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Sobre cuerpos arrasados

 

A través de su corporeidad, el hombre hace que el mundo sea la medida de sus experiencias
David Le Breto
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“El cuerpo es la carnadura del mundo, no hay mundo sin cuerpo”.1

¿Qué pasa cuando nadie nos ve? ¿Qué pasa cuando una persona sólo es una historia clínica, o un diagnóstico, o una imposibilidad? ¿Qué pasa si nadie ve, ni se espeja, porque el cuerpo ha sido suprimido e ignorado? ¿Qué pasa en la subjetividad de un invisible?

De los invisibles…

Llegó hace dos años, a mediados de julio. Juan bajó de un remise trucho acompañado de su esposa y sus dos hijos. Para caminar, se sostenía en ellos tres.

Daba pasitos cortos, no levantaba los pies del piso; del brazo derecho lo sostenía su esposa, del otro brazo un hijo, y por la espalda, el menor. Su voz era balbuceante e inentendible. Su cuerpo se movía sin cesar, con movimientos espásticos. Así llegó.

Y nos contaron su historia, ya que él no podía hacerlo.

Cuando se habla de prácticas abusivas, se habla... de un modelo que aún hoy utiliza la medicación como chaleco químico, de prácticas que no ven al otro, como otro, como sujeto; sino como objeto

Que era un hombre con depresión y sin recursos, que entra a una institución psiquiátrica porque no tenía suficiente medicación, ni dinero para adquirirla; ingresa caminando, y hablando, y sale a los ocho meses, a través de un amparo judicial, en silla de ruedas y balbuceando.

¿Qué sucede cuando el poder médico hegemónico se ejerce sobre alguien que no puede defenderse? Frente a hechos similares Artaud dirá: -“Se sabe -nunca se sabrá lo suficiente- que los asilos son cárceles horrendas (…) dónde la brutalidad es norma.2

¿Qué sucede entonces? Acontece que a una persona pobre, que escribía y pintaba y que tenía su quinta, se le aplique un mal tratamiento, y termine transformada en la sombra de lo que fue, en un vacío de sus potencialidades, que apenas ande y solo murmure. Cuando se habla de prácticas abusivas, se habla de esto, de un modelo que aún hoy utiliza la medicación como chaleco químico, de prácticas que no ven al otro, como otro, como sujeto; sino como objeto.

“Hoy todo el mundo sabe que el manicomio es un lugar de dolor y sufrimiento”, escribía Basaglia en 1979, pero estos procedimientos son corrientes aún hoy día. Entrar en una institución psiquiátrica permite encontrar bien definidas las clases, no sólo por el guardapolvo, entre el loco pobre y los que disponen de los medios para tratar a los locos pobres. Continuará diciendo, que es en la institución donde el psiquiatra está en situación de privilegio y de dominio, en relación al enfermo.3

Nosotros, escribo en plural porque me refiero al nosotros como colectivo, ya que somos un grupo, y además nos denominamos Colectivo Crisálida: Arte + Salud Mental + Intervención Comunitaria.4 Nosotros no sabíamos si íbamos a poder ayudar a Juan, si nuestro dispositivo iba a serle útil. Pero vimos su boca balbuceante y su mirada, sus ojos vivos e inteligentes. También nos encontramos con el cansancio de Susana su compañera, agobiada de tanto golpear puertas, y escuchar “noes” como respuesta. Y decidimos intentarlo…

Es desde el Arte donde se reconstruye o construyen nuevas subjetividades y empoderamientos

Cabe aclarar que funcionamos en un Centro Cultural recuperado, el América Libre de la ciudad de Mar del Plata, y los talleres se dictan en el 1er piso, para llegar hay que subir dos escaleras empinadas. Inicialmente para subir, creamos un dispositivo. Juan se sentaba en una silla de madera, y entre cuatro personas lo subíamos como en el juego la “sillita de oro”.

En estos primeros tiempos solo se balanceaba, y de a poco, empezó a participar intentando escribir o pintar. Con el tiempo su pulso se afianzó, y el lápiz en la mano se sostuvo. De a poco también empezó a dar pasitos en los espacios de cuerpo, acompañado primero por dos coordinadoras que lo sostenían para que participara, y luego por una.

Y un día, leyó un texto, y otro día sonrió.

