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Preferiría no

 

Escriturar Trieste

La escritura siempre me ha resultado un acto de imperiosa intimidad. Hoy encuentro que es todo un acto político poder compartir intimidades; heme aquí pues, en un arrebato, intentando curarme políticamente. De otro modo: ¿por qué una publicación?    Se escribe siempre, dice Deleuze (1996), para dar vida y liberarla allí donde está cautiva. Hoy escribo para vivificar algo de esta fuga todavía muy enmarañada que fue Trieste; que trae afectaciones, sensiblerías a las que siempre con vergüenza intento dar lugar; porque la fuga es también en relación a la Academia y su Saber; a aquello que nobleza obliga escribir. Un palabreo entonces. De Trieste, de vidas y vidas ahí, que se habían dejado seducir y transformar en lo privado y en lo público, ante todo por una nueva relación a la locura. Escribe Cooper (1974) que en realidad el campo de la definición de la salud y la locura es tan confuso que quienes se aventuran a descubrirlo son uniformemente horrorizados. Ahora quizás sea cierto que nadie puede empezar a pensar, a sentir, a actuar, si no es partiendo del punto inicial de su propia alienación (Laing, 1967). Así que aquí vamos, desde la propia.

El viaje

Viajar ante todo es una desposesión. Con el ser a espaldas, uno tendería a pensar que es aquello que piensa, que habla y torpe para hablar la lengua, muy después entiendo que no. Que es una desposesión que despoja también al otro y muy a la par. Se inventan formas de acercarse, se inventan gentilezas. Se inventa el encuentro en los agujeros del malentendido. Escuchaba sin entender y torpe, insisto, para hablar la lengua, recibía sin embargo ternuras y rechazos, recibía afectos y pienso: tiene por fuerza que haber una clínica del afecto.

La hospitalidad. Algo a su propósito sitúa Derrida (1997): se ofrece o no se ofrece a lo otro, al otro, a lo extranjero. Y frente a esa suerte de tesis que propone que el lenguaje es hospitalidad (Lévinas, 1997), se pregunta Derrida (1997) si la hospitalidad absoluta, incondicional no consiste sino en una suerte de suspensión del lenguaje: “¿no hay que someter además a una especie de reserva la tentación de preguntar al otro quién es, cuál es su nombre, de dónde viene, preguntas que anuncian otras tantas condiciones requeridas, límites por lo tanto a una hospitalidad así constreñida y confinada en un derecho y un deber?” (Derrida, 1997, p.133). Yo, estando, pensaba viscosamente en esta cosa del afecto, pensaba en mí, pensaba en mis amigos, pensaba en mis pacientes.

Primer día, ya allá: sola; pensaba cuán cómodo sería que alguien se acercara, que hablara y se animara a no entender; pensaba porque no podía vérmelas con ese derecho y deber. Y porque no podía leía, y como no podía… escribía.

Pero de imposibilidades no desprenden preferencias, y empecé entonces a escribir el valor de Dejarse estar. Dejarse estar como concepto, estar con Kusch (1991). Sobre un ser extranjera y en ese marco de extranjeridad, intentaba recuperar entonces su esfuerzo por cernir lo propio de nuestro suelo americano: en detrimento del ser, algo a su respecto ubica en ese estar, estar ahí, dejarse estar. Escribía un poco a propósito de esta idea mientras agregaba un dejarse estar, cómodamente, en otros y con otros. Me preguntaba y respondía a la par si no era Locura no poder dejarse estar con otros.

Luego hay fuerzas. Hay las fuerzas ahí, actuantes, en relación. De manera que mientras escribía, leía otro tanto. Leía Rotelli (2006) en un italiano incomprensible más allá de la lengua, y leía lo que por entonces comenzaría a ser la lente desde la cual mi paso por Trieste terminaría en alguna medida por ser marcado. Primer día.

Se puede imaginar, dice, que la Salud Mental está ahí donde un sujeto puede existir con otros. (Rotelli, 2006, p. 94) Lo escribe, así, como al pasar, como quien arma rodeos para arribar a alguna otra cosa; lo cierto es que reclinada ahí, en la belleza de esa idea de salud, de ese rodeo que hizo máquina en tanto es del emplazamiento que algo puede producirse, armé un Trieste posible. Concepto, antes y después. En verdad en cualquier blablá uno puede hallar concepto si se trata, como propone Deleuze (1993) de un centro de vibraciones que no se corresponde con la realidad pero que permite, sin embargo, que de alguna forma la oigamos. Y creo que es concepto si la lectura produce quiebre, si la propuesta afecta, si la conmoción del cuerpo siempre brujula; si fue para mí más que resonancia, otro de estos tales encuentros amorosos que marcan compás. Pero el intento no es sin esa culpabilidad originaria de la interpretación (Grüner, 2013): ya ahí la práctica como instituido, genealogizar creativamente, dar sentido, uno propio y como extranjera, en todo caso, portar la pregunta.

