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El giro del psicoanálisis

 
Editorial

Desde Topía en la clínica se plantea dar cuenta del giro que ha dado el psicoanálisis como consecuencia de las transformaciones en la subjetividad y los nuevos paradigmas de nuestra cultura. Esto implica no sólo nuevas manifestaciones sintomáticas, sino también un escuchar diferente del sujeto en análisis. Nuestra mirada clínica se encuentra con una subjetividad, efecto del actual malestar en la cultura, cuya historia social es soporte de la historización del aparato psíquico. Su resultado es poner en cuestionamiento el dispositivo clásico para implementar Nuevos Dispositivos Psicoanalíticos. Pero este estado de situación lleva a la complejidad que aparece en nuestra práctica, cuyas consecuencias no son sólo del orden de la técnica, sino también de la teoría, la formación y la transmisión del psicoanálisis.

Este giro del psicoanálisis deviene en aceptar la necesidad de realizar profundas modificaciones. Para ello debemos recorrer los autores que constituyen su historia, rescatando aquellos conceptos que definen la particularidad de su práctica, pero también modificar otros, que son insostenibles con los nuevos paradigmas que plantea nuestra época. En este sentido, la tantas veces mencionada crisis del psicoanálisis no es otra cosa que este recorrido que estamos haciendo, cuyo final todavía se encuentra muy lejos.

Es cierto que algunos analistas siguen defendiendo un supuesto psicoanálisis “puro” y “ortodoxo”, como verdad totalizante al servicio de intereses teóricos y políticas institucionales. También es necesario reconocer el peligro, en especial en estos tiempos que corren, de transformarlo en una psicoterapia adaptativa donde el objetivo esté dado por terminar con los síntomas, para lograr el éxito social, en vez de contemplar qué le pasa al sujeto como núcleo de verdad histórica. Estas circunstancias no lo pueden seguir llevando a encerrarse en un lugar privilegiado para una secta de iniciados, cuya consecuencia es sostener un imaginario social, que lo considera un tratamiento caro y que no resuelve las actuales demandas de atención. Es así como los jóvenes profesionales no lo encuentran atractivo para su formación, al simplificarse en fórmulas repetitivas que lo han conducido a perder la pasión de una práctica y un conocimiento en permanente construcción. Por ello, debemos considerar si, como analistas, estamos situados respecto de la actualidad de nuestra cultura, para que las demandas de su malestar se dirijan a nosotros.

En este sentido, brevemente voy a puntualizar lo que he denominado el giro del psicoanálisis, donde el paradigma de la represión sexual, en el que se ha desarrollado nuestra práctica, ha trocado en el predominio del trabajo con la muerte como pulsión. Para ello sólo pretendo actualizar algunas ideas expuestas en otros artículos y, especialmente en mi libro Registros de lo negativo. El cuerpo como lugar del inconsciente, el paciente límite y los nuevos dispositivos psicoanalíticos.  

El exceso de realidad produce monstruos. Los monstruos con que debemos trabajar en nuestros consultorios no son solamente producto de la fantasía o el delirio, sino también de un exceso de realidad. Este refiere a una subjetividad construida en la fragmentación y vulnerabilidad de las relaciones sociales, cuyo resultado es el predominio de lo que Robert Castel llama un “individualismo negativo”. Este se manifiesta en diferentes indicadores sociales: violencia urbana, violencia familiar, aumento de la cantidad de suicidios, indiferencia hacia el prójimo, etc. En este sentido, Freud estableció la especificidad del psicoanálisis al comprender los efectos de la realidad de la fantasía. Hoy debemos incluir lo traumático que produce el exceso de realidad, en la perspectiva que desarrolló cuando introdujo el concepto de pulsión de muerte.