Pensamos el arte como herramienta de transformación que se aprende y se comparte, que conmueve y trasciende

Al tiempo, su hijo llamó para agradecernos, con voz entrecortada dijo: -Hacía tanto que no veía a mi papá reír. Es recuperarlo. Gracias -.

Y allí redoblamos nuestra apuesta en trabajar desde la potencia creativa, desde la posibilidad. Porque es desde el Arte donde se reconstruye o construyen nuevas subjetividades y empoderamientos. Pensamos el arte como herramienta de transformación que se aprende y se comparte, que conmueve y trasciende.

Nos encantaría decir que siguió mejorando, y podría haberlo hecho, pero el entramado paradójico que generan las obras sociales con la medicación, y actualmente la falta de transporte municipal, ocasionan que desde hace tres meses no pueda participar del taller, único espacio gratuito, al que asiste. Desde nuestro dispositivo artístico, estamos adentrándonos en terrenos antes impensados y hoy necesarios, el de gestionar recursos.

-Está deprimido, ya no se levanta de la cama-, nos dice su esposa. ¿Y qué hacer?

Y desde la cama, desde ese plano horizontal, ese cuerpo nos habla como Sabines: - “Soy mi cuerpo. Y mi cuerpo está triste, está cansado. Me dispongo a dormir una semana, un mes; no me hablen.”5

Continúa la imposibilidad de conseguir un transporte-combi que lo traslade a él y a un acompañante, puesto que vive a 17 km del centro de la ciudad, con respecto a la medicación “casi se normalizó”, dicen desde la obra social; “pero a veces falta”, dice su esposa.

Cuerpo castigado/arrasado por la pobreza y un sistema de políticas de exclusión en salud mental. Artaud como voz de fondo susurra: “Los locos son las víctimas individuales por excelencia de la dictadura social.”6

Para la presentación de fin de año, hace unos días lo llamamos preguntándole si deseaba leer en el teatro los textos que había escrito tres meses atrás. Dijo que sí.

Como aún no aprobaron el transporte, se elevó un amparo. ¿Y ahora? ¿Qué hacer? La pregunta vuelve a surgir. Una coordinadora lo fue a buscar en su automóvil, para que pudiera estar presente.

Y nuevamente la dificultad para desplazarse, el no levantar los pies del piso, ya casi un pie sobre otro de estar tanto tiempo horizontal en posición fetal, el cabello revuelto de días y días de cama. Y esos ojos tan vivos, en su cara inmóvil.

Escribió en el último taller:
“El humo de un cigarrillo
me hace lagrimear porque
quema mis pupilas como
un funeral y me siento
volátil, efímero y fugaz
como una pequeña nube que se deja llevar”7

Ver su cuerpo enjuto y arrasado, como texto donde confluyen atravesamientos individuales, familiares, sociales, siempre políticos.

Cuerpo sin cuerpo escrito con tinta de historia. Cuerpo-fugaz donde las hojas se deshojan, en un espacio con pliegues y despliegues de vivencias, violencias y exclusiones.

De los que se caen…

Llegó a través de un amigo que le contó de nuestro Colectivo. Era solo en el mundo, y cantor.

Comenzó a asistir al taller, en el cierre cantaba canciones de su artista favorito Nino Bravo, y de vez en cuando nos avisaba: - La semana que viene no vengo, me contrataron para cantar en toda Latinoamérica, comienzo por Uruguay-, y nosotros le decíamos qué bien, que lo esperábamos a su regreso. A la semana se olvidaba de su gira por América y regresaba al taller y cantaba en el cierre, esperando el aplauso con su cara sonriente.

Nadie sabe lo que puede un cuerpo, aunque sí podemos afirmar que es desde el arte, desde las experiencias artísticas concretas, que se construyen formas más saludables de transformación y resistencia

Pedro, gigante y bonachón, el enamorado eterno. Novio perpetuo de actrices y vedettes, Andrea Estevez, Estrella, Carina, siempre comentaba de un nuevo amor.

Al año de asistir con continuidad, empezó a caerse en la calle, en la plaza, en la pensión, en el taller.

Todas las actividades, que se realizan en Colectivo Crisálida, son planteadas con un círculo de apertura y otro de cierre. Aparece el círculo como espacio ritual que unifica propósitos individuales y colectivos, también como encuadre que posibilita y habilita, instancia previa al inicio de la tarea, espacio cuidado, para adentrarnos en las miradas, y en los sentires.