 Muy a posteriori de ese estar primero encuentro en esta aproximación a pensar la salud mental un armado de prácticas coherente con un sentido posible, en el que la forma de pensar y hacer con la locura toma una textura muy particular. Algunas coordenadas, pues.

Una responsabilidad sobre el armado del lazo

En Trieste la invitación al lazo es permanente. Aquí y allá, por todos lados y a toda hora hay armados grupales, de encuentro, conversación, debate, disfrute, pensamiento; como si fuera de suyo, como si el encuentro se justificara en sí mismo por fuera de cualquier pertinencia casuística. Y una lógica del caso sostiene un singular con el que barre una salud allí donde la existencia es con otros. Salud no en tal o cual como perteneciendo en rigor y en propiedad al sujeto, más bien allí. Allí donde.

Comienzo así a encontrar encuentros por doquier. Muy anecdóticamente traigo una escena de la que desprenden mis ganas de hacer hablar un pensamiento. Alguna mañana de trabajo transcurría un poco de esta forma, yendo casa por casa con una operadora a buscar usuarios para ir al centro. No decía mucho, la esperaban; y sin demasiada explicación soltaba un “¡Vamos, que es carnaval!”. Entre tanto alguno se sacaba el pijama, alguna se duchaba, alguno resistía, finalmente todos venían.  Primera toma de Trieste entonces: toma de responsabilidad sobre el armado del lazo.

Si se dice que Colón más que América descubrió Europa, hay detalles que descubren Buenos Aires y hay detalles que preguntan por nuestro quehacer en relación a esa soledad arrasadora que tan frecuentemente nos traen los pacientes, que luego y muy a menudo trasunta en “transferencia masiva”, mientras dicen que están solos, enloquecen cuando están solos. Quizás la propuesta del escrito comience por ser en los términos de un instante de rechazo a la teoría del sujeto para dar paso al análisis de las relaciones sociales. Porque con el loco acontece una suerte de subjetivismo sociológico radical que muy a menudo lo hace responsable, estructuralmente, de la fisura del lazo. Sin embargo cada intento de aventurarse a dislocar este subjetivismo, descubre al menos una dimensión de coyuntura.

Foucault es uno de esos tantos que intenta poner en discusión el sujeto para afirmar casi directamente que no lo hay. Que si hay la producción de subjetividad es bien porque no hay sujeto per se. Escribe Deleuze (2008): “el principio general de Foucault es el siguiente: toda forma es un compuesto de relaciones de fuerza. Dadas unas fuerzas, hay que preguntarse en primer lugar con qué fuerzas del afuera esas fuerzas entran en relación y luego, qué forma deriva de ellas” (Deleuze, 2008, p.159). No hay mucho de lo nuevo en considerar que las condiciones sociales operan en la producción de malestar; que en todo caso, son también las condiciones sociales las que arrastran una historia de fisura del lazo. Pero el sujeto…el sujeto siempre retorna.

De una existencia con otros, entonces, desprende un foco ahora a propósito de la relación como aquello que primeramente no es la cosa si no que ocurre y ocurre entre. Primera disolución del sujeto loco en un pasaje Del ente al entre.

Cuando Melville (2008) introduce a Bartleby en su novela, aparece una figura como incurablemente solitaria. Se trata de un oficinista que ante cada pedido de su entorno aparece en uno y el mismo decir: “preferiría no”. Una y otra vez y otra vez hasta llevarlo al absurdo, de Bartleby sabemos que preferiría no y sin embargo sólo a través de la lente de su jefe. Y es que es cierto, hay también los imposibles estructurales que obturan el acceso directo al otro. ¿Entonces? Por lo pronto hay ficciones y ficciones; y hay aquellas que tienen un decisivo efecto material. La figura de Bartleby interroga; su fórmula enloquece quizás porque dice lo que dice, y no otra cosa que lo que dice, a tal punto que gira la lengua de su entorno. Extranjeriza su lengua y deviene el relato del enloquecimiento de un mundo que sólo intenta hacer que diga algo más que lo que dice: preferiría no. Uno podría entonces hacer lecturas y hacer de la obra contenido: ¿Se trata de una negación del mundo y el sentido; se trata de una afirmación en uno personal propio? ¿Bartleby sufría, gozaba? Escribe que no es “un caso particular” (Melville, 2008), como si advirtiera esos intentos nuestros por hacer de la obra un caso. Bartleby ha sido así un psicótico, un demente, portavoz del vacío existencial de un mundo vacío, ha sido un loco, un esquizofrénico, un psicópata. Entre tanto algunos otros comenzaron a enfocar el entre su jefe y sus insólitos arrebatos frente a Bartleby. Algunos otros comenzamos a preferir algo antes que morir, inventar una existencia de la cual poder gozar. Y eso es algo que producir. Entre. Entre Bartleby y su jefe, siempre entre. La locura y la Salud son siempre entre.

