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El amor en los tiempos de Hannibal Lecter1

 

La histeria y la neurosis obsesiva fueron los paradigmas clínicos de la indagación freudiana, enraizados en el tipo antropológico de la sociedad occidental de su época, fruto de la interiorización de las significaciones imaginarias sociales predominantes en ese entonces. De ningún modo es dable pensar ni sostener que hayan perdido vigencia como entidades clínicas; de lo que se trata es de su “adaptación” a la época, y del surgimiento de nuevos fenómenos clínicos, de la mano de una subjetividad que difiere de la de principios de siglo.
El análisis de la subjetividad permite analizar a una determinada cultura, es decir, de qué materia está compuesta, de qué significaciones colectivas, qué destino busca para los sujetos, qué tipo de ideales propone, qué instituciones crea para conseguir sus objetivos. Este tipo de análisis es el que puede apreciarse en las observaciones que Freud hiciera en su artículo de 1907 “Los actos obsesivos y las prácticas religiosas”, donde debe destacarse que por primera vez utiliza los conceptos de “pulsión reprimida” y “consciencia inconsciente de culpa”. Señala allí que la neurosis obsesiva es una religión privada, mientras que la religión es una neurosis obsesiva colectiva. Sabemos que la religiosidad ocupaba en ese momento un papel que no es el mismo que en la actualidad. En la base del análisis freudiano de la sociedad de su época ocupa un lugar central la demanda de renuncia a las pulsiones que la cultura realiza. La religión produce parte de dicha renuncia, y las pulsiones se desviarán hacia hechos y actos sociales, dejando como marca a la consciencia inconsciente de culpabilidad. Ésta lleva a otro tipo de actos y hechos sociales y neuróticos como son las ceremonias, las infracciones y los castigos. Son las prohibiciones las que producen la renuncia pulsional, y esta renuncia posee, asevera Freud en otro artículo del mismo año, potencialidad psicopatologizante. Se produce así, desde la cultura, al “obediente y adaptado” obsesivo, que más allá de sus síntomas - diríamos que gracias a éstos en realidad - es perfectamente capaz “de cumplir sus deberes sociales durante una parte del día”. La cultura produce una neurosis colectiva, al (¿o para?) mantener a raya a las pulsiones - eróticas y agresivas - dejando el residuo de la consciencia inconsciente de culpabilidad, en un sujeto dispuesto así para la participación social “adecuada”. Sabremos a través del mismo Freud, muchos años más adelante, del carácter central del sentimiento inconsciente de culpabilidad para el mantenimiento del orden sociocultural, y hasta de las patologías colectivas que es capaz de producir.
Pueden así comprenderse en toda su magnitud las resistencias sociales que podía producir el método freudiano: con su propuesta de levantar represiones apuntaba al núcleo del orden sociocultural. El psicoanálisis, por lo menos en su vertiente freudiana, lleva inevitablemente a develar, analizar, y, llegado el caso, destituir, las significaciones imaginarias sociales. La incorporación de estas se produce en las distintas instituciones que son apoyo del proceso identificatorio de los sujetos. Los residuos de esta operación identificatoria, agregaremos, son las dos instancias que funcionan como interfaces entre el psiquismo y el campo históricosocial: los ideales del yo y el superyó. Entre las funciones de estas instancias se encuentra, ni más ni menos, decidir acerca del destino de las pulsiones. Cada cultura, por lo tanto, decide acerca de los destinos pulsionales de los sujetos que la habitan. La cultura, entonces, produce marcas tanto en el registro identificatorio como en el pulsional.

 

