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Incertidumbre y Felicidad Cyborg

 

Cualquier tecnología de avanzada es indistinguible de la magia
Arthur C. Clarke

 

Incertidumbre y Fetiche

“Tengo el mundo en mis manos”, es la frase que mejor expresa la ilusión de escapar de aquello que resulta incierto. Una eficaz síntesis de cómo se explicita el reaseguro absoluto para escapar de catástrofes, de la desolación, la enfermedad, la muerte, el desvalimiento y/o terror, etc., ya colectivos, ya individuales. El dicho es un himno para los humanos que creen en el control absoluto.

Cuando la incertidumbre se convierte en amenaza de desintegración es el momento en que, para alivianarla o conjurarla, cobran valor los fetiches protectores. No se sabe cómo surgen los nuevos,1 lo cierto es que se expanden con una rapidez inusitada. Es necesario ubicar su procedencia.

Cuando la incertidumbre se convierte en amenaza de desintegración es el momento en que, para alivianarla o conjurarla, cobran valor los fetiches protectores

Los fetiches protectores son objetos venidos de la más primitiva magia, construcciones imaginarias que poco tienen que ver con lo real. Tienen diversos usos: “La magia servirá por fuerza a los propósitos más diversos: someter los procesos naturales a la voluntad del hombre, proteger al individuo de enemigos y peligros, conferirle el poder de hacerles daño (…) El principio que rige la magia es el de la omnipotencia de los pensamientos.”2

El pensamiento infantil es el que ahí impera. Remite a esos momentos pretéritos en que los niños acuciados por el desamparo recurren a lo maravilloso para sostenerse, es allí donde un objeto, la oración, dios, un ritual afincan y toman valor de verdad.3 Un ejemplo es el cuento infantil de las habas mágicas donde la abundancia, para paliar el hambre y la pobreza, aparece en una noche mientras el niño y su madre duermen. “Cada vez que la realidad es incómoda o insoportable, el ser humano pone en marcha su imaginación para crear “otro lugar” utópico donde es una suerte de espejismo que esconde lo que la realidad tiene de intolerable (…) En este sentido ese deseo de “otro mundo” no proviene de un deseo de transformarlo sino de negar la realidad que siempre es compleja y no se puede simplificar en reduccionismos que llevan a una situación sin salida.”4 Los eslabones que, según entendemos, unen ese otro lugar o mundo con el cuerpo del ser humano son los fetiches, los que en el curso de la historia se van modificando sin perder nunca su ligazón con lo maravilloso y lo mágico de la primera infancia. Para quién cree en su eficacia el fetiche es lo absoluto.

Cómo pudo haber comenzado

No podemos imaginarnos cómo se manifestaba la incertidumbre entre los primates prehistóricos. Sabemos que la formación anatómica de sus manos, de pulgar opuesto al resto de los dedos fue una parte central para devenir hombres. Quizás el más claro ejemplo cinematográfico de esa relación entre la mano, el pensamiento y la primera herramienta esté en la película de Stanley Kubrick : 2001 Odisea del Espacio. Recordémosla.

Dos grupos de primates se disputan un pozo de agua. Los más fuertes ganan y se adueñan del manantial. Los derrotados se alejan un poco y miran cómo los triunfadores se abastecen sin restricción de agua. Uno de los vencidos descarga su furia golpeando repetidamente el cráneo de un tapir exánime, lo hace con el fémur del mismo animal muerto. La repetición de la acción le permite entender cómo asiendo el fémur hace astillas el cráneo que golpea, por ello concibe el hueso como arma. El paso siguiente se le impuso rápidamente: organizar su horda armada con poderosos huesos y lanzarse al ataque. Partidas varias cabezas los hasta ayer vencedores escapan. Victoria. La capacidad para crear la superioridad tecnológica hizo que los débiles se transformaran en fuertes.

Un triunfo de la inteligencia del que le dio a la acción de descarga una instancia superior, la convirtió en una técnica para la guerra, esto hizo que la incertidumbre generada por la sed desapareciese. Un proceso realizado entre la mano, el hueso y la inteligencia. Aquellos primates con el fémur-arma pudieron perfectamente creer que el mundo estaba en sus manos al adueñarse del pozo de agua. Por ello, concluida la pelea, el jefe vencedor exultante lanza el arma hacia el cielo. En un travelling interminable, ya lejos de la Tierra el hueso-herramienta deviene en armónicas naves espaciales que bailan al compás de la música creada por Richard Strauss (1896) inspirada en el libro de F. Nieztsche: Así habló Zaratustra. La pieza musical es “Amanecer” y está dedicada a la salida del sol. Recordemos que F. Nietzsche estaba convencido que desprendido de la carga metafísica, dios, la humanidad mutaría para mejor. Desprenderse de la moral-refugio de la religión haría a los hombres distintos. Dueños de su voluntad devendrían en un súper o suprahombres.

