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León Rozitchner: hacedor de un pensamiento crítico de nuestra cultura

 

Hoy despedimos a un amigo y maestro. Esos amigos mayores que uno tiene como referente hace muchos años. Desde la década del ´60 cuando lo conocí junto a Ismael y David Viñas. Quiero recordarlo con un texto escrito en abril de 2001 para la revista Lote. En aquella ocasión su director Fernando Peirone me pidió un comentario sobre su obra. Luego apareció una versión ampliada en el libro A la izquierda de Freud.

Lo deje como fue publicado: con un final abierto. Es que León seguirá produciendo en todos aquellos que desde diferentes perspectivas fuimos haciendo cuerpo sus ideas.
 
Enrique Carpintero
Buenos Aires 7/9 2011
 
Escribir sobre León Rozitchner implica referirme a un intelectual con una obra que fue construyendo a partir del compromiso con cada momento histórico de nuestro país. Estos  textos influyeron en un sector de una generación a la que pertenezco. Textos polémicos y frontales como su autor. Textos que atraviesan las décadas del sesenta y setenta, el obligado exilio, las ilusiones de la democracia post dictadura y el actual “totalitarismo de mercado”. Muchos años. Muchas épocas. Muchas luchas acompañadas con una gran rigurosidad teórica.
En la década del cincuenta Rozitchner integró la mítica revista Contornoque apareció durante los años 1953 y 1959. En ella se reunían los mejores ensayistas de la época inaugurando una nueva manera de leer la realidad social a través de la crítica cultural. El marco teórico era el humanismo existencialista donde los escritos de Sartre atravesaban una ideología centrada en el compromiso. Rozitchner recién había llegado de completar sus estudios superiores de filosofía y doctorarse en París. Allí participó en los debates sobre marxismo, existencialismo y estructuralismo. En Contornointrodujo una nueva lectura de Marx mientras trabajaba en su primer libro sobre Max Scheller, Persona y sociedad (1962). Mi encuentro con un texto de León, sin embargo, fue un año después cuando apareció Moral burguesa y revolución (1963),donde analizaba el discurso de los anticastristas que fueron apresados luego de la frustrada invasión a Cuba de Playa-Girón en 1961. Las actas del juicio realizado a los contrarrevolucionarios cubanos le sirvieron para ubicar un debate contra el academicismo universitario y cuestionar un conocimiento que eludía referirse al malestar de la época. En la solapa del libro Oscar Masotta reafirmaba esta posición: “....quien dice filosofía ajena al marxismo dice, en nuestro país, filosofía universitaria.” Luego continuaba “Si la filosofía es la filosofía sin clases, sin mal y sin revoluciones nadie será menos filósofo que Rozitchner; pero si la filosofía no es más que un intento de mantener palpitante la exigencia humana de racionalidad y de universalidad al contacto vivo con el mal y las tragedias de la historia, podremos llamar filósofo, contra su gusto, a Rozitchner.” En esa época escribe Ser judío (1963) donde da las razones para no renunciar a la izquierda y al judaísmo. El texto lo cierra con dos preguntas cuyas respuestas va a dar más adelante al tratar de entender la inscripción del poder en nuestra subjetividad: “¿Qué extraña inversión se produjo en las entrañas de ese pueblo humillado, perseguido, asesinado, como para humillar, perseguir y asesinar a quienes reclaman lo mismo que los judíos antes habían reclamado para sí mismos? ¿Qué extraña victoria póstuma del nazismo, que extraña destrucción inseminó la barbarie nazi en el espíritu judío?”
Entre las revistas que leíamos se encontraba Problemas del tercer mundo (1968) editada por David Viñas, Ismael Viñas, Ricardo Piglia y León Rozitchner donde se discutían problemas referidos al compromiso de los intelectuales. Fue la época en que “Malena canta el tango como ninguna” contra el estalinismo, el populismo y el “foquismo” de la izquierda.
En 1969 se produjo el “Cordobazo” que fue la consecuencia de una movilización sin precedentes en todo el país contra la dictadura de Onganía. De esta manera comenzó un nuevo período en las luchas políticas y sociales. La tantas veces anunciada unidad obrera-estudiantil se había hecho realidad. Se desarrolló un nuevo sindicalismo antiburocrático y anticapitalista  que excedía la identidad peronista de los trabajadores. En él se alimentaba una “nueva izquierda” clasista e independiente de los modelos ideológicos predominantes hasta ese momento. Fue en este período donde conozco personalmente a León, cuando un grupo de estudiantes lo llevamos a debatir en el aula magna de la facultad de Psicología de la UBA en la que se reunieron más de mil alumnos. Fueron tiempos de confrontaciones, polémicas y la esperanza de que el mundo podía ser cambiado.   
