El capitalismo neoliberal promueve un “individuo absoluto” que no debe explicaciones a nadie. Por ello la impudicia (falta de vergüenza) se convierte en una herramienta política. La ética del psicoanalista, en cambio, consiste en rescatar la singularidad del sujeto y su responsabilidad frente al otro. Es así como la ética permite la alteridad al mantener la sensibilidad (incluyendo la vergüenza) que nos permite reconocer al otro como un semejante, resistiendo a la fragmentación social y al odio.
La vergüenza hoy no nace de haber hecho algo “malo” moralmente, sino de ser “insuficiente” para el mercado.
Desde esta perspectiva debemos entender que la vergüenza no es solo una emoción individual, sino un afecto político y social que revela la tensión entre el sujeto y el sistema de poder que lo rodea.
Como vamos a ver a lo largo de este texto, la vergüenza la podemos entender como un afecto bisagra. En lo singular es un indicador de un conflicto entre la realidad del sujeto y sus deseos; en la relación con los otros es la chispa que, al compartirse, permite la denuncia de la injusticia. Mientras que el poder busca que el individuo sienta vergüenza de sí mismo para controlarlo, cuando desde lo colectivo aparece la vergüenza del sistema permite la posibilidad de generar acciones para modificarlo. Es decir, lo que llamo la vergüenza ética permite que transformemos la vergüenza en indignación para recuperar la potencia de actuar.
En el mito de Adán y Eva que se encuentra en el Antiguo Testamento, en particular el Génesis, se relata cómo aparece la vergüenza ligada a la sexualidad en el ser humano. En el “Jardín del Edén” Adán y Eva no conocen el peligro, la vejez ni la muerte: estaban desnudos y no sienten vergüenza. Sin embargo, la serpiente tienta a Eva a comer el fruto prohibido, engañándola con la idea de que si lo hace será como Dios: “el día que comeréis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal.” La mujer, siguiendo los consejos de la serpiente, comió y dio de comer también a Adán: “Entonces se les abrieron a entrambos los ojos, y se dieron cuenta de que estaban desnudos; y cosiendo hojas de higuera se hicieron unos ceñidores.”
De este relato podemos observar dos momentos bien diferenciados: un antes y un después de comer del árbol prohibido. Si el antes nos lleva a un momento de no saber, de inocencia; el después está marcado por el abrir los ojos, por un despertar ante la apertura al conocimiento.
Cuando el colectivo siente vergüenza por el estado de la sociedad, nos encontramos con el primer paso para transformarla.
Aquí se entrama conocimiento, sexualidad y vergüenza: al abrir los ojos, los cuerpos se revelan desnudos y, por vergüenza, los cubrimos. De este modo, el conocimiento de la sexualidad debe ser aquello frente a lo que hay que avergonzarse. Luego de este acto, Dios se enoja y le dice a la mujer: “Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos: con trabajo parirás los hijos. Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará”. Al hombre le dijo: “Por haber escuchado la voz de tu mujer y comido del árbol del que yo te había prohibido comer, maldito sea el suelo por tu causa: con fatiga sacarás de él el alimento todos los días de tu vida. Espinas y abrojos te producirá, y comerás la hierba del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado. Porque eres polvo y al polvo tornarás.”1
Vamos a encontrar varias interpretaciones de este relato.
Veamos dos de ellas.
