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Vivir con Alzheimer

 

1-INTRODUCCIÓN

Con el presente relato pretendo –humildemente- contar la historia de una persona amada, la que padece la enfermedad de Alzheimer en su fase terminal. Pero, para no faltar a la verdad debo decir que tanto Mabel -la protagonista principal- como yo padecemos en simultáneo esa maldita enfermedad, ella como portadora y yo como el continente de sus sufrimientos y pesares que, obviamente, también son mis sufrimientos y pesares.

Asimismo, con este relato deseo acercar una luz de esperanza para quienes transitan por un sendero -semejante al nuestro- de desdichas, las que nos suceden a diario. Esto es debido a que, por casualidad, hemos encontrado -junto a nuestro médico de cabecera y amigo, el Dr. Ricardo Mileo Vaglio- de una droga que poco a poco y paso a paso va revirtiendo el proceso de la enfermedad.

Dentro de las posibilidades que me ofrece mi escasa y endeble memoria –que también sufre los avatares del envejecimiento- voy a intentar describir el desarrollo de la enfermedad que sufre mi compañera de aventuras y desventuras, de alegrías y tristezas en el devenir de la vida. Por lo tanto solicito a quienes dediquen unos minutos a leer esto que se sepan disculpar los “baches” históricos -en términos de la cronología en que se sucederá el relato- que se producirán a lo largo de esta narración.

Asimismo no se me escapa que algún lector encontrará al texto como melodramático, quizás sea así, pero esa no fue mi intención, sólo intenté demostrar como las manifestaciones de cariño y amor pueden tener un pequeño efecto terapéutico en ambas partes de la pareja que ha caído en esta desgracia.

 

 

2-LOS PRIMEROS SÍNTOMAS

Hace algo más de diez años -estoy escribiendo a finales de 2015- que mi compañera Mabel -que hoy lleva cuarenta años estando junto a mi lado- y que actualmente tiene 75 años, comenzó a tener algunos síntomas que en su momento consideré como “raros”, tales como la pérdida de objetos en la casa, en especial del dinero que llevaba consigo, como asimismo se producían modificaciones sorpresivas de su humor que, cabe anotar, no siempre fue constante.

Pero, como un auténtico psicólogo inútil que soy, sólo atine a pensar que aquello era fruto de su habitual falta de concentración para atender las vicisitudes cotidianas y rutinarias de la vida en familia.

Sin embargo Mabel era consciente del deterioro progresivo que venía sufriendo, quizás esta fuese una de las causas de sus cambios de humor, particularmente conmigo y con su nieto al cual -teniendo solamente doce años- en una oportunidad lo echó de la casa debido a que el pibe no le hacía caso a sus órdenes.

Debo hacer notar que Mabel es Doctora en Psicología y que para el momento que relato ya estaba jubilada de la Universidad, como así también de otro cargo docente que tenía en la Provincia de San Luis. Lo de la jubilación no le cayó nada bien y constantemente repetía una frase: “Allá en el Instituto”. Esto ocurría en cualquier circunstancia y lugar, dejando atónitos a sus oyentes dado que la misma no tenía que ver con lo que se conversaba.

La jubilación que le pagaban era la minina, cuando ella había tenido en sus últimos cargos sueldos altos. Entonces, cuando conversábamos sobre el tema ella se quejaba, mientras que yo la apremiaba para que iniciara un juicio a su último empleador, que fue el Gobierno provincial. A esto respondía sistemáticamente que no deseaba hacerlo y cerraba de modo tajante la conversación.

Tres o cuatro años más tarde Mabel dio inicio a un período sostenido y muy prolongado de manifestaciones depresivas, que se expresaban quedándose en la cama acurrucada sobre sí misma -en posición fetal- y solamente se levantaba para ir al baño a hacer sus necesidades. En aquella situación lo único a lo que yo atinaba era a intentar abrazarla pidiéndole que por favor se levantara a comer, pero me echaba de su lado con pocas palabras y, a veces hasta agresivamente.

Con más ruegos seguía insistiéndole con mis pedidos para que se levante, hasta que entrado al segundo o tercer día aceptaba, por fin, levantarse e ir a comer alguna comida que hubiese preparado para el almuerzo Susana. Ahora sé que tal estado depresivo puede ser un pródromo del Alzheimer o aparecer en simultáneo con el cuadro.

En este punto debo hacer notar que Susana Benítez es una persona que trabaja con nosotros hace algo más de diez años y que conoce perfectamente bien la dinámica de la casa, ya que ella fue y es un miembro más de nuestra pequeña familia. Fue precisamente con Susana con la que Mabel tuvo su primer episodio notable de la enfermedad. Una mañana me llama a la Facultad diciendo que le faltaban 700 pesos y sostenía que Susana se los robó. Le pedí que se calmara y que ya iba para la casa, cuando llegué Susana lloraba y, luego de calmarla, fui al dormitorio nuestro. Mabel estaba desencajada de bronca y me puse a revisar sus cajones, en el segundo estaba el dinero y Mabel salió a pedirle disculpas a Susana.

Pero volvamos a la situación del cuadro depresivo de Mabel. Con más ruegos todavía le pedía que fuera a ver a la psicóloga que la atendió durante varios años -o a cualquier otro psicólogo- y su respuesta era siempre la misma, diciendo algo así como que: “Estoy harta de ir a consultas con psicólogos, me pasé años yendo a tratamientos inacabables, esa gente ya me tiene podrida”.

A todo esto, Mabel frecuentemente no podía finalizar una frase que había comenzado, entonces iniciaba a balbucear o, lo que es peor sintomatológicamente, pronunciaba sílabas incoherentes con las que pretendía formar una palabra, hasta que se callaba.

Luego de estas reiteradas negativas busqué la consulta con un psiquíatra, pero ninguno de los que había por entonces en la ciudad atendía urgencias, así que resolví sacar turno con uno de ellos para treinta días más tarde. Coincidió en que para la fecha del turno yo estaba internado por una deshidratación en un sanatorio local y, entonces, la llevó el hijo de ella -Raúl Andrés- quien quedó esperando su salida con el auto a unos pocos metros de la clínica. Cuando Mabel salió -sin mirar- tomó rumbo en dirección contraria a donde su hijo había estacionado el auto esperándola adentro y ella se volvió caminando alrededor de unas quince cuadres hasta el Sanatorio en que yo seguía internado.

Al preguntarle cómo le fue con el psiquiatra me dijo que el tipo era un “cabrón de mierda”, ya que lo único que hizo en la consulta fue tomarle los datos personales y derivarla a una psicóloga... que, casualmente, es su mujer y a la que conocíamos, ya que fue alumna nuestra en la Facultad.

Tras esta breve charla me pidió dinero y como le dije que no llevaba efectivo conmigo me pidió que le diera la tarjeta de débito del Banco -en el que ella tenía cuenta- por las dudas que en el cajero del Nación no tuvieran. Se fue a buscar un cajero céntrico, pese a que insistentemente le manifesté que enfrente del Sanatorio existe un cajero automático. Resultado de aquella excursión: la máquina le “tragó” la tarjeta de ella y también la mía, afortunadamente yo me guardé otra tarjeta sin decírselo.

Días más tarde me confesó que antes ya un cajero automático le habían “tragado” la otra tarjeta, la del Banco en el que ella cobra la jubilación.

Pero con esto no finalizaron sus aventuras bancarias y así fue que no quiso volver a tener su tarjeta de débito perdida. Esto fue ya que no podía recordar el código alfanumérico y entonces dijo que iba a retirar su dinero directamente al interior del Banco Nación. Esto hizo y la primera vez que fue al Banco -aunque le di dinero antes de salir de casa- y pretendió extraer por ventanilla veinte mil pesos. Alertado por el cajero uno de los gerentes -muy amigo, Miguel- me llamó por teléfono avisándome de la situación y requiriendo mi presencia en el Banco cuanto antes. Me fui en taxi y cuando llego al salón encontré a Mabel caminando muy nerviosa y quiso acompañarme a la oficina del contador. Le pedí que no lo hiciera, pero tomándome del brazo fuimos juntos a lo de mi amigo. Este, con rapidez -y luego de los besos amistosos de costumbre- le dijo que ya se había liberado el dinero en la ventanilla y que pasara a retirarlo, en tanto que yo le pedí que luego de hacer el retiro volviera a donde estábamos.

Habiendo quedado a solas con Miguel me explicó que él tenía varios clientes con ese síntoma del Alzheimer -Miguel ya sabía del estado de Mabel- y me dijo que alguna de esos clientes, en una oportunidad, comenzó a repartir los billetes que había cobrado a cualquiera que pasara por la puerta exterior del Banco, es decir, en la calle.

Asimismo, anoto ahora aunque no se corresponda cronológicamente con el desarrollo de la enfermedad, que en una oportunidad Susana me advirtió que encontró en un cajón, entre un montón de pares de medias de Mabel, que ya no usaba, un rollo de dinero: eran diez mil doscientos pesos que -seguramente- habría ido extrayendo de a poco del Banco.

Ahora bien, cuando me dieron el alta de la internación sanatorial tomé la urgente decisión de llevarla a Mendoza a hacer una consulta con un gerontólogo y neurólogo que me atendió personalmente, hacia alrededor de unos ocho años antes. Viajamos junto a un alumno que con gusto se prestó a conducir el auto, ya que yo no me animaba a hacerlo por problemas visuales. Una vez en el consultorio, este médico pasó de inmediato a Mabel con una psicóloga con orientación cognitiva conductual, la que la sometió a diversas pruebas de memoria y luego la devolvió para que el médico continuara con su estudio. Pasado un rato bastante largo él salió a la sala de espera y me preguntó que neurólogo la atendía en San Luis -se conformó con el nombre que le di- y me dijo que el informe final del estudio sobre Mabel me lo enviaría a nuestra casa en alrededor de unos veinte días.