¿Cuál es el estado actual de nuestra cultura?. Castoriadis señala que estamos en un momento de crisis de las significaciones del capitalismo, crisis que a su vez empuja a una crisis identificatoria en los sujetos. Esta crisis se reproduce y agrava en cada institución donde habitualmente se produce el apuntalamiento identificatorio, y va más allá de los lugares de dicho apuntalamiento (como la familia, la escuela, el trabajo, etc.). No hay en estos momentos significaciones que tomen a su cargo esta crisis de las significaciones que mantienen unida a una sociedad. Al haber caído la significación de autonomía - la que habla del proyecto emancipatorio - la única que ha quedado en pie es la capitalista, la de la expansión ilimitada del “dominio”. Esta ve liberado ahora sí su desarrollo, empujando y entronizando al “dios-mercado” . Este objeto se ha hecho dueño del poder de significación, lo que quiere decir que dictamina lo que la realidad es, presentificándose de modo permanente en los mass-media, lo cual lo hace ciertamente inasible, hipnotizante, poderoso. Institución máxima de nuestra contemporaneidad, propone como identificación la de un “individuo que gana lo más posible y disfruta lo más que puede”. También propone un universo permanentemente cambiante de objetos para producir dicho disfrute, utilizando a los medios de comunicación como oferta constante de los mismos.
Ésto se entremezcla con las noticias divulgadas en “tiempo real”, tiempo que cada vez se acelera más, llevando a una hiperkinesis a los sujetos, a su agotamiento, al estado de insatisfacción, a la privatización de sus vidas, a la necesidad cada vez mayor de objetos que ocupan el lugar del semejante, para cuyas demandas ya no hay lugar, lo que a su vez causa un estado de anomia creciente, acompañado de modo inevitable de disolución-alteración de lazos sociales. Este proceso lleva - en una realimentación contínua - a la crisis de las significaciones, a la pérdida para muchos sujetos del sentido de su función - padres, jueces, maestros ... psicoanalistas - , al no haber un nosotros fuertemente investido. Ese nosotros se disloca cada vez más en un verdadero proceso de des-socialización. La hiperkinesis, el consumismo, la pasivización, la resignación, el conformismo, el aislamiento-masificación, el culto de lo corporal, de la imagen, la negación de la muerte, la “comunicación-conexión” permanentes mediante todo tipo de artefactos, etc., etc., son algunas de las características de ese nuevo tipo antropológico surgido a partir de significaciones imaginarias colectivas creadas de modo anónimo y conjunto, tomadas por las instituciones, cobrando nueva vida en ellas, devueltas a los sujetos para su incorporación, reproducidas, etc.. Los nuevos fenómenos observados en la clínica, tienen, como a principios de siglo, relación directa con este tipo antropológico: el pasaje al acto (no me refiero al acto reflexivo-creativo-instituyente); las impulsiones (bulimia-anorexia-adicciones); la degradación de la vida erótica; la afánisis, es decir, la caída del deseo; la desorientación, efecto de la crisis identificatoria que impide el procesamiento deseante a cargo de los ideales; las enfermedades psicosomáticas; el retorno de las denominadas psicopatías, esto es, la actual y creciente producción de malestar en el otro, su utilización, su maltrato hasta la aniquilación.
Que la vida erótica se degrade implica que se separen el componente cariñoso y el sensual, al ser degradado el objeto, única manera de aproximarse a éste, demasiado cercano a los objetos originarios-incestuosos; en el desarrollo freudiano esto fue producido por la moral sexual de su época. Vamos a postular que esa no es la única vía para la degradación del objeto, es decir, del semejante, ni la única forma que dicha degradación puede tomar. La formación de masa actual, con el amo-mercado como figura de identificación obligada debido a la crisis identificatoria, genera las condiciones para la degradación del otro de la vida anímica individual. El otro está y no está, es consumible, utilizable, inalcanzable, inentendible ... hasta hay “teoría” para sostener la total aleatoridad de los lazos, del otro como fuente de displacer, de la imposibilidad del lazo, de la inexistencia de relación sexual, etc.. El lazo social, esencial para la vida anímica, está profundamente trastocado. El fenómeno de degradación de la vida erótica es observable en la clínica contemporánea, donde se ha dado el giro del encuentro amoroso sin sexo - como ocurría a principios de siglo - al encuentro sexual sin amor como problemática cada vez más frecuente.

 

