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De la Traición a la novedad posible

 

INTRODUCCION

Nadie sabía muy bien cómo había comenzado, pero de pronto, el pueblo estaba dividido. Algunos sostenían los valores de siempre: la lealtad, la tradición, la unidad en lo conocido. Otros, en cambio, miraban con sospecha las viejas costumbres y comenzaban a preguntarse si no era el momento de algo distinto.

Las rupturas y discontinuidades son inevitables en todas las lógicas y todos los tiempos. Nuestra hipótesis se nutre del pensar y vivir que acaso la traición, se configura como un modo de resistencia y de no-repetición

Fue entonces cuando Julia, la panadera, decidió hacer algo inesperado. Dejó de hornear el pan como lo habían hecho por generaciones. Cambió la receta, añadió especias nuevas, alteró los tiempos de fermentación. El aroma que emergía de su horno no era el de siempre. Algunos lo encontraban fascinante; otros, simplemente, lo rechazaban.

¿Qué has hecho, Julia? —le reprochó Miguel, el anciano que llevaba décadas comprándole el pan cada mañana—. Has traicionado el sabor de nuestra infancia.

Julia se encogió de hombros y le tendió un pedazo del nuevo pan.

Pruébalo —le dijo con calma—. No lo hice para traicionar, sino para que descubramos si aún podemos sorprendernos.

Miguel dudó. Miró a su alrededor. Algunos la acusaban en susurros, otros ya estaban probando la novedad con cautela. Finalmente, mordió un pedazo. El sabor era extraño, pero no desagradable. De hecho, había algo vibrante en él, algo que no podía nombrar.

No sé si me gusta —admitió Miguel—. Pero tampoco puedo rechazarlo de inmediato.

Julia sonrió.

Tal vez la traición es solo el nombre que le damos al miedo de cambiar.

El pueblo nunca volvió a ser el mismo. (Autor anónimo, S/r)

 

Habitamos tiempos de enajenación, de extrañeza e incertidumbre. Los vínculos naufragan poniendo en tensión las formas que nos encontrábamos con el otro, con lo otro. Estamos perdidos sin entender cómo estas mutaciones y premuras nos condicionan y nos determinan en las maneras de amar y sufrir, crear, creer, rebelar y revelar.

Entonces, cómo no esperar que la traición aparezca con fuerza inquietante, estando presente, marcando las subjetividades, creando nuevos paradigmas. Emerge y actúa sacando a la luz representaciones antiguas que no fueron cuestionadas, que impiden la construcción de nuevos significados frente a aquello que se asimila de manera dogmática, con un único sentido o valor.

Por ello sostenemos que las rupturas y discontinuidades son inevitables en todas las lógicas y todos los tiempos. Nuestra hipótesis se nutre del pensar y vivir que acaso la traición, se configura como un modo de resistencia y de no-repetición.

No nos referimos a los grandes capitales ni a las gigantescas corporaciones, que sabemos que necesitan del sometimiento y la opresión, sino qué pasó con ese oprimido que traiciona la lógica supuesta del colectivo y se alinea con lógicas mortíferas

Traición, una palabra maldita, signo esquivado por la humanidad, etiqueta que nadie quiere poseer, que tememos pero que, sin lugar a dudas, hemos habitado.

Desde el catolicismo al día de hoy, aparece un Judas que traiciona a aquel que vino como símbolo de paz. Así pensaríamos que no hay idea, por más noble, justa y lógica que parezca, que pueda ser abrazada por la totalidad del universo humano. No hay lógica innovadora que entre en el colectivo social y que no ponga en tensión a los poderes reinantes. Creemos entonces que, quizá no hay idea que pueda ser abrazada sin resistencia, por lo que acaso, el desafío en tiempos revulsivos sea propiciar una convivencia con los matices que hacen diverso al paisaje social y que sigamos intentando que el lazo sea lo más flexible y a la vez fuerte para que aloje todos los modos de habitar la existencia.

Viene a nosotras una vieja frase:

mamá, si matáramos a todos los asesinos e injustos, terminaríamos con ellos, podríamos tener un mundo en paz…

-no hijo, seríamos todos asesinos y viviríamos en el mismo infierno”.

