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La identidad de la alegría de lo necesario

 

Como afirmábamos en anteriores editoriales el poder no se agota en los aparatos de funcionamiento del Estado, los partidos políticos y los grupos económicos sino fundamentalmente se encuentra en cómo se relacionan los sujetos en la sociedad. En este sentido la fortaleza del poder no está solamente afuera ya que también la encontramos en nosotros mismos organizando nuestra subjetividad en identidades adecuadas a las formas de las clases dominantes. Por ello, como plantea León Rozitchner,

  hay que comprender la política desde otro lugar: aquel que nos muestre el modo como los “elementos” últimos del poder social -los hombres- son movilizados por la representación del poder que vive en ellos de manera invertida, organizada y dirigida contra ellos mismos. No hay poder colectivo, político por lo tanto, que no suscite o se dirija al poder individual .

 

Sábado. La novela de Ian McEwan describe la fragilidad en que se sostienen las identidades individuales y colectivas en un mundo atravesado por el miedo.

Pero una ciudad, por naturaleza, cultiva insomnes; ella misma es una entidad que no duerme y cuyos cables nunca paran de sonar; entre tantos millones tiene que haber personas que se asoman a la ventana cuando normalmente deben dormir.

Henry Perowne es un prestigioso neurocirujano felizmente casado con una hermosa abogada y con dos hijos, la poeta Daisy que ya figura en el catálogo de Fabe and Faber y Theo, un joven avezado en el blues . Todos viven en una mansión de un barrio de Londres. Ese sábado comienza el fin de semana de descanso de Henry. Es el 15 de febrero de 2003, el día de las grandes manifestaciones contra la guerra de Irak. Henry se despierta antes del amanecer, va hacia la ventana de su dormitorio y en la media luz de la mañana ve pasar un avión en llamas que sobrevuela la ciudad. En estos tiempos de miedos e incertidumbres Henry teme lo peor: un accidente o un ataque terrorista. Más tarde sabrá que se trata de un avión ruso en dificultades. Sin embargo en su pensamiento se empiezan a disparar preguntas.

Que relajante debió de ser, en otra época, ser próspero y creer que una fuerza sobrenatural omnisciente había asignado a cada persona su posición en la vida. Y no ver que esta creencia favorecía a tu prosperidad: una forma de anosognosia, un útil término psiquiátrico para designar la ignorancia de la propia enfermedad. ¿Cómo son las cosas ahora que creemos que sí sabemos? Tras los ruinosos experimentos del siglo recién fenecido, después de unas conductas tan infames, después de tantas muertes, se ha instaurado un agnosticismo intranquilo en torno a estas cuestiones de justicia y redistribución de la riqueza. No más grandes ideas. El mundo debe mejorar, si es que mejora, a pasos pequeñísimos. La gente adopta ante todo una visión existencial: tener que barrer las calles para ganarse la vida parece siempre mala suerte. No es una era visionaria. Es necesario limpiar las calles que se alisten los infortunados .

Mientras se realiza una de las manifestaciones más importantes contra la guerra de Irak el neurocirujano Henry Perowne deambula sólo por la ciudad. Acude a ver a su madre internada en el geriátrico donde la consume una demencia senil, medita acerca de la fragilidad de los valores en los que ha sido educado, se pregunta sobre la guerra de Irak y si quienes manifiestan en las calles tienen o no la razón, recuerda las discusiones literarias entre su hija y su suegro el poeta Grammaticus, escucha a Bach, le hace el amor a su esposa y juega al Squash . En ese trayecto su lujoso Mercedes choca con el BMW del violento Baxter que padece el síndrome de Huntington. Logra escapar de la agresión de Baxter y sus amigos pero cree ver el BMW rojo a cada instante. No está tranquilo, el accidente se convirtió en una recurrencia y una advertencia de que algo puede ocurrir.

Tener controlado a los revoltosos, a los matones, constituye el famoso “sentido común” para mantener intimidados a todos los hombres: un sistema de gobierno, un brazo del Estado, al que libremente se le otorga el monopolio del uso legítimo de la violencia .

Finalmente Baxter irrumpe en la casa de los Perrowne cuchillo en mano y convierte en real la amenaza que Henry siente subjetivamente y que acecha permanentemente la vida perfecta de la familia perfecta. Los Perrowne se salvan gracias a la capacidad poética de Daisy: una metáfora que expresa la ilusión de los sectores acomodados para retratar un mundo violento calmado por la cultura. Luego todo vuelve a ser como antes. Un día ha terminado y comienza otro con las mismas dudas e incertidumbres.      

