Dar en el blanco: Objetos perdidos. Relatos | Topía

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Nota de los editores: La era de la depresión

El cierre de esta edición coincide con la declaración de pandemia ante el coronavirus. Esta situación llevó a tomar medidas de gran dramatismo: gente aislada en sus casas, ciudades vacías, cierres de fronteras, cancelación de vuelos. El coronavirus aparece interrumpiendo la vida cotidiana. Leer nota de editores completa...

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Dar en el blanco: Objetos perdidos. Relatos

 
Edita El Bien del Sauce, 2019. 114 páginas

El autor amaneció en Buenos Aires. En el transcurso de la mañana fue un niño privilegiado que jugó y jugó. Al mediodía estudió en la escuela pública y llego a graduarse de médico en la UBA. Se especializó en psiquiatría y se formó como psicoterapeuta y psicodramatista. A la tarde trabajó y trabajó. Y ya sobre el inicio de la noche escribió estos Objetos perdidos. En el prólogo Vera Fogwill dice: “Este libro es un conjunto de relatos -la mayoría en primera persona- que como bien aclara el autor en Defensa del testigo son objetos ganados. Yo agregaría, sujetos más que objetos; sujetos propios reencontrados.

Los recuerdos no son memorias. Los recuerdos se hacen memorias al quedar escritos. Las anécdotas no son cuentos; en cuentos se convierten algunas de ellas cuando quedan relatadas. Los ensayos no son relatos ni los relatos pueden ser ensayos, pero sí pueden ser contados cuando una mente despierta nos lleva por distintas situaciones y se detiene en otras cosas: esos objetos y sujetos perdidos. Luis Herrera nos introduce en su universo literario. A veces, a través de una prosa poética en forma de cuento; otras, con relatos breves, pequeños ensayos, y hasta ahora con el tono de una carta íntima. Y lo que une todo es la memoria. Una memoria en tiempo real, puesta en el detalle y, digo en tiempo real, porque es como si el autor, el narrador principal, estuviera ahí, presente, ahora.

A continuación transcribimos dos relatos:

 

Margaritas

Tanta crueldad para conseguir una respuesta.

El amante torturador se piensa amoroso al interrogarte. Supone una complicidad que lo habilita al maltrato. Establece condiciones absurdas: pretende que estando muda reveles solo magnitudes. Imagina que con método obtendrá la certeza de la que carece.

La vida no las da, y tu belleza tampoco asegura garantías. El cálculo numérico de tus pétalos ahorraría el sacrificio. Pero no, insiste con tozuda obstinación. Cuanto más cerca está, más lo abruma la incertidumbre del final.

En tu avanzada desnudez cifra la suerte de su amor suplicante. Y no habrá agradecimiento en el revelado entusiasmo, sino olvido en la decepción inaceptable. Cualquiera sea la palabra del azar tu destino será el mismo: arrojada al rincón de las cosas que perdieron importancia.

Paraíso

A los árboles

El niño camina por las veredas de su barrio. Es la hora de la siesta de todos los veranos de su infancia. Bajo el sol despiadado de la tarde, la única sombra es la suya. Siente que los rayos atraviesan su cuerpo. Va comiendo los gajos de una mandarina; en sus bolsillos hay duraznos y ciruelas.

El niño descubre en su andar solitario eso: que puede estar solo, solo en el mundo. Sin tener la palabra que la nombre, siente la libertad como alas, montado a la nube de una ilusión. Ignora el paso del tiempo. No avizora ningún final. El juego posible, inmediato, ocupa el universo de sus intereses.

El niño cuenta con algunas seguridades. Conoce los intersticios de su territorio. Sabe qué le depara cada punto de esa geografía amiga. Orienta su brújula visual hacia el espacio cálido que le de cobijo. Tiene anhelo de inmensidad y solo un cielo puede sumirlo en el vértigo del infinito. A esas intensidades quiere entregarse.

El niño acude a la certeza de su memoria. Encuentra allí la reiterada algarabía de sentirse mono. Decidido, va en busca de la repetición. El está allí, como siempre, esperándolo. Mudo. Vistiendo su verdor. Ofreciendo sus gruesas ramas como brazos que le darán albergue. Extendido en la penumbra de su follaje disfruta de la majestuosa pereza.

El niño, embriagado por el perfume dulce y penetrante de las flores, se adormece. Sueña con ser jugador de fútbol, cantor popular, escritor. Sumergido en la ensoñación, ríe. Recorre los paisajes oníricos, esperanzado en que sean ciertos. Las escenas queridas de ese firmamento legitiman su estatura infantil.

El niño no sabe que cuando sea un hombre viejo, volverá a treparse al tronco de la aventura, olerá la fragancia de esas gemas diminutas, se esconderá en la oscuridad de esa copa robusta filtrada por los rayos del sol. Se hamacará en el columpio de sus ramas. Entonces, su paraíso vegetal le abrirá las puertas a los paraísos perdidos.

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Articulo publicado en
Abril / 2020

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