Aquellos veinte días fueron inacabables, de increíble ansiedad, esperando el tan temido informe y viendo como Mabel se iba deteriorando cada vez más. A veces poco a poco y otras veces a pasos agigantados, esto se manifestaba hasta cuando no quería –ni siquiera- salir a festejar el cumpleaños de alguna amiga o, cuando al halar, no encontraba la palabra para continuar con la frase que había empezado. Y al final llegó el muy esperado y tan temido diagnóstico del médico de Mendoza.

El informe fue lapidario en su diagnóstico: Alzheimer. De inmediato fuimos a ver a un neurólogo amigo -el que nombre en Mendoza- quien confirmó el diagnóstico y le recetó una droga que por lo general es usada con otros pacientes y que haría más lento el avance de la enfermedad, aunque debo hacer notar que la droga no dio resultado positivo alguno. La enfermedad continuaba su curso con arranques sorpresivos -y sin motivo alguno que les diera lugar- de explosiones verbales de enojo y hasta de ira contra el que se pusiera a su alcance, sobre todo contra los empleados bancarios porque no hacían lo que ella deseaba que hicieran.

A los pocos días, en un atardecer, ella se sintió muy mal y me dijo, de repente, “estoy loca”. Sin más le pedí que subiera al auto para llevarla hasta el Hospital Escuela de Salud Mental. Pocos días antes un colega habló con la Directora del Hospital, quien había sido alumna de los dos. Ni bien arribamos de inmediato la atendió la psiquiatra que estaba de guardia esa tarde y resolvió su internación por un par de días. Rápidamente llamé por celular a Raúl Andrés para informarle de la novedad y pedirle que me trajera un sándwich para comer esa noche, ya que yo me internaba con ella y a mí no me daban comida.

Pero Mabel no pudo dejar de dar sorpresas y al rato se quiso ir del lugar aduciendo que “esto está lleno de locas” y, no tuve otra cosa que hacer que retornar con ella a casa. Esa noche estuvo por demás dulce, cariñosa y amigable y -con mucha insistencia- repetía que la casa era el mejor lugar para que los dos estuviésemos juntitos, tal como lo hicimos, según dijo, “desde que tengo memoria”.

A los pocos días me dijo que no aguantaba más su estado de malestar y me pidió que fuésemos nuevamente al Hospital. Llegamos a eso de las 9 de la mañana y la psiquiatra me dijo que la iban a someter a unas pruebas y que recién pasado el mediodía terminarían. Le consulté si durante ese tiempo podía ir a la Facultad, ya que debía atender la consulta de unos alumnos. Su respuesta fue afirmativa pidiéndome que volviera a buscarla pasadas las 13 horas.

Así fue que partí a mi trabajo sabiendo que la dejaba en buenas manos. Pero me olvidé de algo importante ¡que el Hospital es de puertas abiertas y no retienen a nadie contra su voluntad!

Una hora después, estando en la oficina, sonó mi celular y era Mabel que me decía asustada que estaba rodeada de árboles y que no sabía para donde rumbear. De inmediato pensé que era un delirio y le dije que lo consultara con algún médico o enfermera del hospital. Grande fue mi sorpresa cuando me dijo que estaba afuera del Hospital y que las callejuelas que lo rodean no la llevaban a parte alguna, quería que la fuese a buscar. Entonces, para no desencontrarnos le pedí que con detenimiento me dijese si en alguna dirección veía una calle por donde pasaban vehículos; luego de unos instantes me dijo que la estaba viendo y le dije que se acercara a ese lugar y que me esperara ahí mismo, pero sin cruzar la ruta que pasa a unos cien metros. Esto se lo indiqué debido a que su cruce es muy peligroso para los peatones.

Dicho esto abandoné rápidamente mis tareas docentes y salí echando diablos en su búsqueda. Pero unos doscientos metros antes de llegar a la ruta peligrosa me encuentro a Mabel que venía caminando muy alegremente hacia el centro de la ciudad y haciéndome señas para que la viera; ella había cruzado la ruta lo más campante y sin cuidado alguno.

No tuve necesidad de preguntarle la razón de porque se fue del Hospital, luego de darme varios besos me dijo que no sabía que hacía en medio de un bosque agregando -radiante como una flor- que aquella había sido una linda aventura, que la había disfrutado.

Pasadas unas semanas -y como la condición mental de Mabel empeoraba a simple vista- resolví llevar a Mabel, siempre con su consentimiento, para una consulta matutina en el ya mencionado Hospital de Salud Mental y, en dicho lugar, tuvo que esperar turno para que la atendiera alguna psiquiatra. La espera la impacientó muchísimo, se levantaba y sentaba de la silla y -a cada rato- repetía el sonsonete de “vamos Angel, vamos a casa, esto está lleno de locos”. Después de una hora larga fue atendida y la psiquiatra le confirmó que la medicación que estaba recibiendo era la correcta para su cuadro. Más, un juicio evaluatorio no me terminaba por conformar, ya que ella continuaba empeorando.

Algunos días más tarde Mabel tuvo un auténtico episodio psicótico. Luego de desayunar le dijo a Susana, más o menos textualmente, “el Angel es el hijo de puta que se cogió a mi mamá y me dejó embarazada”. Con suma rapidez Susana me comunicó “la novedad” que conoció y así fue que me acerqué a preguntarle cómo estaba; a lo cual respondió solamente diciendo que estaba embarazada y ante esto le planteé que era preciso ir a ver un médico obstetra para que nos dijera como estaba y ella me pidió que la llevara a un hospital.

Rápidamente subimos al auto y nos dirigimos al ya mencionado de Salud Mental. Cuando llegamos yo quise bajarme pero ella me dijo que ahí no entraba porque siempre había locos. Retornamos a casa y nunca más volvió a hablar sobre el tema del embarazo.

Confieso que este acontecimiento que acabo de relatar terminó de derrumbarme, aunque como era de esperar no tendría tiempo para permanecer derrumbado, ya que los sucesos extraordinarios se producían y reproducían día tras día sin solución de continuidad.

Debo hacer un alto y aclarar que Mabel nunca tuvo una buena relación con su madre y, más de una vez, exclamaba con mucha rabia algo así como “¡por qué la bruja esa se casó con mi papá!”. La pésima relación era recíproca y Mabel contaba que ella la arrastraba desde su infancia.

De lo que sí fui testigo es de cuando, en 1990, Mabel obtuvo su doctorado y sólo se lo contó a un hermano que vivía junto a la madre. Su hermano Marcelo -un esquizoide que vivía solamente para atender a su mamá- le relató a Mabel que cuando le dijo la buena nueva a la madre aquella solamente expresó: “yo fui doctora mucho antes que Mabel”.

Por otra parte Inés -que así era el nombre de la madre y que Mabel compartía como segundo nombre- nunca perdonó que Mabel se hubiera divorciado de un buen apellido para juntarse con un rastacueros -como era yo- que fue tan caradura que se la había levantado en clase cuando era su alumna en la Facultad.

Al respecto bien valen de ejemplo un par de comentarios anecdóticos. La primera fue un tanto dramática para el orden de la familia de origen de Mabel. A menos de un año de vivir juntos con ella, un grupo combinado de tares del Ejército y de la Policía provincial me secuestró de nuestro hogar y luego me tuvieron detenido unos días en la Jefatura Central de la Policía local. Cuando me dejaron bajo libertad -vigilada- el Rector Interventor de la Universidad de inmediato me comunicó que me dejaba cesante en mi cargo de Profesor Titular, porque en la Universidad no podía haber ex detenidos y mucho menos tipos sospechados de peligrosos subversivos.

Frente a la nueva realidad que vivíamos no tuve otra alternativa, para mantener a mi nueva familia y a los dos hijos de mi matrimonio anterior, que retomar mi antiguo trabajo de vendedor ambulante de libros, con el cual me mantuve para hacer mis estudios universitarios. Aquí no termina la anécdota, en realidad recién empieza. Lo curioso fue que la familia de Mabel nunca la llamó telefónicamente desde la actual CABA preguntándole si el nieto de ellos necesitaba algo... y eso que los abuelos estaban llenos de dinero.

El segundo episodio -tristemente anecdótico- apunta más a ser cómico. Cada vez que nos reuníamos en el coqueto piso que los padres de Mabel tenían en Buenos Aires -con vista a la Plaza Vicente López- Inés esperaba un momento del almuerzo o la cena para preguntarme -en tono sarcástico- si yo no sería judío, haciendo alusión implícita y obvia a mi apellido Kauth. La primera vez que ocurrió Mabel se puso muy incómoda, hasta que yo respondí que sí, que era judío, pero por el Rodriguez y no por el Kauth. Entonces le daba largas explicaciones acerca que los judíos sefaradíes, como lo fueron los Fernández, los Pérez, los González, éramos todos judíos conversos. En esos momentos a Inés le daba un ataque de caspa... su apellido de soltera era González. Esto mismo se produjo varias veces, pero mi doblemente ex suegra no aprendía.

Más, retornemos a la sintomatología de la enfermedad que aquejaba a Mabel. Ella no era una mujer excesivamente celosa, simplemente mantenía los ojos abiertos ante la posibilidad de un desliz mío, del mismo modo que lo hacía yo con ella. Al respecto debo aclarar que en todo el tiempo que hemos estado juntos ninguno de los dos le fue infiel al otro, es que considerábamos que esa era la base de un amor feliz y de una pareja estable.