Con Nietzsche como compañía, Kubrick en pocos minutos describe cinematográficamente el largo proceso de cómo el primate devino en homo faber capacitado para transformar la naturaleza prácticamente a su gusto, un camino por el que pasó de ser un animal que muere a convertirse en un ser que tiene conciencia de su propia muerte.

El hombre es tecnológicamente capaz de logros inimaginables pero no escapa a lo inquietante, a aquello que no se conoce

En el espacio exterior Kubrick plantea un mundo hipertecnológico donde el hombre parece dominarlo todo a voluntad, sin embargo, la película advierte que, pese a las prótesis tecnológicas que envuelven a la humanidad actual, nada está absolutamente resuelto. Muestra que el hombre es tecnológicamente capaz de logros inimaginables pero que no escapa a lo inquietante, a aquello que no se conoce. Allí es donde aparecen diversas caras de las incertidumbres. Una de ellas es que al quedar en manos de Hal 9000, la computadora que maneja toda la nave, el hombre corre especiales peligros. Kubrick deja claro que la incertidumbre no solo está en el exterior desconocido, sino en los peligros que se presentan en y con las propias creaciones de la humanidad.

Las incertidumbres

En consonancia con la película, la historia social demuestra que la supremacía que se logró sobre el resto de los animales, sintetizada en las relaciones mano-arma-inteligencia-curiosidad, modificó pero no borró las incertidumbres. El desarrollo del género humano por su inteligencia y la curiosidad que lo gobernaba le mostró que el planeta y el espacio circundante eran un conjunto demasiado complejo y lleno de enigmas que daban pie a diversas formas de perplejidad. El hambre, las catástrofes, las luchas por sobrevivir, la muerte, lo incompresible de la naturaleza y la constitución de cambiantes y violentas formas de relaciones de poder marcó a las distintas formas de la incertidumbre, como aquello que había que disminuir o directamente escapar. Todas ellas tienen a la parca en su trasfondo y es esta última la que le imprime a las incertidumbres su trasfondo de aniquilamiento.

Evolución de los amuletos y fetiches

Para resolver estos desasosiegos aparecen las primeras formas de la magia. Desde ella surgieron objetos que se constituyeron en fetiches, poseerlos era de gran ayuda dado que daban confianza en las acciones que se emprendieran. Se llegaría a buen puerto por la protección que ofrecía el fetiche. Daban un aura mágica que fortalecía a quién lo llevara.

a) Trébol de cuatro hojas

Los tréboles de cuatro hojas vienen desde el fondo de la historia, encontrar un trébol diferente a todos, una rareza de la naturaleza, implicaba un recolector muy paciente y con suerte, casi se podría decir que quién lo poseyera creía escapar de la incertidumbre. La suerte no convertía al sujeto en inmortal, pero le otorgaba la ilusión de que con ella de su lado podía derrotar el azar.

En el trébol cada hoja proveía una condición necesaria para garantizar la seguridad o el éxito personal. La primera era la que colabora con la esperanza, la segunda la que convoca o refuerza la fe, la tercera para el amor. La hoja difícil de hallar es la cuarta: la de la suerte, que unida a las anteriores era como el “Ábrete Sésamo” de lo maravilloso. Llevar este amuleto consigo era tener un aura protectora, un canto a la omnipotencia. El trébol de cuatro hojas, si bien ha caído en desuso, aún tiene sus adeptos. La capacidad de mutación genética que el hombre ha desarrollado permite que haya empresas que vendan tréboles de cuatro hojas producidos por modificación genética.

b) La pata de conejo

La pata de conejo requiere un trabajo humano que se vinculó siempre a la hechicería. Es parte de la historia de la caza de brujas y la búsqueda de medicinas naturales. A la pata de conejo se le atribuyeron en primera instancia potencia curativa para el reuma, la gota, calambres en las piernas (enfermedades muy vinculadas al devenir de las sociedades agrarias).5 En la zona dolorida era necesario frotar el amuleto y de ésta manera se podía mitigar o curar los dolores. Un producto elaborado que busca la sanación de dolores intensos y que reclama condiciones muy especiales para ser efectivo: ser cazado por un hombre bizco, el animal debía ser revisado para garantizar que estaba sano al momento de su muerte y, como tantas otras acciones mágicas, el ritual de la captura debe transcurrir en una noche de luna llena. Ningún ritual o fetiche posee una sola condición, por el contrario cargarlo de reaseguros parece necesario para que cumpla mejor su objetivo, por ejemplo la pata curativa y protectora era la izquierda trasera y su dueño debía portarla en el lado izquierdo del cuerpo. Este objetivo de curar o aliviar las artrosis se ha olvidado, pero la pata de conejo no ha perdido su aura. La misma sostiene que tiene poderes para convocar a la suerte.

