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Cuatro canciones y un mismo tema

 

La vida es siempre amor y miseria.
La vida es siempre las mismas canciones

George Brassens

Se afirma, y con razón, que el arte se ocupa siempre de los mismos temas humanos, con las diferencias que van provocando los lugares y el tiempo. Cambian el aspecto y los colores de las ropas, los estilos de construcción, el confort y la velocidad de los medios de transporte, el ancho y lo llano de los caminos, la eficiencia y rapidez de los medios de comunicación, etc. Pero los que no cambian son los conflictos a causa de los celos, el amor, las luchas por un ideal, las decepciones, la tristeza por la pérdida de alguien o algo valioso. Lo que habitualmente se denomina “El drama humano”. Es por eso que las obras teatrales de Shakespeare tienen tanta vigencia como cuando fueron escritas, hace 450 años. O, más aún, las tragedias de Sófocles, escritas hace 2450 años. Los conflictos ahí planteados nos rodean y siguen ocurriendo todos los días.

Cambian los estilos musicales, los ritmos, los instrumentos con que son interpretadas, los medios de registro sonoro, pero los temas en ellas expuestos, persisten a lo largo del tiempo

Lo mismo pasa con las canciones. Cambian los estilos musicales, los ritmos, los instrumentos con que son interpretadas, los medios de registro sonoro, pero los temas en ellas expuestos, persisten a lo largo del tiempo. ¿Cuántas canciones existen cuyo tema es la exaltación que produce el amor? ¿Cuántas canciones referidas a la tristeza por el del amor perdido? Innumerables canciones describen el paisaje del lugar de origen y existencia del autor: “el pago”. Otras tantas lamentan la nostalgia por lo pudo ser y no fue. En realidad, no hay hecho humano que no haya sido cantado.

A veces, en la misma época, en géneros musicales diferentes o en el mismo género musical, distintos autores contemporáneos, que difieren en edad, cultura e historia de vida, aluden al mismo tema.

Voy a referirme a la creación de cuatro autores muy importantes y conocidos de la música popular argentina, dos de ellos del género folklórico y dos del mal llamado rock nacional, que en realidad es música popular contemporánea. En distintos momentos y circunstancias de sus vidas, abordaron uno de los temas humanos más universales, el del deterioro, la vejez y la muerte.

Quiero ser luz

Zamba. Letra y música de Daniel Reguera

Se me está haciendo la noche
en la mitad de la tarde
no quiero volverme sombra
quiero ser luz y quedarme

Me fui quemando en la noche
siguiendo la misma senda
siempre atrás de una guitarra
apague la última estrella

(Estribillo)

No sé qué dicha busqué
qué quimeras
qué zamba me quito el sueño
qué noche mi primavera

Hoy que me pongo a pensar
solo converso en silencio
me miran los ojos de antes
llenos de ausencia y de tiempo

La misma mirada de siempre
de aquellos años tan lejos
por fin me duermo en la noche
que alumbra el lucero viejo

Cuando compuso esta zamba, Daniel Reguera estaba enfermo de cáncer, resistiéndose a la muerte. Es como un grito de desesperación existencial. Expresa el deseo de seguir siendo, el dolor ante la inminencia de una muerte que percibe cercana. “No quiere volverse sombra, quiere ser luz y quedarse”. Y se ha quedado en esta zamba.

¿Qué mejor que otro gran artista folklórico, poeta y músico para rendirle homenaje? Atahualpa Yupanqui, en 1965, interpretó la súplica de Reguera y compuso un soneto que expresa no sólo respeto y afecto, sino también su admiración como artista.

Soneto para Reguera

“Si una guitarra triste me dijera
que no quiere morir entristecida,
me pondría a rezar sobre su herida
con tal de recobrar su primavera.

Si un trovador me pidiera
un poquito de luz para su vida,
toda la selva en fuego convertida
para su corazón yo le ofreciera.

Mas, de poco valió la proclamada
pujanza de mi anhelo si, callada,
la muerte te llevó, Daniel Reguera.

Pasa tu zamba por la noche oscura,
y el eco de tu voz en la llanura
sigue buscando luz y primavera.”

Me voy quedando

Zamba. Letra y música de Gustavo “Cuchi” Leguizamón

Me voy quedando ciego
la luz titila en mis huesos,
sólo la noche derrama
su esperanza en el silencio,
dorado, herido
por lunas que pasan cantando.

Me voy quedando solo
lejos del cielo y el tiempo,
entre huellas desoladas
sin mujeres y sin perros
que huelen los rastros
por donde transitan los sueños.

(Estribillo)

A veces no sé quién soy,
la lanza de mi silbido
va alborotando recuerdos
desenredando caminos,
mientras mi risa
cae en el abismo.

Me voy quedando huraño
embalsamando destinos.
No me arrepiento de nada
el bien y el mal son olvidos,
estuches del aire que guardan
la pena y el grito.

Me voy quedando libre
sin arribos ni regresos.
Está sobrando el alma
para cantarle a los huesos,
curiosos de rumbos
que linden sabores eternos.

Gustavo “Cuchi” Leguizamón, abogado, escritor, docente, legislador, poeta, pianista, compositor, es el autor de Zamba de Lozano, Maturana, Balderrama, La Pomeña, La Arenosa, Zamba del Laurel, Chacarera del expediente, entre sus obras más conocidas. Muchas de ellas con versos de Manuel Castilla, fruto de una sinergia fecunda.