Sin pretender ser “un para banderas” debo relatar que ambos viajamos juntos por muchos lugares, en particular por Europa. Pero llegó un momento en que a mí me costaba mucho caminar y, menos aún, hacer el infeliz deporte de las largas y agotadoras colas de esperar en los aeropuertos la salida de nuestro avión. Entonces fue que decidimos comenzar a tomar excursiones en barco.

Con el primero en el 2010 recorrimos el sur de Chile y llegamos a conocer nuestras Islas Malvinas y durante el transcurso del viaje no hubo problema alguno. En 2012 -antes de la caída final de Mabel- creí que le iba a gustar -y mejorar- viajar en barco a Venecia, ya que a su padre le había gustado mucho la ciudad de los canales. Debo anotar que la primera vez que fuimos a Venecia lo hicimos en pleno invierno europeo, con unas nevadas horribles y no pudimos disfrutar de la semana que estuvimos allí, ya que la pasamos encerrados dentro del hotel mirando el Gran Canal.

En esta segunda ocasión aprovechamos para viajar durante la primavera nórdica y, como lo hacíamos de costumbre solicitamos que el camarote tuviera las dos camas juntas. De esa forma habíamos dormido siempre, más, grande fue mi sorpresa cuando ni bien entramos al recinto le “ordenó” -estilo que no era apropiado para sus costumbres- al camarero que separase las camas y colocara una a cada lado del camarote, algo que el hombre realizó rápidamente y sin hesitar.

Luego continuó el viaje abordo con normalidad hasta que desembarcamos en Túnez y allí comenzó a criticar a viva voz, frente a los guardias que con cara de pocos amigos, que desde Cartago no dejaban acercarse a la residencia de quien era el Presidente y dictador de la República. Cuando por fin salimos de las ruinas de Cartago nos llevaron a conocer la ciudad árabe y ahí se peleó con un vendedor de alfombras que dijo, a quienes se las quisieran comprar, que los clientes las recibirían en su domicilio sin cargas impositivas. Ella le reprochó que estuviera mintiendo, ya que cuando hacía compras de libros en el exterior tenía que pagar alguna tasa en la Aduana. Ahí no terminaron sus peleas tunecinas ya que a continuación se trenzó con la guía de la excursión debido a que sólo nos llevaba a negocios de parientes. Y el resto del viaje en barco sin problemas, disfrutando juntos una inolvidable -para mí, ella no lo recuerda aun cuando le muestro fotografías- entrada en un puerto de Montenegro.

Los acontecimientos problemáticos se produjeron al regresar desde Roma -en primera clase- y se enojó con la camarera porque no nos sirvieron el desayuno. El personal de cabina tenía razón, ya que habíamos entrado en una zona con unas fuertes turbulencias y era materialmente imposible colocarnos las bandejas para desayunar. Una vez arribados a Ezeiza se le ocurrió asentar una queja sobre lo sucedido y el empleado de la oficina desistió de argumentar en favor de las azafatas, sin dudas que el hombre se dio cuenta que era una persona que no estaba en sus sanos cabales.

Cuando estuvimos en Aeroparque la situación se puso fea porque Mabel se enojó conmigo debido a que discutí en el bus -que lleva al avión para regresar a San Luis- con otro pasajero pero, al final, el vuelo no salió y, hablando en criollo, se enculó conmigo, como si yo fuese el culpable que el avión no hubiera despegado. Por fin aceptó que fuésemos a un hotel a pasar la noche hasta el día siguiente. Cuando anocheció la invité a salir a cenar pero lo rechazó y se fue sola a una pizzería cercana mientras que yo la seguí como un perro faldero y me senté en una mesa cercana a la de ella. Minutos después vino a sentarse a mi mesa y conversamos como si nada hubiera pasado. Y el regreso a casa en ómnibus fue como habían sido en el mejor de los tiempos.

Unos párrafos más arriba hice referencia a los celos normales que Mabel tenía para conmigo. Sin embargo, cuando ella entró aceleradamente en picada hubo un episodio curioso. Una mañana encontró en casa una bolsita de tienda, la que contenía un par de calzas de mujer. Rápidamente le dijo a Susana que descubrió que yo las compré para otra mujer y que con esa tipa la estaba engañando, le metía los cuerpos. Con calma Susana le explicó que las calzas las compró Mabel en el negocio del cual era una clienta habitual y le mostró la marca estampada en la bolsita. Utilizando el buen tino que siempre la ha caracterizado le sugirió que fuera al negocio vendedor para averiguar quién las compró. Eso hizo Mabel y sin titubear partió raudamente para el centro y, un rato más tarde, regresó a casa -con la cola entre las piernas como hacen los perros cuando han hecho una picardía- y, avergonzada, tuvo que reconocer ante Susana que tenía razón, ella las había comprado.

Entre estos episodios, que hoy reconozco como francamente psicóticos, más o menos para 2012, resolví que como Mabel siempre quiso tener un dormitorio con baño y un vestidor, darle esa satisfacción y contraté un arquitecto -con su equipo de albañiles- para aprovechar el fondo de la casa y, a continuación de la misma, hacer aquella construcción. Era la época en que dormía sin parar hasta tres días.

Recuerdo que la obra iba avanzando y el arquitecto tuvo dudas de cómo iba a querer el vestidor y el toilette, en términos de tamaño. Para tal fin convinimos una reunión entre los tres y, llegada la fecha, Mabel dormía como era habitual, como un tronco. Cuando fui al dormitorio a despertarla explicándole la razón por la que debía levantarse y asistir a la reunión me respondió con estas crueles palabras, que aún resuenan en mis oídos, pese a que ella las dijo susurrando mientras dormitaba: “Ese no es mi proyecto”.

De todas formas, Mabel levantada o no, la obra se terminó y -de manera rápida- nos trasladamos hacia nuestro nuevo aposento matrimonial. Al principio Mabel estuvo chocha de feliz porque ahí no se oían ruidos molestos -hice la construcción insonorizada- y porque tenía todas las cosas a su alcance. Pero antes de un mes comenzó a quejarse por la ubicación del baño y la del lavamanos y con ninguna excusa lograba tenerla alegre. Lo único que le daba disfrute era mantener relaciones sexuales conmigo cosa que, por otra parte, siempre nos satisfizo a los dos.

A poco de estar en nuestra casa una mañana fue al baño de adelante y lo cerró con llave lo que no es de extrañar, pero lo peor fue que tiró la misma al suelo y, después de un rato largo, cuando la pudo recoger, no podía embocar al ojo de la cerradura. Con Ricardo Mileo Vaglio la convencimos que la pasara por debajo del quicio de la puerta, lo que pudo hacer luego de media hora larga.

Así llegamos al 4 de enero del 2013, fecha en que íbamos a partir para hacer un viaje de vacaciones en el auto de su hijo y junto a su nieto, rumbo a Puerto Pirámide. Ese era un lugar que le había gustado muchísimo cuando lo visitamos ambos unos años antes. Sin embargo el día 3 a la tarde, llama su hermano Marcelo para avisar que la mamá había fallecido. Mabel recibió la noticia impávida y, luego de cortar la comunicación exclamó sin culpa alguna: “Vieja de mierda, ni cuando me voy de vacaciones me deja tranquila”. Me costó mucha insistencia convencerla que tomásemos un ómnibus en el horario de la noche para de tal manera poder estar al día siguiente en el velatorio y en el sepelio de la madre.

Al final y luego de un largo tironeo de tira y afloje eso hicimos y, al llegar a Buenos Aires, dijo que estaba muerta de sueño y que nos alojásemos en un hotel cercano al domicilio de sus padres. Y desde el hotel esa mañana llamó a sus hermanos para preguntarles dónde y a qué hora sería el velatorio y el sepelio y que entonces iríamos.

Su hermano Alejandro -el que vive en Brasil- le dijo que la estaban velando desde la noche anterior y que para el sepelio se saldría de la cochería a las 16. Con mucho esfuerzo logré que se levantara de la cama a la 15 y, luego de probarse un par de vestidos, y maquillarse con esmero -como era su costumbre- subimos a un taxi para que nos condujera al destino. Llegamos justo cuando estaba saliendo el coche fúnebre y los hermanos nos hicieron señas para que nos pusiéramos en cola y los sigamos hasta el cementerio de la Chacarita.

Ya en el cementerio Mabel no dio la imagen de ser una huérfana entristecida y doliente, más bien era una mujer que no perdía ocasión alguna para saludar con besos y abrazos a todas las amistades de la familia.

Terminada la ceremonia fuimos con sus dos hermanos al departamento paterno y Mabel los sorprendió diciéndoles que en instantes partiríamos para el sur en avión, cuyos pasajes nos había sacado el hijo por Internet. Y eso fue lo que hicimos.

En Pirámide se quejó de las habitaciones del departamento que Raúl Andrés había alquilado y finalizamos saliendo con rumbo al balneario de Las Grutas. Ahí encontramos un hotel con pileta y la pasamos muy bien ya que hasta nos bañamos en la piscina. En el viaje de regreso ella comenzó a impacientarse en el auto, pretendiendo que su hijo acelerara más fuerte, a más velocidad, para que llegáramos más rápido a San Luis.

Aquellas vacaciones no provocaron efectos positivos en la evolución de la enfermedad de Mabel. Más aún, la psiquiatra que la atendía le pidió una resonancia del cerebro. Me pidió que la acompañe a hacerle tomar las imágenes sin reparos. Cuando recogí el informe tuve una sorpresa mayúscula al observar que, en el lóbulo frontal, estaba casi totalmente blanca la imagen.

En agosto de ese año falleció en Buenos Aires su hermano Marcelo de un problema cardiaco, cuando nos avisaron que estaba internado en el Sanatorio Los Arcos fuimos en el avión de la tarde y al entrar al hall se encontró con la señora que lo atendía en la casa y se puso a conversar con ella. Yo me tuve que hacer cargo de reconocerlo en la morgue y contratar el servicio fúnebre para el sepelio. Llegados al cementerio fue la misma actuación histérica que cuando el entierro de la madre, era como que nada hubiese ocurrido.