La experiencia actual plantea nuevos modos a la existencia humana-cyborg, en ella se busca que la felicidad sea la inmortalidad

c) Los fetiches tecnológicos

Freud describe tres estadios sobre el devenir de las cosmovisiones humanas: 1) el animismo, 2) la religión y 3) la etapa científica en la que “ya no queda espacio alguno para la omnipotencia del hombre, que se ha confesado su pequeñez y se resigna a la muerte.”6 Esto último no se ha cumplido, en el proceso que vivimos, la tecnología actual se rebela contra esa resignación y busca abolir la muerte. Morin señaló muy tempranamente el proceso que advendría: “Cuál no sería mi sorpresa, en el coloquio organizado en Nueva York en octubre de 1969 por el Salk Institute sobre los problemas humanos de la biología, al oír a un joven sociólogo, Weglinski, pedir la urgente constitución de un Comité para la abolición de la muerte, sin provocar burlas ni encogimiento de hombros.”7 Más adelante volveremos sobre esto.

Como ese paso, la abolición de la muerte,8 todavía no ha llegado existe una estación intermedia que aspira a allanar el camino: la felicidad capitalista, nos referimos al consumismo como ilusión de completud. La misma se relanza a niveles extraordinarios con los cada vez más completos que son los teléfonos celulares, llenos de app que ha convertido a los Smartphone en la súper herramienta tecnológica, una vez más “tener el mundo en las manos”, que establece una relación especialísima y muy singular sujeto-mundo.

El dispositivo tecnológico logra un dominio sobre quienes creen en sus beneficios y potencias que sin pensarlo lo van constituyendo en el objeto mágico por excelencia del mundo virtual. Una de sus seductoras propuestas, al saber todo sobre la vida del usuario, es ponerlo entre los algodones de la comodidad, convocándolo hacia la felicidad del consumismo. De esta forma se reformatea permanentemente la condición humana hacia el proyecto del cyborg consumista.

Héctor Freire apunta hacia la producción de la felicidad de la siguiente manera: “Cuando Giorgio Agamben plantea que al hombre contemporáneo se le ha expropiado su experiencia, y que ésta está desapareciendo, lo que dice es que nuestros deseos y aspiraciones están marcados desde afuera: fomentados por la publicidad y al servicio de la ‘felicidad’, erigida desde el poder de la cultura capitalista dominante, en un mito universal: todo el mundo aspira a ser feliz. La felicidad se ofrece y se vende como una inexcusable meta humana.”9

Agregamos nosotros que la experiencia actual plantea nuevos modos a la existencia humana-cyborg, en ella se busca que la felicidad sea la inmortalidad. Su mirada a largo plazo es la siguiente: por vía de innumerables prótesis incorporadas al cuerpo aspira a derrotar a la muerte.10 Hay muchos pregoneros transhumanistas en esta dirección. El cyborg no debe morir promueven los que idolatran esta mutación del hombre hacia el cyborg.

Este sería el Santo Grial de la felicidad y el fin de la incertidumbre ante la muerte. Es decir, pasar de una cultura transhumana a una posthumana, claro que dicha conversión no pone en cuestión nunca la estructura capitalista dominante. Por ejemplo Raymond Kurzweil, alto directivo de Google, no se cansa de predecir que alrededor del año 2045, alejados de las formas biológicas de las formas humanas que conocimos hasta ahora, nuestra singularidad estará incorporada a una computadora que nos albergará y nos permitirá una inmortalidad sin cuerpo.

Las prótesis actuales, que son cada vez síntesis más amplia entre el cuerpo y la tecnología comunicativa, van preparando el camino. Son los primeros dioses, los que van allanando el camino. Son productores de mutaciones que nos conducirán a una fusión donde “viviremos eternamente” dentro de una computadora. Kurzweil de esta manera quiere expulsar la más profunda incertidumbre de los humanos: la muerte. Una manera de garantizar felicidad parecida al Día del Juicio Final y el renacer de los justos. Solo que será la tecnología la que lo posibilitará, por ello es necesario seguir abonando el proyecto de que la tecnología salvará a los humanos de su condición finita. Veamos un ejemplo de esa hibridación entre el cyborg y la comunicación con los nuevos oráculos, cada vez más íntimos y parte de una ceremonia secreta entre el usuario y la virtualidad.

Medir la felicidad

En la cultura cyborg las incertidumbres continúan y siguen teniendo que ver con la debilidad y el desamparo. Las empresas tecnológicas buscan crear negocios con las mismas, existen app y dispositivos para amortiguarlas o dejarlas rápido de lado. Se trata de que predomine un canto a la felicidad consumista. Abandonar el pensamiento crítico para elegir el sobreconsumo de informaciones. El conocido surfear superficialmente en la web.

