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El Grupo Comunitario de Familias

 

El Grupo Comunitario de Familias se ofrece como un dispositivo dentro de un enfoque de Atención Primaria y de Promoción de Salud Mental (*). Se define como un espacio abierto, al que pueden acceder familias en las que alguno de sus miembros haya pasado o esté pasando por situaciones relacionadas con el padecimiento mental severo, por ejemplo una internación psiquiátrica. Es condición necesaria para la participación en el mismo que estas personas estén actualmente en tratamiento, dado que el grupo no se presenta como dispositivo terapéutico. Este requisito resulta vital para deslindar desde el comienzo qué demandas puede atender este dispositivo, los profesionales a su cargo y la institución en la cual desarrolla su actividad.
Se trata entonces de un abordaje comunitario – es decir “en común” - de la particular problemática que viven estas familias. Vale aclarar que cuando decimos “familias” no estamos excluyendo a ninguno de los que se sientan involucrados. No hay criterios de exclusión ni tampoco otros requisitos para la inclusión además del ya mencionado.

Contexto

El lugar en el que se desarrolla el Grupo Comunitario de Familias es el Centro de Día “Libremente”, núcleo central de la actividad comunitaria del Programa de Rehabilitación y Externación Asistida que viene desarrollándose desde el año 1999 en el hospital Esteves.
“Libremente” se concibe como un lugar favorecedor de inclusión comunitaria a través de talleres de aprendizaje no formales, de expresión artística, de espacios de encuentro. Se entiende que la necesidad de reconstruir los lazos dañados en el tejido social, no afecta sólo a las mujeres que son usuarias directas del PREA (pacientes externadas o en proceso de externación), sino a la comunidad toda. 

Fundamentación

El Grupo Comunitario de Familias se sostiene en algunas premisas:

  • el camino que lleva de un padecimiento mental - producido en las vicisitudes de una historia personal - a la  segregación como resultado de una maquinaria social excluyente, es un camino en el que se combinan causalidades complejas.
  • Por lo tanto, el trabajo de prevenir o bien revertir los efectos de esa combinatoria, involucra a un conjunto de actores sociales e institucionales, y no sólo a la persona que padece y al o los profesionales especializados en la atención de ese padecer.
  • Estas familias han experimentado en su mayoría altos grados de frustración con respecto a la posibilidad de ser ayudados dentro del sistema sanitario. A esto contribuye la baja accesibilidad para los pacientes graves a las consultas y servicios de salud con base en la comunidad.
  • Sabemos también que la mayor parte de los recursos del sistema de salud  se siguen aplicando a sostener la subsistencia de modelos de atención que han objetalizado el sufrimiento mental y contribuído con ello a la desubjetivación de las personas padecientes.

 

Ahora bien: la recuperación de ese espacio subjetivo es al mismo tiempo la del espacio de un posible encuentro con otros. En efecto: la tragedia del aislamiento es, en simultáneo, la de la alienación propia del padecimiento mental severo, y la amenaza de arrastrar consigo la pérdida del o los colectivos en los que la singularidad encuentra posibilidad de ser.
Se propone por lo tanto a estas familias un espacio en que la circulación de la palabra propicie experiencias elaborativas relacionadas con su conflictiva cotidiana: la dependencia y el aislamiento suelen estar presentes allí como características vinculares que con el paso del tiempo suelen agravarse y tender a la cronificación.
No es fácil entonces, y tal vez no sea en principio ni siquiera necesario, distinguir el trabajo de elaboración subjetiva del trabajo en el que una trama colectiva va haciendo red en la tarea común. Al fin y al cabo se trata, en palabras de un participante, de “ampliar el mundo”.
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Descripción

El GCF tiene las características de un dispositivo de conversación grupal, un encuentro en el que desde la coordinación se propicia la palabra de los miembros de las familias.
Los relatos irán exponiendo su singularidad: eso único, eso intransferible por lo que éste o aquel se sienten padecer, será dicho en un espacio y un tiempo en el que habrá otros que escuchen. Porque hay que decir que no se trata sólo de que se tome la palabra, sino de que esa palabra dicha se vea tomada por aquellos que comparten ese espacio y ese tiempo común:

