que está a cargo del caso. Estos Centros fueron creados a partir de la ley 13298 de la Provincia de Buenos Aires, y tienen entre sus funciones intentar acompañar a jóvenes que cumplen con medidas alternativas a la privación de libertad o se encuentran en procesos penales ante los tribunales de menores o el fuero de responsabilidad penal juvenil.

 

La indicación

En el texto se insiste, un par de veces, en que no hubo indicación escrita.

¿Cuál es la importancia de la indicación escrita? En mi opinión, ninguna; salvo como imaginario resguardo. Es habitual que los terapeutas necesiten los oficios  judiciales o los escritos con las indicaciones.

 

Las dificultades  de articulación 

En el texto se habla de la carencia de articulación con el Centro que hizo la recomendación. Esto si es clínicamente relevante.

Intentar posicionarse desde un paradigma que protege en forma integral los derechos de niños y jóvenes tal como lo dice la ley mencionada en el texto que estamos comentando, hace que sea fundamental promover una articulación adecuada, aunque sólo sea para despejar el rol de cada institución  y defender ese espacio clínico singular que se puede construir una vez que la escucha clínica puede despegarse de la cuestión de la indicación y poner dicha escucha al servicio del trabajo acerca del vinculo de Diego con su madre, y generar un espacio propio con todas las alternativas elaborativas posibles de su historia singular.

 

Los actores judiciales 

Pero como crónica de una muerte anunciada, la falta de articulación, la imposibilidad de que la voz de Diego tuviera algún espacio para ser oído en el campo judicial, la falta de trabajo de la defensa con los terapeutas (es decir, teniendo en cuenta la posición subjetiva de Diego) - y aunque no contemos con datos suficientes para  saber qué ocurrió a ciencia cierta -, permite deducir de la lectura, que lo que se había comenzado a construir, fue arrasado.

Si sostenemos que vale la pena que los profesionales de salud mental que trabajan con niños y jóvenes puedan pensar en clave de derechos, no es para que se transformen en auxiliares de justicia, sino justo lo contrario: desprenderse del  formato de expedientes  y en todo caso ser auxiliar de la subjetividad del joven paciente, tratando de articular un espacio de intercambio fructífero; si fuera necesario, para que otros operadores al servicio del joven puedan ayudarlo a pensar estrategias, como por ejemplo podría haber sido ponderar si valía  la pena volver o no al domicilio en ese momento complicado.

No tenemos más datos, no sabemos a ciencia cierta el por qué del allanamiento, la prisión, etc., pero no cabe duda de que nos hallamos ante un nuevo fracaso de los nuevos paradigmas por la coexistencia aún vigente de prácticas tutelares del patronato que no condicen con normas que buscan proteger derechos de los niños y jóvenes.

La intervención de un abogado del niño imbuido de los paradigmas de la Convención, tal como lo plantea la nueva ley nacional de protección integral  e derechos de niños y cuya  implementación tiene  media sanción en la provincia de Bs. sería  un recurso muy útil para trabajar por un lado con el joven y, aliado con sus intereses subjetivos, poder articular con otros actores.

 

Apéndice

El cruce que plantea el texto ofrecido al debate del ateneo, incluso la intersección de diversas prácticas en juego, no es novedosa en sí misma. Lo que puede dar una nota diferente es que parados del lado del paradigma de la protección integral de derechos de los jóvenes, rescatemos precisamente la gran oportunidad de hacernos cargo de la singularidad subjetiva de quien es nuestro consultante y corrernos del lugar que lo judicial por su propia lógica impone. Tarea que el terapeuta intentó realizar aunque chocando con los límites que hemos comentado.

Ése es el desafío que permanentemente hay que sortear. En la consultoría en derechos del niño que en el Centro de Salud Mental Nª 1 coordino, hemos intentado algunas alternativas cuando trabajamos en interconsulta con los profesionales que reciben a “los Judiciales” y con las instituciones que  “derivan”. Nuestro eje se orienta en la dirección que hemos intentado bosquejar aquí. Lo que tal vez sirva de pequeño aporte es que hemos confeccionado una forma de otorgar el turno solicitado, mediante un brevísimo texto (escrito a los usos del poder judicial) dirigido a los operadores, que no pretende más que poner en palabras para quienes intervienen cual es rol de cada cual. Aunque parezca sólo una nueva planilla a llenar, pretender definir desde el comienzo los planos de incumbencia.

En ese sentido, concluyo reproduciendo dicho texto:

Solicitud de intervención clínico terapéutica

En el día de la fecha…se ha recibido el oficio judicial de fecha… del juzgado Nº… en los autos caratulados… solicitando intervención terapéutica para…

Para el caso entre las personas derivadas se encuentren involucrados niños y/o adolescentes se informa que esta institución dispone de un área interdisciplinaria en derechos del niño que puede intervenir con el objetivo de que los mismo sean oídos de acuerdo a la normativa vigente. Se pone en conocimiento que la intervención de los profesionales que se desempeñan en este efector es exclusivamente terapéutica, para lo cual es necesario respetar el encuadre que cada dispositivo clínico requiera.