Lo negativo. Estos tiempos se presentan en una subjetividad donde predomina lo negativo. Con este termino me refiero a patologías en las que prevalece el vacío, la nada, un destino trágico del funcionamiento psíquico y el pasaje al acto. Por ello vengo planteando que el trabajo con la pulsión de muerte es el paradigma de la práctica analítica en la actualidad. Esto lleva al giro del trabajo con la pulsión sexual, a los efectos de la pulsión de muerte como violencia destructiva y autodestructiva.

El lugar de la palabra. Seguir afirmando que el psicoanálisis cura por la palabra es una simplificación. De esta forma se deja de lado lo característico de su práctica clínica; la cual se define por interpretar el deseo inconsciente, trabajar con la transferencia, las resistencias y lo resistido. En este sentido un paciente no se cura porque habla. No es una conversación entre dos personas. Tampoco una terapia catártica, sugestiva o moral. Es un sujeto que realiza el acto de hablar en transferencia a otro que escucha desde la contratransferencia, las causas de sus dificultades. Es decir, es un acto terapéutico donde la palabra es pulsional. En esta perspectiva, como plantea Paolo Fabbri, debemos señalar “uno de los principales resultados de la semiótica, que es el de destacar la presencia de sistemas de signos no lingüísticos que tienen sus propias significaciones, no lingüísticas pero de alguna manera “explicables”. Esto remite al concepto de representación de Freud: representación de cosa, de palabra, pulsional y de afecto. Pero también al concepto de signo en Spinoza donde éste es pasión: son efectos de acciones sobre los cuerpos, son cuerpos que actúan sobre otros cuerpos. De esta manera, en todo tratamiento aparecen signos lingüísticos y no lingüísticos que tienen sus propias significaciones, que es necesario escuchar, en especial con aquellas patologías donde predomina lo negativo.

El cuerpo como lugar del inconsciente. Esto implica definir el cuerpo como un espacio que constituye la subjetividad del sujeto. Por ello, el cuerpo se dejará aprehender al transformar el espacio real en una extensión del espacio psíquico. Este cuerpo delimita un espacio subjetivo donde van a encontrarse los efectos del interjuego pulsional. Allí la pulsión va a aparecer en la psique como deseo, en el organismo como erogeneidad y en la cultura como socialidad. De esta manera, planteo que el cuerpo “lo constituye un entramado de tres aparatos: el aparato psíquico, con las leyes del proceso primario y secundario; el aparato orgánico, con las leyes físico químicas y la anatomo-fisiología; el aparato cultural, con las leyes económicas, políticas y sociales. Entre el aparato psíquico y el aparato orgánico hay una relación de contigüidad; en cambio, entre estos y el aparato cultural va a existir una relación de inclusión. En este sentido, el organismo no sostiene a lo psíquico, ni la cultura esta sólo por fuera: el cuerpo se forma a partir del entramado de estos tres aparatos donde la subjetividad se constituye en la intersubjetividad”. Por ello en todo tratamiento es necesario dejar hablar al cuerpo en sus fantasías, en sus sueños, en sus actos fallidos, en sus gestos, en sus movimientos, pues allí puede escucharse el “poema del cuerpo”, donde forma y sentido están relacionados con la afectividad, que es también parte de su estructura.

El modelo pulsional. Las nuevas formaciones sintomáticas y los adelantos en neurobiología y psicofarmacología llevan a reactualizar la teoría pulsional. En ésta la pulsión es un concepto límite entre el aparato orgánico y el aparato psíquico, entre la biología y la representación. Lo que entendemos desde el organismo es pulsión, es energía portadora de sentido en la relación con otro y con sí mismo. De esta manera, la teoría de las pulsiones no es –como señalan algunos autores- un intento de dar un sustento biológico a la estructura de lo inconsciente, sino todo lo contrario, ésta “sobredetermina” al sujeto biológico a través del interjuego de las pulsiones de vida y de muerte, cuyo sentido podemos escuchar más allá del significado del lenguaje.

