La capacitación en psicoanálisis | Topía

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La capacitación en psicoanálisis

 

Respuestas a un cuestionario realizado por Topía Revista

Artículo parecido en Topía revista N° 37/ abril 2003.

La formación de analistas es un tema complejo. Mucho más en la situación en la que vivimos en el país. Fernando Ulloa fue y es protagonista de experiencias novedosas en ese ámbito: estuvo en la APA, renunció a la misma junto a Documento, fue docente universitario en diferentes épocas, organizó formación para residentes, estuvo en la Federación Argentina de Psiquiatras y en contacto con una multiplicidad de instituciones. Pero sobre todo, además de ser “formador” de diferentes generaciones de analistas, conceptualizó dichas experiencias en numerosos textos.

Por eso confeccionamos un cuestionario con una serie de preguntas sobre la temática al que respondió eligiendo algunas preguntas en su propio orden. Nos complace publicar el texto por varios motivos. Por un lado, Ulloa retoma y avanza sobre sus ideas expuestas en el reportaje con que comenzaba el primer número de Topía en 1991. Por otro, tiene la virtud de condensar sus ideas y experiencias para abordar las problemáticas de la formación de psicoanalistas en el siglo XXI.

Me resulta interesante abordar la cuestión de la capacitación psicoanalítica desde la última pregunta del cuestionario que me propone Topía. Desde ya, adelanto que no es el término formación el que encuentro –como propone el cuestionario- más adecuado.

Voy a transcribir literalmente la última pregunta de este cuestionario porque que pienso que me da oportunidad de ajustar mejor el propósito de mi respuesta.

“El primer número de Topía empezaba con un reportaje tuyo en 1991. allí decías que lo contrario de la renegación era la utopía (negarse a aceptar las cosas que niegan la realidad). Sin embargo, toda utopía debe encontrar un lugar para sostenerse. Te proponemos para ello un juego. Si tuvieras que volver a empezar a capacitarte como analista hoy ¿en qué lugares y con quién lo harías?”.

Haber decidido comenzar a responder este cuestionario por la última pregunta del mismo, no sólo me permite intentar una respuesta desde el recorrido de medio siglo de estar psicoanalista, sino también incluir en mi respuesta las principales preguntas previas. Un juego de simetría esto de capacitarme al final y por mi parte responder también desde el final.

No recuerdo textualmente lo que contesté en aquel primer reportaje de hace doce años atrás. Pero me alegra que haya sido en el primer número de Topía. Recuerdo, sí mi pensamiento de entonces acerca de la renegación y la utopía, porque con el tiempo constituyeron herramientas importantes para entender algunos fenómenos sociales, y operar sobre ellos desde la perspectiva del psicoanálisis. Se trata de una redefinición de la utopía clásica, en la que sigue teniendo valor el entusiasmo y el coraje de trabajar a futuro en forma personal o colectiva. Ocurre que la renegación supone -desde una perspectiva psicoanalítica- negar hechos adversos que afectan al sujeto o a la comunidad, y además, en tanto renegación, opera una segunda vuelta que anule el registro de estar negando, haciendo imposible advertir los obstáculos con que deberá enfrentarse ese pensamiento entusiastamente utópico. Yo proponía –algo que está consignado en la pregunta que he trascripto- otra doble vuelta de la negación, ahora verdadera afirmación; negarse aceptar todo lo que presenta o es presentado como enmascaramiento negador de hechos que habrán de obstaculizar los propósitos a futuro; una redefinición actual de la clásica utopía opuesta a la renegación que niega y además niega que niega. Acuerdo –y continúo respondiendo- que sí la utopía alude a un lugar, es decir a una tópica ubicada en el futuro donde habría de concretarse un objetivo; la redefinición propuesta privilegiando que ese lugar -esa tópica- esté sustentada en el propósito de estar atento hoy, a cualquier ocultamiento que sea un obstáculo a futuro. Esto implica una variación fundamental de la idea clásica; ya que supone una topía; palabra que alude al nombre de la revista Topía a la que están destinados estos comentarios. Hace doce años que Topía se proponía y me proponía –en aquel primer reportaje- ocuparnos de esta cuestión que supone un verdadero procedimiento de capacitación psicoanalítico, ya que renegación y utopía, coincidentes o antitéticas, aparecen en la práctica psicoanalítica, y su despliegue en el campo social, como una cuestión de particular gravitación. Derrida hace una observación, que comparto ampliamente, cuando propone, refiriéndose al psicoanálisis, lo que denomina una resistencia auto inmune, es decir auto agresiva en cuanto a debilitar las posibilidades de ocuparse de los fenómenos sociales; concretamente alude a la crueldad. Es observable la marcada indiferencia que suelen tener algunos los analistas en relación a la crueldad siendo que el psicoanálisis muestra su idoneidad y su incumbencia para explorar esta compleja producción accesible desde la metapsicología y desde una lectura de los fenómenos sociales. En los últimos años, tal vez los que van desde aquel reportaje en el 1991 a hoy, he advertido que la indiferencia originada en los escotomas, que un analista -como cualquier sujeto- puede tener con respecto a la crueldad, debe ser objeto privilegiado para la capacitación psicoanalítica. No analizar esos escotomas pueden llevar a un analista -lo sepa o no lo sepa- a matar con la indiferencia a aquellos sobre los que está operando. A no advertir aspectos del sufrimiento dado en el campo clínico, en la medida que estos lo involucren emocionalmente.