Por un lado, refleja, en parte, el fin de la infancia: la inocencia perdida; la misma frase “Jardín del Edén” lo sugiere. El original hebreo de la palabra “Jardín” es “gan” que tiene el significado de describir un espacio cercado o protegido; el tipo de lugar para poner a aquellos que todavía no se pueden cuidar, para así evitar que se lastimen. Este mito ejemplifica cómo se sale de la infancia: el árbol del conocimiento está en medio del “Jardín de Edén” donde encontramos el peligro y la posibilidad de crecer. Por otro lado también, es una narración que da sustento histórico al patriarcado. La mujer es creada a partir de una costilla de Adán, lo que refuerza la idea de una jerarquía de género; la serpiente tienta a Eva, la cual es más susceptible a la tentación y, por lo tanto, es una persona débil necesitada de que la guíe un hombre, quien se debe cuidar de su perniciosa influencia. De allí que, al ser considerada culpable, el castigo de Dios es más fuerte, ya que además de establecer que “parirás con dolor” dictamina que “tu deseo será para tu marido y él se enseñoreará de ti”. Subrayemos la palabra “enseñorear”; es decir, “te dominará y se hará tu dueño”.
Es importante comprender que el patriarcado no se trata solo del dominio del hombre sobre la mujer. Es el triunfo de un sector o clase social sobre los más vulnerados. Esta situación ocurre desde la antigüedad hasta la actualidad. Quizás, los periodos históricos más significativos donde predominó fueron en la época de la Inquisición y la victoriana.
Durante el último milenio antes de la era moderna, las prohibiciones sexuales se organizaron en leyes y normas que regularon las costumbres judías para luego migrar al cristianismo. Sin embargo, la causa primera de esta regulación emocional y sexual se hundió en el “inconsciente colectivo” de la humanidad.2
Hoy el miedo y la vergüenza son las dos caras de la moneda que el poder neofascista neoliberal utiliza para el sometimiento subjetivo, pero ambos operan de formas distintas. Utiliza el miedo (al desempleo, a la inseguridad, al “otro” diferente) para generar aislamiento. El miedo fragmenta los lazos solidarios: cuando alguien tiene miedo, se encierra y deja de participar en lo colectivo; es una herramienta política que busca que el sujeto acepte condiciones de vida precarias a cambio de una “seguridad” ilusoria. Mientras el miedo viene de una amenaza exterior, la vergüenza es un “castigo” que el sujeto se impone a sí mismo. Es el sentimiento de ser insuficiente frente a las exigencias del mercado. Si el miedo dice “cuidado con el otro”, la vergüenza dice “el problema sos vos”. Esto anula la capacidad de protesta, ya que el sujeto no culpa al sistema que lo somete, sino a su propia supuesta incapacidad. En resumen, mientras el miedo segrega, la vergüenza silencia. Ambos convergen en la subjetividad del desamparo, donde el individuo queda solo frente a un poder que lo juzga constantemente.
A diferencia de la culpa (que remite a una ley interna o al Superyó), la vergüenza implica la mirada del otro. La pérdida de la capacidad de sentir vergüenza en la cultura actual es un signo de degradación ética, ya que la vergüenza actúa como un regulador que impide el avance de la crueldad y el odio.
La vergüenza ética es lo que “nos mantiene unidos” en un marco de reconocimiento de la alteridad. Cuando se elimina esta vergüenza, se rompe el lazo social, dando paso a la violencia destructiva y autodestructiva.
A diferencia de la culpa, que castiga una acción,
la vergüenza cuestiona el ser.
El capitalismo actual ha transformado los procesos corposubjetivos, ya que el sistema fomenta una “cólera neofascista” donde el pudor o la vergüenza frente al daño al otro desaparecen para dar lugar al odio abierto. El poder ya no busca solamente que el sujeto sienta vergüenza por su condición, sino también que internalice el miedo como una forma de control y fragmentación del lazo social. Aunque esto solo puede lograrlo parcialmente; como se refleja en las manifestaciones de la protesta social y política.