Mientras tanto el resultado de profundizar la lectura de Freud lo llevará a escribir uno de los libros fundamentales de la década del setenta y, debo decir hasta la actualidad: Freud y los límites del individualismo burgués (1972). Aún conservo la primera edición, en las que sus páginas amarillas reflejan el paso del tiempo. Por el contrario, la actualidad de sus conceptos permite seguir comprendiendo el “sometimiento subjetivo” que ejerce el poder sobre el sujeto. En 500 páginas desarrolla su tesis donde afirma que “cada sujeto es también núcleo de verdad histórica”. En la introducción plantea las intenciones del libro. Escrito para polemizar con las posiciones estructuralistas, su estilo es de abierto desafío contra aquellos que quieren eliminar al sujeto en el “poder anónimo de la estructura”. Por ello afirmaba que el “retorno sobre el sujeto se hace ahora más necesario que nunca: estructuralismo mediante, terminamos por no hablar sino por ser hablados. Nos disolvemos en lo impersonal que se piensa en nosotros como lugar anónimo de la significación y, por lo tanto, sin responsabilidad.”
En el comienzo Rozitchner alude a la situación política que se vivía en ese momento y se pregunta “¿es posible escribir sin pudor otra cosa que no sea sobre la tortura, el asesinato, la humillación y el despojo cuando el orden de la realidad en que vivimos se asienta sobre ellos? Y sin embargo es sobre eso de lo que aquí se escribe, es sobre su fondo lo que aquí pensamos”. Luego se confiesa “al escribirlo quise, sobre todo, borrar la distancia y el alejamiento en los que nos introducen las formulaciones científicas, tan a la moda en su presunción de verdad, donde las significaciones leídas sabiamente –por el caso el psicoanálisis- se inscriben siempre en el marco del enfermo, siempre del otro, pero no de uno. Uno, a lo sumo, se espía fugaz y oblicuamente en el ‘caso’ del otro”.
La afirmación de que “la subjetividad es también una institución” lo llevaba a plantear que “las enseñanzas de Freud son tan importantes para el marxismo y la política: porque convergen ratificando, en el análisis del sujeto extendido hasta mostrar las determinaciones del sistema en su más profunda subjetividad, las verdades que Marx analizó en las estructuras ‘objetivas’ del sistema de producción.”
Rozitchner pensaba que su trabajo podía contribuir a los debates dentro de la izquierda intentando iluminar un punto ciego del marxismo político: el problema de la subjetividad planteado por Freud. Su intento era “deshacer las trampas que la burguesía incluyó en nosotros como su eficacia más profunda.” Y para demostrarlo se abocó a la relectura de dos obras de Freud: El malestar en la cultura y Psicología de las masas y análisis del yo.
La primera parte del libro, “La distancia interior”, trabajaba sobre las Nuevas aportaciones al psicoanálisis, de Freud, retomando el planteo freudiano de cómo lo más lejano al sujeto estaba dentro de sí: los sueños y los síntomas. Para Freud había dos dominios extranjeros: uno interno (los propios impulsos negados) y otro externo (la realidad y su historia): “esto es lo fundamental que tanto Freud como Marx ponen de relieve: la estructura dialéctica en el interior de la propia subjetividad como una distancia histórica abierta por la cultura en el seno del propio sujeto.”
Dedicó la segunda parte del libro a ese segundo dominio: “la distancia exterior”. Allí trabajaba primero sobre El malestar en la cultura. Para él, el capitalismo producía la negación de la propia agresión, que se volvía contra uno mismo, en beneficio del sistema. Para ello, “contamos con la lectura específica que Marx realizó de la sociedad capitalista. Sus conclusiones son, creemos, convergentes con las que Freud plantea y, diríamos, complementarias. Marx vio que la función de la ciencia social era organizar la ‘agresión’ de la clase dominada y que la violencia es necesaria para suprimir la muerte que históricamente le es dada en la negación de su propia vida, y que la vida social implica la muerte social.” Pero esto tenía un obstáculo en el sujeto, ya que “la agresividad, que el instinto de vida tendría que orientar hacia el obstáculo que se opone en el mundo a la satisfacción, es vuelto aquí también a lo subjetivo, convertido en masoquismo, contra el mismo sujeto... Por eludir la muerte que debemos enfrentar afuera, nos la damos a nosotros mismos.” Argumento que le permitía entender el método de dominación social más potente, el que llevamos dentro: el sentimiento de culpa. Rozitchner analizaba su génesis y su funcionalidad, tanto como la imposibilidad de resolver esta cuestión dentro de los límites del individualismo de un análisis personal. Por el contrario, la cura era social. Es que para Rozitchner, la “cura” individual era necesaria pero insuficiente para los padecimientos humanos, ya que ella solamente trataba el superyó individual pero no el superyó colectivo. La “cura” colectiva era la rebelión frente a él. Por ello, “el análisis del individuo, la ‘cura’ individual, abre necesariamente a la ‘cura’ colectiva, si pretende ser coherente como ciencia y terapia: abre a la revolución.”