Todo lo anterior implica un proceso de capacitación inherente a las preguntas de este cuestionario. Dentro de los distintos ejes, que me sugieren las posibles implícitas preguntas, voy a privilegiar dos aspectos que considero de especial importancia en quien quiera advenir a esa condición de estar psicoanalista: el fetichismo y la per-elaboración. Si por segunda vez he aludido a este estar psicoanalista como algo contrario a ser psicoanalista, es porque considero que esto también tiene que ver con la capacitación en el análisis. Más adelante me ocuparé de este ser o estar.

Para contextuar, en el orden social, fetichismo y perelaboración, apelaré, un poco al paso, a considerar el fenómeno de los cacerolazos. Sin duda los cacerolazos fueron valiosas expresiones –en algunos casos algo utópicas-, que apuntaban a que se vayan quienes, por válidas razones en general no ajenas a la corrupción, deben irse. Cuando no se negaron los obstáculos que el entusiasmo puede ocultar, hubo verdaderos avances, arduos, pero avances. En otros casos sólo fueron expresiones de un valor para nada despreciable, el de ese mismo entusiasmo utópico pero que resultó sólo medida de lo posible, no aún medida de lo logrado. En estos fenómenos sociales juega, de una forma importante el fetichismo, considerado desde una perspectiva psicoanalítica.

El fetichismo es un ídolo -propio de culturas primitivas- adorado precisamente por lo que es, una doble mentira. Por un lado dice que está lo que no está. Los argentinos vivimos, no solamente en los últimos años, ocultando circunstancias negativas en una franca pretensión de afirmar que estaba lo que no estaba; por ejemplo, que desde la paridad cambiaria, mantenida artificialmente durante demasiado tiempo, podíamos acceder a los beneficios del primer mundo sin medir el inmenso costo de esa irreal pertenencia. Este rostro fetichista de la mentira que afirma que está lo que no está, tarde o temprano termina por caerse. Lo estamos viviendo en el transcurso de los últimos tiempos mientras atravesamos la peor crisis económica y social de nuestra historia con más de 20 millones de pobres en nuestra sociedad, y entre ellos un inmenso número de indigentes.

Caída esa mentira el riesgo es que se intente instaurar tenazmente el segundo rostro del engaño fetichista. Aquel que ahora pretende afirmar que no está lo que sí está, que no es posible hacer lo que sí es posible hacer. Poder derrumbar esa paralizante mentira implica una gran parte de la solución de una crisis no sólo, nacional, sino en nuestra práctica de analistas en el campo social. Este desánimo lleva a grandes sectores a formular algo así como aquí las cosas siempre fueron, son y serán así. Esto configura un verdadero pensamiento petrificado representado por un pasado que por no ser examinado con curiosidad, adquiere el valor de una permanente actualidad ocupando el espacio y el tiempo necesario para que aparezca lo que suelo llamar un presente con presencia de verdadero acontecer, capaz de marcar un nuevo punto de partida.