Será que la definición que codifica la traición, deja su representación simbólica eclipsada bajo una lógica reaccionaria, que no permite ni habilita lo que se escapa de lo estipulado. Tampoco admite lo inédito y lo acontecimental. Hay un predominio de lo universal en el pensamiento que empuja constantemente a la homogeneización de lo colectivo y no posibilita avanzar a la potencia creativa. Creemos que esta última, es sin dudas lo verdaderamente diferente, por ello se le pone obstáculos, debilitándola, abandonándola, dejándola en un lugar desventajoso y de exclusión.

Es decir, lo novedoso, lo que puede representar un cambio, se ve despotenciado, lo que evita la posibilidad de formular un nuevo relieve y lo que ha de ser cartografiado queda en jaque. Funciona como un eclipse y su sombra tapa lo nuevo que se manifiesta, no se puede asimilar.

Cuando estas lógicas reaccionarias y creativas entran en tensión y abren discontinuidades en su corpus, es necesario preguntarnos: ¿qué pasa cuando lo que acontece es del tipo aniquilatorio? ¿Qué pasa cuándo alinea fuera de lo colectivo y se instaura la premisa del sálvese quien pueda?

Nos urge entonces, interrogarnos en las condiciones de producción que hicieron que el ciudadano de a pie las elija. No nos referimos a los grandes capitales ni a las gigantescas corporaciones, que sabemos que necesitan del sometimiento y la opresión, sino qué pasó con ese oprimido que traiciona la lógica supuesta del colectivo y se alinea con lógicas mortíferas. Nos preguntamos qué se ha generado para que se produzca el alejamiento de lo colectivo y lo conectivo, el debilitamiento y desvitalización del todos o el nosotros, para que eso sea percibido como una injuria y se necesite la diferenciación e individualización como salida en lugar de un proceso de individuación.

Cómo diferenciamos entonces, entre el innovador, el disidente que traiciona una hegemonía, una continuidad y el traidor entregador de lo concebido como común en beneficio de su propia esfera

De esta manera pensamos que la traición toma múltiples acepciones y puede ser vista desde distintas ópticas según transitemos bajo el signo de lo ético o lo moral.

¿Qué es la traición? ¿a quiénes traicionamos; a los modelos, a los otros, a uno mismo, a las configuraciones mandatarias y/o al deseo? Sólo podemos afirmar una cosa, la traición siempre es un efecto vincular, no hay traición sin la presencia/existencia de lo otro, del otro.

Para poder fisurar algunas lógicas que dinamizan pensamientos, elegimos remitirnos a las definiciones ya dadas para intentar consensuar sobre el concepto de traición, sus sentidos y representaciones.

Según la RAE:

traición - tra(d)ición / nombre femenino. Falta que se comete quebrantando la fidelidad o lealtad que se debe guardar o tener.

Esta definición nos confronta con varios problemas desde su etimología.

En primera instancia en lo que hace relación al género, lo femenino. Esta costumbre que tiene la lengua europea judeo-cristiana de ubicar lo femenino en lo impredecible y lo oscuro. La serpiente, la desobediencia, la rebelión contra lo establecido, es femenino. Y, por ende, pensamos que la herencia de la lengua es fiel a la tradición. “Tenías que ser mujer”. Así aparece el rol de la mujer como transmisor del maternar de los modos de codificación del mundo y sus significados. Entonces paradójicamente, lo femenino se constituye como una resistencia desde su origen. Podríamos pensarlo como lo destituyente por excelencia, lo que traiciona al modelo patriarcal hegemónico.

En segunda instancia, en la definición enunciada se hace referencia a lo “qué se debe tener o guardar”. ¿Habrá abstracción más subjetiva y relativa a los momentos sociales, religiosos, epocales y dependientes de las subjetividades prevalentes que ese supuesto? ¿qué es lo que se supone que se debe guardar o tener? ¿No es acaso “eso”, sujeto tácito de lo que se debe tener o guardar, una construcción subjetiva, singular/particular o colectiva y por ende siempre epocal y temporal? Seríamos necios al negar que lo subjetivo varía según los tiempos, las claves mutan junto a las necesidades, los modelos y el pensamiento prevalente. ¿Tal vez no será el que traiciona un outsider de su época y también un disidente temporal?