Para generar las condiciones de posibilidad mínimas de efectividad de la intervención solicitada es imprescindible contar con el compromiso y aceptación de la/s persona/s derivadas, quienes son los actores fundamentales de la situación. Se enfatiza que la competencia de este efector es la de ofrecer un espacio de intervención terapéutica, asistiendo, construyendo la conciencia de necesidad de asistencia, intentando disminuir el malestar y el sufrimiento, pero este efector no posee ni corresponde que posea las competencias para hacer efectiva la presencia de las personas derivadas, quedando la misma en el ámbito de la justicia.

La persona/s deberá/n concurrir el día… a las... hs.

 

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“En el horno...”

 

Jorge Volnovich

Psicoanalista

jorvolno [at] fibertel.com.ar

 

-¡“Estás en el horno…..”!,  son las taxativas palabras que expresa el terapeuta de Diego para definir su comprometida situación desde el campo jurídico, familiar y comunitario. Esta frase parece calar hondo en el singular vínculo entre la madre y el adolescente acusado de abuso sexual contra sus primitos. ¡No es para menos! Desde que el tío policía entra al Servicio de Salud Mental del hospital anunciando que: “a mi sobrino le tendieron una cama”, comienza a desatarse una tragedia que se desarrolla en un contexto sórdido. Entre la teoría del complot, (“quieren robarnos nuestra casa”),  razón esgrimida frecuentemente  frente a la denuncia de abuso, hasta la emergencia de la verdad un año después, (una niña muerta es el eje de la dramática historia familiar), transcurre el devenir psicoterapéutico, en el encuadre de un adolescente transgresor con una mamá “de aquéllas”.

El psicoanálisis del adolescente nos recuerda, en ese sentido, como el pasaje al acto y el acting son moneda corriente en este tipo de abordaje, y cabe al terapeuta sortear el primero (el terapeuta evita que la madre envíe al chico nuevamente a Misiones), aún cuando el segundo es inevitable. En efecto, el pibe quiere volver al barrio de origen, “al lugar del hecho” aún a sabiendas de que lo van a linchar. Como tantos otros, contando a Jean Genet entre ellos, Diego busca “rescatarse” trangresivamente, y solo una intervención providencial de un amigo permite eludir ese destino, pudiendo escaparse de  la institución donde se encontraba  recluido. Finalmente, el Juez hace lo que debe hacer: ordena su protección. Protección del joven que, en este caso, debe ser extendida a los sobrinos y a otros niños.

Porque resulta que puede ser una falsa denuncia, ya que Diego nunca reconoce el acto abusivo. En general los pibes jóvenes, menores de 16 años, suelen reconocer lo sucedido aunque siempre provocados por “mujeres”, tal como lo sostenía y continúa sosteniendo a rajatabla el discurso adulto sexista y desculpabilizador. Pero también puede tratarse de un impostor a la moda adulta, en un universo donde la impostura y el desmentido son moneda corriente. Debemos reconocer que los impostores adolescentes con el discurso del desmentido a flor de labios, en lo que a nuestra experiencia nos indica, resultan ser los menos,… ¡por ahora!

De lo que no existe ninguna duda es de que el pibe hace lo que quiere, tiene entablada una lucha sadomasoquista por la propiedad de su cuerpo con la madre, y es a esa cuestión que apunta la intervención psicoterapéutica cuando es sorprendida por las implicancias de la acusación. En efecto, el tratamiento de un adolescente que transita  este tipo de problemática nunca será del mismo orden que el de otro adolescente por más complicado que éste sea. Digamos que, desde el vamos existe una sospecha de abuso sexual infantil y precisamente, en función de esta sospecha, la justicia busca la sustancialización de la misma. La práctica forense se aboca a esa tarea con suerte dispar, mientras que, en algunas oportunidades, el propio tratamiento psicoterapéutico despeja esta cuestión por añadidura.

Sin embargo, no debemos olvidar que: el nivel de daño producido se constata en el nivel de trauma subjetivo registrado en la niña, niño o adolescente víctima de malos tratos y/o abuso sexual, nunca en el discurso del agresor. En efecto, el agresor siempre tiende a minimizar, naturalizar y disociarse del daño.  Lo que para un adulto puede ser una conducta impropia de índole sexual, para el niño o niña es un grave trauma que  ha comprometido profundamente su subjetividad.  También, lo que muchas veces es considerado como un inocente juego de niños consentido, resulta ser catastrófico para la psiquis de un niño o una niña. Por ende, una buena forma de despejar la impostura es, y será siempre, escuchar a la víctima. Mientras tanto, continuaremos “en el horno”.

