Canción Animal (Cuando el cuerpo no espera lo que llaman amor) | Topía

Top Menu

Canción Animal (Cuando el cuerpo no espera lo que llaman amor)

 
Escritos de Guardia

“El ojo de la aguja, la punta de mi lengua, es igual, es igual. En el comienzo fue un big-bang y fue caliente, revolver, revolver...”. Mientras iba entrando a la guardia, el bello Cerati me cantaba una profecía en el auricular. Pero yo no la escuché. Porque sabía que Vizzolini estaba de vacaciones. Sí, la vida era dulce. Hasta que vino Lázaro y su parafimosis.

Entre caníbales...tomate el tiempo para desmenuzarme

Déjenme decirles algo sobre los cirujanos. Son horribles. Es más: se empeñan en serlo y su fama se reinterpreta por gente que lanza máximas del estilo: “Yo defiendo a los cirujanos, porque hay que poder agarrar un bisturí y cortar a una persona. Por eso yo me dediqué a otra rama. Dicen por ahí, que ser cirujano es una sublimación del carnicero”.

La gente no es una colita de cuadril, señora, y el cirujano hace un apostolado del maltrato al producto (sea humano o colita de cuadril). Sí, bueno, saquemos a Favaloro y al médico que curó a tu abuela porque le cambió la válvula del corazón y vivió cinco años más. Yo quise mucho al viejito que me operó el lunar del pie. Claro que hay excepciones, pero hoy no vamos a hablar de ellas, sino de los carniceros que reencarnan en las siguientes generaciones y claman por sangre.

Sí, la vida del cirujano es dura. Durísima. Tiene que abrir gente, tiene que extirpar y remendar órganos. Pero por esa misma razón lo demás puede irse bien a la mierda. No necesitan de nadie. ¿Salud Mental? No, gracias, para brujería leo el horóscopo.

Como Vizzolini no está, la que queda de jefa es Graciela. También es horrible, pero como jefa tiene una seguridad abrumadora. Incluso para echarte. No la veía desde hacía tres semanas y se me aparece con un ambo coral que le resalta el bronceado de sus vacaciones en Bahamas.

- Hay un chiquito...tiene 14 años y una parafimosis, pero con un retraso importante, y está asustado... ¿no lo querés ver?- me dice.

Cuando entro al box de cirugía, sentado en la camilla y tapadas sus partes bajas con una batita de quirófano, me encuentro a Lázaro: una mezcla de Mi nombre es Sam con Forrest Gump. A esto suménle: conurbano, padre fallecido cuatro meses atrás, dolor agudo en el pito y una madre que con sus mejores intenciones comenzaba a desesperarse.

- Sabe lo que pasa doctora, es que hace un rato vino la cirujana y le dijo que si no se lo hacían rápido a lo del pito, se lo iban a tener que cortar. Y le insistió un poco, pero yo escuché cuando dijo que “tenía las bolas llenas” y que estaba apurada...no es forma de hablarle así a un chico como él...

El pibe no quería subir a quirófano para que le pusieran la anestesia y así hacerlo indoloro. Para quienes no lo saben, la parafimosis es la piel del pene pegada al miembro y, como me dijo Graciela, “se despega por tracción mecánica”. Y es verdad que si no se hace relativamente rápido se corren riesgos.

Entonces empecé a intervenir. O traté. Y nunca pasé del nombre porque llegó el cirujano de guardia con su grupo de caníbales aprendices: entró al box, me empujó, le levantó la bata al pibe y le dijo así: “Vamos a hacerla cortita: te dejás o se te cae el pito”.

La respuesta del pibe fue contundente: no quiero. Se bajó de la camilla y salió al pasillo a buscar a la madre, aturdido.

Listo, no quiere. Cerati me susurra en la cabeza: “mi perversión en una noche larga, y esta noche es larga”. Ingenuamente, me acerco al grupo y empiezo a explicar la dificultad de realizar la intervención con Lázaro y así que...

- ¿En qué cambia que vos intervengas?- interrumpe.

- En que el pibe acepte, está aterrado, no entiende lo que le van a hacer...

- ¿Vos sos la psicóloga, no?- me dice riéndose y convocando al resto a que haga lo mismo.

- Sí.

- Mirá, si yo me quedo a esperar que vos hables, al paciente se le cae el pito. Vamos a hacerlo ahora- ordena y agarran ¡entre los siete! al pibe que grita como desquiciado y lo ponen en la camilla. Ni siquiera cierran la puerta. Me llevo a la madre a otro sector y después de algunas maniobras se escucha el grito que coincide con la “tracción mecánica”.

El grupo sale, el cirujano de guardia me mira triunfante y me dice “¿Viste? Fue como despegar una curita. No hace falta la psicología para esto”.

Sueles dejarme solo

La sublimación del carnicero las pelotas. Hasta a mí me dolía la castración. Y mientras los carniceros dejaban la masacre, Lázaro entra en furia autista y se pone a deambular con los pantalones a media asta y la bata encima. La madre hecha un mar de lágrimas le pedía perdón mientras él le gritaba “dejame, dejame, mala, mala”, como un estribillo sin fin y nosotros a la distancia rogando que no empezara a darse la cabeza contra la pared.

Entonces, retomás la cosa con la madre. Bueno, señora, cuando su hijo se calme un poquito, vaya a casa y descanse. No, no, dice la madre, yo no puedo llevarlo así. Donde viven. En Lomas. Bueno, esperamos a que se calme y se van a casa ¿eh? Sí, sí, pero yo no sé qué le pasa, él es re buenito, nunca lo vi así.

