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IGUANA & CIA

Cierto temblor en la mano denuncia un estado de inquietud, simula el mismo apoyando el cigarrillo en el cenicero para que la ceniza deje libre el núcleo de fuego. El hombre tiene barba rubia y entrecana, debajo unos hoyuelos producto de la viruela o de un acné mal curado. Una señora sentada enfrente suyo mientras se sirve una taza de chocolate –por el festejo del cumpleaños de un amigo- comenta la resolución paraguaya de dejar entrar a los marines yanquis en la zona de la Triple Frontera. Sin estridencias el hombre tercia en la conversación, había permanecido en silencio dedicando toda su atención a una exquisita pasta frola que realizó la dueña de casa:

-Los yanquis estuvieron siempre...

Como el grupo respeta su opinión espera la continuación de la frase y para ello los integrantes de la larga mesa oval van acallando los distintos diálogos y el molesto, por lo incesante,  movimiento de tazas y cubiertos.

-Yo hice la colimba en Córdoba, en el año 1964. Como era estudiante universitario me mandaron como AOR, es decir aspirante a oficial de reserva.

Algunos comensales cruzaron miradas que expresaban cierto temor ¿Sería Mario capaz de contar una historia del servicio militar sin caer en ridículo? Es que los participantes de la fiesta están todos en esa edad donde el temor a las reiteraciones y los olvidos van dando los primeros y crueles anuncios del paso del tiempo en las arterias.

-Sabía inglés y me pusieron como traductor de un mayor de los rangers de los yanquis. Tenía que traducir al español un manual de guerrillas de Mao Tse Tung. Estos tipos hacían laburar al ejército argentino con la bibliografía de los comunistas chinos.

En el grupo hubo una sensación de alivio, Mario había salvado el primer escollo de su relato. No iba para el lugar común de las pesadas y antiguas bromas entre colimbas.

-Con él tenía un séquito de oficiales que habían hecho la Escuela de las Américas, la de Panamá no se si recuerdan...

El rechazo visceral hacia el recuerdo de la siniestra escuela hizo que más de uno de los escuchas retirara su mano de un triple de pan negro con jamón crudo y queso.

-El asunto fue que con el rangers recibí en custodia una iguana. Parece increíble pero a los quince días de estar allí, leía a Mao en inglés, andaba con el yanqui explicando cómo había que preparar a los comandos y dándole de comer a una iguana. El colimba que se iba de baja, un tipo que vivía en la sierras, y que estaba a cargo del bicho me dijo: -Mirá estos no saben un carajo de Rosita-, así había bautizado al animal. -Rosita sirve para pedir comida. Vas a la cocina del casino de oficiales y pedís para la iguana y te dan de todo. Yo me hago unas meriendas con queso, huevos y leche que  el resto de la milicada, si se entera, se muere de envidia. Mirá gracias a Rosita saqué panza. Voy a volver más gordo al pueblo.

La mención a las grasas y sus excesos hizo que más de uno del grupo sintiera cierta culpa por la ingesta de la dichosa pasta frola que parecía no terminarse nunca, dado que la anfitriona, contenta por la aceptación que tenía, traía y traía bandejas con su especialidad. Quizás alguien, en silencio, se prometió más caminatas en la semana o reforzar las horas del gym del próximo lunes.

-El asunto es que me enteré que, como parte del curso de supervivencia que se estaba preparando,  el rangers quería que los comandos se comieran a Rosita, así medio viva, qué se yo, no entendí esa parte bien que me tocaba traducir. Ahí me rebelé, tal vez la lectura de Mao –que desconocía hasta ese momento- tal vez el cariño que le había tomado a la iguana, quizás el sentimiento antiyanqui que anida siempre en los sectores populares de la sociedad argentina, en fin, decidí dar un golpe comando y liberar a Rosita. Hacía seis meses que la tenía conmigo y el bicho no hacia más que dormir, recuerden que hacia frío de verdad en esa época durante el invierno, así que una mañana dormida como estaba, recuerdo que parecía un palo áspero, la puse a lo largo de mi pecho y la cubrí con la campera y encima me puse el clásico capote marrón. Así huimos con Rosita,  nos fuimos en el micro de los colimbas que iba recontra lleno para el centro de la ciudad. Era un viernes que salíamos de franco, por eso el colectivo era un jolgorio. El único que iba nervioso era yo, temiendo una requisa sorpresa que buscando algún par de medias o un algún cuchillo chorreado por la milicada que se iba de franco me pescaran huyendo con Rosita que, demás está decirles, era famosa entre los futuros comandos y demás habitantes del cuartel.  El asunto es que por el calor de mi cuerpo o por el movimiento, la iguana se despertó y sacó la cabeza por los botones del capote. Al toque empezó a sacar la lengua para afuera. Los colimbas que estaban a mi alrededor fueron haciendo un círculo que cada vez se alejaba más de mí. Nadie entendía nada y yo menos que ninguno. La que iba a ser mi primera acción revolucionaria –eso lo supe después- se estaba transformando en un fracaso estrepitoso. Me imaginaba en cana en algún penal militar del sur.  Por suerte la milicada atemorizada hizo un silencio cómplice, quizás por que había mucho choreo arriba del colectivo y nadie le convenía levantar la perdiz, quizás los tipos  temían a la figura que hacíamos con Rosita, faltaban muchos años para la película Alien. Bajé en una parada donde muchos lo hicieron y me fui caminando a la veterinaria de un amigo. Tenía hasta el lunes para terminar mi plan.

Le entregué a Rosita como habíamos quedado por teléfono y me dijo que le iban a entregar una iguana muerta –que había fallecido de triquinosis- de la facultad de veterinaria. Por suerte todo salió bien y el lunes yo volvía al cuartel con el cadáver que reemplazaría a Rosita.

Esa noche el rangers, en una clase de urgencia, explicaba cómo se comía sin cuchillo con los  dientes, hincando el canino solamente, yo traducía y los comandos se morfaron a la que creían era Rosita. Yanquis siempre hubo... Se detiene Mario para apagar con energía el cigarrillo.

César Hazaki

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