Una de las funciones que posibilita el arte: la de “proyectar” un conflicto en la obra creada, como forma de resolución o para poder sobrellevarlo de la mejor manera posible, como “consuelo”

En un reportaje, el “Cuchi” explicó por qué abandonó la abogacía: “Estoy harto de vivir de la discordia humana. Me produce una gran satisfacción ver a una vieja en el mercado tarareando una música mía. Una vez venía bastante enojado con todos estos inconvenientes que tiene la vida y un changuito pasó en bicicleta, silbando la Zamba del pañuelo. Entonces lo paré y le pregunté qué es lo que silbaba: “No sé, me gusta y por eso lo silbo”, me contestó. Ya ve, ésa es la función social de la música.” En una de sus presentaciones en público registrada en un disco, dando muestras del estilo irónico y el humor con que enfrentaba las adversidades, la propia voz del “Cuchi” revela por qué compuso Me voy quedando: “Resulta que estoy atravesando un percance, porque tengo unas cataratas. He hecho un viaje, el otro día, al Iguazú para cambiar las cataratas porque ésas son más frescas. Entonces, no he tenido más remedio que hacer una zamba, para que la zamba sea la que se ponga triste y yo seguir tranquilo con las cataratas. La zamba la he titulado Me voy quedando… ¡Me voy quedando ciego!...”

Podemos constatar, una vez más, una de las funciones que posibilita el arte: la de “proyectar” un conflicto en la obra creada, como forma de resolución o para poder sobrellevarlo de la mejor manera posible, como “consuelo”.

Cuando ya me empiece a quedar solo

Canción. Letra y música de Charly García

Tendré los ojos muy lejos
Y un cigarrillo en la boca
El pecho dentro de un hueco
y una gata medio loca

Un escenario vacío
Un libro muerto de pena
Un dibujo destruido
Y la caridad ajena

Un televisor inútil
Eléctrica compañía
La radio a todo volumen
Y una prisión que no es mía

Una vejez sin temores
Y una vida reposada
Ventanas muy agitadas
Y una cama tan inmóvil

Un montón de diarios apilados
Y una flor cuidando mi pasado
Y un rumor de voces que me gritan
Y un millón de manos que me aplauden

Y el fantasma tuyo, sobre todo
Cuando ya me empiece a quedar solo

Charly compuso éste tema a los 22 años. Se editó en 1973. Es como si hubiera vislumbrado el futuro de un artista ya viejo y solo, rememorando su época de gloria, en un “escenario vacío”, añorando “un millón de manos que lo aplauden”.

Es una especie de balance de la vida, viendo el futuro como pasado. En 1977 explicó: “Vendrá la soledad y pondrá en escena el museo de uno mismo. Escribí sobre esa etapa en que uno pasa de la vida familiar a su propia vida independiente.

Barro tal vez

Zamba-canción. Letra y música de Luis Alberto Spinetta

Si no canto lo que siento
me voy a morir por dentro
he de gritarle a los vientos hasta reventar
aunque sólo quede tiempo en mi lugar

Si quiero me toco el alma
pues mi carne ya no es nada
he de fusionar mi resto con el despertar
aunque se pudra mi boca por callar

Ya lo estoy queriendo
ya me estoy volviendo canción,
barro tal vez....
y es que ésta es mi corteza
donde el hacha golpeará
donde el río secará para callar

Ya me apuran los momentos
ya mi sien es un lamento
mi cerebro escupe ya el final del historial
del comienzo que tal vez reemprenderá

Si quiero me toco el alma
pues mi carne ya no es nada
he de fusionar mi resto con el despertar
aunque se pudra mi boca por callar

Ya lo estoy queriendo
ya me estoy volviendo canción
barro tal vez...
y es que ésta es mi corteza
donde el hacha golpeará
donde el río secará para callar

Esta canción la compuso el músico en 1965, cuando sólo tenía 15 años, y fue incluida en el álbum Kamikaze de 1982. La interpreta Spinetta como solista, acompañado por su propia guitarra acústica.

Expresa la necesidad existencial de componer y cantar sus canciones, “si no canta se muere por dentro”, hasta el punto de fusionarse con la música y volverse canción “al final del historial”, cuando su “carne ya no sea nada, barro tal vez”.

Durante toda la canción se escucha un fondo de grillos, perfectamente audibles al inicio, debido a que el tema fue grabado en el jardín de su casa, de noche. Spinetta hace una referencia a eso en uno de los textos impresos en el sobre interior del disco. Dice: “los grillos y las ranas en múltiples estéreos para la zamba final.

Nuevamente, un muchacho de 15 años vislumbrando la muerte futura, que ha tenido la posibilidad, como muy pocos, de “tocarse el alma si quería”.

Se evidencia algo común a la mayoría de los creadores: el uso de la intuición, la obra como resultado de procesos inconscientes, concebida sin una intención deliberada

Cuando un periodista le preguntó si era su intención intentar una fusión entre folklore y rock, el músico respondió: “Barro tal vez nace en el colegio secundario. En realidad no quería fusionar nada. Simplemente deseaba que la canción, en su tristeza, no fuera para un lado remanido. Quizás deseaba que fuera para un lado beatle. Pero es una fantasía que se me ocurre ahora, porque nunca me detengo en eso, a menos que alguien me lo cuestione.” En la respuesta se evidencia claramente algo común a la mayoría de los creadores: el uso de la intuición, la obra como resultado de procesos inconscientes, concebida sin una intención deliberada, el artista como “intermediario” de una necesidad de expresión.

Spinetta murió en 2012, pero -tal como percibió tan tempranamente y pudo expresar de manera tan bella- “se volvió canción”. Su música, sus canciones, siguen entre nosotros para siempre, plasmando de esa manera otra de las funciones del arte, como es el deseo de vencer a la muerte, de trascenderla, de seguir existiendo en la obra realizada.

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Articulo publicado en
Agosto / 2017

Boletín Topía