A esta altura quisiera introducir en esta respuesta –algo que aparece de entrada en el título del cuestionario y en las primeras formulaciones del mismo- la palabra formación, de uso habitual aludiendo a la capacitación psicoanalítica, pero ocurre que formación conlleva en la trayectoria de un analista, el riesgo de matar la singularidad del sujeto, deformación algo más que académica sustituyendo en la repetición para no recordar lo no recordado a recuperar quedando en su lugar el forjamiento de una memoria de memoria. La pregunta del cuestionario dice así: “Debido a tu recorrido como “formador” desde la propia APA, residentes, la Facultad y otras instituciones, ¿cómo consideras que sería una “buena” capacitación para un analista?”

La primera manera de plantear una respuesta es a partir de una afirmación -un poco en chanza, que suelo hacer cuando digo que no se trata de ser analista por más títulos que se tengan, sino de poder estar analista, pertinentemente acorde a la demanda, cuando tal demanda existe. Dadas las respuestas que esta cuasi broma ha provocado, opté por tomarla más en serio. Es así que el verbo español ser, tiene dos raíces; por un lado esse que significa todo, en tanto alude a existir, a lo sustancial y a lo esencial. La segunda raíz es cedere que significa literalmente estar sentado. Si combinamos ambas raíces la conclusión es un todo sentado. ¿Cómo llamar la silla donde se sienta ese todo?. Cabe pensar en el trono de un poder soberano. Este es el riesgo -ya se trate que se origine en asumir literalmente al sujeto supuesto saber, o se trate de un comportamiento teórico donde el analista sabe y esto lo lleva a practicar las teorías propias o ajenas que forman parte de su instrumental, lo cual implica en general una deformación de la práctica. En realidad lo que cabe es conceptualizar las prácticas, si no se quiere aproximar esa soberanía propicia a la instauración cruel como infiltración auto inmune en el psicoanálisis.

Estar psicoanalista se ajusta más a una manera de concebir el psicoanálisis y en especial la transferencia, como un poder muy importante para nuestra práctica, en tanto no se haga uso personalizado de ese poder. Quien se asume psicoanalista haciendo fuerte culto y sostén de una letra teórica a la que se apega tenazmente, corre el riesgo de aproximar sino un poder soberano al menos un poder sacerdotal. En este sentido es que a veces he formulado la idea un tanto grotesca, de que un sujeto formado -palabra que conlleva desformado- psicoanalíticamente puede llegar a ser acreedor a la condición de un iano, aludiendo a quien se identifica con la literalidad de un conocimiento ajeno a riesgo de perder su propia condición de sujeto, adviniendo mero objeto de un saber. Por otra parte convengamos que en la capacitación de todo psicoanalista, es altamente probable advertir períodos ianos, sobre todo en los tiempos iniciales donde puede ser necesario identificarse con maestros vivientes y próximos, a quienes se escucha, o lejanos y sólo accesibles a su lectura.

En ambos casos y dicho escuetamente, resulta esencial no quedar atrapado en estas identificaciones que conducen a practicar-predicar teoría; desde el nivel teórico de excelencia o no, alcanzado por cada uno, se intenta conceptualizar la práctica desde las teorías; la teoría opera como los restos diurnos, es decir ocupa un lugar importante. Los sueños y las ensoñaciones también, son la vía regia para acceder a la otra escena, la escena inconsciente. De todos modos el nivel teórico ocupa en la práctica clínica psicoanalítica un lugar fundamental; cuando más consistentes sea este nivel, más posible será ensoñarlo en una escucha que no desmienta el freudiano consejo de escuchar ajustados a la atención flotante.

Todo esto tiene una fuerte incidencia en la producción de pensamiento en uso, generado y empleado en el propio campo clínico. Esto incumbe particularmente a lo que voy a llamar un recinto perelaborativo; noción esta que tanto puede aludir a una situación psicoanalítica tradicional y también a un dispositivo adecuado para trabajar en el campo de la numerosidad social. No puedo dejar de aludir a este recinto de perelaboración -algo virtual como lo son todos los dispositivos clínicos psicoanalíticos- que constituye el núcleo central –insisto en esto- de toda capacitación psicoanalítica. Es fácil acceder a la idea de recinto en el significado común del término; lo esencial aquí es que las paredes de dicho recinto no están constituidas por las paredes materiales, sino que son paredes virtuales levantadas por lo que no se dice, por lo que es dicho en los pasillos, en realidad por lo que queda dentro de los laberintos de cada uno de los que están dentro de ese recinto.