Para el verano siguiente Raúl Andrés me propuso llevarla consigo de viaje por unos días a la Villa de Merlo, agregando que lo hacía para darme un merecido descanso. Viajaron con su compañera y el hijo de él y se alojaron en un hotel que a Mabel le gustaba mucho, ya que en el mismo los dos pasamos muy lindos momentos unos años antes. A la tarde me comuniqué con Raúl Andrés y me dijo que la madre estaba disfrutando inmersa en la piscina. Contrariamente a lo que me propuso su hijo, yo no estaba muy tranquilo.

Mi intranquilidad se confirmó alrededor de las 10 de la mañana del día siguiente. Entonces me llamó Raúl Andrés para decirme que cuando fue al cuarto que ocupaban Mabel y su hijo descubrió que ella no estaba allí. De inmediato fue adelante a averiguar si la vieron y le contestaron que a las 7 fue a desayunar y que luego pidió un taxi. Raúl Andrés habló con la empresa de taxis y le dijeron que viajó a la Terminal de Ómnibus y él se fue para allá. Le confirmaron que tomó un transporte para San Luis, así que en poco tiempo más estaría de regreso por casa.

Sin saber si salir a buscarla o quedarme a esperarla en casa, opté por esperar un rato, aunque con ansiedad, ya que no tenía idea de si Mabel se había llevado las llaves de la casa. Afortunadamente llegó unos minutos después del llamado con su cara muy sonriente y diciendo que estaba contenta de estar nuevamente a mi lado. ¡Y yo también estaba feliz... que no se hubiera perdido!

A los dos días, después del regresó Raúl Andrés me contó que su hijo había encontrado, en la habitación -tirado- debajo, de una mesita de luz, un rollito conteniendo 700 pesos.

Pese a todos los esfuerzos en contrario que se hicieron por parte de los médicos que la trataban, la situación de Mabel era cada vez peor. Y ahora se la había tomado seriamente conmigo.

Esto ocurría de tal manera que, en más de una oportunidad, en medio de la noche o bien cuando apagábamos el televisor antes de dormir, me echaba de la cama conyugal... y yo terminaba durmiendo en una cama turca que había dejado en el viejo dormitorio. Lo curioso era que a las dos o tres horas ella se acercaba a mi camastro y, muy dulcemente, me reprochaba que la hubiese dejado sola; no tenía ni una pizca de recuerdo de lo ocurrido, que ella me había echado con empujones y yo, obvio era, no se lo iba a recordar ni a reprochar.

Curiosamente, una mañana temprano se acercó por el lado mío de la cama conyugal con evidentes gestos reparadores por lo que había sucedido durante la noche anterior y -con la dulzura habitual en Mabel- me trajo el desayuno, cosa que no es de mi agrado tomarlo en cama. El colmo fue -para mi sorpresa- que se trataba de un plato hondo lleno de café negro. Esto no fue lo más notable, que de por sí lo es servir el café en un plato, sino que lo curioso es que desde que me conoce, sabe que nunca he tomado café... ya que no me gusta.

Y todo esto comenzó a empeorar cuando con sus pequeñas manos intentaba pegarme sin motivo alguno y, lo peor, ya no reconocía ni a su hijo cuando él venía a visitarla, creía que era su hermano Alejandro, que vive en Río de Janeiro. La sumatoria de todas estas cosas -y muchas más- hicieron que buscásemos una internación en una institución de Río Cuarto, la clínica Philippe Pinel.

 

 

3-LA INTERNACIÓN DE MABEL

Debo agregar como dato ilustrativo, que un par de meses antes de su internación le compré un auto nuevecito -que lo puse a su nombre- para ver si con eso obteníamos alguna reacción positiva, pero es obvio que no sirvió para mejorarla. No le interesó el auto.

Así fue que una mañana de mediados de julio de 2014, uno pocos días después de solicitar turno, me llamaron del PAMI para avisarme que hasta las 13 horas de esa jornada le reservaban cama en la clínica, textualmente me dijeron “es una cama caliente”. Entonces salí disparando a buscar a Raúl Andrés para que nos llevara en su auto. Rápidamente Susana le preparó en un bolso una muda de ropa y partimos los tres rumbo a Río Cuarto.

Durante el viaje Mabel lo hizo sola en el asiento posterior y únicamente rompía la monotonía del silencio para preguntarnos en que año había nacido, lo cual repetía insistentemente, era todo lo que dijo en la ruta. Al entrar a la ciudad estaba lloviznando y expresó: “Que lástima la lluvia, Río Cuarto es lindo cuando hay sol. ¡Vengamos mañana!”. Ante esto sólo atinamos a una leve sonrisa y continuamos el viaje hasta la clínica, a la cual arriamos algo después de las 13 y la atendió una doctora de apellido Rodríguez, más el nombre no lo recuerdo.

Con aquella Mabel mantuvo en principio una entrevista personal, pero antes que transcurriera cinco minutos la médica salió al hall y me llamó para que pasara al cuarto a que conversáramos los tres juntos, es decir, me quería presente para corroborar los datos que Mabel le proporcionaba.

Durante la entrevista me senté algo por detrás de Mabel para poder indicar, con mi cabeza, las certezas o errores de sus respuestas. Las contestaciones de Mabel a las requisitorias de la médica me asustaron, no recordaba si sus padres estaban vivos o muertos y afirmaba que el hombre que nos llevó en “un” auto era su hermano Alejandro, el que hace más de treinta años que vive con su familia en Brasil. Cuando le preguntó la edad no supo que responder y me pedía que yo la ayudase y se lo dijera, cosa que no hice diciéndole que le preguntaron a ella. Al ser interrogada por la fecha en que estábamos reunidos se encogió de hombros y dijo que estábamos en febrero, agregando “no ve el calor que está haciendo”, pese a que Mabel llevaba puesto un grueso sacón de lana. Y así continuó cinco minutos más sin embocar acertadamente alguna respuesta y dejando ver, sin máscara alguna, como surgía un delirio tras otro.

Pasado el tiempo mencionada la médica convocó a una enfermera para que acompañe a Mabel -con su bolso- hacia el piso superior, a una sala para internación. ¡Ni siquiera tuve tiempo de darle un beso de despedida!

La médica me solicitó que nos quedásemos a hablar a solas y me dijo que lo que iban a hacerle eran cambios de medicamentos para ver cuales serían sus reacciones y, agregó, que no debíamos ir a visitarla antes de pasados siete días. Ella me dio el número de su celular al cual podía llamarla entre las 11 y las 12 todos los días. Y, antes de finalizar la entrevista y frente a mí requisitoria me dijo que temía que se trataba de una demencia que ya había superado el periodo inicial y, al consultarle acerca del pronóstico me señaló que en principio y a su juicio, el mismo era irreversible.

Tristemente, con el intercambio de muy pocas palabras durante el viaje, regresamos juntos con Raúl Andrés para nuestros domicilios; no teníamos mucho que decirnos más allá de la tristeza que nos embargaba.

Al día siguiente, a las 11 en punto, llamé a la clínica y, la novedad que me dio la psiquiatra Rodriguez, fue que a la noche le pegó con una silla a una enfermera y, como deseaba seguir agrediendo al que se pusiera frente a ella, no tuvieron otra alternativa que “asegurarla” a la cama, lo cual -en buen romance- significaba que la habrían atado y que, seguramente le dieron una alta dosis de calmantes.

Afortunadamente, cuando llamé al día siguiente, me contó que ya la habían “desamarraron” y que estaba dando algunas reacciones a la medicación -no me dijo si positivas o negativas- y que volviera a llamar al día siguiente.

Esas mismas llamadas hice durante todas las mañanas siguientes, a las 11 en punto, hasta que al sexto día me dijo que todavía no era conveniente que fuésemos a visitarla y que esperemos otra semana. Mi angustia crecía sin parar hasta que en la llamada del día catorce la doctora Rodríguez me pidió que fuéramos a buscarla al mediodía siguiente. La máquina de mi Mabelita no funcionaba y me dijo que -sin duda alguna- había entrado en un estado demencial –psicótico- profundo frente al cual las drogas no la podrían sacar y que con psicoterapia era imposible tratarla, ya que no reaccionaba positivamente al estímulo cuando oía las palabras.

Asimismo recalcó que no dejásemos de prever la reserva de tiempo en la clínica, con el objeto de mantener una reunión los tres, junto al asistente social de la institución. Así fue que partimos nuevamente para Río Cuarto y en cuanto llegamos tuvimos la junta prevista los cuatro. La psiquiatra amplió el informe que me había dado telefónicamente y le cedió la palabra al asistente social. Se trataba de un hombre de mediana edad quien nos explicó, insistentemente, que una persona con la enfermedad de Mabel necesariamente debía vivir en un hogar para ancianos. Ante mi fuerte expresión que deseaba tenerla viviendo conmigo él, con mucha serenidad, me volvió a insistir que no era conveniente por los riesgos que correría su salud física. Terminó contando que en estos pacientes son frecuentes las caídas y que además Mabel al deambular por la casa sería posible que, sin intención, abriera una llave de gas. Como el individuo insistía con el tema yo hice como que aceptaba su consejo y nos retiramos a la sala de espera en la cual -desde hacía rato- me aguardaba un íntimo amigo y colega de aquella ciudad.

A poco de estar en la sala de espera apareció una enfermera que acompañaba a Mabel tomada del brazo y en el otro llevaba su bolso de ropa, dejándolas a ambas en medio de la sala. No pude menos que evocar la imagen cinematográfica de una huérfana abandonada en una estación de ferrocarril.