Luego trabajaba Psicología de las Masas y análisis del yo. Las ideas de Rozitchner se apoyaban en el inicio del libro de Freud: la imposibilidad de pensar al hombre aislado y cómo, desde el inicio, la psicología individual era social. De esta manera, “se destruye así una de las separaciones más tenaces de la ciencia y el individualismo burgués, sobre el que reposa, por otra parte, la oposición entre individuo y sociedad, entre lo subjetivo y lo objetivo, y por lo tanto, la oposición entre naturaleza y cultura.” Esta era la idea que explica el título del libro. Esto lleva a la revisión del concepto de masa, desarticulando la idea de la disolución de la individualidad en la masa, con un retorno a una cierta animalidad. Para Rozitchner, era la “persona burguesa” la que se afectaba en la masa y no la subjetividad. Por el contrario, rescataba al Freud que daba la preeminencia creadora de la actividad colectiva de la masa respecto a sus miembros individuales. Para ello siguiendo a Freud clasificaba a las masas en institucionalizadas, espontáneas y revolucionarias. Desde la visión burguesa solamente las institucionalizadas (artificiales, como la Iglesia y el Ejército) eran las “buenas”, ya que reproducían el sistema social. En cambio, las espontáneas y revolucionarias eran malignizadas porque cuestionaban el sistema social. Por otro lado, Rozitchner rescataba el concepto de libido corporal y social, y afirmaba que “el redescubrimiento en Freud del propio cuerpo como determinado libidinalmente por los otros es paralelo al descubrimiento de Marx, del hombre ligado necesariamente con la naturaleza como cuerpo común, como el “cuerpo objetivo de su subjetividad” que le fue escamoteado. En ambos la recuperación del cambio de objetivación y producción material se convierte en el índice de lectura de la racionalidad que tiene forma ‘orgánica’, es decir forma ‘hombre’.” La subjetividad es corporal y allí se instala el poder dominante.
A pesar de que el libro replantea un Freud para el marxismo y la política, fue sub-utilizado por freudianos y marxistas. En 1972 estaba en auge el estructuralismo althusseriano en la mayor parte de la izquierda. El planteo de Rozitchner abría certeras preguntas sobre la subjetividad, pero dejaba que el lector intentara sus propias respuestas, a diferencia de la mayoría de las propuestas de la época.
Hoy nuevamente el sujeto ha desaparecido en la llamada globalización, el “totalitarismo de mercado”, el pensamiento único, el postmodernismo, el postestructuralismo, el neoconstructivismo, etc. El poder somete nuestra subjetividad impidiendo la posibilidad de pensar una transformación de la sociedad. Para ello ha moldeado un intelectual dócil que sólo se horroriza ante las consecuencias del sistema sin sacar “los pies del plato”. Es decir, un intelectual comprometido con los valores del mercado: las fundaciones de grandes empresas monopolices, las grandes editoriales, los medios de comunicación, los centros académicos, etc. No es el caso de León Rozitchner. En el exilio dictó muchas conferencias -que luego se reúnen en el libro Freud y el problema del poder (1987). En este texto continua la reflexión sobre las relaciones constitutivas de lo colectivo-institucional en los subjetivo-corporal iniciadas en Freud y los límites del individualismo burgués, ahora desde la problemática del poder. De allí que plantea: “En Freud se trataría de explicar la estructura subjetiva como una organización racional del cuerpo pulsional por imperio de la forma social. Si cada uno de nosotros ha sido constituido por el sistema de producción histórica, es evidente que el aparato psíquico no hace sino reproducir y organizar ese ámbito individual, la propia corporidad, como adecuado al sistema para poder vivir y ser dentro de él. Muchas de las explicaciones que desarrolla Freud se basan en modelos de las instituciones represivas sociales interiorizadas: la policía, los militares, la religión, la economía, la familia. Todo lo que vemos en acción afuera aparece y permite la construcción teórica de una organización subjetiva adentro, que determina nuestro modo de ser como réplica de la organización social. Nos interesa mostrar que lo subjetivo es absolutamente incomprensible si no se prolonga hasta alcanzar el campo colectivo de las determinaciones históricas… Freud abre las posibilidades de pensar la conducta del hombre en el campo de mayor densidad significativa dentro de la cual encuentre su sentido. Y nos muestra a la psicología incluyéndola como ciencia histórica, es decir constituyendo al individuo como lugar donde se verifica y se debate el sentido de la historia, sin lo cual la conducta se convierte en in-significante. No queremos decir que Freud lo haya alcanzado cabalmente: decimos sólo que, a partir de él, el interrogante que toma al hombre como su objeto encontrará desde allí las líneas de