Aclarada la idea de recinto, consideremos el fenómeno psicoanalítico que se conoce como proceso perelaborativo. Voy a despejar primero la parte menos conocida de esta designación, me refiero al término per antecediendo a elaboración. En varios idiomas este prefijo tiene el mismo significado: intensidad que se mantiene en el tiempo. Ilustran este significado palabras como permanente, perpetuo, persistente y también podríamos agregar perjudicial, algo posible de darse en un ámbito psicoanalítico desmintiendo lo que de él se espera.

Se trata de intensidades que se generan prevalentemente en situaciones colectivas. En esta ocasión aludiré sólo a algunos aspectos más relevantes de la perelaboración, proceso que queda ilustrado en esos momentos en que alguien, mientras escucha, tal vez lee o escribe, experimenta un sentimiento que podría traducirse más o menos así: me doy cuenta que siempre supe lo que acabo de saber. Pocas veces se tiene un registro puntual y nítido de ese sentimiento. Lo más frecuente es que ocurran fugaces y sutiles registros que vayan constituyendo, en cada sujeto, un cambio de actitud propicio para el intercambio franco de ideas, a la par que acrecienta -y esto es fundamental- la curiosidad como función que busca aprender. Vale decir acrecientan un saber curioso.

Si presento este saber curioso lo hago con referencia a otro saber, el saber cruel; así como suena y vuelvo a insistir en la resistencia auto inmune que propone Derrida. En realidad el saber cruel es un saber que no sabe como no sea de sus propias intenciones de dominio sobre los otros o tal vez del poco dominio sobre sí.

Todas las anteriores son alternativas posibles, en general no extremas, jugadas en el curso de un proceso perelaborativo; pero cuando los efectos surgidos en esa perelaboración se juegan en términos de curiosidad, se acrecienta la condición de resonancia íntima frente a lo que el otro dice, haciendo propicia una respuesta -en concordancia o discordancia- también destinada a obtener una resonancia semejante en los otros. Por lo contrario, cuando lo que prevalece es el saber cruel, ya no se trata de resonancia íntima, sino de intimidaciones que hacen desaparecer ese eco necesario para una producción colectiva; eco desde donde se puede escuchar lo que de sí mismo proviene en relación a lo que el otro dice. Son instantes de apropiamiento de un saber. Goethe decía “Sólo el instante crea. Esto vale”. Así remataba aquello de apropiarse de lo heredado que Freud utiliza como una aproximación mostrativa de lo que es el proceso psicoanalítico. Obviamente en un recinto de esta naturaleza también la curiosidad avanza sobre lo ignorado accediendo a nuevos conocimientos que jamás habitaron al sujeto.

Si la perelaboración implica una intensidad sostenida en el tiempo, la misma puede llegar a tener el sentido de un presente que hace presencia. Un presente desde donde resignificar el pasado y bosquejar el futuro. Esta articulación de los tres momentos temporales configura el devenir. Si algo hay, inherente a la capacitación de un analista, es restablecer el devenir donde, tal vez de una forma explícita o poco manifiesta, prevalecía alguna forma de las neurosis actuales.

Finalmente voy al juego propuesto en la pregunta final, y para ello reitero la formulación de dicha pregunta: “Si tuvieras que volver a capacitarte como analista hoy ¿en qué lugares y con quién lo harías?” El juego propone “volver”. Por supuesto es imposible volver sin ninguna memoria y querer a su vez capacitarse desde esa suerte de hoja en blanco. Carlos Fuentes dice: “La memoria salva, escoge, filtra pero no mata”. Entonces no valdría decir que volvería a repetir mi experiencia, porque esto aproxima seguramente esa presentación que hace Freud de la transferencia cuando propone repetir para no recordar. Estoy hablando de una memoria que recuerda. Y convengamos que la oportunidad de este reportaje me facilita el ejercicio memorioso. Al respecto voy a evocar algunos hechos de los que si bien algo he hablado en algunas ocasiones, poco casi nada he escrito. Tampoco lo haré aquí en extenso. Me refiero al papel que jugó Pichon Rivière inicialmente, un inicio de intensidad sostenida, en mi capacitación. Una intensidad sostenida que no me cristalizó en aquellas identificaciones, y éste era además un mérito de este maestro.