Más allá de esta triste evocación rápidamente nos acercamos a ella y cuando la tuvimos enfrente nuestro nos cortó en seco preguntando: “¿Ustedes que hacen aquí?”. Sin saber que decir sólo atiné a girar un poco la cabeza mientras le decía que nuestro común amigo Danilo estaba en el lugar. Sin titubes Mabel se arrojó al cuello de nuestro amigo diciéndole: “Hola Dani, te presento a mi marido”. El otro se quedó más estupefacto de lo que nosotros estábamos y no tuvimos otra alternativa que saludarnos como si fuésemos desconocidos.

Cuando ya nos íbamos los tres rumbo al automóvil que nos traería de regreso, sorpresivamente me llamaron -y se acercaron hasta nosotros- desde la administración de la clínica con el objeto de devolverme un depósito en efectivo que había hecho al momento de su internación, junto con un reloj y una medalla con cadenita de oro. La primera se la entregaron en la Universidad, cuando cumplió 25 años en la docencia.

 

 

4-EL PRIMER REGRESO A NUESTRA CASA

Y emprendimos junto a Mabel y Raúl Andrés el viaje de retorno a casa, durante el viaje Mabel lo único que hizo fue tomarme firmemente una mano. Una vez frente a nuestro domicilio hubo que ayudarla a bajar, ya que ella no sabía cómo hacerlo. Ya en la vereda caminaba como una zombi, llevada de un brazo por su hijo y del otro por mí.

Adentro pasó al baño y -previamente- tuve el cuidado de retirar las llaves de ambos baños y, luego de cenar frugalmente, quiso ir a dormir. Eso hicimos y se acostó acurrucada debajo de mi brazo derecho, como lo hicimos durante los 39 años previos.

En la mañana siguiente fui a un comercio a comprar una cocina de prendido eléctrico para que no hubiese pérdidas de gas si ella pretendía encender la cocina. Yo quería que ella se quedase conmigo en casa e iba a hacer todo lo posible para lograrlo.

Pese a ello en un par de días comenzaron los problemas que nos anunciaron en la clínica. Una noche, a eso de las cuatro de la madrugad, escuché unos ruidos extraños en la habitación. Al prender la luz vi a Mabel que venía dirigiéndose hacia la cama gateando sobre sus rodillas desde el baño, ocurrió que no se pudo levantar del inodoro, ni tampoco pudo apretar el botón de la mochila. A todo esto Raúl Andrés colocó al lado del inodoro un aparato como el que hay en los baños para discapacitados con el objeto que ella se tomara de aquél adminículo para poder erguirse.

Pero eso fue poco, comparado con lo que vendría después, ya que un par de días más tarde fue en la mañana al baño y se cayó de bruces al piso; yo había salido y ante sus gritos Susana acudió a levantarla, pero no pudo hacerlo y la llevó arrastrando hasta la cama. A todo esto ya se había golpeado varias veces contra las paredes y los muebles. La situación presentada se hacía insostenible para la seguridad de Mabel y con el hijo resolvimos que no había más remedio que hacer lo que nos indicaron en la clínica, es decir, internarla en un geriátrico.

Es así que ambos salimos en busca de alguno en que viésemos que la iban a cuidar como se merecía y que la atenderían bien.

En un principio todos los que vimos nos parecieron denigrantes “aguantaderos de viejos” y, al final de mucho buscar encontramos uno a treinta kilómetros de la ciudad que, a nuestro modesto entender, reunía las condiciones que pretendíamos para la comodidad de Mabel.

Un día después Susana volvió a prepararle el bolso y a la tarde partimos hacia el geriátrico ubicado en un lugar muy tranquilo. Bajó del auto con desconfianza y la acompañamos a través del parque a la residencia. La dueña, viuda de un neurólogo que trabajó en la Facultad conmigo, se esmeró en mostrarle las instalaciones, la habitación que le reservaron y hasta como preparaban la comida en la cocina. Luego de ambular un poco por el lugar tomó su bolso y con insistencia reclamaba salir de ahí. Volvimos a casa donde y nuevamente se puso mimosa, como lo fue siempre. Esa noche fue la última vez que tuvimos relaciones sexuales.

Por fin encontramos un geriátrico a seis cuadras de casa, parecía ser adecuado para ella en el cuidado que brindaban, al menos eso fue lo que me mostraron cuando fui a visitarlo. Con la propietaria del geriátrico, Magdalena, resolvimos llevarla el último día del mes de agosto y, sabedores de las resistencias de Mabel, la mujer me dijo que vendría media hora antes del traslado y le daría “unas gotitas” para tranquilizarla. Así hizo y vino una ambulancia para trasladarla al geriátrico, la colocaron en una silla de ruedas y se la llevaron al vehículo que habían estacionado sobre la vereda del frente y, con Susana, fuimos a la cochera para ver cómo la subían. La despedida fue por demás tétrica, nosotros que la saludábamos con las manos y con lágrimas que derramábamos, mientras que Mabel, sin responder, estaba con una sonrisa inerte en su hermoso y perfecto rostro, sin contestarnos, como si no estuviésemos, como si ya fuésemos cosa de su pasado al que quería ignorar por completo.

 

 

5-MABEL EN EL GERIÁTRICO

Por dos inacabables días no pude ir a visitarla, por consejo de Magdalena, y recién lo hice la tarde en que me lo indicaron. Susana condujo el auto debido a que yo no paraba de llorar a moco tendido, pero traté de recomponerme antes de bajar y dirigirme al lugar en el cual la encontraría.

Al entrar, y pasar más allá del hall, el panorama me asustó. Vi a un montón de viejos sentados en sus sillas de ruedas -no recuerdo cuántos eran- y Mabel estaba sentada, junto a otros ancianos, en rededor de una mesa relativamente grande. Nadie hablaba y sólo un viejito -casi ciego- el que gritaba sonidos inentendibles. Con presteza una de las cuidadoras -Viviana Sosa, la que más tarde cumpliría un papel clave en nuestras vidas- me preguntó si quería que la llevase a un pasillo donde podríamos hablar solos y con comodidad. Eso hicimos y nos alejamos de la otra gente tomándola del hombro. Nos sentamos en un par de sillas en un pasillo y por fin pude darle un casto beso en la boca. Imperativamente al toque me dijo “vamos Angel” y solamente abría la boca para repetir esas dos palabras, las que son un latiguillo constante desde entonces. Mabel tenía la mirada perdida, como si no viese que estaba frente a ella y la situación me puso tan incómodo que a los cinco minutos me fui. Por supuesto que en el auto continué con mi llanto anterior y con el seguí toda la tarde y la noche y la mañana siguiente.

Obvio es que a la tarde siguiente volví a visitarla y así sucesivamente por muchas tardes más. Pero cada día rumiaba más y más en cual sería la posibilidad de traerla conmigo estando ella segura. Recuerdo que una mañana vinieron a visitarme unos alumnos que estaban haciendo su tesis sobre mi supuesta trayectoria académica. ¡Pobrecitos! Huyeron espantados ante mis permanentes recuerdos de Mabel y de cómo quería volver a tenerla en casa.

Una de las evocaciones más tristes de aquel “hogar” completamente triste en el que la internamos fue cuando una tarde me hicieron pasar al comedor -donde estaba la mesa grande- y mi sorpresa fue mayúscula al encontrar a Mabel junto a otras mujeres jugando a los naipes, algo que nunca le había gustado. Lo peor no fue eso, sino que el juego consistía en que cada una de ellas poseía un pedacito muy chico del naipe y lo iban depositando sobre la mesa. Pretendí hacerle una caricia pero me alejó, parecía muy concentrada. Al preguntarle a Viviana a que estaban jugando se encogió de hombros y añadió que era la primera vez que lo jugaban. Viviana era la mujer que con más cuidado y cariño atendía a Mabel y por eso siempre le dejaba propinas.

Hubo un acontecimiento sorprendente en aquel lugar: Mabel nunca tomó mate, pero ahí empezó a tomarlo y lo hizo con mucho gusto, aunque cuando regresó a casa, abandonó la ingesta de la tradicional infusión del Cono Sur.

Un episodio curioso en la evolución de la enfermedad fue que -normalmente- a los cinco minutos de estar con ella me decía que me fuese. Una tarde me hizo señas para que me vaya y con sus escasas palabras y entre balbuceos dijo algo referido al teatro. Me fui y un par de horas después me llamó una amiga de Mabel que a veces la iba a visitar al geriátrico y me contó que a ella también la había echado y pudo entender algo como que iba a ensayar para el teatro.

Y, al igual que Mabel hoy, tampoco quiero traer muchas evocaciones a mi mente. Sólo diré que, en aquel lugar, llegando el verano no había un mísero ventilador, eso sí, en la habitación de adelante tenían un equipo de aire acondicionado para mostrarlo a los futuros clientes, aunque Magdalena nunca lo pusiera en marcha mientras mi compañera estuvo soportando el calor.

A todo esto Mabel cada vez movía peor sus piernas debido a una artrosis deformante de sus rodillas, la que le había tomado los gemelos. El resultado de esta nueva condición fue que la tuvieron que colocar en una silla de ruedas. ¡Justo ella, que tenía las gambas más lindas que he visto!

Hablamos con Raúl Andrés de traerla a casa y estuvo de acuerdo, para hacer eso hubo que hacer una operación especial como era conseguir el personal que la cuidara las 24 horas y realizar unas reformas en la casa. Para lo primero conversamos con Viviana fuera de su lugar de trabajo y nos contó que en el geriátrico ella cobraba 1800 pesos por turnos de hasta 12 horas y que no tenía francos. Si ella conseguía dos personas más para cubrir una jornada de ocho horas yo le iba a pagar el triple de lo que estaba cobrando y, asimismo, se tendría que hacer cargo de la administración del personal que debía ser de confianza de ella, ya que pertenecen al gremio de enfermeras y cuidadoras de ancianos.