Con Baruch Spinoza, dejamos de ver la vergüenza como un simple “sentimiento interno”, ya que nos permite verla como un afecto del cuerpo y del poder. En la Ética, Spinoza define la vergüenza (pudor) no como una virtud, sino como una pasión triste: es una “tristeza acompañada por la idea de alguna acción que imaginamos que los demás vituperan”.3 Como toda tristeza, la vergüenza reduce nuestra potencia de actuar. Nos encoge, nos debilita y nos vuelve dependientes de la opinión ajena. De esta manera la vergüenza demuestra que no somos individuos aislados; nuestra alegría o tristeza dependen de cómo imaginamos que la sociedad nos juzga. Si tomamos la potencia de los afectos de Spinoza para aplicarla al análisis de la subjetividad actual, la vergüenza es la inscripción del poder en la piel. El rubor o el “querer desaparecer” son manifestaciones de cómo el orden social regula nuestros cuerpos. Por ello es necesario transformar esos “afectos pasivos” (como la vergüenza impuesta por la cultura dominante) en “afectos activos”. Es decir, entender las causas de nuestro padecimiento permite pasar de una subjetividad asediada por la vergüenza a una potencia deseante.
Desde esta perspectiva, la vergüenza la podemos reconocer como una paradoja política y clínica, ya que funciona como un “freno ético”: sentir vergüenza por el sufrimiento ajeno es lo que nos permite seguir siendo humanos y evitar caer en la crueldad del neofascismo neoliberal. En la clínica el analista debe ayudar al paciente a diferenciar entre la “vergüenza represiva” (que paraliza y disminuye la potencia de actuar) y la “vergüenza ética” (que protege la intimidad y el respeto por el otro).
En este sentido “la servidumbre voluntaria” -como dice Étienne de La Boétie- no es ignorancia, sino un estado del deseo: la vergüenza de “desear” la propia esclavitud.4 El sujeto se encuentra con una contradicción: siente vergüenza de su impotencia, pero a la vez está atrapado en un sistema que le hace desear su propio sometimiento como si fuera su libertad. La vergüenza aquí es un afecto de tristeza que inmoviliza al sujeto, impidiéndole rebelarse. Para evitar la angustia y la vergüenza de sentirse “perdedor” en el sistema, los sujetos entregan su voluntad a líderes autoritarios. Es así como el poder permite cambiar esa vergüenza humillante por un odio orgulloso. Al odiar a un tercero (el inmigrante, el pobre, el diferente), el sujeto sale de su posición de vergüenza y siente una falsa “potencia”, que no es más que una forma profunda de servidumbre. Esta “servidumbre voluntaria” se refuerza cuando el poder se vuelve impúdico. Al ver que quienes mandan no tienen vergüenza de mentir o dañar, el sujeto sometido siente que el límite ético se ha roto. Como decía cínicamente un conocido político: “los escándalos pasan, las propiedades quedan.”
Desde el concepto de corposubjetividad, defino la vergüenza como un síntoma donde la mirada del otro es crucial. En la actualidad, esta mirada está mediada por las pantallas y las redes sociales, donde quedar expuesto o no cumplir con la “performance” esperada genera un sentimiento de desamparo y exclusión del lazo social. La vergüenza hoy no nace de haber hecho algo “malo” moralmente, sino de ser “insuficiente” para el mercado. El sentimiento de inferioridad se convierte en una herramienta de control social que fragmenta la subjetividad y rompe la solidaridad colectiva.
El concepto de corposubjetividad nos permite entender cómo el psiquismo humano no es algo aislado, sino que se construye en un entramado constante entre el cuerpo y la cultura. Este concepto que da cuenta de un aparato psíquico abierto se sostiene sobre tres pilares fundamentales que explican el malestar actual donde la subjetividad no solo reside en el aparato psíquico, sino que se constituye a partir de distintos cuerpos: el orgánico, el de los otros, el imaginario, el simbólico y el social y político.
El capitalismo neoliberal promueve un “individuo absoluto” que no debe explicaciones a nadie.
Por ello la impudicia (falta de vergüenza) se convierte en una herramienta política.
