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Poder: potencia potencial Defendamos el espacio vacío

 

La palabra “poder” viene del latín vulgar posere que deriva de “posse, potis”, que a su vez viene de una raíz indoeuropea poti (amo, dueño), que en griego dio posis, esposo. De poti derivan tanto las palabras latinas “posse, potis” (poder, potestad, déspota) como “Potens, potentis” (potente, potencia, potencial). En francés, pouvoir, no solamente es un sustantivo, sino también el verbo “ser capaz de”, lo mismo que en castellano. En inglés, la palabra “poder” se traduce como power, que también significa “potencia”, lo que indica una capacidad. En alemán, la palabra para designar “poder” es macht, cuya raíz es machen, que significa “hacer”.

En su libro Sobre el poder, el filósofo coreano Byung-Chul Han postula que “En relación con el concepto de ‘poder’ sigue reinando un caos teórico.” Y dice “El poder se asocia tanto con la libertad como con la coerción.” Y propone “Hay que hallar un concepto dinámico del poder.”

Michel Foucault ve al poder como “una compleja situación estratégica en una determinada sociedad.”1

Tomando al poder como potencia, es la acumulación de capacidades y habilidades lo que le da poder al sujeto

Tomando al poder como potencia, es la acumulación de capacidades y habilidades lo que le da poder al sujeto. Su capacidad de discernimiento, de evaluación de la situación y desarrollo de una estrategia, son indicadores de su relación de poder con el entorno.

Poder creador

Si bien el poder expresa la capacidad de hacer cosas, de transformar la realidad, también indica potencia, una energía potencial para desplegar ese poder. Y la energía potencial, “lo que puede ser”, también puede no ser. Donde el poder, entonces, se vuelve una posibilidad.

¿No es también un abuso infantil modelar o “formatear” sus cabezas para transformarlos en consumidores?

En la compleja trama de las sociedades modernas, es una falacia pensar en términos de causa-efecto, ya que para cada recorte que denominamos efecto, hay un sinnúmero de causalidades, entre las que se incluye el azar y el “factor humano”, que no siempre responde a cuestiones lógicas o mensurables.

Para desarrollar esta potencialidad como poder transformador o poder creador, se necesita espacio, e incluyo al tiempo dentro del espacio porque el espacio es en el tiempo y el tiempo se desenvuelve en el espacio. Es el espacio libre el que permite mover las fichas del juego, es el espacio libre el que permite el movimiento, es en el espacio vacío donde podemos construir objetos, conceptos, arte. Necesitamos espacio libre para pensarnos y sacar conclusiones. Esta potencia humana tiene una riqueza extraordinaria y la producción de la humanidad da cuenta de ello.

Las sociedades modernas han creado una nueva adicción: la “Información”. Con la máscara de mantenernos a todos informados, nos informa continuamente de cosas que no queremos saber, sembrando opiniones y criterios que aún no nos hemos formado, ocupando gran parte de nuestro espacio neuronal sin dejar los espacios vacíos (visuales, auditivos, del pensamiento) librados al azar.

Poder someter

Sometimiento es una palabra que proviene del verbo someter y éste deriva del latín submitto o summitto, summittere, summisi, summissum cuyo significado es poner debajo, subordinar, hacer ceder ante, hacer bajar, bajar. Este verbo está formado por el prefijo “sub”, que significa debajo y por el verbo mitto, mittere, misi, missum cuyo significado es enviar, mandar. Para la formación del sustantivo se le añade el sufijo “miento” derivado del latín mentum que indica instrumento, medio o resultado. El sentido, entonces es “poner debajo”, “subordinar”.

Hay otro aspecto de este poder que se posiciona como par antagónico del sometimiento, el que trata de imponer la voluntad de unos sobre otros. Se expresa en el tablero político mundial como la conquista de territorios (espacios geográficos), la acumulación de capitales (espacios potenciales, lo que permite el dinero), sometimiento de otros seres humanos como en la esclavitud y el tráfico de personas (espacio humano), y ahora ha avanzado y se ha perfeccionado en la conquista del espacio subjetivo, mediante la manipulación de los medios de comunicación y de la información, y en la ocupación de todos los espacios posibles. Espacios que eran libres hasta que fueron ocupados.

Recuerdo cuando a fines de los ’60 viajaba a la escuela secundaria en el transporte subterráneo, podía pensar tranquilo durante el viaje, porque en los andenes sólo se escuchaba el ruido del subte o de las personas conversando, a veces alguna información pertinente en cuanto al servicio. Cuando instalaron la radio en los andenes me sentí indignado por esa intromisión en mi mundo privado, ese estímulo no deseado para mis oídos, llenándome la cabeza con esa información que no pedí. Esa violencia se consumaba contra mi voluntad ocupando los espacios libres donde mi pensamiento divagaba, con sonidos e imágenes impuestas. Luego pusieron televisores.