Entre tanto con Raúl Andrés nos pusimos a sacar cuentas para ver si era posible bancar la nueva situación y vimos que con mi jubilación y alguna ayuda de él podríamos hacerlo. Para la reforma edilicia convoqué a un albañil amigo -y muy bueno- para que retire la bañadera del baño nuevo, esto con la finalidad de dejar espacio para que la gente que iba a cuidar a Mabel entren la silla de ruedas de ella para poder bañarla con comodidad.

El 31 de octubre a la mañana pedí una ambulancia para el retorno a lo que alguna vez fue nuestro nido de amor... y que volvería a serlo. Pero Magdalena no quiso entregársela a los enfermeros, ellos me llamaron por teléfono para avisarme de la situación planteada y partí raudamente, tal cual lo hubiera hecho un caballero medieval cuando salía en su corcel al rescate de su amada, en poder de una maléfica y horrible bruja. Al encontrarme con la bruja Magdalena le dije que Mabel era mía y que mía era la responsabilidad sobre ella a partir de ese momento. A lo cual agregué que ya estaba todo pagado en el geriátrico y que debía entregarla sin chistar a los camilleros. Eso hizo la bruja y la ambulancia la trajo, por fin, a casa.

 

 

6-AL FINAL: UN GERIÁTRICO EN CASA

Y definitivamente Mabel estuvo nuevamente viviendo en el sitio que le correspondía. Debo señalar que el rostro de ella de a poco se iluminaba al ver nuevamente sus pertenencias, aunque no expresaba palabras y sólo atinaba a tomarme fuertemente con una mano otra mía.

Una semana antes de la internación en Río Cuarto me compré un somier de dos plazas para poder ir a dormir allí sin sobresaltos, cuando Mabel me echaba de la cama. Aún hoy continuamos durmiendo en habitaciones separadas, esto como consecuencia que en la habitación de ella siempre hay alguna mujer cuidándola y no es correcto que yo comparta el mismo espacio físico con ellas.

La primera sorpresa que tuve fue cuando Viviana dijo que era necesario colocar una baranda del lado de la cama que quedaba mirando hacia el piso de la habitación, para evitar que se caiga al suelo. Así lo hicimos y llamamos a un herrero para que tomara las medidas y a la noche la tuviese lista. Era -y sigue siendo- una baranda que se parecía más a una reja. La sorpresa fue ver a mi mujer detrás de un enrejado como si ella estuviese viviendo en un zoológico. Siempre me opuse a las medidas de contención física por tazones ideológicas, pero en este caso tuve que aceptarlas como una forma de proteger la seguridad.

Muchas otras situaciones se modificaron en la vida hogareña; una de las que más me molestó al principio es que cuando estebábamos solos con Mabel y hacía mucho calor, podíamos andar en paños menores por la casa y ahora, con tantas mujeres las 24 horas, eso me resultaba imposible de hacerlo.

Mabel continuaba siendo algo casi inerte, como una planta. Darle un beso en los labios era algo frío. Los primeros días ella solamente me reconocía unas pocas veces y muy raramente lo hacía con Susana y con Viviana; a las otras dos mujeres que la atendían en la tarde y la noche nunca las reconoció y eso que ellas estuvieron atendiéndola solícitamente durante los primeros dos meses que Mabel estuvo en casa.

Hubo un hecho paradigmático en su enfermedad, se trató de la involución a una infantilidad notable cuando, en lugar de jugar con materia fecal ella introducía sus dedos entre el pañal y, sacándolos llenos de mierda, se los pasaba por la cara, por una pared y hasta se los metía en la boca.

De cualquier modo, sin dudas, ella estaba mucho mejor atendida en su casa, ya que tenía a una persona que únicamente se dedicaba a atenderla a ella y no debía estar con otros ancianos, es decir, había que cambiarle los pañales, bañarla cada dos días y colocarla en la silla para llevarla a comer cuando fuese la hora de hacerlo y luego volver a acostarla cuando Mabel lo deseara. A todo esto Mabel apenas hablaba algunas pocas palabras entendibles, entre las cuales estaba pronunciar -en un suave susurro- mi nombre, lo cual me ponía muy contento.

Es verdad, soy egoísta y el reconocimiento que me hacía Mabel me llenaba de alegría y, sobre todo, estaba enormemente feliz que mi mujercita estuviera conmigo para poder disfrutar estar al lado de ella. Puede parecer inverosímil que me agradara estar junto a una persona enferma mental. Más, créase o no, me alegraba que Mabel tuviera lo mejor que se le podía dar, ya que ella se lo merecía y, desde que resolvimos vivir juntos -luego de quince días de intenso romance- lo hice tal como se lo había prometido y que no era más ni menos que vivir siempre juntitos los dos.

Así lo estábamos haciendo y lo bueno, si es que se puede hablar así de una enfermedad, de la nueva situación era que de a poco Mabel recuperaba algunos recuerdos, como fue empezar a reconocer a su hijo y a alguna de las amigas que la visitaban, al igual que con un par de amigos míos y estuvo especialmente vivaz cuando cuatro de ellos vinieron a saludarme para mi cumpleaños. Estos reconocimientos los realizaba atentamente y con una tierna sonrisa cálida y apretándoles fuertemente sus manos con las suyas.

Respecto al nieto de Mabel es de hacer notar que la primera vez que la visitó poco menos que huyó espantado de ver en esas condiciones a su abuela; fue comprensible la actitud del muchachito, ya que con sus catorce años debió pasar momentos muy duros en su vida y Mabel era la única figura femenina con la que contaba. En principio Raúl Andrés venía poco de visita y no pude menos que comprenderlo, él vio morir a su abuela materna con una demencia senil y ahora ver a su madre padeciendo Alzheimer no era muy edificante y, obviamente, que él también temía por su futura salud.

A todo esto consultamos con un traumatólogo por las condiciones de las rodillas inmóviles de Mabel, las que solamente ponía en ángulo de 90 grados estando en su silla de ruedas, mientras que acostada las mantenía recogidas sobre sí mismas, es decir, las pantorrillas pegadas al muslo. El traumatólogo dijo que la única solución era quirúrgica, pero en la condición de la enfermedad de base de Mabel no lo aconsejaba por el peligro de los golpes que seguramente podía recibir cuando ella intentara erguirse y caminar, golpes que podrían llevarla directo a una fractura de cadera y, como dijo el traumatólogo “si ocurre, con eso vamos a estar en el horno”.

Y continuaron pasando los días, yo disfrutaba la presencia de mi mujer que presentaba leves mejorías en sus síntomas, los cuales eran apenas perceptibles. Aunque parezca mentira, un cariño de Mabel que -con algo de tiempo y viento a favor- comenzó a pasar su mano por mi rostro, con lo cual me hizo sumamente feliz. Pero a ella había que trasladarla de un lado a otro de la casa según lo que señalaba, ya que prácticamente no hablaba.

El único entretenimiento de Mabel era estar frente al televisor mirando programas infantiles, en especial Paka-paka. Ella no quería hacer trabajo manual alguno, pese a que Viviana la estimulaba a pintar botellas y a dibujar; con la única que aceptaba hacer algo de eso era con una hijita de seis años de Viviana, hasta con la cual le disputaba por una pequeña Tablet que la criatura traía a casa consigo.

Asimismo me alegraba verla comer y cuando le traía un chocolatín su cara se iluminaba pero, por lo general continuaba siendo semejante a una planta. Cada dos días venía una kinesióloga para hacerle masajes en las piernas y así se obtuvo como resultado que Mabel mueva los tobillos y de a poquito a tener una leve movilidad en las rodillas, pero siempre en presencia de la kinesióloga.

Pese a todo lo que me decían en contrario, yo continuaba insistentemente buscando en Internet alguna medicación que al menos recuperase funciones elementales, tales como el habla. Al final tuve éxito y encontré que unos investigadores austríacos -de la Universidad Médica Paracelso- en Salzburgo y que publicaron su hallazgo en la prestigiosa Revista Nature. Ellos estaban realizando investigaciones con una droga harto común en el mercado farmacéutico, la que es usada para problemas asmáticos y bronquiales. Estos investigadores la habían aplicado sobre ratas de laboratorio. Ellos encontraron que las ratas más viejas, con una edad estimada de entre 65 y 75 años -en los humanos- luego de recibir esta droga llamada montelukast fueron capaces de recuperar la memoria suficiente como para escapar de los clásicos laberintos en que habitualmente se las coloca para realizar la experimentación.

No me voy a meter en los intríngulis de las cuestiones médicas, bioquímicas o químicas de la droga -que no son de mi incumbencia- y de cómo ella incide sobre la inflamación cortical, lo que da lugar a las demencias. Solamente agregaré que aquellos científicos -en su informe- decían que en un futuro lo iban a probar con pacientes que sufrieran Alzheimer. En ese instante encontré una luz de esperanza para Mabel y me di cuenta que para nosotros el futuro no es mañana, sino que el futuro es hoy. Así que no podíamos perder más tiempo y rápidamente consulté con nuestro médico amigo quien se puso a estudiar el tema y al terminar de hacerlo nos dijo que es una droga polifuncional inocua para Mabel. Entonces, junto con Raúl Andrés resolvimos dársela, debido a que no podría hacerle daño.

 

 

7-LA EXPERIENCIA CON MONTELUKAST

Hace aproximadamente dos meses Mabel -a mediados de octubre- comenzó a ingerir una dosis mínima de Montelukast -medio miligramo por día- todas las mañanas con el desayuno, esto como modo de prueba.