De esta manera los procesos de corposubjetivación establecen un vínculo indisoluble entre el aparato psíquico (deseo e inconsciente), el aparato orgánico (la biología) y el aparato cultural (la sociedad). La cultura no es algo “exterior”, sino que está interiorizada en el sujeto; por lo tanto, los cambios sociales (como el auge de las redes sociales o el neoliberalismo) modifican directamente nuestra estructura psíquica. Tanto en lo Intrasubjetivo (lo que ocurre dentro de uno mismo; es decir, en el psiquismo y el organismo) como en lo Intersubjetivo (la relación con el otro) y en lo Transubjetivo (la relación con las instituciones, el lenguaje y las normas sociales).
En este sentido la vergüenza actual la entiendo como un síntoma de la desarticulación de estos aparatos. Cuando las redes sociales imponen una “cultura de la exhibición”, el cuerpo imaginario (la foto, el perfil) intenta suplantar al cuerpo real. Si esa imagen falla, el sujeto siente que su corposubjetividad se fragmenta, generando un vacío que se vive como una vergüenza profunda por “no ser suficiente” para el mercado de miradas.
Es así como el poder ya no solo controla nuestras acciones, sino que marca nuestros cuerpos y subjetividades a través de este sentimiento de insuficiencia. Las redes sociales no son solo herramientas de comunicación, sino dispositivos que reconfiguran la corposubjetividad (la relación entre el cuerpo y la mente en un contexto social) y profundizan la vivencia de la vergüenza.
En las redes sociales, el sujeto está permanentemente expuesto a una mirada anónima y multiplicada. Esta exposición constante genera una “tiranía de la visibilidad”, donde lo que no se muestra, no existe. La vergüenza aparece cuando la imagen pública no coincide con el ideal de éxito o felicidad exigido. Las redes obligan a una actuación constante. La vergüenza ya no surge por una falta moral (culpa), sino por una falla estética o funcional. Si el contenido “no gusta” o no recibe validación (likes), el sujeto experimenta un vacío vinculado con la sensación de desamparo. El contacto virtual reemplaza el encuentro de los cuerpos, lo que debilita la empatía. Esto facilita la “desvergüenza” del odio online (trolleo o cancelaciones), donde la distancia física y el anonimato permiten una crueldad que sería difícil de sostener cuerpo a cuerpo. Las plataformas convierten la vida privada en una mercancía. En este proceso, la vergüenza actúa como un regulador: el miedo a ser “cancelado” o “ignorado” funciona como una forma de autocensura y control social.
La vergüenza no es solo un afecto social, sino que en la actualidad funciona como una vía de expresión privilegiada de la pulsión de muerte que produce la desarticulación del sujeto. La vergüenza represiva es un indicador de la división subjetiva. Aparece cuando el sujeto se siente descubierto en su falta o en aquello que no puede nombrar de su propio ser. Desde un enfoque terapéutico, que denomino topicoanalítico,5 el cuerpo es el lugar donde el inconsciente y lo social se encuentran, y la vergüenza se manifiesta como una respuesta a la mirada del otro que juzga o expone al sujeto.
A diferencia de la culpa, que castiga una acción, la vergüenza cuestiona el ser. La vergüenza extrema actúa como una “hemorragia interna” de la subjetividad. Es la pulsión de muerte desatada contra el propio Yo, que busca desaparecer, “tragame tierra” o hacerse invisible ante la mirada del otro.
Freud define la pulsión de muerte como aquello que tiende a la desligadura.6 La vergüenza contemporánea (por no ser “exitoso” o “bello”) aísla al sujeto. Al romper el vínculo con los demás, la pulsión de muerte gana terreno, transformando el sufrimiento en melancolía, depresión o apatía.
En los procesos de corposubjetivación, la pulsión de vida, Eros se sostiene en el reconocimiento del otro. Cuando la sociedad mira al sujeto solo como una mercancía desechable, esa mirada está cargada de pulsión de muerte. La vergüenza es la respuesta del sujeto que se siente tratado como un “resto” o un objeto sin valor. Para defenderse de la pulsión de muerte que la vergüenza represiva le infringe, el sujeto puede “darla vuelta” y proyectarla hacia afuera. Esto explica la desvergüenza cruel mencionada antes: el sujeto intenta evitar su propia desaparición psíquica atacando y humillando a otros.