Sin embargo, hay una condición de existencia, que necesita de los que han sido concebidos como derechos básicos para que la misma sea más que sobrevivir. Quizá requisitos fundamentales de la producción de subjetividad que atañen a asegurar la subsistencia en sociedad y en el mundo, tales como la comida, el abrigo, un lugar donde vivir. Probablemente todos podemos coincidir en esos puntos, de hecho, existen convenciones que los establecen, pero cómo se conciben en cada uno es donde se pone confuso y turbulento. Donde los traidores frente a estas ideas abundan y despotencian los proyectos posibles.

 

Desde acá podemos pensar la traición como herramienta de ruptura con el discurso hasta ese momento aceptado por un consenso. Esa herramienta que nos confronta con los juicios que establecimos

Cómo diferenciamos entonces, entre el innovador, el disidente que traiciona una hegemonía, una continuidad y el traidor entregador de lo concebido como común en beneficio de su propia esfera. ¿acaso depende de quién acuerpe la traición o de qué condiciones de producción y/ o habitabilidad las genere para que podamos contextualizar el movimiento y los efectos de este accionar? ¿será necesario el alejamiento del traidor para poder entender la trama o sentido esencial de lo traicionado?

Necesitamos seguir ahondando, las palabras nos generan una encerrona trágica de representaciones inmutables. ¿Es entonces que la traición nos remite también a la acción de entrega simbólica entre gallos de medianoche como la que realizó Judas? Esa entrega que se asemeja al canje, a lo que sólo sirve para uno, pero no revierte ningún valor al conjunto.

Seguimos buscando respuestas que nos ayuden a entender, qué posibilidades de ruptura hay con aquello que desvitaliza y explota, sin que sea traición a lo vital y que para nosotras importa, que es lo colectivo. Cómo interpelar los fascismos sin erigirse en otro.

... “del verbo tradere (entregar) queda en lengua italiana tradire (traicionar).”

Desde acá podemos pensar la traición como herramienta de ruptura con el discurso hasta ese momento aceptado por un consenso. Esa herramienta que nos confronta con los juicios que establecimos. Rompe pactos entre los poderes de los cuales no sólo no participamos, sino que somos meros espectadores. Entonces, cómo poder dejar de ser objetos, despojados de subjetividad, datos, modificar el ser tortas y manzanas que se reparten, para volver a ser personas.

Se nos ocurre como elemento que nos aporta el pensar en la traición, la importancia de dejar de ser la moneda de cambio entre los poderosos, para ser el cambio en sí mismos, no como slogan mercantilizado sino en una tensión atenta al malestar como propone Suelly Rolnik (2016). Es estar atento a las micropolíticas que nos operan para redireccionar nuestras conductas. Indagar en nuestros imaginarios lo que hemos inscrito como categorías de certeza, haciéndolas permeables, permitiendo que la duda y la incertidumbre nos habite y de ese modo, habilita en nosotros el espacio que aloje a la otredad.

La duda, la incerteza, el cuestionamiento nos parecen también claves, que nos muestran la innegable presencia de la otredad radical. Como dice Sara Ahmed (2019), cuestionar las cosas, significa convertirse en un extranjero en términos afectivos.

"VOS NUNCA HARÍAS ESTO"

En esa expresión descubrimos una certeza de conocimiento absoluto del otro, una lógica desde el pre-juicio, un pensamiento naif que desconoce la complejidad subjetiva y singular. Una anticipación predictiva sobre el otro que encierra la falacia de creer que existe una linealidad inapelable entre lo conocido y lo esperado. En ese acto negamos su potencialidad y complejidad, realizamos reduccionismos frente la otredad. Desconocemos y rechazamos la opacidad que define lo no transparente del otro, esa diferencia radical innegable e inasible que permite la diferenciación entre sujetos.

 

No aceptamos la potencia de lo que la diferenciación genera, lo traumático que trae aparejado el romper contratos simbólicos y reales que nos expone al borde mismo de la otredad.

El duelo y la herida se gestan al romper el ideario narcisista de completud redonda y cerrada. La encarnación de lo que se separa y se diferencia, potencialidad que anida en todos. En ese dolor asistimos a un parto, un nacimiento de un otro revelado y rebelado, que desgarra y causa perplejidad. Acto de descubrimiento de un otro, devenido en otro desde nos-otros. Podríamos decir que todos hemos venido a este mundo rompiendo la integridad del otro, desde el desgarro, deshaciendo la unidad.