Rita se presenta como paciente de Consultorios Externos de un Htal. monovalente. Con varias internaciones en su historia, nos cuenta que su terapeuta suele internarla antes de su cumpleaños, porque para esa fecha intenta suicidarse. Está medicada, y nada en ella nos permite dudar del diagnóstico de esquizofrenia con que se presenta. Rita habla sin parar, y su relato (y parece que su vida), es una sucesión interminable de desgracias. Rita está angustiada porque su terapeuta, en quien ella confía, le dijo que, por razones de organización de su trabajo, va a tener que derivarla a otra profesional dentro del servicio. Rita no confía, no quiere aceptar, protesta, se pelea a los gritos con la jefa del servicio. Además dice que su hermana, que es su curadora, le roba la pensión, y además, nos advierte, “eso no es lo peor...”
Por el momento, acotar el goce de Rita en su desdichado papel, es casi un imperativo,  no ya para establecer condiciones de escucha: simplemente para poder respirar, escapar de esa mirada clavada en alguno de nosotros que parece decir “y no sabe lo que viene...” 
Si intentamos limitar su monólogo pidiendo a otro una opinión o indagando posibles resonancias, Rita se toma un respiro hasta la arremetida siguiente. Entre tanto, no ha escuchado nada.  Optamos por “disciplinar”  el estar en grupo de Rita: después de un rato, tendrá que callarse y dejar que hable otro. No contamos con que escuche, pero estamos atentos.
Un día, trae una carta para entregarla a una de las coordinadoras, con quien parece haber establecido un lazo de cierta confianza. Ese día, justamente, la destinataria no ha venido. Nos pide que se la entreguemos. No aceptamos, pero la invitamos a traerla la próxima vez, y si quiere, a leerla. La lee. Algo ese día comienza a “pasar” al espacio que compartimos. Algo puede empezar a ser cuidado, algo puede esperar. Podemos también quitarle algo de poder a la desgracia: un día uno de nosotros “se mete”  en medio del relato de Rita y dice   “ah, y eso no es lo peor...”  Rita se sorprende, parece no entender, después, como los otros, se ríe. “Eso no es lo peor”, ahora en boca de cualquier miembro del grupo, empieza a ser una intervención que, como un juego, desdramatiza el discurso de Rita, pone distancia con la desdicha y abre una veta de humor que a Rita la alivia. El bloque monolítico de padecimientos que la abruman empieza a agrietarse. Las cosas no “suceden” simplemente: en algún punto de la cadena, Rita puede “verse” haciendo o dejando de hacer algo. Puede empezar a involucrarse. No es un dato menor que cobren vida entre nosotros las personas que conforman la familia de Rita, convivientes o no. Menos lo es que el deseo de Rita comience a abrirse paso en medio de una trama en la que parece haber sido “colocada” como pieza de una maquinaria, sin que algo propio encontrara lugar en ese mundo. Y eso, siendo Rita la única persona de su familia físicamente presente en el lugar.