Las reacciones positivas a la nueva droga no se hicieron esperar y un par de días posteriores a la primera ingesta fue capaz de hilvanar tres palabras al hilo indicando a donde quería que la trasladasen. Obvio que esto nos conmovió de alegría a todos los que estábamos en la casa, es decir, Susana, Viviana y yo. Pero con eso no pararon sus avances poco a poco construía alguna frase con sentido, aunque cuando elaboraba más de cinco o seis palabras se olvidaba de lo que iba a decir y comenzaba a farfullar palabras ininteligibles por lo inconexas.

Esto no fue todo, poco a poco empezó desplazarse en su silla de ruedas con pasitos cortos pateando con sus pies contra el suelo. Pese a todos los esfuerzos que hicimos por enseñarle, hasta ahora no fue capaz de usar sus manos con la rueda externa de la silla y, pese a que los pasillos de la casa son angostos, ella se las ingenia para pasar por ellos sin contratiempos.

Otro avance -a mi juicio de neófito- es que durante las mañanas ya no mira por televisión programas de infantiles, sino que prefiere alguna telenovela mexicana -lo cual, a mi entender no es un buen síntoma- y algunas veces hasta llega a entusiasmarse con alguna película policial.

De a poco los avance -o los retrocesos de la enfermedad- se fueron haciendo notar. Recuperó el sentido del humor y, por ejemplo, una tarde la kinesióloga me estaba poniendo crema para luego hacerme masajes en las piernas mientras Mabel, desde la cama aguardaba su turno y entonces le dijo a la joven muchacha: “no le vayas a depilar las piernas al viejito”, con lo cual desató las carcajadas de las presentes, incluyéndome a mí, que era el destinatario de la chanza.

Un tema recurrente de Mabel era el de expresar su deseo de acudir al baño, esto pese a que con insistencia -a diario- se le decía que llevaba el baño incorporado y se le tocaba el bulto en la entrepierna para que se diese cuenta que eso era verdad. Esto venía ocurriendo desde el primer día que volvió a casa. Sin embargo, una tarde que veíamos juntos televisión en su cuarto insistió con que deseaba ir al baño y, sin más, comenzó a hacerse llevar -con sus pies- por la silla de ruedas hasta la puerta del baño que está en su habitación. En ese momento decidí volver al escritorio y le dije a la enfermera de la tarde que se hiciera cargo de Mabel, ya que me tenía cansado con ese “temita” recurrente de ir al baño. La muchacha, con muy buen tino, me dijo que se acercaba a la puerta de baño... para hacer caca. Ahí descubrí que había recuperado -en parte- el sentido del pudor, ella quería estar a solas haciendo sus necesidades en el pañal. Estimo que recuperar el pudor no ha sido poca cosa.

Al mes vino a visitarla la psiquiatra -Analía- junto a una nutricionista y con una psicóloga, esa mañana yo había tenido que ir a un banco a hacer un trámite y no estuve presente cuando ellas la visitaron. Sin embargo, dado que no podían llamar por teléfono al banco -por eso de la seguridad- le dijeron a Susana y a Viviana que en cuanto llegase las llamase, dado que todas ellas notaron una mejora increíble en Mabel. Obvio que ninguna de estas dos le quisieron revelar lo del nuevo medicamento que estaba recibiendo.

Eso fue lo que hice ni bien volví a casa y lo primero que me dijo Analía es que se encontró con un cambio notable en el estado de Mabel y, tras cartón preguntó que le estábamos dando. Cuando le conté sobre lo que se trataba exclamó sorprendida que eso se lo daba a su beba de un año y medio y me dijo que no dudásemos en continuar con dicho tratamiento.

Algo con lo cual Mabel insistió todos los días desde su internación en el geriátrico -el de la bruja Magdalena- es con que la llevara “a casa”, yo le decía que allá iríamos y eso hice, nunca la engañé. Pero ya en los primeros días en casa -entre las pocas palabras que podía pronunciar- repetía lo de volver a su casa. No hubo forma -y aún no la hay- de mostrarle que está en su casa. Luego de mucho indagarle me di cuenta que la casa a la cual quería ir a la casona en que se crío de niña en Buenos Aires, junto a sus padres y abuelos maternos, la que tenía dos plantas.

La nuestra también tuvo dos plantas, aunque la superior la clausuramos cuando notamos que a nuestras piernas les costaba subir y bajar a cada rato para buscar algo.

Sin embargo, con la indagación señalada un par de párrafos antes, observé que ella mantenía una fijación con la casa de la infancia y, pese a que le reiterábamos que esta era su casa, Mabel no dejaba de insistir que la llevásemos a su casa, que era la del barrio de Flores y que ya fue derrumbada y en ese lugar construyeron un edificio. Esto lo vio ella hace más de treinta años, cuando pasamos por el lugar... pese a eso no lo recuerda, como tantas otras cosas que se le fueron cayendo por el agujero del olvido.

Sin embargo y pese a estos inconvenientes estaba conmigo y ambos disfrutábamos de compartir esta -paradójicamente- nueva etapa de nuestras vidas de ancianos.

Intentando, con el nuevo medicamento que se le suministraba, Mabel empezó a recordar cosas, como, por ejemplo, contar. Yo le mostraba los dedos de una mano y despacio los contaba y al presentarle las dos manos comenzaba nuevamente de uno hasta llegar a diez. Cuando le escondía el pulgar de una mano con rapidez se daba cuenta de la trampa, contaba cuatro pero me decía que había cinco.

Una mañana, al despertarla Viviana, Mabel abrió bien grande sus ojos castaños y preguntó: “¿Dónde está el Angel?”, a lo cual Viviana le respondió con otra pregunta: “¿Para qué lo querés al Angel?”. Y Mabel, con alegría, le dijo: “al Angel no lo quiero, lo adoro”. Fin del comentario.

Una tarde Mabel no me dejaba continuar con esto que estaba escribiendo, a cada ratito venía con su silla de ruedas al escritorio a ver qué estaba haciendo y a darme un “piquito”, se iba y luego de pocos minutos regresaba y me decía que me quería mucho, a lo cual yo le respondía con un yo te adoro y regresaba a su cuarto haciéndose empujar por la enfermera de turno. Hasta que Soledad -ese es el nombre de una muchacha estupenda que cubre el turno tarde- me dijo que no me iba a dejar tranquilo, por lo que opté por acompañarla al dormitorio a ver televisión juntos. A los dos minutos le dijo a Soledad que quería ir a la cama y la mujer la trasladó. Al instante le pregunté si no me podía acostar con ella y más rápida que un rayo me dijo que sí.

Ya en la cama mimoseamos un rato, tal como lo veníamos haciendo desde hacía meses y se me ocurrió preguntarle porque me había roto las pelotas toda la tarde en el escritorio. Poniendo cara de ingenua dijo “quien, ¿yo, por qué lo decís?” y le dije que en toda la tarde no me dejó en paz a lo cual contestó con la cara picarona de siempre “¿pan? si vos no comés pan”. Ahí me quedé abrazado a ella hasta la hora de la cena disfrutando de esos momentos de felicidad que había recuperado gracias a mi insistente obstinación.

Y debo aprovechar esta felicidad ya que, por otra parte, para el momento en que escribo esto he leído la noticia en una página médica que las probabilidades de vida para los pacientes de Alzheimer oscila entre los 5 y 10 años posteriores a la aparición de los primeros síntomas.

A todo esto Mabel, a pesar de sus pequeños progresos comenzó a presentar algunos síntomas clásicos de la enfermedad, como son los delirios paranoides, en especial los referidos a que alguien quiere matarla y no se le puede hacer entender que en la casa está bien cuidada y que todos la queremos.

Retomando el tema de la casa, ella no puede dejar de pedirme a cada rato que está cerca mío que la lleve a su casa y, últimamente, cada vez que lo solicita no deja de preguntarme si traje el auto para ir con ella en el vehículo. A lo que le respondo que el auto está en la cochera pero que yo no puedo conducir debido a que no veo casi nada del ojo derecho por una cirugía de cataratas mal realizase. En cuanto se lo digo lo comprende, pero a los cinco minutos vuelve a insistir con el tema.

Debo confesar que en más de una ocasión tuve ganas de tirar la toalla e irme a otro lado, por momentos estaba realmente cansado de tanto luchar para conquistar tan pocos logros. Sin embargo decidí continuar peleando contra la enfermedad que me estaba desgastando. No lo hice por un prurito altruista, lo hice por la sencilla razón que Mabel estuvo a mi lado en todas las malas que nos sucedieron a lo largo de estos cuarenta años.

En el punto 2 hice una observación acerca de la celotipia de Mabel y debo añadir que ahora continúa con las características de delirio paranoide. Yo hablo por Skype con un hijo que vive en Inglaterra desde hace más de veinte años y -una tarde- cuando mantenía una charla con él Mabel entró al escritorio mientras conversábamos. Mi hijo la saludo con la mano y ella le contestó del mismo modo y le dijo un amable chau. Luego me contó Soledad que se había ido muy enojada porque yo estaba hablando con una mina. Soledad le explicó que no era como ella decía, que lo había visto a Gonzalo, pero Mabel insistía en que yo estaba hablando con la mina que estaba metida detrás de la pantalla de mi procesador.

Por otra parte, habitualmente, después de merendar, y cuando a Mabel la volvieron a acostar a su pedido, voy a su cuarto y le pregunto si me deja acostar un rato junto a ella. Sus respuestas son de lo más variables, a veces me niega el permiso aduciendo que la cama es muy chica, otras veces acepta mi presencia pero a los pocos minutos me pide que me vaya y en otras oportunidades me deja en la cama junto a ella para que nos quedemos haciéndonos mimos.