También la traición puede representar una discontinuidad en forma de corte en un entre vincular, cuando alguien rompe con creencias impuestas para encontrar una nueva versión, inédita a lo experienciado con anterioridad, entonces se convierte en un acto de lealtad a su singularidad. Algo empuja desde lo vital y hace imposible continuar las linealidades establecidas. No se puede seguir con el mandato, ni responder desde las estructuras que sostienen padecimientos que ahora son inaceptables.

Aparece la necesidad de otras respuestas porque las anteriores ya no resuenan ni sostienen el entramado del entre. Así, por ejemplo, en la lógica vincular, alguien que “traiciona” un pacto de silencio en un entorno corrupto (como un denunciante) está, en realidad, actuando con ética. Desde esta mirada, la traición deja de ser solo una falta y se convierte en una herramienta de cambio cuando desafía lo que ya no debería sostenerse.

La singularidad e individuación abre a la posibilidad de configurarnos en asesinos, traidores, amantes y odiadores en potencia, dependiendo del momento, el tiempo y las condiciones de producción en que nos encontremos. Por eso, sigue cobrando valor lo que en la sabiduría popular se instala con el dicho: “La ocasión hace al ladrón”.

Traición y ocasión. Ruptura con lo esperado y la presentación de la oportunidad para hacerlo. Quizá encerrados en las linealidades inexpugnables, en las certezas inapelables, nunca pudimos ver esa característica del otro ni en nosotros mismos. Pareciera que, al sostenerse determinadas condiciones de producción, se anula la posibilidad de que emerjan subjetividades diferentes. Pero cuando hay algo de lo vital que se pone en movimiento, ahí las dinámicas cambian.

La aparición de una situación inédita, lo que sucede ahí -aunque haya sido vivida mil veces antes - ahora toma el valor de acontecimiento, en el sentido de que produce cambio real, fuga. Es ahí donde lo singular nos resulta más vital que lo compartido. Lo que se juega en esa situación es una clave de condición de ruptura y semilla de traición.

Tal vez solo en situación, en inmanencia, es cuando podemos dar cuerpo a la traición. En lo inédito es cuando vemos la posibilidad de ser otro sin un antecedente en nosotros mismos. Un otro radical, que rompe con lo “pactado”, con la linealidad esperada.

Acaso podríamos poner a tambalear los conceptos de persona, personalidad, esa máscara con la que nos movemos entre las diferentes configuraciones vinculares que conformamos. Esas máscaras son las que hemos podido desarrollar y creemos oportunas, asertivas y funcionales. Pero ante lo inédito, algo en la profundidad se moviliza. Algo que pone en juego al deseo y lo vital. Así es como la ética se configura nuevamente. Tal vez se fragmenta y puede ser dada desde el tu/yo o el nosotros.

Desde una perspectiva más crítica y filosófica, la traición puede interpretarse como lo que desafía lo instituido, implica una violación de la lealtad a lo establecido o pactado

Es en esos momentos que podemos ver, sentir, percibir y acuerpar las reacciones más sublimes y perversas. La crueldad y la ternura. Que se va desplegando en las líneas de fuga, en los destierros, en los cauces modificados, en las pasiones que nos acometen. Del lado de la fuga está la creación, pero también el precipicio y el derrumbe.

¿Cómo entre-leer entonces una traición? ¿Puede ser un término abstracto o puede configurarse como toda una experiencia? ¿Será acaso la traición ese momento de inflexión donde se marcan nuevos rumbos?

Quizá la traición nos resulta tan dolorosa porque representa la muerte y aniquilación de una certeza, de algo que dábamos por sentado, de una lógica que confiamos inapelable, deseable y justa. También porque inferimos que luego de una traición nunca seremos los mismos. Es por ello que nos urge habilitar nuevos pensamientos que propongan el trabajo de asimilar lo impredecible que conlleva todo proceso de subjetivación.

Podemos pensar a la traición como un efecto claro y unívoco, que conlleva un deseo de ganancia para uno mismo, que arrastra un daño y crea en otros deseos de venganza. Nos duele ese olvido de lo que éramos, ese movimiento que nos aniquiló en ventaja del otro. Esa mutación lleva ineludiblemente a la muerte. ¿Pero la muerte de quién? Acaso de la idea, del otro y/o del nosotros?