El cuerpo está cargado de un potencial poder transformador, que es su capacidad de elegir la acción. En nuestra cultura no es una prioridad educar este poder

Las nuevas generaciones que nacieron cuando esta modalidad invasiva ya estaba instalada no tenían otra opción para comparar. Esta violencia contra nuestros sentidos se naturalizó y ya no se cuestiona. Ese espacio libre que existía antes, ya no existe, fue ocupado, colonizado por el poder hegemónico que lo utiliza para llenarlo de “información”. De este modo, ejerce un poder casi invisible, y por ello mismo más poderoso, para controlar y producir la mayor parte del flujo de información que les llega a las personas. Una sofisticación de la antigua (y aún actual) técnica de pasar una y otra vez un tema por la radio, hasta que “pega” y la gente lo tararea y compra el disco “porque le gusta”. Claro que ya no hay discos y lo que se nos vende es mucho más complejo porque además se nos cobra por someternos: en el capitalismo pagamos por lo que consumimos e incluso por lo que no queremos consumir, que de todos modos viene incluido en el paquete.

Este bombardeo continuo es de información “orientada”, deformada acorde con la ideología que se quiere transmitir, que se hace cuerpo por su persistencia y genera certezas que se confunden con “saber”, con “ideas propias”, cuando en realidad es una ocupación violenta del espacio libre para invadir la subjetividad y manipularla. La particularidad de esta colonización de la subjetividad es que no solamente instala ideas, sino que sugiere una dirección para asociarlas y “sacar conclusiones”. Por increíble que parezca, es una ocupación violenta pero “silenciosa” ya que el sujeto que la sufre no percibe esta violencia porque cree que las cosas son así e incluso se percibe en un rol activo, como si él hubiera demandado esta invasión, que no siente como tal porque “todos queremos estar informados”. Es el sometimiento de la subjetividad por medio de la información.

Poder educar

Esta invasión, esta “colonización de la subjetividad” no respeta ni a los niños, como sucede en todas las guerras, que siempre se gestan por cuestiones del poder. Los niños son un sector dentro de la diversidad social, con sus derechos particulares. Pensarlos así implica una desnaturalización de la niñez, ya que no es “natural” que los niños tengan determinados derechos, sino que es una cuestión cultural. Los derechos de los niños varían en las diferentes épocas, culturas y sistemas sociales. Por ejemplo, recuerdo una controversia con el pueblo mapuche porque para ellos, una forma de educar a sus hijos es que acompañen a los padres a trabajar al campo a partir de determinada edad, para ir aprendiendo las labores y también la relación con los elementos de la naturaleza, para vivenciar su cultura ancestral donde el cuerpo es la parte de la naturaleza en la persona. Una mirada condicionada por la cultura occidental hegemónica, interpreta esta situación como “explotación infantil” porque el niño “trabaja en el campo”. Depende, entonces, del ojo y del contexto y, sobre todo, del flujo de información que recibimos y de cómo la decodificamos. En las sociedades occidentales actuales, creo que los niños sufren otro tipo de explotación, porque son considerados un “target”, un blanco en el coto de caza de la publicidad. La publicidad no perdona presa alguna y es la gran depredadora de subjetividades, en especial de las más tiernas como en el caso de los niños. Se ha criticado con creces la violencia y las escenas “subidas de tono” en la televisión, para proteger a los niños, pero se permite que todo el tiempo se los intente transformar en consumidores de una infinidad de cosas inútiles para ellos, nada didácticas y totalmente prescindibles. Se ocupan sus espacios subjetivos con la violencia silenciosa que ejercen los medios de comunicación masivos. ¿Por qué no se considera eso explotación, si también extrae una ganancia del niño, como lo hace el trabajo infantil? ¿No es también un abuso infantil modelar o “formatear” sus cabezas para transformarlos en consumidores? Debería haber leyes que protejan a los niños de las cacerías publicitarias y que no se permita intentar transformarlos en “consumidores” antes de determinada edad. No pretendo con esto minimizar la explotación infantil, o el abuso sexual hacia los niños, comparándolo con el abuso social que se comete a través de la publicidad. Muy por el contrario, quiero elevar la importancia de este abuso cotidiano sobre la capacidad de pensar de los niños y denunciar este atentado a la educación, que debería formarlos como ciudadanos y no como consumidores.

Al percibir al cuerpo me percibo. Al percibirme puedo pensar y pensarme. Puedo registrar espacios o zonas placenteras y otras displacenteras, tensiones y relax, fuerza o debilidad

Poder resistir

Con el devenir de la historia de la humanidad se ha acentuado el predominio de intereses económicos cada vez más concentrados en grupos más pequeños y más poderosos. Estos grupos trascienden las fronteras, las políticas regionales y, sobre todo, los intereses de la humanidad relativos a la salud y al desarrollo humano. Su objetivo no es mejorar la calidad de vida de los habitantes del planeta, sino la acumulación de capital y de poder. La ideología hegemónica impone un modelo único de pensamiento, repitiendo el mismo esquema del conquistador- colonizador: la invasión, la asimilación, la integración forzada, agregando ahora nuevas armas como la invasión del espacio privado y de la subjetividad por medio del control de “los medios de producción del sujeto”. 2 La persuasión “silenciosa” de la información y el garrote se conjugan para colonizar voluntades y uniformar opiniones.