Cuando una madre te tira “nunca lo vi así” es porque ya pasó antes. Y ESA ES LA ADVERTENCIA QUE NADIE ESCUCHA: que se puede poner peor. Y pensándolo dos veces, con semejante tracción mecánica, era lógico. Ok, Alá nos coja en su santo seno y nos tire una luz.

Pero Alá tiene formas misteriosas de expresarse y en lugar de iluminarnos a nosotros, le da la brillante idea a Lázaro de escaparse por el ascensor.

Resumen de la persecución que llevó dos horas: patio -juegos del arenero- Lázaro subido al más alto al grito de “si se acercan me tiro”-madre gritando- nosotras recurriendo a cualquier soborno -él sentado en el arenero- madre que se acerca -Lázaro que baja y corre hasta el kiosco- nosotros corriendo -madre que logra acercarse y piñas del hijo a la madre- los separamos -se vuelve a escapar y a trepar al juego del arenero-.

Cristina, con muy buen tino me sugiere que por ahí el pibe tiene hambre. Por supuesto, la madre no tiene plata. Promesa: ahora vemos qué te conseguimos.

Lo bueno de los enfermeros es que se guardan raciones demás. Para ellos, claro. Pero en estos casos de extrema necesidad, el buen vínculo ayuda. Dos panes con mermelada. Mirá lo que te trajimos. Se lo tratamos de vender como si fuera un Big Mac, pero el pibe es retrasado, no boludo. No me gusta.

Una hora más de convencer. Baja, nos saca de las manos la bolsa y se sienta en un banco. Quédese con él, le decimos a la madre.

Cae el sol (yo sigo soñando)

Es tarde. Seis, seis y media. Lázaro no quiere irse con su madre mala mala, no baja del arenero, dice que se va a tirar. Probamos como si fuera una actuación y dejamos al pibe solo. Nos llevamos aparte a la madre. ¿Algún familiar a quien podamos llamar? La pregunta encierra el subtexto de “se viene la noche y no se pueden quedar acá”. No...sí, mi otro hijo, pero no sabe venir solo. ¿Cuántos años tiene su hijo? Veinte. Páseme el teléfono. Resulta que el hijo sí puede venir, pero va a tardar. Cuánto. Depende del colectivo y después el tren. Ok, pero vení. Sí, sí.

La madre entra a los gritos en la guardia. Se acaba de escapar a la calle, se escapó por atrás.

Salimos y ahí está Lázaro subido a la medianera que da a la vereda del hospital con el “me tiro, me tiro”. Bueno, ya me hinché las pelotas, que se tire, le dije a Cristina. Que se rompa la crisma y que los cirujanos vean de lo que son capaces de hacer.

Entonces Alá me escucha. Y manda a los bomberos.

Los bomberos de la Federal son una especie de patovicas amables, engominados que usan mucho Pino Colbert y dejan una estela de desodorante en el ambiente. No tienen mucho para hacer la verdad, porque no es que tenemos incendios todos los días. Les explicamos la situación y con la media neurona que les queda del lavado de cerebro policial, los bomberos se hacen querer. Y Lázaro baja con ellos, se van al kiosco a comprar un pancho y una coca. Con eso lo hicieron bajar. Está bien, nosotros le dimos pan y mermelada, pero era lo que había.

- Está asustado, pobre. Dejanos que nosotros lo calmamos.

- Bueno, dale.

La calma dura efectivamente lo que un pancho y una coca. A la hora, Lázaro está otra vez en la medianera con los pies colgando y en un riesgoso balanceo. Entonces el bombero más bajito le muestra el celular. ¿Querés escuchar música?, le pregunta. “Quiero que bailen, tira el pibe, y yo digo quien baila”.

En la salida de las ambulancias, debajo del reflector, Cristina, los dos bomberos y yo empezamos a bailar al ritmo del reggaeton de vaya a saber quién (para mí son todos iguales). Ahora vos tenés que perrearle a ella, le dice al bombero más grande y señala a Cristina que, agotada hace lo que puede con el cuerpo. Y vos también, me dice a mí, con el otro.

Lázaro está feliz. Por primera vez en todo el día. Yo no, pero por lo menos no se tiró de ningún lado, no se rompió la cabeza, ni hay que contenerlo. Como me gustaría que estuvieran los cirujanos, que ya deben estar prendiendo el fuego para el asado que se mandan cada jueves. La puta que los parió.

A las 9 de la noche cae el hermano. Por qué no me llamaron antes, pregunta. No quería molestarte, responde la madre. Cristina y yo nos queremos tirar abajo de las ambulancias. Se van. Por fin.

Hicimos una carta de descargo por maltrato institucional. La firmamos los tres del equipo de salud mental. Graciela, jefa de ese día, no quiso. Porque no corresponde mandar al frente así a los compañeros, nos dijo. Porque claro, nosotros no somos compañeros.

Una semana después, estábamos todos reunidos en la dirección, frente a frente. La residente de cirugía nos basureó de arriba a abajo. Y el subdirector del hospital, lo único que recriminó fue que los cirujanos no iban a los pases de guardia. Por poco y llora:

- Por ahí, ustedes piensan que no vale la pena, que los que estamos acá somos todos unos viejos boludos que no entendemos nada. Ustedes creen que son los únicos que hacen cosas. Pero necesitamos que estén y participen, que haya más comunicación.

La palabra es lo que hubiera hecho la diferencia. Pero no hubo palabra ni mediación. Ni siquiera una disculpa, porque lo dejaron muy en claro: no tenían porqué disculparse de nada. Porque nosotros no somos compañeros, ni el paciente es un paciente. Apenas si somos una colita de cuadril.

Temas: 
 
Articulo publicado en
Julio / 2016

Boletín Topía

Artículos recientes