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Derecho de Admisión

 

El prologo que todo autor quiere escribir y no se anima.
Por Guillermo Raiden (Del libro: Mesa Reserva)

 

 

Pocas veces, después de haber compartido una buena comida acompañada por un vino de aquellos que dan a la gente una apacible tolerancia, me animé a leer alguno de mis escritos. Los destinatarios eran cuatro o cinco amigos resignados a escucharme. Después de perpetrado el acto, siempre sentí culpa por lo que me parecía un abuso de amistad y asumía conductas reparatorias que consistían en nuevas invitaciones a comer.

Estas pocas experiencias anularon por mucho tiempo cualquier idea de publicación. Pensaba que, si con la lectura de uno solo de mis textos se producían estos efectos, qué cosas podrían suceder si administraba una dosis masiva de escritos a un número mucho mayor de personas.

Avancé hacia la edición del libro tranquilizado por la idea de que, en este caso, mis amigos tendrían la opción de no leer. Ahora que he contratado la imprenta, no estoy tan seguro de esta posibilidad, por el asunto de los comentarios.

Entregado el libro sé que, por una cuestión de elegancia, no andaría pidiendo su opinión a cada lector, pero sospecho que la inquisición, a pesar mío, encontraría otros caminos. A veces, tengo algunas actitudes que no me gustan y que, lamentablemente, me cuesta corregir. Por ejemplo, cuando sufro de estas ansiedades, no puedo evitar que mis cejas se levanten por sí solas y permanezcan así obstinadamente. Este gesto de inquisición persistente suele producir en quien me ve una incomodidad insoportable. Para peor, esta facie suele ir acompañada por un golpeteo nervioso de la punta de mi pie derecho sobre el piso o, si estoy sentado, por un persistente tamborileo de dedos sobre la mesa. Cuando estoy así, no es posible sostener conmigo ninguna conversación ajena al juicio esperado.

Después de estas confesiones, mis amigos tendrán que aceptar la imposibilidad de eludir el comentario posterior. Me siento moralmente responsable de esto y por ello creo que debo ayudarlos a encontrar posibles caminos para aliviarlos de tan incómoda situación.

Sé que los más entrenados pensarán aliviados en la posibilidad de no leer el libro y luego comentarlo usando las conocidas frases de interpretación múltiple. El procedimiento no es difícil: algunos de mis amigos hasta podrían dar conferencias sobre un libro no leído deslumbrando al auditorio con la agudeza de su análisis y sorprendiendo al mismísimo autor por el descubrimiento de aspectos insospechados en su creación. El éxito de esta técnica y su facilidad de aplicación se debe a que aquel que espera ansiosamente un elogio tiene la tendencia a transformar cualquier gesto o comentario en una aprobación de su obra.

Éste no es mi caso. Las frases tradicionalmente usadas para evitar los juicios de valor como: “Notable, realmente notable” o “Qué importante que ocupes tu tiempo libre en esto”, podrían resultarme directamente ofensivas.

Tampoco serviría el recurso de los gestos ambiguos, como aquel de señalar el libro mientras se hace un movimiento de cabeza y se da una palmada en el hombro. Si bien la mayoría de la gente tiende a interpretarlo como una felicitación, entre nosotros debe ser descartado porque ya sabemos que este mismo gesto puede ser usado para dar un pésame.

En resumen, los comentarios orales o gestuales de interpretación múltiple, lamentablemente no van a ser aplicables en este caso porque, como estoy prevenido, voy a estar atento para descubrir cualquier gesto de desaprobación disfrazado.

Como lo que no se puede eludir hay que afrontarlo les propongo el siguiente contrato:

1.     Quien no va a leer el libro no debe recibirlo. (Se puede argumentar conjuntivitis).

2.     Si el libro fuera recibido deberá ser leído y luego comentado a su autor.

3.     Si los comentarios fueran elogiosos deberán ser dichos sin retaceos, preferiblemente en un encuentro programado para hablar sólo de esto.

4.     Si las impresiones resultaran desfavorables, sólo podrán ser expresadas ante el autor y en forma escueta.

5.     Si se diera lo expresado en el punto 4, para atenuar los efectos anímicos negativos de la desaprobación, es el lector quién debe asumir una actitud reparatoria invitando al autor a comer.

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Articulo publicado en
Septiembre / 2009

Boletín Topía