Ante esta ocupación de los espacios libres, ante esta sobresaturación de sentidos implícitos en los mensajes invasores, el silencio y el sinsentido son nuestros aliados para recuperar territorio y subjetividad, para generar espacios vacíos donde poder desarrollarnos a partir de hacer nada en procura de un objetivo. “Caminar porque sí, eliminando de la práctica cualquier tipo de apreciación útil, con una intención decidida de contemplación, implica una resistencia contra ese utilitarismo y de paso también contra el racionalismo, que es su principal benefactor.” “También es importante oponer resistencia a las formas invasivas de la cultura mediante el silencio.”, dice David Le Breton.3

No hay forma de tomar decisiones sin el cuerpo. Ser es estar

Generar y mantener espacios subjetivos vacíos, sin intención ni objetivo, donde podamos percibirnos y se puedan desarrollar nuestras capacidades y nuestro poder fuera de la “incubadora” social que nos mantiene 24 horas “informados”, es una actitud revolucionaria que resiste al invasor de nuestra subjetividad. Quienes pasean, contemplan, meditan, observan, sonríen y suspiran, sin dirigirse a un lugar preciso ni tratando de cumplir un objetivo determinado, son sospechosos de humanidad y peligrosos por ostentación de libertad.

El poder de lo corporal

Es en este caminar sin sentido, en este deambular de flaneur, que aparece el cuerpo. El cuerpo humano, parte indisoluble del sujeto, es sometido por el poder de innumerables maneras. Estamos condicionados por los parámetros de belleza que ha instalado la publicidad, por el amaestramiento que nos enseñó las “buenas (o malas) costumbres”, por la educación y el entorno. También el cuerpo está cargado de un potencial poder transformador, que es su capacidad de elegir la acción. En nuestra cultura no es una prioridad educar este poder. Se considera al cuerpo como un mero ejecutor de las órdenes del cerebro, una máquina que puede ser reparada una equis cantidad de veces, e incluso mejorada con los avances de la ciencia, alimentando el negocio de la “eterna juventud”. Las culturas ancestrales, llamadas “primitivas”, daban espacio para este desarrollo potencial del cuerpo como parte de la educación del sujeto, mediante las danzas, los rituales, la relación con la naturaleza. En la época actual tenemos una supernumeraria mediación de la tecnología, donde el cuerpo pierde movilidad y son capturados nuestros sentidos, en especial la mirada. Por este camino se realiza la invasión del espacio subjetivo. La percepción de lo elemental de la naturaleza, que también nos forma, no aparece hasta que el cuerpo se quiebra o se rasga o se lastima. Hasta que el reclamo del cuerpo por espacio es perentorio.

Las decisiones que tomamos implican al cuerpo, del que recibimos información instantánea. El cuerpo, con sus sentidos y sensaciones, nos trae datos del exterior y manifiesta una actitud, una postura, que da cuenta de nuestro estado interior. Me refiero al estado interior en todo sentido, tanto de nuestras sensaciones y nuestras emociones, como del funcionamiento de nuestros órganos y de nuestras funciones vitales. Para desarrollar nuestra percepción y nuestra autopercepción, necesitamos espacios propios, no invadidos, también compartidos, para poder llevar nuestra atención a nuestras percepciones y sensaciones, poder pensarlas mientras atendemos a la información.

Poder sentirse es poder pensarse

Darse tiempo para sentirse permite reconquistar y descubrir espacios subjetivos. Encontrarse con uno mismo y con el entorno fuera del molde de las rutinas cotidianas, sin la intermediación tecnológica, es también una resistencia a la invasión de los sentidos y a la invasión de sentidos que viene a través de la tecnología: teléfonos móviles, televisión, computadoras. Al percibir al cuerpo me percibo. Al percibirme puedo pensar y pensarme. Puedo registrar espacios o zonas placenteras y otras displacenteras, tensiones y relax, fuerza o debilidad. Estos son parámetros que, si les damos espacio, nos servirán para saber cómo estamos frente a cada estímulo, o qué acciones realizar sin seguir los dictados de “la persuasión silenciosa” de la información que nos llega a través de la tecnología, que me cuenta “cómo estoy”.

No hay forma de tomar decisiones sin el cuerpo. Ser es estar.

Notas

1. Byung-Chul Han, “Sobre el poder”, Ed. Herder, Barcelona, 2016.

2. Ver mi artículo “El Cuerpo, un Estado soberano” publicado en la revista Topía de abril de 2004.

3. Reportaje publicado en la sección Cultura del Diario de Sevilla el 19 de octubre de 2017.

 

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Articulo publicado en
Agosto / 2019

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