Los Nuevos Dispositivos Psicoanalíticos. La clínica ha cambiado debido a nuevas demandas de atención. Esto ha llevado a que muchos analistas han realizado dispositivos con encuadres novedosos en los que se establecen reglas necesarias (encuadre) donde se instaura un artificio (dispositivo) cuyas condiciones propicias permiten escuchar el inconsciente. De esta manera pueden poner en evidencia modos de funcionamiento de la psique que difícilmente movilizarían un análisis clásico. Ello determina que ya no se puede seguir sosteniendo la ya antigua oposición entre psicoanálisis y psicoterapia. En este sentido el psicoanálisis “puro” se ha transformado en un psicoanálisis vulgar, un psicoanálisis del barro, un psicoanálisis especializado y adaptado a nuevas formaciones sintomáticas. Un psicoanálisis que no está identificado solamente con el dispositivo

diván-sillón, lo cual lleva a que el terapeuta se implique con el barro de una subjetividad atravesada por el estar-mal de la cultura. Es desde ese barro que el analista va a modelar, como un artesano, el dispositivo adecuado a las posibilidades del paciente.

La contratransferencia. El análisis es una experiencia. Esta experiencia se llama transferencia, donde no sólo está el cuerpo del paciente sino también el del terapeuta que lo implica en la contratransferencia. Es decir, su perspectiva teórica y clínica, su análisis personal y su experiencia de vida. Un analista comprometido con su subjetividad, la cual remite a su pasión. Pasión en todos los sentidos de la palabra: pasión de los deseos y pasión apasionada. Desde ella se escucha la transferencia. Esto permite pensar una teoría extensiva de la contratransferencia –la cual se puede entender como una transferencia recíproca- que comprende todas las manifestaciones, ideas, fantasmas, reacciones e interpretaciones del analista. La contratransferencia precede a la situación analítica a través del análisis personal del terapeuta, su formación y la adhesión a diferentes perspectivas teóricas, pero la misma no adquiere su verdadera dimensión hasta que se la verifica junto con las demandas internas nacidas de la situación analítica. Desde esta perspectiva puede decirse que no hay objetividad en la práctica analítica, sino un trabajo sobre la subjetividad del analista a través de su propio análisis y del autoanálisis de la contratransferencia. Esta obligación lleva a sostener el principio de abstinencia para que en la cura el paciente encuentre el mínimo de satisfacciones sustitutivas. Implica no satisfacer la demanda del paciente, ni desempeñar los papeles que este tiende a imponernos. En cambio, el concepto de neutralidad es tributario de una concepción positivista que pretende la ilusión de un analista neutral y objetivo.

Las pasiones. La semiótica actual insiste en que los actos lingüísticos y de signos están siempre relacionados con sus efectos sobre el otro, es decir sobre sus pasiones. El estado pasional no es un estado de ánimo, sino un proceso dotado de sus propias significaciones, donde lo importante es ver qué tipo de acciones y razones causan cierto tipo de pasiones. Estas se relacionan con la acción, que es un acto de sentido que se realiza con palabras, con gestos, movimientos, etc. Por ello, pensando desde Spinoza, damos cuenta del conocimiento de las propias pasiones con el que enfrentamos las pasiones tristes (el odio, la depresión, etc.) utilizando la fuerza de las pasiones alegres (el amor, la solidaridad, etc.). De esta manera podemos acceder a una razón apasionada para desarrollar nuestra potencia de ser. Este es el trabajo en un tratamiento analítico.

El trabajo con lo resistido. Si en el dispositivo clásico su característica es trabajar con la resistencia, en patologías donde predomina lo negativo nos encontramos con lo resistido en acto. De esta manera es necesario que el terapeuta re-cree lo que denomino “un espacio soporte de la muerte como pulsión”. Este tiene un orden de realidad peculiar que debe ser entendido como metafórico, y al mismo tiempo libidinal, que se configura a partir del establecimiento de un encuadre en el que aparecen nuevas modalidades de la contratransferencia-transferencia. En esta situación las repeticiones no son actos sintomáticos, es decir realización simbólica de deseos reprimidos, sino repetición del mismo suceso casi 7inalterado, sólo se encuentra repetición del mismo material. No existe resistencia al yo, pues si existiera éste podría realizar una ligazón psíquica. Más que angustia neurótica, aparece angustia automática. El principio de placer no funciona, ya que hay displacer en todas las instancias. En este sentido, ciertas características de este tipo de pacientes hacen que se sitúen ‘más allá’ de la representación de palabra. Por ello la palabra es acción y ésta es un acto terapéutico. La interpretación se construye en acto, y éste puede permitir que el sujeto se encuentre con su deseo para así construir su trama simbólica.