Nancy (2001) propone algo así como que dos no hacen uno y no hay, insiste, relación sexual. Pero hay sí dos empujones, dos impulsos, una pareja de fuerzas cuyo juego es necesario para poner en marcha la maquinaria. “jamás un soporte, como mucho un transporte: la relación se soporta con su sólo transporte” (Nancy, 2001, p.31). Nunca leí Spinoza pero Spinoza circula. Se dice que escribió algo así como que todo buen encuentro aumenta la potencia. Y el pasaje de la carencia a la potencia requiere cierto agenciamiento; producción de mapas y transportes. Trieste, a mi parecer, discurre por los intentos de un armado de mapas y transportes.

De extranjeridad y locura pues. ¿Debemos entonces girar la lengua? ¿Debemos, se pregunta Derrida (1997), exigir al extranjero comprendernos, hablar nuestra lengua a fin de acogerlo? ¿Hospitalidad absoluta, sujeta al derecho y deber? ¿Cuál, allí, nuestra posición ya como oyentes, analistas, agentes de salud, terceros de apelación? Sobre una tensión por lo pronto irreductible y sobre el marco de poner en marcha una maquinaria se apuntala otra discusión.

La Enfermedad.

Hay un primer pasaje-puente de pensar la locura como enfermedad, a pensar la locura como existencia sufriente en relación al cuerpo social. El método Basagliano quizás se funde en esta premisa. De allí un podría preguntar los anclajes políticos y filosóficos de una política sanitaria. Aquí me animaría a inventarme una propuesta: pensar la enfermedad en clave de producción de faltantes de salud. Cambia direcciones e instala la pregunta por los agentes de una producción.

Se dice que entre Laing y su imperativo de liberar pacientes, pasaban cosas. Mary Barner pintaba y terminó de hecho siendo una importante pintora. Pero Mary comenzó pintando en las paredes del hospital en Londres y con sus propios excrementos hasta que bueno, de acuerdo a lo esperable comenzó el problema. Ingresa Laing y señala: faltan tonos de marrón. Efectivamente era un problema que faltaran tonos de marrón y para que Mary desarrollara su potencia había que obtener nuevos tonos;  tal ahí el problema.

 Es cierto que es un poco una retórica valerse de un paroxismo para sostener tendenciosamente una discusión sobre cuestiones un poco menos claras, pero quisiera extraer la intervención para pensar si se produce allí Salud. Si sirve, (y el concepto sirve o no sirve) pensar la enfermedad en los términos de la producción.

Trabajo y locura

 A menudo la articulación hace ruido ante todo quizás por una historia: tratamiento moral, ergoterapia, terapia ocupacional, trabajo protegido. (Evaristo, 2000) Se dice, también a menudo y me disculparán mis vicios hospitalarios, que tal o cual no puede sostener un trabajo y nosotros, profesionales de la salud, no ponemos a funcionar al loco dentro de un sistema opresor por antonomasia. Se dice muy poco su inverso. Que de la misma forma que el lazo no puede sostener la locura, y que cuando puede el entre se modifica; el trabajo no puede sostener la locura. Y el trabajo, cierto trabajo, no puede sostener la locura. Sé, por lo menos y de fuente directa, que no la mía. Hay una distancia entre pensar en poner a funcionar-producir al loco, y pensar que el sistema social sustrae posibilidad de inserción en un marco de derecho. Desde esa diferencia como punto de partida, algunas cosas en Trieste, una hiancia para hacer que creo ha construido existencias de las que cada quien pudo comenzar a gozar un poco más.

En el año 1973, Basaglia junto a su equipo de trabajo, dieron nacimiento a la primera cooperativa de trabajo –Cooperativa Lavoratori Uniti-  cuyos socios eran tanto pacientes psiquiátricos como trabajadores con contrato sindical, en un intento por superar según leo, algo de las concesiones y pasivizaciones propias que marcan la historia de la alianza trabajo-locura. Desde entonces, la presencia en Trieste de armados de tipo cooperativistas es monumental. Con un simbólico aún mayor en el punto en que parte del predio destinado primeramente al manicomio, se ha transformado en sede de trabajo cooperativista. Es imaginar un Borda, un Moyano, transformados en esta clave.