Creemos que, ante la ajenidad irreductible, la materialización de ese aspecto del otro que nunca podremos acceder a la totalidad, ni codificarlo, ni nombrar ni representar, es cuando nos aproximamos a lo imbordeable. Porque en la traición hay un no-lugar, una lógica rota.

¿Qué hacemos cuando nos damos cuenta de que las cosas cambiaron, de que ya no nos reconocemos en un discurso compartido o bien de pronto nos encontramos solos? La traición hace que sintamos primero, la experiencia de la separación e inevitablemente el desvinculo como forma de protección ante lo inesperado del otro, un repliegue, una dehiscencia dentro de la trama que nos unía.

Sentimos y luego intentamos racionalizar, podemos intentar codificarla, pero ya estamos alejados en pleno repliegue de nuestros contextos sociales, de los vínculos significativos, de los ámbitos en que vivimos como fundantes, de nuestros deseos y sueños. Esto funciona como un estallido, un acontecimiento que abre un nuevo espacio para una gama amplia de sucesos generando todo tipo de experiencias de alienación.

En el concepto de bordear, ese estar en el margen de la otredad, para nosotras se esconde el peligro de creer que hay un límite real pero lo que nos muestra es que estamos en contacto. Entonces la traición deviene como efecto de producción en el borde. Producto del contacto en el margen, en la ligazón.

Repensar lo marginal y las tensiones que lo habitan puede ser una nueva topografía a cartografiar, un ampliar márgenes. Una representación más abarcativa del nosotros sin fagocitar al otro. Un ampliar en los límites subjetivos sin que sea una globalización homogeneizadora, sino que permita la mixtura. Solo rompiendo la idea de lo puro, lo único, la verdad, lo central, podremos pensar en un nosotros sin traidores.

 

Desde una perspectiva más crítica y filosófica, la traición puede interpretarse como lo que desafía lo instituido, implica una violación de la lealtad a lo establecido o pactado. Una ruptura que por la implicancia del orden de lo traumático que conlleva romper la unidad fantaseada, se realiza a través de la mentira, el engaño o la omisión, afectando profundamente el vínculo y la percepción de extrañeza y alienación se instala en los involucrados en esa producción vincular.

Es un movimiento que arremete y hace tambalear las estructuras del vínculo, de los roles asignados, de lo ilusionado. Aunque puede ser un acto de transformación, resistencia o evolución.

María Soledad Bolgán. Medica – Psiquiatra Infanto Juvenil -Especialista en Psicología Vincular de familias con niños y adolescentes (IUHI) – Argentina - Mail: soledadbolgan [at] gmail.com

 

Virginia Grosso. Licenciada en Psicología - Especialista en Psicología Vincular de familias con niños y adolescentes (IUHI) – Argentina - mail: virggrosso1974 [at] gmail.com

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Bibliografía

 

-Ahmed, S. (2019) La promesa de la felicidad. Caja Negra

-Berenstein, I. (1997) Vínculos familia: hechos, suceso y acontecimiento. Revista AAPG 1997.

-Diccionario RAE (2025)

-Kleiman, S. (2015) Los vínculos como espacio de producción entre Otros. Conferencia Regional Europea de Psicoanálisis de Pareja y Familia. Noviembre. Material de Cátedra de la Maestría en Vínculos del IUHI.

-Nancy, J. (2006) Ser Singular Plural. Editorial Arena.

-Nancy, J. (2006) El intruso. Editorial Amorrortu.

-Puget, J. (2015) Subjetivación Discontinua y Psicoanálisis. Formas de las violencias. Lugar Editorial.

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-Tortorelli, A. (2006) Entre. Revisado 6/4/2025 en

https://derivasdelasubjetividad.blogspot.com/2009/07/entre-ma-alejandra-tortorelli.html

-Torterelli, A. (s/f) Ahí: Borde. Revisado 6/4/2025 en https://www.rodulfos.com/ahi-borde-por-maria-alejandra-tortorelli/

-Simondón, G (2015) La individuación. A la luz de las nociones de forma y de información. Cactus

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Articulo publicado en
Febrero / 2026

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