¿Es la de “Profundo Carmesí”2 una historia de amor?. ¿Se puede hablar de amor si la condición del mismo es el asesinato? ¿No hay acaso una pérdida de la noción de que se trata de dos asesinos, y seriales?. ¿Acaso no hay uno que psicopáticamente manipula a la otra?. Estos interrogantes, surgidos en una sesión de análisis, parecían contradecir las certezas iniciales de pensar en una historia romántica, amorosa, profunda aunque “loca”, y cuestionar, al mismo tiempo las creencias alrededor del amor, el placer, la naturaleza de la relación entre los sexos, etc..
Serial también es Hannibal - el caníbal - Lecter3, psiquiatra y antropófago (de pacientes). La del asesino serial tiene la marca registrada en la capital del capitalismo. Es una subjetividad casi exclusiva de EE.UU., una suerte de psicopatía profundamente perversa y en estado puro, que ha llegado a la consumación de la escisión entre el amor y el erotismo - los dos parecen volatilizarse - dando como resultado el advenimiento de las pulsiones que en todos nosotros habitan, resignadas en el curso de la socialización. La escisión yoica es tan profunda y perfecta, que estos sujetos pueden estar “correctamente” adaptados a su medio, mientras asesinan, y de un modo por demás llamativo: el semejante ha pasado a formar parte de una serie, ha sido des-subjetivado, se pueden realizar sobre él todo tipo de actos, se lo puede sustituir por otro, coleccionar sus pedazos, o servirlos a la mesa, etc..
La renegación muestra en estos sujetos el refinamiento de su accionar. La renegación, bueno es recordarlo, recae sobre la realidad, “el sujeto rehusa reconocer la realidad de una percepción traumatizante”, no sobre una representación, y produce un vacío subjetivo, esa otra característica de la subjetividad actual, con manifiestas expresiones en la clínica. Si la cultura utilizaba el sentimiento inconsciente de culpa para la sujeción de los sujetos, en la descripción que Freud hiciera de la sociedad de su tiempo, hoy esto por lo menos convive con la producción de vacío para su control: vacío representacional que arrastra a un vacío significante, histórico, identificatorio, vaciamiento y vacilación de las leyes que regulan el funcionamiento intersubjetivo. Producir vacío y generar objetos para saturarlo, así sean otros sujetos. Producir un estado permanente de insatisfacción, y, por lo tanto, de inermidad. De la experiencia de satisfacción a la de insatisfacción. El vacío representacional es llenado por otro elemento en lo real, llevando la impronta del acto, por liberación pulsional.
Los traumatismos coadyuvan a la entronización de la renegación, que permitirá - mediante la escisión que produce - que antagónicas tendencias permanezcan sin contradicción en el sujeto, “corrientes de la vida psíquica” paralelas: traumática es la vivencia actual de aceleración del tiempo, del consumo, de la información, y de la violencia que todo esto genera. Promueve una dinámica narcisista que altera el lazo con el semejante, escinde al sujeto, libera el campo para la expresión de pulsiones que estuvieron tradicionalmente ligadas a las perversiones: la degradación de la vida erótica no es más que un aspecto de la degradación del semejante, de la liberación general de lo mortífero dirigido al otro, ya no más contenido por la culpa al modo de principios de siglo.
El vacío empuja al pasaje al acto, que no es ya la teatralización histérica: el acto es para nadie, es un succionamiento subjetivo, consumido el sujeto por una falta que no logra dialectizar, consecuencia del espacio ganado por la renegación en el aparato psíquico. Consumir es consumir al otro, para salvarse del propio fagocitamiento, momento de caída de las palabras de su función significante, para devenir en silencio de corderos. ¿No será una consecuencia de la afánisis, la desaparición del deseo “objeto de un temor aún más fundamental que el miedo a la castración”?. Agregada a la serie de la inhibición, el síntoma y la angustia, es el efecto del sujeto arrinconado por el dios-mercado: un vacío de deseo, un sujeto vaciado de la propiedad sobre sus propios deseos. Es lo que suele manifestarse como in-diferencia por el otro, desinterés, lejos de todo juego histérico.
El Dr.Hannibal Lecter, Alien, los personajes de Asesinos por Naturaleza, de Crash ... y tantos más, reales y terroríficos, como corporización de personajes de Lovecraft, han llegado para mostrar el rostro de tánatos desatado, del mal en toda su vastedad y lujuria. No podrían ser si nuestra cultura no los produjera: porque están y producen esta cultura. Muestran de modo descarnado - como en su tiempo lo hizo el héroe romántico - el rostro de la subjetividad contemporánea, producido en los últimos veinte años, y que en nuestro medio ha sido particularmente tallado por el terrorismo estatal y la debacle del proyecto de autonomía. No es éste su único rasgo ni magnitud: pero ciertamente pertenece a la época, acerca de la cual hablar de individualismo no es más que un fenomenal equívoco, ya que la individualidad deviene únicamente en el “codo a codo” del reconocimiento del otro, en la unión o en la lucha, palabra mediante.

 

Yago Franco
Psicoanalista

Notas
1.  Trabajo presentado en las Jornadas en conmemoración de los 30 años de la Fundación CIAP, noviembre 1997, “Del padecimiento a la creatividad” .
2.  Film mexicano estrenado en nuestro medio durante 1997, en el cual un estafador, que seduce y luego roba a mujeres solitarias, termina emparejándose con una de ellas, a partir de lo cual cometen una serie de asesinatos al perseguir el objetivo de continuar embaucando mujeres. Remake de “Los asesinos de la luna de miel” , basada en hechos reales.
3.  Protagonista de El silencio de los inocentes. Novela de Thomas Harris, película de J. Demme.

 

 

 

 

 

 

Bibliografía:

Castoriadis, Cornelius: “El avance de la insignificancia”. Eudeba, l997

Franco, Yago: “Argentina: violencia y reminiscencias”. Inédito.
“ Yo, subjetividad, Historia”. Leído en el Colegio de Estudios avanzados en Psicoanálisis, 1992.

Freud, Sigmund: “Sobre una degradación general de la vida erótica”. Amorrortu.
“Los actos obsesivos y las prácticas religiosas”. Amorrortu.
“La moral sexual “cultural” y la nerviosidad moderna”. Amorrortu.
“Moisés y la religión monoteísta”. Amorrortu.
Laplanche-Pontalis: “Diccionario de Psicoanálisis”. Labor, 1977.
 

 
Articulo publicado en
Octubre / 1998

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