Algunas tardes vienen unos compañeros y amigos de la Facultad y, por eso, no me puedo recostar con ella. Entonces Mabel -a cada ratito- viene al comedor donde recibo a mis amigos y los saluda con besos para luego tomarme de la mano para darme o tirarme un piquito. Si entre las visitas hay alguna mujer presente entonces sus viajes eran más frecuentes y hasta se quedaba un poco tomada de mi mano.

Algo que le llamó la atención al médico que nos visita -casi a diario- es que habitualmente él saludaba a Mabel cortésmente en francés y ella los últimos días le estaba contestando de la misma forma, hablando un francés claro, aunque de pocas palabras.

La situación continúo sin mayores variantes, y a los dos meses de iniciar la ingesta de montelukast se la aumentamos a un miligramo, lo que sigue siendo una dosis pequeña para una persona adulta y de su peso que, cabe agregar, come mucho y no hace otro ejercicio que empujar con sus pies la silla de ruedas, por lo que está engordando.

Yo estoy muy cansado y, por el momento, no tengo interés en seguir escribiendo sobre el tema. Pero voy a continuar. Mi cansancio es producto de la insistencia de Mabel para que la lleve a su casa. Hace unos días, algo más de una semana descubrí que su casa es, en realidad, volver a la habitación-dormitorio en la que vivimos más de 35 años. Esto lo deduje porque cada vez que pasaba con su silla de ruedas frente a ese lugar se detenía e intentaba entrar. Lo cual es para imposible de hacerlo, ella debido a que hay dos escalones y, además, porque su silla no tiene ángulo de giro suficiente como para poderla subir con la misma.

 

 

8-EL PORQUÉ DE MI RELACIÓN CON MABEL

Posiblemente este no sea el punto adecuado para contar lo que sigue a continuación, pero tengo necesidad de relatarlo debido a que de algún modo ha de ser útil -al lector- para comprender las razones de todos mis esfuerzos y empeños por tenerla junto a mí y, simultáneamente, por pretender recuperar lo minino que sea de aquella Mabel que conocí y con la que nos amamos intensamente.

La primera vez que la vi fue a mediados de marzo de 1975 -días después del triunfo de Héctor J. Cámpora- cuando llegué a clase para iniciar un curso de Psicología Social. Ella estaba ahí, sentada en la primera fila; cómo no verla si tenía las piernas cruzadas una sobre otra y afuera del pupitre mientras las movía con suavidad y rítmicamente. Inmediatamente fijé mis ojos en ella y quedé prendido de su belleza por su cabello enrulado rojizo, unos ojos grandes color almendra -porque era unos como la canción del conjunto Almendra- como los que nunca había visto enmarcados por una cara dulce como la miel que me miraban como si hubieran visto a un profesor. Su cuerpo delgado y sus bellas piernas cubiertas por una minifalda hicieron que con más frecuencia de lo que lo hacía con las otras alumnas me dirigiera hacia ella como si hubiera sido la única alumna que se hallaba en el curso de más de cuarenta alumnos que eran en su gran mayoría mujeres, como suele ser en las carreras de Psicología.

No puedo menos que confesar que de inmediato quedé prendido de esa persona y a la espera del próximo día de clase para verla nuevamente. Ese día llegó y volvió a ocurrir lo mismo que la primera vez, solamente me dirigía hacia ella. Meses más tarde sus compañeras se reirían con nosotros diciendo que yo estaba embobado con Mabel y que la cargaban pidiéndole que les contara lo que yo había dicho en clase.

Sin dudas que Mabel era una mujer fuera de lo común y yo no era el único que había puesto mis ojos en ella. Recuerdo que un profesor de Anatomía nerviosa, y un gran amigo, se paraba al pie de la escalera para mirarle las piernas al subir. Sabía que muchos otros hombres la tendrían fichada, así que no era cosa de perder tiempo.

Mabel era mayor que el resto de sus compañeras y yo pensaba que no tendría más de 25 o 27 años. Ella no era de San Luis, sino que vino a vivir a la Provincia para seguir al marido que poseía un campo al norte de la ciudad. Se la veía una mujer mucho más culta que el resto y esto fue otra cosa que me atrajo de ella. Es que Mabel antes de radicarse en San Luis había estudiado Derecho en la Universidad de Buenos Aires pero abandonó la carrera decido a que no le gustaba; ocurría que entró en esa Facultad por un mandato familiar, en especial de su padre que quería tener una hija abogada. Pero a Mabel no le agradaban esos estudios y según me contó tiempo más tarde, desde que ella finalizó sus estudios en el secundario quiso entrar a estudiar psicología.

Sucedía que el hoy ex marido de Mabel viajaba mucho a San Luis y ella tenía la seguridad que él la engañaba. ¡Resulta increíble que una mujer tan bonita no fuese respetada! Entonces ella resolvió mudarse con su hijo hasta la ciudad, por suerte para nuestros destinos. Aquí no tenía mucho para hacer y se inscribió en la Facultad para estudiar lo que siempre le gustó, psicología.

Y en las aulas la conocí, ella como alumna y yo como profesor. Debo contar que yo tenía un matrimonio que cada día andaba peor y por eso estuve buscando una pareja, la cual debería contar con algunas premisas básicas. La primera es que ya tuviera un hijo, ya que traje dos al mundo y no sabía si en el futuro le iba a joder la vida a alguna otra criatura con una posible nueva separación; la segunda premisa necesaria e indispensable que debía reunir mi nueva compañera es que fuera capaz de producirme una buena y gratificante satisfacción sexual y, además gratificaciones emocionales, ambas las necesitaba... y mucho.

¡Y al fin conocí a Mabel! De movida esta mujer me gustó mucho y en cada clase aprendía algo nuevo de ella en el orden intelectual, como que leía a Eduardo Galeano y lo comentaba con tino y sensatez; Mabel conocía perfectamente mi posición ideológica, aunque ignoraba la política, la que durante años no se la dije por aquello que mientras menos saben los allegados, mejor para ambos.

A la tercera o cuarta clase, es decir, más o menos a la semana de iniciado el curso aproveché -por algo que venía al tema- para preguntar quién de los presentes tenía hijos y entonces Mabel aprobó la primera premisa estipulada por mí al levantar la mano. Así transcurrió el curso durante un par de meses, yo dirigiéndome a ella y Mabel respondiendo con caídas de ojos, parpadeando asombrada como si estuviera escuchando una magistral conferencia de S. Freud.

Debo aceptar que tuve miedo de abordarla debido a que por esos momentos se estaba desarrollando un juicio académico a un colega por haberse levantado a algunas alumnas y pensaba que a mí me podía suceder lo mismo si es que ella me denunciaba. Así pasaron dos meses con claras evidencias -a mi entender- de atracción mutua y yo soportando una inenarrable “calentura” que no me dejaba en paz.

Por fin decidí a jugarme el todo por el todo y, un viernes 9 de mayo, a la salida de clase -a las 21 horas- la seguí hasta la puerta de la Facultad y ahí le pregunté sin más si al día siguiente podía ir a verme a mi oficina, ya que tenía que hablar con ella. Mabel, sin titubeo alguno, me respondió que a las 9 estaría ahí para verme. La cita se salía de lo común, no sólo por ser un sábado, sino porque ese día la Universidad estaba de fiesta festejando su segundo aniversario.

De tal suerte a la mañana siguiente me puse las mejores pilchas -cosa muy rara en mí- y partí para la oficina que tenía en una casa alquilada frente a la Facultad.

Con la ansiedad que me carcomía las entrañas llegué a la oficina a las ocho y media y quedé a la espera de Mabel. Ella apareció por ahí a las nueve en punto con una sonrisa picarona que hacía más radiante su rostro. Tomamos asiento frente a un escritorio y le pregunté si imaginaba para que la había citado y -con prontitud- me dijo que sí, que se lo había imaginado toda la noche.

Sin mucho esperar nos tomamos de las manos y comenzamos -cada uno- a relatarnos brevemente las respectivas desavenencias conyugales. Hasta que la invité a almorzar, a lo cual también aceptó anticipándome que debería regresar a su casa para dejarle instrucciones a la empleada con el fin que se quedase a cargo de su hijito de 5 años. Pero había otro problema, ella tenía un Citroën 2 CV y no sabía dónde dejarlo para no despertar sospechas. Convinimos que a las 12 y media fuese a la terminal de trenes y lo dejase debajo de un viejo pimiento que con su espeso follaje lo cubriría totalmente. Yo la iba a estar esperando en el lugar para así salir de allí en mi auto con rumbo a algún comedor discreto en las afueras de la ciudad. Eso hicimos, como si hubiésemos sido un reloj de precisión.

No es necesario agregar más a lo que ocurrió luego. Solamente añadiré, como nota picaresca, que a Mabel -en la intimidad- muchas veces la llamaba con el nombre de la paica Rita, la que citaba Carlos Gardel en su tango “Melodía de arrabal”.

De ahí en más vivimos juntos y felices, pese a los contratiempos que nos fue presentando la vida, pero que uno a uno los fuimos sorteando con éxito, hasta que llegó el alemán de mierda de don Alzheimer a poner un palo en la rueda de nuestras vidas. Al principio el alemán nos pudo ganar algunos rounds, pero ahora le estamos dando vuelta el combate.

Y cómo no voy a creer que le estamos ganando si algunas veces Mabel me dice –tiernamente- “soy feliz con vos”, a la vez que me acaricia el rostro.

Creo que buena parte de la recuperación que está presentando se debe a montelukast, pero también creo que otra buena parte se debe a que -desde el principio- no dejé de manifestarle mi amor acompañado de caricias y estando de manera permanente a su lado.

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Articulo publicado en
Marzo / 2016

Boletín Topía