Voces

 Lástima que Roberto y Francisco no llegaron a conocerse. Roberto se llevaba muy mal con esas voces que, se ocupaba de explicar, no escuchaba sino que imaginaba.
Estaba claro que alguna vez le enseñaron que eso último no era tan serio después de todo. De modo que cuando Ester, su madre, “denunciaba” que Roberto gritaba
“¡nunca!”  (como una prueba de la necesidad de que su hijo aceptara la medicación que se resistía a tomar), él esgrimía una sonrisa y decía que no era así o, en todo caso, que su madre exageraba. Que mal, lo que se dice mal, él había estado antes. Pero que ahora no había de qué preocuparse. Hay que decir que tampoco la voz de Roberto parecía tener mucha oportunidad de ser escuchada: desde hacía años que el control de la medicación  se regulaba a través de entrevistas con la madre, en las que Roberto no participaba o permanecía callado. Un trabajo lento y paciente, intentó correr esa figura de dos lugares (una madre que “sabe” lo que su hijo tiene que hacer y un hijo que hace todo de su parte para escamotearse intentando “hacer creer” que nada le pasa), hacia un espacio en que algo diferente pudiera habitar. Dimos por hecho que de esas voces no era posible hablar, dimos por hecho que estábamos ahí, disponibles para escuchar si alguna vez Roberto quisiera compartir algo de eso con nosotros. Intentamos propiciar cierta contractualidad en la relación laboral que unía a Roberto con su madre y que, sin embargo, no era siquiera nombrada como “trabajo”. Propiciamos un espacio de psicoterapia para Roberto, quejoso de no ser escuchado. Una seria descompensación de Roberto precipitó una nueva internación. Ester no quiso seguir viniendo al GCF: tenía que dedicarse “por completo” a su hijo. Roberto salió de la internación. Ni él ni Ester han vuelto al grupo. Roberto, cada tanto, nos manda saludos.

Francisco, en cambio, que también concurre con su madre, no tiene problemas en admitir que escucha voces. Ni que estuvo tan mal, que intentó terminar con su vida tomando pastillas, que lo encontraron en la calle después de no sabe cuantas horas y que terminó internado. Dice que convive con las voces, que sabe que está enfermo y que tendrá que tomar medicación siempre. Francisco se involucra en las historias de los otros, da consejos, intenta ayudar. En eso se parece a su madre, Piedad, con la que parece unirlo un lazo de afecto mutuo. Francisco suele resaltar que son muy compañeros. Piedad no lo desmiente, pero va dejando saber que le preocupa que su hijo no pueda desarrollar una vida independiente. Vamos sabiendo que con mucho esfuerzo, y partiendo de condiciones muy adversas, Piedad sí ha podido, ya grande, desarrollar y sostener proyectos propios. Alguna vez, siguiendo la pista de cosas que cada uno ha dejado sin hacer, la tristeza nos llama desde los ojos de Francisco. Preguntamos, y él, que siempre recuerda aquello de “ampliar el mundo”, nos habla de los límites que - piensa - tal vez nunca pueda superar. Francisco quisiera ser locutor. Pero, nos cuenta, las voces, a veces, no sólo se dejan escuchar sino que salen por su boca y nada puede hacer por controlarlas. ¿Se imaginan – pregunta – si me pasa frente a un micrófono?  Loco lindo, loco amable, Francisco acaba de permitirnos una mirada a sus abismos. Lo recibimos con respeto. También le contamos que hay al menos un lugar donde ser invadido por voces y hacer programas de radio no son incompatibles. Le hablamos de “La Colifata”, se muestra interesado. Facilitamos un primer contacto.  

Final

¿De qué estuvimos hablando? Tal vez haya que volver al comienzo: de un dispositivo que, desde un fuerte arraigo en la concepción de APS, pone a trabajar la potencia de lo grupal y lo comunitario en la producción de lugares que, en vez de hospitalizar la locura, sean en cambio hospitalarios con ella. En el relato ponemos en juego cierta modalidad de intervención para la que no tenemos una nominación muy clara. Pero nos acompaña y parece definir “eso” que hacemos como una intervención clínica con efectos por momentos significativos en la relación de estas personas con el padecimiento subjetivo. Este material se ofrece con la idea de aventurarse con  otros en las preguntas que de él se desprenden.  

(*) La coordinación del GCF está a cargo de la lic. Carmen Cáceres y el lic. Mario Woronowski, del Equipo de Capacitación del PREA

 

Mario Woronowski 
marski [at] tutopia.com
(Equipo de capacitación del PREA-Htal. Esteves)

 
Articulo publicado en
Agosto / 2008

Boletín Topía