 

Acerca de la ética. Se conoce obrando y se obra conociendo de manera que conocer es hacer y hacer es conocer. En este hacer se pone en juego lo que plantea la ética: hacernos responsables de nuestros actos. Por ello no hay ética más que con los otros.

Piensa Henry Perrowne, y que lujo esto de arreglar el mundo en la cocina de la casa, las iniciativas geopolíticas y la estrategia militar, y no tener que dar explicaciones a los votantes ni a periódicos ni a amigos ni a la historia. Cuando no hay consecuencias, equivocarse no es más que una diversión interesante.

La ética de Spinoza no responde a la pregunta ¿qué debo hacer? o, ¿qué pasará si no hago lo que debo?. No es el “deber ser” la palabra de la ética de Spinoza sino una ética materialista del “poder ser”. Obrar éticamente consiste en desarrollar el poder del sujeto y no en seguir un deber dictado desde el exterior. El ser de Spinoza es poder y potencia, no deber. La cual se realiza a través del conocimiento de las propias pasiones para realizar una utilización de éstas que las conviertan de pasiones tristes (el odio, el egoísmo, la violencia, etc.) en pasiones alegres (el amor, la solidaridad, etc.). De esta manera el objetivo de la liberación ética es pasar de las pasiones tristes a las pasiones alegres.

Para Spinoza necesidad y libertad no son contrarios. El contrario de necesidad es accidente, el de libertad, sometimiento. Por ello trata de resolver los interrogantes de la condición humana y su sometimiento al poder: ¿Por qué el ser humano lucha por su servidumbre como si lo hiciera por su salvación? ¿Por qué escucha más a los que lo envilecen,

engañan y lo llenan de ideas falsas que a quienes aspiran a independizarlo?

Como dice la gente, esto es teatro urbano. Un siglo de películas y medio siglo de televisión han convertido el asunto en algo falso. Es puro artificio. Aquí están los coches y aquí los dueños. Éstos son los tíos, los desconocidos, cuya dignidad está en juego. Alguien tendrá que imponer su voluntad y vencer, y el otro habrá de acatarlo .

La idea de libertad tal como es reconocida por el sujeto es una creencia imaginaria. Para Spinoza la creencia en la libertad de la voluntad proviene del hecho de que el sujeto tiene conciencia de que realiza acciones de acuerdo a su deseo, pero en realidad lo que ocurre es que ignora las causas que lo llevaron a realizar dichas acciones. Por ello la libertad del sujeto esta en conocer las razones de su acción para hacerse responsable de sus actos. En este sentido el sujeto es libre cuando se apropia de su capacidad de obrar. Es decir, cuando está determinado por ideas adecuadas que derivan en afectos activos. La libertad está vinculada a la potencia de ser y a lo que de ella se deriva: la alegría de lo necesario. No es la voluntad y lo que la regula socialmente. En este sentido la identidad en Spinoza es la identidad de lo posible y lo necesario. Es la identidad de la potencia de ser .

En la actualidad el vaciamiento de la subjetividad deviene de un imaginario social donde sólo existe la libertad de tener y el poder de dominar. Su resultado es que no potencia la capacidad de elegir ya que, no sólo la limita a la mitad de la población que vive en la pobreza, sino que restringe la libertad al banalizar su potencia. Las características del actual capitalismo mundializado es saber adecuarse a lo más primario de la subjetividad de todo sujeto: su egoísmo y su crueldad. Es decir, la afirmación de una identidad que se alimenta del odio y vive del miedo. Estas circunstancias no son un defecto que al poder le interese corregir, por el contrario, son las condiciones necesarias para que se siga reproduciendo su sistema de dominación.     

 

Identidades estalladas. La identidad es un permanente proceso de construcción y reconstrucción que depende de una subjetividad creada en la relación con los otros en el interior de una cultura. El proceso de mundialización capitalista ha llevado que estallen las identidades individuales y colectivas características de gran parte del siglo XX. La reorganización de la esfera estatal y económica que comienza a mediados de los setenta y se desarrolla, particularmente en la Argentina, durante la dictadura militar para afianzarse en los noventa, realizó un inmenso trabajo político tendiente a ejecutar un programa de destrucción metódica de los colectivos sociales capaces de cuestionar la lógica del mercado. El individuo solo, aislado y sin poder, debe encontrar la forma de sobrevivir. Este vaciamiento de la subjetividad ha generado una sociedad fragmentada desde el punto de vista de sus modos de vida y su sociabilidad cuestionada en el 2001 por diferentes sectores sociales que descubren una fuerza que produce comunidad.