Lo conocí sabiendo algo de él, ya había leído algunas de sus ideas. Fue un conocimiento fortuito, casi de casualidad, en el ingenuo sentido de no poder establecer una nítida causalidad. Thomas Mann, en el homenaje a los Ochenta años de Freud, dice citando a Jung (debe haberse sobresaltado Freud): “resulta mucho más directo (...) emocionante, observar lo que me acontece, que observar lo que hago...”. La conferencia se llama “Freud y el porvenir” fue en 1936. En 1944 me encontré con ella en una librería de textos viejos. En 1954 jugó en mi porvenir en aquel encuentro con Pichon Rivière. Había sido editada en español en Buenos Aires en 1937, es decir un año después de pronunciada.

Cuando entré en la sala de conferencias, viendo, más que escuchando lo que Pichon decía -concretamente me refiero al pizarrón sobre el que iba bosquejando, como una apoyatura surrealista, garabatos, alguna letra, una palabra, toda la escena, que sería absurdo decir palpable, pero para mi lo era, tuvo, hoy pienso el valor de en una vivencia perelaborativa- en relación a lo inconsciente, que en mi caso comenzaba a ser el inconsciente en un pasaje de lo neutro, al artículo el, por cierto de otra naturaleza. Terminada la conferencia le pedí hora para analizarme con él, lo cual sumaba un lugar de formación, la APA.

Hacía poco que el psicoanálisis había desembarcado en Bs. As. Fueron tres entrevistas en las que me convenció que estudiara con él, pero que otro analista me analizara. No aconsejó ninguno. Posiblemente había leído clínicamente, algo que con los años también yo llegué a advertir; su consejo era válido. Curiosamente en aquella tercera entrevista terminamos viendo juntos un paciente muy grave, de cuyo tratamiento me pidió que me hiciera cargo bajo su supervisión. Yo tenía ya una razonable capacitación psiquiátrica. El paciente aquel fue origen del primer historial clínico, aun no escrito, algo relatado pero muchas veces pensado y repensado en mi práctica. Al salir, luego de algunas horas, pues fueron bastantes las que llevaron la entrevista conmigo y luego con el otro paciente, me crucé a las pocas cuadras con alguien que aspiraba a entrar en la APA. Una mujer decididamente perturbada al grado que ese propósito no le fue posible. Supe después que terminó manejando camiones de riesgo en el norte de Israel. En aquel encuentro, también fortuito, me dio un papel con nombres de dos psicoanalistas que acababan de ser nombrados didactas la noche anterior. Uno de los nombres estaba borroneado con vino o con café, el otro era legible y resultó mi primer y único analista. Digo esto sugiriendo un proceso que arribó con los años, a un fin de análisis. En agradecimiento lo nombro, León Grimberg.

Si he aludido a lo fortuito, es para sugerir como jugaría el azar y los secretos caminos de la transferencia, si tuviera que decidir con quien y en qué lugar habría de reiniciar una capacitación. Pero de algunas cosas estoy seguro. Continúo valorando –es una de las preguntas del cuestionario- el tríptico: propio análisis, por supuesto con un largo comienzo asistido por un analista capaz de pensarme como un analizante, jugado fausticamente a lo propio. También el válido fatigar los textos en seminarios, que realmente sean verdaderos seminarios, que no desmienta lo que tienen de semilla sembrada. Seminarios sostenidos con rigor, el tiempo necesario. El tercer pie del tríptico, jugado en el abanico que va desde el polo del control de análisis, donde se aprende lo que no hay que hacer tanto como gravamen o como abstinencia; y el polo de la supervisión donde sí hay indicaciones experimentadas, sugiriendo qué hacer, qué leer y de paso el estímulo a escribir como un momento privilegiado de la clínica, no necesariamente con destino a edición, pero sin descartar esa posibilidad si es que el texto lo merece.

Es claro que hoy no pensaría en una concordancia institucional de las tres operaciones. Tampoco sería afín a pensar en un analista formalmente didáctico aunque no descartaría los efectos didácticos de un análisis que aprende de sí mismo y de otros.