Y en medio de la apertura de cada clase, en círculo, él se dejaba caer, con toda su humanidad hasta dar contra el piso.

Nos decía: -No recuerdo cómo me caí-, y nos miraba por el rabillo del ojo.

Se dejaba caer, se desintegraba, se deslizaba, se desarmaba y llegaba al suelo, sin ruido; y esperaba desde allí abajo que alguien lo socorriera. El grupo lo esperaba y sostenía.

Siempre nos intrigó, cómo un cuerpo tan voluminoso se deslizaba y desplomaba sin ruido, y desde el piso, aguardaba que lo rescataran. Su cuerpo decía, nos decía, se manifestaba con todo su bagaje y soledades, frente a nosotros.

Casi como en un protocolo, tres coordinadores ayudaban a levantarlo.

Hubo interconsulta con neurólogos, psiquiatras, psicólogos y nada. Buscamos estrategias, lo amenazamos que si se caía, no iba a poder venir más al taller, que había escaleras, era un peligro. Él nos decía que lo iba a intentar, que no se iba a caer más, y durante una semana su cuerpo se mantenía erguido, siete días duraba el intento.

Siempre de costado, con el brazo estirado, marcando una dirección recta, y sobre el brazo, la cabeza. Pasaba de la materialidad a la inmaterialidad, y en el piso se re-materializaba. Cuerpo sin cuerpo que volvía a hacerse carne en la tierra, y esperaba.

Caída como línea de fuga como pasaje a otra escena, ¿a ser visto? ¿ante el vacío? ¿frente al propio peso?

 

Aquí el espacio aparece como metáfora, como espacio físico y también como escenario que permite la acción casi performática de la caída, con un público que acompaña y donde cada uno completa su parte.

Caerse es ser, “la existencia es corporal”.8

Caerse es existir en un tiempo y un espacio cuidado, con gestos, con ademanes reiterados, un ritual que cuenta con la adhesión de los otros, un público atento que sostiene.

Un sábado cansado, fue a dormir una siesta en la pensión donde vivía. Su corazón se apagó, y continuó durmiendo, después de habernos ofrecido días atrás su última actuación.

Resonando con palabras de Spinoza: “Nadie, sabe lo que puede un cuerpo”, a veces aparece como alarido silencioso, arrasado, en plena caída, e invisible; otras veces como motor y despliegue de potencias.

Nadie sabe lo que puede un cuerpo, aunque sí podemos afirmar que es desde el arte, desde las experiencias artísticas concretas, que se construyen formas más saludables de transformación y resistencia.

Bibliografía

Artaud, Antonin (2003), Carta a los poderes, Argonauta.

Basaglia, Franco (1979), La condena de ser loco y pobre, Topía, 2008.

Buchbinder, M. Matoso, E. (2013), Mapas del cuerpo. Mapa fantasmático corporal, Letra Viva.

Foucault, Michel (1993), Microfísica del poder, La Piqueta.

Le Breton, David (2002), La sociología del cuerpo, Nueva visión.

Notas

1. Le Breton David (2002), La sociología del cuerpo, Nueva visión, p.16.

2. Artaud, Antonin (2003), Carta a los poderes, Argonauta, p. 58.

3. Basaglia, Franco (1979), La condena de ser loco y pobre, Topía, 2008, p. 59.

4. Colectivo Crisálida: Arte + Salud Mental + Intervención Comunitaria. Proyecto de extensión de la UNMDP que trabaja con personas con sufrimiento mental, desde el arte, realizando talleres y acciones de intervención comunitaria, desde hace 11 años. Las personas que asisten son derivadas de instituciones públicas, en situación de vulnerabilidad social, familiar y económica. El grupo es interdisciplinario, y trabaja abordando desde las diferentes manifestaciones artísticas procesos individuales, grupales y comunitarios.

5. Jaime Sabines. “Soy mi cuerpo”. Fragmento.

6. Artaud, Antonin (2003), Carta a los poderes, Argonauta, p. 39.

7. Texto de Juan. Fragmento.

8. Le Breton David (2002), La sociología del cuerpo, Nueva visión.

 

 

Sonia Malva Basualdo
Lic. en Artes Visuales. Psicodramatista 
Directora del Colectivo Crisálida 
smbasual [at] yahoo.com.ar

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Articulo publicado en
Abril / 2018

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