 

-¡“Estamos en el horno…”! porque también el terapeuta corre la suerte de quedar “asado” en el mismo instante que decide implicarse en el encargo. Tal situación no hace más que reflejar la gestión de riesgos a la cual se ven lanzados los profesionales que atienden a niños, niñas y adolescentes objetos y sujetos de malos tratos y abuso sexual. Es que, pensar al niño como sujeto de derechos en desarrollo, tal como lo propone la Convención de Derechos del Niño y su correlato vernáculo, la Ley Nacional 26061, abre un profundo impasse sobre la responsabilidad de aquellos niños y adolescentes que activamente victimizan a otros niños. Tal vez, este sea uno de los principales desafíos actuales, ya que  los abusadores sexuales son cada vez más jóvenes, e incluso las inefables estadísticas norteamericanas nos indican que el 50% de los abuso intrafamiliares son practicados por niños menores de 16 años. 

Para apoyar esta afirmación llevo en consideración nuestra propia experiencia en el CIENA Feliciana Manuela, Centro Interdisciplinario de Niños y Adolescentes dependiente de la Dirección de Mujer del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, cuando saltamos de 1 a 2 abusadores sexuales jóvenes por año, a 10 o 15 en 2012.

De esta forma, Diego forma parte de esos adolescentes que comienzan a recorrer los tratamientos psicoanalíticos y psicológicos, la mayor parte de ellos buscando la desculpabilización jurídica, social y mental, y en muy pocos casos, procurando una verdadera transformación subjetiva, no digamos ya de cura.

Por ende, en estas circunstancias es necesario seguir el saber institucional. Éste nos indica que debemos separar el encargo de la demanda. Algunas veces, los encargos en este campo son de buena fe, y en muchos casos carecen de la misma, tanto por parte de los consultantes, como por parte de las instituciones proteccionales.

Como ejemplo de encargo de mala fe, es necesario  recordar que, en la historia posterior a los nefastos años de plomo en la Argentina, uno de los deportes preferidos de los genocidas y torturadores, era armarse de un buen tratamiento psicoterapéutico o psiquiátrico para presentarlo como coartada frente a los tribunales encargados de juzgarlos. Por otra parte, el mejor encargo de buena fe, es el que proviene de la ignorancia, el “no saber que hacer” en las instituciones proteccionales de cómo abordar la problemática de niños que abusan de otros niños.

La demanda es otra cosa. Atada a la oferta, digamos que resulta el producto de una psicoterapia o psicoanálisis que circula en las instituciones hospitalarias y diferentes centros de atención ligada a la salud mental  de la comunidad, y propone una alternativa a la carencia de propuestas psico-socio-educativas que son las que ameritan ser discutidas cuando se trabaja en el campo de la violencia contra niños, niñas y adolescentes.

Precisamente, esta última es una de las causas por las cuales “están en el horno” Diego y su terapeuta, así como todos los agentes sociales implicados. No se trata apenas de una transferencia marcada por la duda de si estamos frente a un adolescente que cometió un acto abusivo o no, ya que no resulta desconocido para el psicoanálisis un acto analítico sosteniendo la misma. Se trata de convivir con un discurso “privado” (en el doble sentido que tiene la palabra “privad”), que se ha vuelto público, ya que el abuso sexual es un delito  público sea quien fuere quien lo ejerza, que pone en riesgo a un niño y a todos los niños.

Y si eso no fuera suficiente, digamos que la comunidad en la que vive el niño ha decidido que Diego es el abusador, con lo que esto significa en el imaginario barrial. Por ende, el profesional psicoterapeuta está realmente en el horno, temperatura infierno, si su soporte transferencial se ajusta apenas a su práctica psicoterapéutica, alejado del orden jurídico y social en que se inscribe el acto abusivo. Tal vez por ello, nunca podemos garantizar a nuestros consultantes una confidencialidad absoluta, en la medida que, generalmente, su caso deberá ser discutido con todos aquéllos que intentan ayudar al niño desde los organismos administrativos, así como cuando los juzgados, tanto en el orden civil o penal, solicitan nuestra intervención.

Con esto quiero manifestar que, en los casos de malos tratos y abuso sexual contra niños y adolescentes, la alteridad simbólica y social no está establecida propiamente por el trayecto solitario del terapeuta, sino por una palabra que sirve de garantía, como la dada por el organismo proteccional (aún con sus errores u omisiones) y por un orden jurídico, en este caso completamente contradictorio, capaz de restituir el niño al barrio de origen corriendo el riesgo de que lo linchen.

De esta manera, aún cuando todo profesional psicólogo o psicoanalista no quiere estar expuesto a la tarea de investigador o juez, queda  investido de hecho de este carácter. Entiéndase bien, lo más frecuente es que algo de la intervención psicosocial suceda en el marco psicoterapéutico, y eso no tiene nada de malo. La cuestión es cómo se inscribe dicha intervención en el conjunto de tácticas y estrategias necesarias para abordar un tema tan controversial como el abuso sexual, y que solo pueden ser determinadas en forma transversal por los órganos administrativos proteccionales, los servicios de justicia y el servicio de salud mental. En efecto, en el marco de las buenas prácticas en la atención y prevención de  los malos tratos y el abuso sexual infanto-juvenil no hay lugar para tecnócratas.

 

 
Articulo publicado en
Abril / 2013

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