Tratamientos mixtos. En la actualidad el psicoanálisis tiene varios desafíos. Entre ellos los desarrollos en psicofarmacología y los tratamientos sintomáticos. Ambos hablan de un síntoma que se puede curar con una pastilla o alguna técnica especifica. El tratamiento analítico es singular: cada cura es única. Rescatar la especificidad de la cura analítica no impide desconocer los avances en las neurociencias; así como situaciones que requieren la necesidad de implementar técnicas específicas: familiares, de pareja, grupales, dramáticas, el continente de grupos de autoayuda, etc. Por ello es falso el planteo que se realiza tanto desde las neurociencias, como a partir de un psicoanálisis “puro”: “la pastilla o la palabra”. Ni la pastilla puede resolver los problemas de la psique, ni todo se cura con la palabra. De esta manera la relación entre el psicoanálisis y otros abordajes terapéuticos llevan a pensar en tratamientos mixtos, donde es necesario sostener lo particular de un análisis. El cual no se puede reducir a una política del deseo sino en trabajar con un aparato psíquico sobredeterminado multidireccionalmente por el deseo inconsciente.   

Los nuevos paradigmas de nuestra época. La complejidad no deviene solamente de las demandas que aparecen en nuestra práctica, sino también de nuevas perspectivas científicas y culturales. En ellas se destaca el papel constructivo que tiene el desorden, la incertidumbre y la no linealidad. Este es el descubrimiento freudiano: que la pulsión de muerte da sentido a la vida; que el desorden entrópico de la pulsión de muerte juega en beneficio de la creación del orden de la pulsión de vida. Es así como un análisis implica la posibilidad de utilizar la muerte como pulsión, al servicio de la vida. Por otro lado, las teorías e investigaciones ligadas al género y la sexualidad, la importancia de la imagen en la construcción de subjetividad y el nuevo espacio que ha generado Internet, que permite interacciones y encuentros que quiebran las distancias exteriores y las fronteras regionales, plantean nuevos desarrollos en la teoría. De esta manera se pone en cuestionamiento un saber positivista cuyo pensamiento es determinista, lineal y homogéneo. Sus consecuencias implican la apertura a nuevas potencialidades que es necesario descubrir.

Los psicoanálisis. La denominación de psicoanalista abarca modalidades de trabajo muy diferentes, tanto en prácticas como en teorías. Por ello debemos hablar de un psicoanálisis en plural que se ha fragmentado en varias identidades donde ninguna puede pretender un lugar hegemónico. Esta posición no alude a un eclecticismo que iguale cualquier enunciado. Por el contrario, respetar las diferencias de “los psicoanálisis” va a permitir un debate que lleve a delimitar su especificidad, teniendo en cuenta el paradigma que plantea la complejidad de atender pacientes limite. Las características de estos pacientes llevan al terapeuta a preguntarse por el instrumento teórico y clínico. Entender el límite como frontera y separación conduce a los límites de las conceptualizaciones y la singularidad de cada práctica. Esta circunstancia lleva a crear un espacio instituyente que no se transforme en un instituido burocrático de algún grupo o sector que impida el diálogo entre diferentes perspectivas.

