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Crónica memoriosa del sicariato

 

Ante una pregunta sobre que es el sicariato en Colombia

Con esmero intento cumplir con la tarea que me solicitas acerca del sicariato, fenómeno que ha estado ligado íntimamente con el proceso de lumpenización con el que el gangsterismo criollo ha logrado prestar el favor de adocenar el conflicto social al punto de llevarlo al estado en que se encuentra en la actualidad en nuestro país, y me temo, en muchos otros países. 

Este preámbulo merece precisión.  Todos los acontecimientos demuestran que el éxito del neoliberalismo no hubiera podido ocurrir sin el concurso del gangsterismo, verdadero modelo empresarial que procura maximizar sus ganancias sin el estorbo que ofrecen, para tal fin, los sindicatos.  No en vano las fronteras entre la acción mafiosa y la criminalización de la protesta social se hicieron cada vez más tenues y de esa difuminación da cuenta la composición social de quienes hoy se han posicionado en las direcciones de los partidarios del neoliberalismo y de la entrega de los derechos de los ciudadanos a las empresas capitalistas conformadas para tal fin.  Cabe decirlo: del lado de los líderes de la protesta social el destino no fue ni el Congreso de la República, ni las direcciones partidarias, ni la frondosa burocracia estatal.  No: el cementerio, la cárcel o tal vez el fondo de los ríos, el aparato digestivo de fieras adiestradas para triturar los cadáveres de los perseguidos, o la duplicación ocupacional de las fosas de cementerios legales. 

En nuestro país, la continuación de la política por otros medios  no fue de exclusiva propiedad de la extrema izquierda representante de la pequeña burguesía radical campesina: terratenientes, empresarios y financieros supieron también organizar de modo sistemático la genocida política de implantación del neoliberalismo.  Bandas organizadas por paramilitares, combos proveedores de chicos dispuestos a todo a cambio de algo, oficinas de cuentas de cobro al servicio del mejor postor y personajes que operaban free lance bien fuera como intermediarios bien como perpetradores, ensancharon una oferta que se mostró siempre generosa en tanto que la demanda se incrementaba.  Mientras tanto muchos más, no necesariamente implicados en este dispositivo criminal, o hacían del reguero de cadáveres motivos para la instauración de negociados emparentados  con las funciones de los buitres o incrementaban sus acreditaciones académicas para legitimar ideológicamente la ordalía y el exterminio.

De allí, de ese contexto socioeconómico surgió el sicario.  La cultura tendría su aporte.  Una generación que a sí misma se representaba sin futuro, surgida en las barriadas que conformaban a golpes de invasiones los expulsados del campo y los empobrecidos de las ciudades, asistía al surgimiento de chicos capaces de todo y ensoberbecidos por el éxito de sus prácticas extremas fueron cooptados por los intermediarios necesitados de servicios especiales en beneficio de la causa que defendía.

La pequeña burguesía urbana tampoco se quedaba al margen.  Cuando en el resto del continente los movimientos guerrilleros o pactaban procesos de paz y de suspensión de la guerra (caso Venezuela) o eran derrotados y aplastados mediante el uso del terrorismo de estado (Cono sur), en Colombia a falta de tres movimientos guerrilleros surgiría otro nuevo que, queriendo diferenciarse de los otros tres “tradicionales”, no pudo impedir su involucramiento en la metástasis que fácilmente extendió el gangsterismo desde sus capitales organizados al resto de la sociedad.

La burguesía aportaría lo suyo.  Al lado de los gestores del asalto del estado y su conversión en convidado de piedra al festín de las privatizaciones neoliberales y de la conculcación de los derechos de los trabajadores, ciertos individuos conectaron el incremento criminal de sus capitales mediante la puesta de sus empresas al servicio de lavado de activos.

Todos tres se encontraban atravesados por un proceso de deterioro del rol del padre en el ámbito doméstico y que ocurrió concomitantemente con el renovado prestigio del Patrón, esa especie de encarnación de un Protopadre a través de la figura del Capo tutti capi. 

La filiación, por ejemplo, encontró miserables traducciones de aquel aforismo del derecho romano que reza: matter certíssima, patter incertum est.  Los sicarios la tradujeron de este modo: madre no hay sino una, padre es cualquier hijueputa.  Las arcas de los santuarios que veneraban la imagen de María Auxiliadora, se incrementaron progresivamente hasta la fecha, recibiendo los pedidos de sicarios y de sus madres, estas últimas rogando a la Santísima Virgen que a sus hijos les fuera impecablemente bien en sus trabajitos; en gracia de la verdad hay que decir que, simultáneamente, dirigían sus plegarias a la Madre de Dios para que la viuda del difunto no sufriera penurias con la desaparición de su compañero resultado del trabajito de su muchacho.

¡Patrón: cómo sea, pa’las que sea! Fue la fórmula de presentación de la oferta de sus servicios a un individuo que había sido capaz de usurpar el puesto del padre y colocar la ley a su exclusivo servicio.  Las formas organizadas de la institucionalidad y de la protesta social, sucumbieron fácilmente a los modos como el jefe de jefes propagaba su propio modelo de organización empresarial y social.  De lo empresarial se encargaba él, de lo social tendría a su servicio a aquellos que habían cambiado los valores ligados a la transformación revolucionaria de la sociedad por los valores propios del neoliberalismo y el asalvajamiento más feroz que la humanidad haya conocido del capitalismo.    También ellos ofrecieron lo suyo como fuera y para lo que fuera, siempre y cuando lo que fuera estuviera al servicio del Patrón. 

