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¡Por el poder de Sigmund!

Una situación cotidiana en la clínica psicoanalítica es que el paciente deposita en su analista cierto poder, quizás, con la secreta esperanza de retirarlo en un lapso razonable y que ese poder haya devengado suculentos intereses. Si esto así ocurriese, es posible que el paciente deposite cada vez más y más poder, con la secreta esperanza de ser, al cabo de un tiempo, él también más poderoso. Y al mismo tiempo sentir que “si mi analista es poderoso, es porque yo le otorgué esa posibilidad”.

Esta ilusión es la base de muchos tratamientos y en ciertos casos se habla de “pequeños y medianos pacientes”, que de tener que sostenerse solos, no podrían, y la atención quedaría limitada a los “grandes neuróticos”

Si el analista renuncia a ese “lugar del supuesto poder”, el paciente, para no frustrarse, efectuará una transferencia hacia otro analista que le asegure una tasa de satisfacción mayor; aunque la garantía, ya lo sabemos, no sea otra cosa que un delirio. O sea que un analista que sugestiona a sus pacientes con promesas podrá ser depositario del poder imaginario. Parafraseando a los franceses digamos: “poder es dar lo que no se tiene a quien no lo es...” y también “trois trains peuvent être très bien” frase que sin duda trabará la lengua, tanto del paciente como del analista.

Peor aún será la situación del paciente que luego de mucho tiempo de tratamiento se entera de que “de el poder que había depositado, no queda nada”, por culpa de la crisis, la depresión o la recesión psi que lleva a una producción de lapsus, sueños y chistes cada vez menor. “¡Yo lo veía sólido, creí que su garantía era suficiente. Pensar que algunos amigos me decían que mejor depositaba el poder en algún analista extranjero!”

Para evitar tanta frustración, quizás haya que preguntarse por qué un paciente deposita el poder en su analista. LO que suele ocurrir, es que el neurótico le atribuya al Otro lo que a él mismo le falta: “Si no lo tengo yo, lo debe tener usted ¿ yo señor? ¡Si señor! ¡No señor! ¿pues entonces quién lo tiene? ¡El analista!” que ocupa un lugar de Supuesto Saber, y esas dos “S” son también las iniciales de Superman, Sigmund , Skywalker, Songokú, Superyó y Schwarzenegger, personajes sin duda asociados a la fuerza (sobre todo el tercero). NO es casual que el vulgo haya tachado la “p” inicial y hable de “Sicoanalista” nuevamente la poderosa S inicial (y siguiendo con esta línea, que el peso argentino tenga una S tachada, lo que significa una pérdida de su poder)

El analista es entonces una especie de He-man, de Mujer Maravilla de Super-ello, capaz de derrotar a “Darth Vater un Die Mater”, al Acertijo (símbolo de las neurosis, si los hay), al Edipo, la fobia, la histeria y todos los que se vengan, gracias a su Superescucha, su Batiatención Flotante y Ultrapercepción, sin salir de su Freudicueva.

El psicoanalista puede ser entonces el sujeto poderoso que sujeta poderosamente al paciente para que éste no escape, o bien, revelarse en su condición de sujeto marcado por la falta, más cerca de Clark Kent, o de cajero con pocos fondos al que hay que avisarle si uno quiere retirar plata, que de Dios, Michelle Pfeifer, Maradona, Freud o Román Riquelme.

Uno tiende a adjudicarle al analista el poder de curar: Yo no puedo, pero él puede, o como diríase en inglés: “I can not, but he can, La can”

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