Buena parte de mi tránsito por Trieste estuvo un poco en relación a pensar el trabajo. De la base cooperativista como forma privilegiada de rehabilitación y emancipación, hasta el proyecto de Borsa Lavoro como tiempo necesario en los términos de la inclusión al mundo del mercado. Junto con una operadora del Centro de Salud manteníamos… entrevistas, por decirlo de alguna forma. Nos conocíamos con los usuarios que decían ganas de trabajar y de ahí en más se trataba de recorrer la ciudad buscando puntos de trabajo posible. Había también un trabajo paralelo que intentaba saber cómo iba la cosa cuando ya ingresaban al mundo del trabajo para mediar, apuntalar, prestar apoyo. Y en ese sentido, aquí y allá posibilidades concretas para que cada quien encuentre  su camino para ejercer derecho, veremos, entre otras cosas. El puesto de trabajo dentro de la Borsa Lavoro, se busca y garantiza en articulación a redes y territorios por fuera del ámbito de la Salud Mental pero el puesto de trabajo es, además, financiado por Salud.

Por supuesto que en lo fino, de ahí en adelante, podemos aproximarnos críticamente a la propuesta y sin embargo por hoy preferiría no. Porque en lo grande, ante todo, me parece que es una política de Salud que politiza y que interlocuta la idea de pensar modos concretos en que producir salud. Porque si el mercado ciertamente produce exclusión, produce también algunas otras cosas para las que basta mirarnos: encuentro, lazo, intercambio. Produce además, un arte de hacer (De Certeau, 1996)

El estudio antropológico me permite pensar alguna otra a su respecto. Porque sobre un fondo organizado en términos de vigilancia, producción y disciplinamiento de los cuerpos, De Certeau (1996) muestra un espacio de indisciplina obrera en las “maneras de hacer” suyas (De Certeau, 1996) Si es cierto que por todos lados se extiende y se precisa la cuadrícula de la “vigilancia”, resulta tanto más urgente señalar cómo una sociedad entera no se reduce a ella; qué procedimientos populares (también minúsculos y cotidianos) juegan con los mecanismos de la disciplina (...) en fin, qué maneras de hacer forman la contrapartida, del lado de los consumidores (...) de los procedimientos mudos que organizan el orden sociopolítico”. (De Certeau, 1996, p. 154) Una de esas maneras de hacer ubica, con narraciones de la vida cotidiana, en las prácticas de compensación táctica de salario en asalariados insatisfechos. Uno podría decir muy coloquialmente que la indisciplina traducía una sustracción, claro, pero creo que es también una de esas bellezas a las que hay que hacer hablar y en la que hallar cierta pertinencia: porque los procesos de cambio moleculares son posibles en aquellos espacios en los que se construye lo nuevo o se refuerza la dominación y no hay quizás a la par, proceso de cambio que no se encuentre tomado por las contradicciones propias de una dialéctica liberación-dominación.

Escribe Agamben (2002) que el hombre es un ser vivo que vive en un modo de potencia, que puede tanto lo uno como su contrario, la impotencia. Un ser vivo extrañado de su propia impotencia pierde también y con ella la capacidad de resistir. La separación del hombre de su impotencia cristaliza una operación de poder en la que el trabajo como institución me resulta esencial. De Certeau me permite descompletar a Foucault para empezar a pensar que también en los espacios con aparatología para producir sujeto sujetado, se produce subjetividad deseante.

También aquí vale un cierto pasaje de la falta a la potencia en términos de deseo. Porque una nueva concepción de deseo en tanto producción social reclama el armado de cartografías y mapas en los que un deseo se produzca. Y si es el poder el que codifica el deseo, no toda codificación es en sí cosificante. La producción de nuevas subjetividades requiere, en este marco de pensamiento, de nuevas prácticas obligadamente. Una conciencia desmanicomializante no puede ser sin tales prácticas. De allí que tomo partido por una política sanitaria que hace con la opresión en la medida en que ante todo la pone en movimiento. Si se trata de sostener una crítica al concepto de identidad desde el sujeto vale también para la institución.

Ahora, de una Salud con otros y una enfermedad como producción de faltantes de salud con apuesta al trabajo como mediador esencial, llegando al final se impone Freud anticipando una salud ahí, en cierta recuperación de la capacidad de amar y trabajar. Digamos mejor… de crear.

