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La música en los negocios deja afuera a los músicos (una y otra vez)

 

Las notas periodísticas reproducen algo que se está extendiendo tanto como la música: la banda de sonido permanente que nos recorre en cada uno de los locales a los cuales entramos. 

Las marcas y sus locales han avanzado. Sonorizan buscando no sólo vender más sino convertirse en el “alma del local”. Desde darle una identidad al lugar hasta invitar a quedarse y comprar más. Especialistas en el llamado “neuromárketing” venden sus servicios para tomar algo que viene siendo explorado desde hace casi un siglo: la música, siempre más que sonidos, atraviesa toda nuestra subjetividad. Y en estos tiempos se ha profundizado su uso como estimulante para vender mercancías.

¿Qué hay de nuevo?

Primero, se han multiplicado las empresas y los “curadores musicales” (curioso neologismo para quienes buscan el ambiente sonoro del espacio de ventas del capitalismo de hoy, antes eran silenciosos editores de música funcional) que venden sus servicios. Si la música inunda casi todo nuestro día, seleccionar qué aroma sonoro nos invade al entrar a cualquier lugar y estimular nuestra subjetividad y favorecer el consumo. Usan la música que más nos gusta para que nos sintamos cómodos y queramos quedarnos consumiendo. Y la elección suele recaer en la música más difundida que a “los clientes les cae muy bien” (Beatles, Rolling Stones, etc.). Música que garantice la identificación de los clientes con el lugar. Sentirse como en casa para que el consumismo nos devore sin que nos demos cuenta.

Segundo, la total ajenidad de quienes producen esa maravilla llamada música, los músicos. Las voces las tienen los dueños, los curadores y la Cámara Argentina de Productores de Fonogramas y Videogramas, que sugiere el precio: $350 por mes por local. ¿Y los músicos? Mal, gracias. A pesar de ser los que crean la música, son el eslabón más débil de esta cadena. Supongamos que por este servicio abonen a las discográficas entre los US$ 0,001 que abona Youtube o US$ 0,006 de Spotify. Las discográficas les darán a los músicos las migajas de esos milésimos de dólar, según el contrato que hayan firmado. Nuevamente se deja fuera de juego a los propios músicos, que son los trabajadores excluidos de estas ganancias. Sin los cuales nada de esto existiría. Ganan los productores, las discográficas, los “curadores musicales”, las marcas. Y aquellos músicos (que terminan siendo casi empresarios) más difundidos que volvemos a escuchar una y otra vez para sentirnos como en casa. Quedan afuera la enorme mayoría de los músicos, que si tienen la suerte de ser elegidos para sonorizar, cobran, literalmente, algunas monedas. Nada distinto de lo que sucede con el reparto de la riqueza en nuestro mundo.

¿Qué otra evidencia necesitamos para considerar que la mayor parte de los músicos son como los trabajadores ilegales que cobran míseros centavos de dólar por su trabajo que luego se venden por todo el mundo?

 

Una profundización de estas cuestiones se encuentra en

https://www.topia.com.ar/editorial/libros/mas-que-sonidos

https://www.topia.com.ar/articulos/demoliendo-mitos-musicos-y-dinero

 

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Articulo publicado en
Diciembre / 2017

Boletín Topía