En la cultura cyborg las incertidumbres continúan y siguen teniendo que ver con la debilidad y el desamparo

Lo cierto es que el anhelo de felicidad recubre de principio a fin la trayectoria del sentido común y desde el mismo la demanda de felicidad atraviesa toda la historia de la humanidad. Sólo ha cambiado la localización y la manera de llegar a ella. Parece que siempre deseamos ser felices, que cambian los contenidos de aquello que llamamos felicidad de acuerdo a los procesos y etapas históricas pero no cesa el sueño de hallar la piedra filosofal de la felicidad. El reiterado final de los cuentos infantiles “y vivieron felices toda la vida” lo demuestra fehacientemente cómo aquello que puede tranquilar a un niño en un momento de su vida es necesario en la adultez actual fragilizada. En el profuso mar de las app que indican la presión arterial, miden la cantidad de pasos dados, la frecuencia cardíaca, las calorías consumidas, etc., existe una muy particular: Mappiness.

La misma promueve, por vía del Smartphone, un tipo especial de singularización: la autoevaluación de la felicidad que le permita al usuario saber cómo se siente. Es decir la app, un algoritmo operado por un robot, es la que dice a cada momento su índice de felicidad en su Smartphone. En el diario leemos: “Mappiness, una app surgida en el Reino Unido que permite ‘mapear’ la felicidad contestando qué tan contento y relajado está el usuario. Después pregunta por el contexto. Con qué personas está; si se encuentra en un lugar cerrado o abierto y qué actividad está haciendo. La app puede grabar para medir niveles de ruido. Mientras la persona responde -la app solicita dos veces por día la interacción con el usuario- el GPS manda por vía satélite su ubicación. Finalmente, el usuario recibe una devolución de su ‘nivel de felicidad’.”11

Quien usa Mappiness es un cyborg perfectamente adaptado a las condiciones de este mundo feliz (¿?), allí se le develan las emociones y sensaciones que vive. Un contacto directo con el dios tecnológico que atiende personalmente al usuario. El saber cómo y cuánto está feliz es decodificada por un algoritmo, un robot que de paso informa minuciosamente toda la vida del usuario a las grandes compañías tecnológicas. Éstas buscarán rápidamente sugerirle alguna mercancía que le ayude a mejorar su nivel de felicidad cotidiano.

De esta manera el Smartphone se convierte en un objeto mágico que aúna lo pretérito del pensamiento del hombre, animismo lo llama Freud, con lo más avanzado de la tecnología. Es así como la profunda observación de Arthur Clarke del carácter mágico de la tecnología de punta hace que dos momentos de la historia de la humanidad se unifiquen. El cyborg, con el informe a cada momento de “sus niveles de felicidad”, queda envuelto en la magia más antigua. Este tipo de adaptación social se parece cada vez más a la descripta por Aldous Huxley en la novela Un Mundo Feliz, no será la pastilla del placer la que garantizará el salir de la incertidumbre, será ese contacto singular donde el Smartphone dirá cuánta dicha tiene el cyborg consumiendo mientras espera la magia tecnológica final: el arribo de la inmortalidad.

Notas

1. Cuando la epidemia de poliomielitis hizo estragos en la ciudad de Buenos Aires en la década de 1950/60 se impuso que los niños llevaran atada a su cuello una bolsita con una pastilla de alcanfor dentro. Se consideraba que establecía una barrera que impedía el contagio de la enfermedad.

2. Freud, Sigmund (1913), “Tótem y tabú”, Obras completas, Tomo XIII, Amorrortu editores, Buenos Aires, 1980.

3. En mi infancia los niños de mi barrio usábamos un amuleto llamado Poncio Pilatos, se trataba de un pañuelo con un nudo en la punta. Se le pedía un deseo y se hacía un nudo en una punta. Luego se los golpeaba contra la pared y se exclamaba: “Poncio Pilatos si no te portas bien, no te desato”.

4. Carpintero, Enrique, “La tristeza del dios-prótesis”, Revista Topía N° 48, Noviembre 2006, disponible en www.topia.com.ar

5. Lo que demuestra que eran dolencias que tenían una gran incidencia en las sociedades campesinas.

6. Freud, Sigmund (1913), op. cit.

7. Morín, Edgar, El hombre y la muerte, Editorial Kairós, Barcelona, 1984.

8. Hazaki, César, “De la omnipotencia infantil al transhumannismo”, Revista Topía N° 80, agosto 2017.

9. Freire, Héctor, “La ‘felicidad capitalista’, una mirada al sesgo”, Revista Topía N° 48, Noviembre 2006, disponible en www.topia.com.ar.

10. Hazaki, César, op. cit.

11. Diario La Nación, edición impresa del 19-9-2015, Argentina.

 
Articulo publicado en
Abril / 2018

Boletín Topía