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De un orfanato cuartelario a una comunidad terapéutica pujante (1969-1976)

 

En tiempos de incertidumbre y desesperanza, es
imprescindible gestar proyectos colectivos
desde donde promover la esperanza junto a otros.
E.Pichon Riviere

Que la utopía sea tan fuerte que parezca razón
y que la razón sea tan bella que parezca utopía.
lemente Estable

Los humanos necesitamos de muchos otros para vivir,
nuestra vida pende de muchos hilos de una trama social
que nos sostiene y nos hace viables
en la sociedad actual.
iego Rivera

 

Esta es la historia de una familia que consagró largo tiempo de su vida a transformar un orfanato cuartelario en una comunidad terapéutica. Esta experiencia fue llevada a cabo por Leonardo Clausen y su esposa Cristina Mega en una colonia de la institución oficial para el cuidado de niños y adolescentes. En el momento en que esto ocurrió, la Colonia Martirené formaba parte de una institución que se llamaba Consejo del Niño. Hoy se llama INAU. Si observamos lo que ocurría en esas colonias-hogares en aquella época y hoy, veremos que son lugares de encierro, represión, que nos recuerdan a los campos de concentración nazis.

La Colonia Martirené, estaba ubicada en el interior del Uruguay. Su población llegó a ser en ese momento de 240 adolescentes varones, infractores y abandonados. Esta experiencia fue cerrada por la dictadura militar en 1976.

Leonardo Clausen se graduó en el Instituto Técnico de la ACJ, como Director profesional especializado en el trabajo con menores (hoy menores son los niños y adolescentes abandonados en Uruguay). Hizo un posgrado en técnicas grupales. Estudió educación sexual y grupos operativos (Pichon-Rivière). Cristina Mega tiene formación docente.

El trabajo grupal fue uno de los ejes centrales de esta experiencia, eje en el que se podían encontrar los aportes de Pichon-Rivière y de Makarenko, un ruso que más allá de que la realidad rusa y la uruguaya han sido siempre muy diferentes, marcó muy fuertemente a Clausen en su forma de trabajo con huérfanos de guerra e infractores.

Cuando llegaron, la Colonia Martirené funcionaba como un sistema carcelario: traje gris de tela carcelaria, en fila, los vigilantes (esa era la función que cumplían) daban órdenes. Cerraban el pabellón con candado al salir. Lo abrían para entrar ellos y lo volvían a cerrar.

Era un establecimiento arruinado, los adolescentes estaban devastados, abatidos, rehenes de prácticas institucionales represivas. Convencidos del potencial de los muchachos pusieron en marcha una propuesta de trabajo que les otorgó a los jóvenes un lugar protagónico, les dio la palabra y promovió la acción como motor para la organización y el desarrollo de la vida en comunidad. Conceptos como autogestión, producción, organización, autoridad, justicia, disciplina, gobierno fueron los pilares para el desarrollo de esta propuesta.

Para desarmar ese modo de funcionamiento carcelario e ir construyendo un espacio de rehabilitación debieron prescindir de los funcionarios y plegar a los educandos. Clausen se ubicó como “un igual a los muchachos”.

Se apoyó en las experiencias de Summerhill, la escuela Barbiana de Italia, los “gamines” de Colombia, los “Meninos da Rua” de Brasil, Pichon-Rivière y Makarenko en Rusia. Siempre hubo muchas resistencias al cambio, ya que estaban mostrando a la sociedad un “internado” que replanteaba una forma de vivir y de actuar que tenía como propósito la rehabilitación. Esa resistencia persiste y bloquea experiencias de este tipo. Los rituales, la heterogeneidad, el protagonismo y el gobierno de sí, fueron pilares primordiales de esta experiencia.

Clausen promovió una participación activa de niños y adolescentes. Todos tenían una responsabilidad, por ejemplo, un niño chiquitito administraba la pasta de dientes. Debían realizar una tarea con sus manos y ese momento debía ser de reflexión sobre lo trascendente y lo diario. Era uno de los modos de sentir “creen en mí”. Les decían que no contaran sus historias, sino que ahora lo que importaba era de ahí en más. Al comienzo se asustaban, se daban cuenta que nunca les habían dicho algo así en los hogares que habían estado. Iban muy contentos a las reuniones de ellos solos. Empezó a crecer el orgullo grupal y el sentido de pertenencia. En el trabajo grupal, había ciertos rituales, cuando izaban o bajaban las banderas, cuando empezaban las clases, en Navidad, para el mejor del grupo, etc.