Es obvio que lo que voy diciendo tiene como telón de fondo y además telón de boca de escenario, el proceso perelaborativo donde es posible ese saber de sí y de otros. Un saber que no descarta el saber diferente, el saber inaugural donde la curiosidad hace el camino.

Si he sugerido desde lo anterior –esto también responde a una pregunta del cuestionario- que sigo acreditando en la institución virtual, la pregunta alude a “institución abierta”, no es sólo por la renuencia -a salir de la APA con Documento- a volver a institucionalizarme psicoanalíticamente, es porque en general desde mi propia experiencia con las instituciones psicoanalíticas, ya que suelo trabajar con ellas, advierto que la funcionalidad perelaborativa suele estar más presente en los diversos dispositivos de trabajo que en el cotidiano institucional psicoanalítico. Por supuesto esto no siempre ocurre así, pero las vicisitudes de la práctica institucional muchas veces muestra que esa práctica desmiente lo que en la palabra teórica se afirma.

Debo admitir que hasta que me fui de la APA, el trabajo en ella; también en el hospital, primero trabajando en y luego trabajando con el hospital; en la Universidad sobre todo en mis períodos de docente, y en la Biblioteca Nacional donde me refugié provechosamente como estudiante. Biblioteca que habría de resultarme un recinto fausticamente perelaborativo, incrementando mi curiosidad por leer mucho más allá de mis obligaciones de grado; solía decir en chanza y luego advertirlo en serio, que estaba haciendo –además del grado médico- un abarcativo postgrado cultural.

Todas estas instituciones y sobre todo la propia práctica clínica psicoanalítica y la escritura, cuando a ella me dedico, forman parte privilegiada de esta capacitación a la que no renunciaría en ese hipotético caso de volver a reiniciarla.

Dejo para el final lo que encuentro como un esencial punto de partida, en cuanto a la capacitación psicoanalítica. Me refiero a aquello que suelo denominar acontecer freudiano. Fue Freud quien lo inauguró, por él habrá de pasar todo aquel que pretenda advenir psicoanalista. Me explico. Al morírsele el padre a Freud se acrecentaron sus sueños elaborativos. En parte esto es causa de su auto análisis- personalmente prefiero llamarlo propio análisis; una manera de alejar los redondeles auto eróticos. Ya había leído a Sófocles y estaba particularmente impactado por la tragedia de Edipo. Fue esto lo que le prestó restos diurnos para ir diseñando sus primeras, aun no satisfactorias, interpretaciones de sus sueños. El historial de ese propio análisis está entretejido con “El libro de los sueños” y otros trabajos de esa época. Los sueños y los restos diurnos, no sólo Edipo, le permitieron conceptualizar el complejo básico, junto a otros precarios primeros ladrillos metapsicológicos; un reflejo de ese otro escenario de lo inconsciente. Ese lo inconsciente era el estatuto, hasta ese momento del milenario continente oculto, objeto de la preocupada atención de dramaturgos, poetas, filósofos -aunque se enoje Freud-, pensadores, omnirólogos y atormentados nosográficamente. Esos precarios avances metapsicológicos donde lo inconsciente iba haciendo psicoanálisis, que a su vez vuelto sobre el origen del mismo, abrieron un nuevo estatuto, el inconsciente freudiano, freudiano sólo para el vienés y con el propio nombre, aunque no hay nombre para el inconsciente, de todo aquel que haya atravesado por ese acontecer. Sin ese acontecer, de hecho perelaborativo, no hay capacitación psicoanalítica; ahí comienza tal posibilidad. Ese acontecer cuando acontece –valga la redundancia- dentro de un dispositivo psicoanalítico de neurosis de transferencia, se acrecienta en los otros dos que completan el tríptico.

No lo dijo literalmente Pichon Rivière, pero el acontecer freudiano que inauguró el vienés -lo pienso yo-, se corresponde con algo que decía el argentino cuando humorísticamente proponía que un psicoanálisis básico, a la manera de lo que se espera de quien aprende un idioma. Si este aprendiz, munido de ese saber esencial transita por un cotidiano que hable ese básico, la calle acrecienta el idioma; acrecienta el acontecer. Tal vez sea por esta razón que a veces resulto un psicoanalista bastante callejero.

 
Articulo publicado en
Abril / 2003

Boletín Topía