Formación y transmisión del psicoanálisis. Hoy no alcanza el clásico “trípode” para la formación de un analista: análisis didáctico, supervisión y seminarios. Por lo planteado anteriormente debe incluir otros saberes que permitan restituir la complejidad de los problemas y no simplificarlas en formulaciones alejadas de la práctica. También se debe considerar que los profesionales recién recibidos, o aquellos que tienen muy pocos años de formación, atienden en hospitales, obras sociales y sistemas prepagos de medicina, cuyas condiciones de trabajo se van deteriorando día a día. Su resultado es una gran cantidad de terapeutas que están desocupados, trabajan gratis o por honorarios irrisorios. Este hecho repercute en su formación ya que no pueden analizarse, supervisar o realizar cursos. Además, la característica de los tratamientos implica que, en su mayoría, se desarrollan una vez por semana e incluyen intervenciones que llevan a generar nuevos dispositivos analíticos. Estas situaciones hacen necesario encontrar formas creativas de transmisión del psicoanálisis, que rompan con los esquemas burocráticamente establecidos donde la rigurosidad de una formación se debe compatibilizar con la situación socio-económica, los desafíos que plantea la práctica y los nuevos paradigmas culturales y científicos.    

El psicoanálisis como un gran relato. Un tratamiento analítico permite que el sujeto pueda respetar su tiempo para, desde allí, encontrarse con su historia y su deseo. De esta manera subvierte los valores de esta sociedad minimalista. Esta sociedad de los pequeños relatos donde no existen objetivos a largo plazo. Donde la “flexibilidad laboral” lleva a cambiar permanente de trabajo o quedar desocupado. Donde la “flexibilidad social” implica la ruptura de las relaciones sociales. El psicoanálisis es heredero de los grandes relatos. Esa es su fuerza. En este sentido, el tiempo actual no da lugar al tiempo que supone encontrarse con uno mismo. Se postula un sujeto sin identidad, sin deseo, sin historia, sin la posibilidad de realizar un proyecto, un sujeto apremiado por cubrir sus necesidades. La importancia del psicoanálisis radica en permitirle encontrar alguna respuesta posible, a las preguntas que le plantea una subjetividad construida en la actualidad del malestar en la cultura.

El psicoanálisis no es una cosmovisión. Los diferentes saberes, los procesos culturales y la subjetividad humana están interconectados produciendo lo social y siendo producidos por éste. El psicoanálisis forma parte de esta cultura y, aún más es efecto de ella, el dar cuenta de su actualidad no implica transformarlo en una cosmovisión a ser utilizada como una “guía del buen vivir”. Tratar de comprender algunas de sus manifestaciones es consecuencia de una práctica, que necesita ser dilucidada y para la cual es necesario trabajar con otras disciplinas.

Estas puntualizaciones constituyen un recorrido a realizar que no es único ni pretende estar agotado. Lo que sí plantea es el reto que tiene el psicoanálisis, al dar cuenta de la complejidad del sujeto en la actualidad de la cultura. El estructuralismo liquidó la noción de sujeto. Hoy se hace necesario colocarlo en el centro de nuestras investigaciones. Para ello es imprescindible ir construyendo un pensamiento complejo que no caiga en el escepticismo resignado, ni en el dogmatismo de la certeza. Un pensamiento que rescate la aventura del proyecto freudiano. Un pensamiento –como dice Edgard Morin- que recupere la estrategia y no el programa. Este es nuestro objetivo en Topía en la Clínica, ya que este pensamiento sólo es posible en el discenso y el debate. En este camino que nos hemos propuesto, nada mejor que volver a recordar la conocida frase de Freud: “cuando el caminante canta en la oscuridad desmiente su estado de angustia, mas no por ello ve más claro”.

 

Nota

Los temas planteados en el texto fueron desarrollados, desde diferentes perspectivas, por otros autores en Topía en la clínica. En especial quiero destacar los artículos de los miembros del Consejo de Redacción: Alfredo Caeiro, Yago Franco, Susana Toporosi, César Hazaki y Alejandro Vainer. Algunos de ellos se pueden leer en Topía en Internet www.topia.com.ar

 
Articulo publicado en
Marzo / 2001

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