Es en el espacio urbano, quizás debido a la gran concentración de sus habitantes, donde se muestra espacialmente lo que se inscribe en la subjetividad de aquellos que lo habitan. De esta manera encontramos formas de vida antitéticas y de conexiones complejas donde el miedo se constituye en un ordenador social. Por un lado, sectores de altos ingresos en barrios cerrados y edificios vigilados y, por otro, la segregación de los pobres en asentamientos y villas miserias. En el medio aparecen zonas intermedias entre ricos y pobres caracterizadas por la privatización cuyo eje de socialización son los shopping . Es decir, mientras se produce un avance de los espacios residenciales con la construcción de viviendas para sectores de alto poder adquisitivo encontramos el aislamiento de los pobres que se vincula a la escasa posibilidad de integrarse al mercado laboral ya que cuando lo hacen sólo pueden conseguir trabajos precarizados y en “negro”. También han desaparecido los espacios de sociabilidad entre clases y el deterioro de los servicios públicos, en especial la educación y la salud (en 1974, la distancia entre los que más y menos ganaban era de cinco veces, en 1994 de 18 y en 2005 de 31. Según la última Encuesta Permanente de Hogares, el 20% de las personas que perciben ingresos se queda con el 53,6% de la torta, mientras que, en el otro extremo, un 40% de la población debe conformarse con el 11,7%). Esto determina que en la actualidad, con diferentes políticas económicas, continúa el modelo neoliberal de representación social de dominación al reforzar la exclusión social y el aislamiento de los pobres.

En este sentido, como plantea Pierre Bourdieu:

Las relaciones objetivas de poder tienden a reproducirse en las relaciones de poder simbólico. En la lucha simbólica por la producción del sentido común o, más precisamente, por el monopolio de la nominación legítima, los agentes empeñan el capital simbólico que adquirieron en las luchas anteriores y que puede ser jurídicamente garantizado .

De esta manera, los sectores dominantes utilizan su “capital simbólico” para nombrar las identidades colectivas que permiten mantener las formas de dominación en que ese poder se perpetúa . Es en el discurso mediático donde encontramos la denominación de una subjetividad construida en la ruptura del lazo social: la “gente” y los pobres. Todos son “gente” mientras puedan mantener cierto poder adquisitivo. La “gente” son los que consumen. Por supuesto, hay “gente” más importante que otra. Estos son aquellos que, desde un nuevo phatos subjetivo, hacen un culto del individualismo exhibiendo su fortuna como paradigma de una supuesta felicidad familiar. En este mundo privado, hecho público a través de los medios de comunicación, los pobres son arrojados hacia el desarraigo, la confusión y las márgenes de la sociedad. La visibilidad de la “gente”, transmitida como modelo identificatorio para el conjunto de la sociedad, tiene que sostenerse en la invisibilidad de los pobres. Ellos no deben molestar, por el contrario, tienen que padecer en silencio la precariedad de sus condiciones de vida. Es así como la preocupación por la pobreza tiene características autoritarias asociadas a mantener la seguridad y la libre circulación.

En este sentido los noventa finalizaron en relación a los sectores políticos que gobernaban el país pero, con diferentes variantes, continúan en la actualidad en el imaginario social de dominación. Por ello las luchas políticas, sociales y culturales que llevan adelante las nuevas formas en que aparecen la identidad de clase, de género y generación deben tener en cuenta lo que sostiene Bourdieu:

Para cambiar el mundo, es necesario cambiar las maneras de hacer el mundo, es decir la visión del mundo y las operaciones prácticas por las cuales los grupos son producidos y reproducidos .

 

Bibliografía

Bourdieu, Pierre, Cosas dichas , Editorial Gedisa, Barcelona, 1993.

Carpintero, Enrique, La alegría de lo necesario. Las pasiones y el poder en Spinoza y Freud , Editorial Topía, Buenos Aires, 2003.

McEwan, Ian, Sábado , Editorial Anagrama, Buenos Aires, 2005.

Rozitchner, León, Freud y el problema del poder , Editorial Plaza y Valdés, México, 1987.

Spinoza, Baruch, Ética , Editorial Aguilar, Buenos Aires, 1982.

Wortman, Ana, Imágenes publicitarias / nuevos burgueses , Editorial Prometeo, Buenos Aires, 2005.

 
Articulo publicado en
Abril / 2006

Boletín Topía

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