Dios y madre, eran las palabras tatuadas en la parte superior de la tetilla izquierda de los sicarios que, abatidos, terminaban cadáveres en las losas de medicina legal.  Por ninguna parte aparecía la palabra “padre”, al fin y al cabo este era un rol que podía desempeñar cualquier h…  Así, mediante la sagrada intercesión de la Virgen María, el cuerpo del sicario refrendaba la negativa a aceptar otra ley que no fuera la de Dios.  Complementariamente, el pliegue interdigital índice-pulgar de la mano derecha (para el caso del diestro), llevaba el tatuaje de una cruz: se esperaba que besar esa cruz antes de apuntar a la víctima, era toda una solicitud de puntería a las altas potencias celestiales.  Sumado a los tatuajes, amarrarse un escapulario en el tobillo derecho, representaba el modo de pedir auxilio para beneficiarse con el poder de la fuga. 

No dejaba de resonar en las cabezas de los investigadores de este fenómeno un refrán de claro origen español, que, adaptado a los confines de Medellín, rezaba: “Madre santa, hijo perverso”.  Una exagerada valoración del peso de esta expresión de la verdad, llevó a considerar que la exaltación de la figura de la madre se correspondía necesariamente con la concepción del sicario.  Se escotomizaba de este modo el peso del Patrón, sustituto en el ámbito social del padre de familia degradado a la condición de perdedor que el neoliberalismo entronizó como contra-ideal del yo, destino terrible.  La fortificación de la piedad por María Auxiliadora contribuía a ese recursivo proceder del verdadero gestor del genocidio. 

Qué fue de este modo y no del otro que funcionaron las cosas, lo prueba el hecho de que, años más tarde, el sector social que hizo parte de la difuminada frontera entre el capital tradicional y los nuevos ricos, se hizo no solo a la hegemonía del movimiento armado contrarrevolucionario sino al gobierno.  Los últimos años han sido el escenario del intento de los implicados por desprenderse del estorbo que les representa la imagen de su alianza non sancta con los malhechores.  El gobierno de los EEUU, sus instituciones beneméritas y la gran prensa con que gobiernan, se han encargado de recordarles sus lumpen-andanzas, cada vez que  intentan negociar un Tratado de Libre Comercio con ese país.

La metástasis del lumpen-nuevo-empresariado, se extendió a todas las esferas de la sociedad. El verbo liquidar que, en la legislación laboral capitalista significaba indemnizar al trabajador que era despedido de una empresa, tomó el significado del hampa y pasó a convertirse en el más infame modo de ahorrar en beneficio de la acumulación.  En lo que va del actual gobierno, 38 líderes sindicales y del magisterio han sido asesinados por las balas de un sicariato que sigue tan vivo y tan campante con en los años de la bonanza mafiosa.  Y el actual gobierno solamente lleva tres meses de posesionado.  Y se supone que intenta deslindar campos con el anterior, ese que hizo de la criminalización de la protesta social su exclusiva estrategia de política social, el mismo que contempla hoy, desapaciblemente, el fracaso de su intento por obtener perdón de la comunidad internacional mediante la entrega de sus conciudadanos a las mazmorras del primer mundo.

La gran prensa, haciendo méritos para quedar debidamente presentada en las estrategias descritas admirablemente por Noam Chomsky, ha hecho de la figura del sicario una especie de antihéroe,  Mientras usa su figura en beneficio de sus ventas, la promueve incansablemente como temible representante del escarmiento  y de la sumisión de quienes han sobrevivido a sus actos.  A fuerza de multiplicar sus apologías al delincuente, a través de lo que se ha dado en llamar la sicaresca criolla, no cesa de advertir a los insumisos de la eficacia de su acción.  La intimidación de vastos sectores de la población ha sido garantizada ya no por la perpetración individual de cada crimen, su conversión en fantasma-personaje de esa sicaresca, lo revela tan eficiente como lo era cuando besaba la cruz que tatuaba entre sus dedos, apuntaba y disparaba contra su víctima indefensa. 

La protesta social no ha sido criminalizada mediante el uso de la fuerza institucional del estado, no, sino a través de esa otra forma de lucha de este neo-lumpen-empresariado que exitosamente ofreció al antiguo, los modos de proceder para liquidar las consecuencias de su propia existencia.  El sicario ha estado, obediente y sumisamente, al servicio de este Patrón: mientras maldecía contra su padre perdedor, cuando lo conocía, era capaz de hacer lo que fuera para conseguir el beneplácito de ese nuevo padre. 

Un nuevo padre que no es el que ahora paga condena en las cárceles del exterior o el que ocupa cadáver una tumba en esta tierra.  No.  Es el mismo que, habiéndose beneficiado de los servicios de aquel, ahora goza de total impunidad y legisla en beneficio de la solidificación de sus conquistas.  Incluso a costa de haberlos entregado.  Para mayor gloria de sí.

 

Eduardo Botero
Psicoanalista

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Articulo publicado en
Enero / 2011

Boletín Topía