sentido para su comprensión y posterior desarrollo.” Pero deja en claro que lo social no aparece en la subjetividad solamente como marca o imposición “sino como resultado de un debate, de un conflicto donde la forma de los social triunfa -y no siempre- sólo bajo la forma de transacción. Transacción: elaboración objetivo-subjetiva de un acuerdo, resultado de una lucha previa, de un combate donde el que va a ser sujeto, es decir yo, no es el dulce ser angelical llamado niño, tal como el adulto lo piensa, que va siendo impunemente moldeado por el sistema sin resistencia. Si hay transacción, si el yo es su lugar, hubo lucha en el origen de la individualidad: hubo vencedores y vencidos, y la formación del sujeto es la descripción de este proceso.”        
También en el exilioescribió Perón: entre la sangre y el tiempo. Lo inconciente y la política, (1979) donde la guerra está teorizada a partir de Maquiavelo, Spinoza,
von Clausewitz, Freud y Marx. Su intención era comprender la creación social del peronismo, extendido al campo militar, como una forma de dominación política, cuyas consecuencias deben ser entendidas no sólo en la reorganización de las formas sociales colectivas sino también en la configuración subjetiva de sus adeptos. En el prólogo de la segunda edición escribe: “Agotada quedó la primera edición de este ensayo, en medio de una penuria crítica generalizada, en un país plagado de psicoanalistas –y encima ‘progresistas’- sin haber logrado que alguno de ellos al menos, tan politizados antes, se interesara por ‘lo inconciente en la política’ que el libro desarrolla. Sin haber encontrado tampoco eco, ni las mas mínima crítica (lo cual es aún peor) en ninguna de las múltiples variantes del peronismo de ‘izquierda’, ni tampoco en los intelectuales que apoyaron o criticaron al peronismo desde el progresismo marxista. Quizás recién ahora estén dadas en el país las condiciones para considerar en serio esa experiencia social. Pero sobre todo para sacar las consecuencias políticas que el peronismo produjo en la izquierda”.
De esa época es Las Malvinas: de la guerra “sucia” a la guerra “limpia”. En el exilio muy pocos se atrevieron a sostener un debate de oposición a la invasión a las Malvinas. Sin embargo Rozitchner se preguntaba: “El dilema es de hierro: nos dan a elegir entre Galtieri o Reagan-Thatcher. Lo mismo hacen en el interior del país. Ellos dicen: no elegimos a Galtieri, elegimos sólo estar al lado de los ‘justos intereses populares’. Pero ¿Quién dijo que las Malvinas son en este momento un ‘justo interés popular’? ¿Quién dijo que el enemigo principal son en este momento los Estado Unidos e Inglaterra, y no la fuerzas militares argentinas de ocupación que tratan de invertir la jerarquización a su favor? ¿Y quién dijo que ese interés lo es precisamente en momentos en los cuales la soberanía efectiva del país fue arrasada por los mismos militares que la defienden simbólicamente en el enfrentamiento con Inglaterra? Como ‘si los justos intereses populares’ pudieran ser reivindicados puntualmente, sin inscribirlos en una jerarquía histórica que en cada momento -como elemental regla general- da sentido a toda reivindicación.”
Durante el año 1997 publicó La Cosa y la Cruz. Cristianismo y Capitalismo (En torno a las Confesiones de San Agustín). En este libro analizaba teóricamente, siguiendo las Confesiones de San Agustín, el núcleo mítico religioso del cristianismo como fundamento de la subjetividad en el capitalismo occidental. Su objetivo es fundamentar como San Agustín marca un punto de inflexión donde la religión comienza a preparar en la subjetividad las condiciones de sometimiento al capitalismo y la contribución de cada uno a la perpetuación de un orden social injusto. Sin religión no es posible el capitalismo ya que cuando triunfan lo hacen juntos. El libro fue declarado “no aceptable” por un jurado del CONICET compuesto por cuatro católicos dogmáticos, lo cual provocó numerosas solicitadas condenando el evidente acto de censura.
De esta manera, muchos años después, profundizó en los límites del discurso freudiano que inicio en Freud y los límites del individualismo burgués las formas que el poder se inscribe en nuestra subjetividad.Es así como en un artículo advierte que “sólo por medio de una abstracción metodológica insostenible es posible dejar de relacionar, en  nuestros días, el triunfo simultáneo del cristianismo y del capitalismo, poderes aliados que se deben ahora mutua existencia”. Nuevas líneas de debate para encontrar los obstáculos que impiden en nuestra subjetividad -al decir de Spinoza- desarrollar las pasiones positivas que construyen comunidad, liberar las relaciones y tengan el poder de construir una democracia de la alegría de lo necesario. Es en esta perspectiva que León Rozitchner continúa haciendo su obra.
Enrique Carpintero

 

 
Articulo publicado en
Octubre / 2011

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