Para desarmar ese modo de funcionamiento carcelario e ir construyendo un espacio de rehabilitación debieron prescindir de los funcionarios y plegar a los educandos

Cuando debían sancionar a alguno, la idea no era humillarlo. El jurado (integrado por algunos de ellos en calidad de “jefes”) deliberaba largo y el informe iba a la asamblea. Era juzgado por sus iguales. El acusado podía no estar de acuerdo y tenía derecho a reclamar un ámbito donde ser escuchado. En definitiva, era una forma de educar. Venían con la autoestima muy lastimada.

Los rituales, la heterogeneidad, el protagonismo y el gobierno de sí, fueron pilares primordiales de esta experiencia

Izaban la bandera de mañana cuando empezaban las actividades y lo mismo ocurría al terminar el día. Tenían formas de saludarse especiales, que buscaban llegar al corazón.

En muchas actividades escuchaban música; Beethoven, por ejemplo, para mirar las estrellas.

Si surgía un problema en el liceo, Clausen iba a hablar por lo que hubiese pasado. Y los muchachos se sentían protegidos, que no los dejaban pegados. Eso ayudó mucho. La convivencia tenía momentos tensos que había que encararlos, ponerles palabras, problematizarlos.

En un momento, los muchachos rompieron unos bancos de material que había en el patio. Los odiaban porque allí los ponían todas las noches, a dos o tres, desnudos en pleno invierno, para sancionarlos, para torturarlos. La violencia era parte del todo. Y en lugar de esos bancos hicieron entre todos, una piscina donde podían aprender a nadar. La colonia fue un verdadero laboratorio pedagógico. Dormían poco y tomaban mucho mate. Buscaban distintas formas para que los muchachos participaran, campeonatos caseros de fútbol, etc.

A los muchachos había que alimentarlos en lo personal, en lo cultural y también en lo curricular. Crearon un sistema para que los muchachos se sintieran grandes, responsables y capaces. Para tener estos logros atendían las individualidades y demostraban abiertamente los afectos. Intentaron que no les derivaran a los jóvenes que tuvieran serias perturbaciones psiquiátricas. En relación a las muestras de afecto (abrazos) debieron tener mucho cuidado, ya que muchos habían sufrido abusos y violencias en el comienzo de sus vidas, pero poco a poco aprendieron a abrazar sin miedo. También cuidaron a toda la familia Clausen, a los niños y a los adultos. Iban al liceo del pueblo, tuvieron novias, iban a bailes, etc. Esta forma de vivir los sacaba del encierro en el que habían vivido.

Considero que hoy época de muerte de las utopías, como lo señala Marcelo Viñar (psicoanalista) es bueno rescatar estas figuras ejemplares que son excepcionales. Y su experiencia pone en evidencia en acción y en gestión que la utopía de la experiencia rehabilitadora es posible, sin omnipotencia, pero atenuando un mal que hoy crece como bola de nieve, como una infección imparable en toda América Latina y en todo el mundo.

Tuvieron que promover cambios subjetivos inconmensurables entre ser llaveros o carceleros para asumir la posición más frágil y riesgosa de educador y poder incluso disfrutar del nuevo posicionamiento. Y la respuesta no se hizo esperar, los adolescentes desamparados, dejaron gradualmente de ser autómatas pasivos y fueron conquistando la posición de sujetos deseantes.

Los organizaron en una arquitectura lúdica de “pandillas”, “jefes” por votación y “subjefes” como hermanos mayores de esas “pandillas”. Esa nomenclatura se usó con humor, como algo vital y palpitante.

Cuando llegaron los militares a cerrar esta experiencia, les dijeron que “allí estaban conformando un muchacho que pensaba, preguntaba y cuestionaba mucho. Y que ese no era el prototipo de joven que ellos esperaban para el Uruguay...”

Generaron una estructura psicosociopedagógica en la que se apoyaron los muchachos en sus relaciones interpersonales, en sus decisiones, en su autoestima, en su sexualidad, en el mutuo respeto.

Cuando llegaron los militares a cerrar esta experiencia, les dijeron que “allí estaban conformando un muchacho que pensaba, preguntaba y cuestionaba mucho. Y que ese no era el prototipo de joven que ellos esperaban para el Uruguay...” La escuela como tal pasó a una regresión histórica.

Son múltiples los relatos de ex-matirenianos (que hoy rondan los 60 años) que recuerdan lo que significó vivir en Martirené para forjarse y crecer.

Esta experiencia pone de relieve que hay otros caminos alternativos posibles a los carcelarios. Y que la rehabilitación es posible.

Bibliografía

Clausen L y Mega Cristina (2016): Martirené, Trazos y legados de una experiencia pegagógica (1969-1976). Pastore P. y Silva D. Coordinadores.

Viñar, M. (2016): Martirené o el largo y difícil camino entre una lógica asilaria-carcelaria y otra libertaria-humana.

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Articulo publicado en
Noviembre / 2018

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