Un entonces que no concluya

En Trieste vi luchar a un equipo durante dos meses para que un usuario fuera a la cárcel y no al hospital psiquiátrico judicial. Escuché los gritos de un operador que ordenaba silencio sin concesión cada vez que una lobotomizada del ex manicomio empezaba a gritar, con su boca babeante. Ordenaba silencio recordándole que ya no estaba en el manicomio. Vi cerrar, directamente, contratos laborales de borsistas por incumplimiento; vi enfrentamiento y lucha entre operadores y usuarios. Pienso: nada es a quien nada se pide.

Confío en que no es absolutamente necesario que un escribiente esté en acuerdo con su escrito. Pero pensar siempre es pensarse y para presentar un escrito uno tiene que buscar ciertos amarres que no resuelven y todavía sin embargo, con algo de suerte, subjetivan. Y no resuelven porque entre Derrida y una hospitalidad que no pide sino que ofrece y esa casi fórmula que dice que nadie es sin una demanda que humanice; resta una muy vacilante y movediza posición en el marco de una y otra forma de dos hospitalidades sobre las que cristaliza una pervertibilidad irreductible (Derrida, 1997) tensión.

La contrapartida necesaria de inventar salud es, de alguna forma, la puesta en paréntesis de la enfermedad. La arquitectura que construye afiliación se me aparece en los términos de un movimiento de disolución de la enfermedad mental en la locura y  disolución de la locura en el cuerpo social. Que despejando el estigma y el signo, la locura comienza a circular ya diluida en su sentido históricamente coagulado; que no es parte de aquello deliberadamente a ocultar cuando todos sabemos que jugamos roles, que hacemos con lo propio, con el lenguaje, con lo imposible.

Hay combates en relación a la locura y ese combate ideológico por el sentido importa si las subjetividades se redefinen en los avatares de la lucha por la hegemonía del sentido. Comencemos por sustraer consenso a legitimaciones hegemónicas que armonizan con la dominación, en beneficio de la producción de nuevas simbolicidades (Gruner, 2013) para las prácticas sociales. Comencemos, pues, por destotalizar los regímenes de verdad. De allí que toda clínica sea a mi gusto institucional. Transversalidad y análisis de la implicación (Lourau, 2010) para matar sentidos, martillar pedazos de sí. En Trieste pasó algo. Mapas y transportes se unieron para que aconteciera un cambio radical. Me decía mi tutor tristino: al fin y al cabo no importa si funciona o no; lo importante es si hay alguien que cree. Confío, realmente confío en que las fugas son posibles si hay alguien que cree.  Trieste descubrió Buenos Aires y descubrió, así, que nosotros todavía no tendremos mapa, pero que tenemos fugas… tenemos fugas.

 

Bibliografía de consulta

Agamben, G. (2010): Estado de Excepción. Buenos Aires, Adriana Hidalgo Ed.

(2002): Homo Sacer 1. El poder soberano y la nuda vida. Madrid, Editora Nacional.

Bleger, J. (1966): Psicohigiene y psicología institucional. Buenos Aires, Paidós.

Cooper, D. (1974): Psiquiatría y Antipsiquiatría. Buenos Aires, Paidós.

De Certeau, M. (1996): La invención de lo cotidiano. Artes de Hacer. Volumen 1.

Deleuze, G. (2008): Foucault. Buenos Aires, Paidós.

                    (1996): Mil Mesetas (Capitalismo y Esquizofrenia). Madrid, Paidós.

            Deleuze, G.; Guattari, F. (1993): ¿Qué es la filosofía? Barcelona, Anagrama

Derrida, J. (1997): La hospitalidad. Buenos Aires, Ediciones de la Flor.

Foucault, M. (2013): Nietzsche, Freud, Marx. Buenos Aires, El grifo.

                      (1996): Hermenéutica del Sujeto. Buenos Aires, Altamira.

Grüner, E. (2013): Foucault: una política de la interpretación. En Nietzsche, Freud, Marx. Buenos Aires, El grifo.

Guattari, F. (1996): Caosmosis. Buenos Aires, Manantial

 Kusch, R. (1991): Esbozo de una antropología filosófica americana. Buenos Aires, Castañeda.

 Laing, R. (1967): “La política de la Experiencia”. En: http://es.scribd.com/doc/129442962/62239118-La-Politica-de-La-Experiencia-Ronald-Laing-1967

Melville, H. (2008): Bartleby. Rosario, Serapi.

Nancy, J-L. (2001): El “hay” de la Relación Sexual. Madrid, Síntesis.

Rotelli, F. (2006): ché cos´e la salute mentale?. Inédito.

 

 

 

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Articulo publicado en
Febrero / 2017

Boletín Topía