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La Habitación (Cuento)

Muchas personas lo primero que observan de una casa es cómo se circula, la orientación de los pasillos, por dónde sale y se escabulle el sol. Si tiene mucha luz o si es escasa. La nuestra siempre fue diáfana pese a la infinidad de modificaciones que tuvo porque nunca nos mudamos, vivimos en ella desde tiempos inmemoriales. En nuestra casa se tejen y destejen lugares, los que van cobrando relevancia de acuerdo con los hechos que acaecen.

Pese al paso de generaciones hay una habitación, si es que es posible llamarla así, que no ha cambiado nunca su sino. No hay en la misma historias relevantes, no han transcurrido ni casamientos, ni nacimientos, ni desfloraciones, ningún hecho tremendo y doloroso como, por ejemplo, la agonía prolongada o el velar a un ser querido. Si alguien se quedara un rato en ella (no cuenten con ninguno de nosotros para ello), vería que el amueblamiento es anodino e irrelevante. Que no hay fotos, solo un par de reproducciones viejas de un pintor ignoto de Caballito con marcos francamente desagradables y atacados por las polillas.

Se podría definir como un corredor de pasos perdidos, cuyas virtudes se resumen en que no tiene humedad ni de cimientos y tampoco filtraciones provenientes del cielorraso. Quizás lo único rescatable en ese cuadrado de techos altos y amoblado espartanamente con un sillón viejo y un par de butacones, es que concentra olores raros, poco definibles y muy lejanos a las fragancias habituales y reconocidas por todos en un hogar. Ni siquiera se huelen restos de citronella para ahuyentar mosquitos. Tampoco se afincan los olores que emanan de la cocina o los repulsivos que vienen del baño. Ni siquiera el miedo dejó sus huellas allí. Se podría decir que huele a viejo. Es necesario aclarar que si lo rancio hubiese invadido el lugar, la familia habría reaccionado enérgicamente para erradicarlo. Es decir que hasta el mismo olor a vejez es casi irrelevante.

Se mire por donde se mire, las reglas de circulación y las de uso tienen sus propias estrategias, no hace falta más que ver cuando se inaugura una plaza o un espacio abierto: los arquitectos ponen los caminos por un lado y la gente define los suyos por otro. Lugares en que las personas pasan a gran velocidad y espacios donde se detienen. Nadie se detiene en nuestra habitación grande y al mismo tiempo insignificante. Vale la pena aclararlo: es un lugar que desde hace mucho tiempo fue separado de la historia familiar. Es un cuadrado alto, los techos están a cuatro metros y medio del piso, que no significa nada para nadie. La familia ni siquiera se tomó el trabajo de armar allí una pieza de huéspedes. Cuando llega el malón humano de Navidad o Fin de Año, las visitas son distribuidas aleatoriamente en otros cuartos, el de los mellizos es uno de los más requeridos. El estudio del tío y el dormitorio de las adolescentes son los que permiten albergar más parientes. Se colocan en ellas bolsas de dormir en el piso o colchones y nadie se toma mucho más trabajo para establecer en forma permanente un hábitat acogedor para los parientes y amigos. Pese al amontonamiento, es un esfuerzo ir de noche al baño, se corre el riesgo de pisar a alguien, todos llegan alborozados por la experiencia de estar y pasar la noche hacinados. Un asunto que genera risas y puteadas en forma pareja. Es todo tan divertido que la habitación despoblada parece no existir, no produce atracción alguna y ninguna visita la toma por asalto para unirla al jolgorio generalizado.

En definitiva, han pasado generaciones y nadie ha querido hacer de la misma un lugar para vivir, escuchar música o estudiar. Que nadie piense que el lugar permanece cerrado o aislado. Todo lo contrario: se transita de un lado a otro y permanece de puertas abiertas, tampoco es un lugar donde afincan los trastos viejos. Solo se cierra la circulación por allí cuando el frío comienza a arreciar. En temporada de invierno, la cocina y su espacioso comedor con un ventanal es el lugar donde nos juntamos permanentemente. En ese amucharse, la larga mesa, mandada hacer especialmente por el bisabuelo, parece la redacción de un diario o de una agencia de noticias. En el desayuno los temas de actualidad, los rumores políticos, las enfermedades o mejorías de salud de algún vecino, circulan a gran velocidad. La mesa, el ventanal, la cantidad de personas, los temas, absolutamente todo está vivo, mientras que tres habitaciones más allá el silencio es pobre y opaco.

Con la vuelta de la primavera, el clima en la zona que vivimos tiene habitualmente muy bajas temperaturas y se arma una organizada escuadra en la que participamos todos, incluso las visitas, que ventila, se manda limpiar los gruesos edredones y frazadas, se rasquetean lo pisos y en ese febril y consciente trabajo la habitación que menos atención recibe ya se sabe cuál es. A nadie le interesa su arreglo profundo.

Cada tanto sucede que una mucama recién llegada trata de integrar, de motu propio, ese salón de pasos perdidos. Quizás sea bueno tratar de caracterizar a quienes realizan los cuidados del hogar para comprender lo que sigue. Las mucamas son artífices del espacio doméstico, algo así como arquitectas de pies descalzos que no pueden convivir con los lugares sin ejercer esa pulsión imperiosa de dominarlo, de modificarlo. Por eso la integración de una nueva mucama desde siempre es todo un evento familiar. Las leyendas vienen desde lejos y con cada ingreso se confirman, pero no nos adelantemos.

A los pocos días del ingreso se observa que la nueva integrante de la casa, quizás por congraciarse o por tozudez pone todo su empeño en acomodar la habitación de la mejor manera posible.  La tarea o —quizás sería mejor decir «lucha dramática»— se pone a cada hora al rojo vivo. Sin que nadie diga nada, la observación familiar cae sobre el suceso, en silencio observamos cómo transcurre esa pelea sin cuartel.

La animosa arquitecta de pies descalzos da la batalla en silencio. Pone todo su empeño hasta que a los siete días exactos, como el tiempo de la creación bíblica, sin explicar nada informa que, a partir de la mañana siguiente, deja de trabajar en nuestra casa. Al comunicarlo se la nota nerviosa, enojada. En pleno desayuno pide la inmediata rendición de cuentas por los días trabajados, arroja el delantal sobre la mesa y se va sin saludar.

Una historia alternativa transcurre cuando, quien reemplaza a la anterior, toma el mismo camino pero con otro final. Durante los primeros siete días, aborda la habitación con ahínco, también se la nota nerviosa pero, al séptimo día, se aproxima sonriendo a la mesa larga, durante el desayuno, y se empieza a reír a carcajadas. Quienes desayunan, uno a uno, van acompasando la risa de la recién llegada hasta terminar todos a carcajada limpia. Se transmite así la plena comprensión de lo imposible, y quizás innecesario, de la tarea.

Todos entendemos, a partir de ese momento, que la recién llegada se quedará mucho tiempo con nosotros y que la habitación de pasos perdidos no formará parte de sus luchas cotidianas. A la noche, se organiza una cena a la que nadie falta por ninguna circunstancia, y celebramos con platos tradicionales dejados en herencia por bisabuelas y choznos, buenos vinos, cantando y bailando hasta el amanecer el advenimiento de una nueva integrante a la familia.

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