Al ser un afecto que “se siente” (rubor, hundimiento, parálisis), la vergüenza represiva muestra cómo la pulsión de muerte afecta la corposubjetividad. El malestar no queda solo en palabras, sino que se inscribe en síntomas somáticos que expresan el deseo inconsciente de inexistencia ante un ideal inalcanzable.
En la teoría freudiana la vergüenza es un “dique” de la pulsión: la vergüenza no es solo un sentimiento de humillación, sino un componente estructural del aparato psíquico.
La vergüenza no es solo una emoción individual, sino un afecto político y social que revela la tensión entre el sujeto y el sistema de poder que lo rodea.
En Tres ensayos de teoría sexual (1905), Freud define la vergüenza (junto con el asco y la moral) como un “dique” que se opone a la pulsión sexual infantil, permitiendo el paso a la latencia y la civilización. La vergüenza surge de la tensión entre el Yo y el Ideal del Yo. Es la reacción ante la mirada -real o fantaseada- de un “otro significativo” que descubre aquello que el sujeto desearía ocultar, especialmente lo relacionado con el goce exhibicionista. Actúa como una señal de angustia que protege al sujeto de ser expuesto en su “desnudez” pulsional ante el juicio social.7
Ahora bien, si extendemos el concepto freudiano hacia una dimensión social y política tenemos que pensar un aparato psíquico abierto tal como lo entendemos en los anudamientos corposubjetivos. Desde allí la vergüenza no ocurre solo en lo psíquico, sino que es una marca en el cuerpo que revela el impacto del poder. En el neofascismo neoliberal utiliza los afectos como el miedo, el odio y la vergüenza para someter y fragmentar los lazos sociales. A diferencia de la vergüenza represiva que “inmoviliza”, debemos recuperar una vergüenza ética que permita la capacidad de sentir malestar frente a la injusticia, una huella de la memoria colectiva que puede transformarse en una herramienta de crítica cultural.
En este sentido podemos entender la vergüenza desde dos perspectivas que se diferencian y se complementan teniendo en cuenta la idea de un aparato psíquico abierto (ver cuadro).

La salida de la vergüenza represiva e individualista no es solamente un proceso puramente privado, sino un acto político y vincular. Romper el círculo del autodesprecio implica pasar del “aislamiento de la vergüenza” a la “fuerza de lo colectivo”.
El primer paso es entender que lo que el sujeto vive como una falla personal (no tener trabajo, no cumplir con estándares de belleza, sentirse insuficiente) es, en realidad, una problemática social. Al compartir el malestar con otros, la vergüenza pierde su poder represivo porque deja de ser un “secreto” vergonzoso para convertirse en una denuncia compartida. Frente al individualismo que nos obliga a competir, debemos rescatar el concepto de fraternidad. Esto implica reconocer al otro como un semejante y no como un enemigo; en todo caso un semejante que podemos rivalizar. Lo colectivo funciona como un “colchón” simbólico que protege al individuo de la mirada despiadada de la cultura dominante.
El grupo devuelve una mirada de reconocimiento que el algoritmo de las redes sociales niega. La práctica de una clínica psicoanalítica debe ayudar al sujeto a recuperar su capacidad de desear y actuar. Salir de la vergüenza represiva implica dejar de esconderse para empezar a participar en espacios colectivos (asociaciones, centros culturales, movimientos sociales) donde el sujeto recupera su dignidad. Para Spinoza, los afectos alegres aumentan la potencia de actuar. Lo colectivo permite transformar la “pasión triste” de la vergüenza en una alegría necesaria, basada en la solidaridad y el proyecto común. Por ello el padecimiento subjetivo encuentra un límite en la injusticia social y la ruptura del lazo social.
Desde esta perspectiva en Marx la vergüenza no es un sentimiento de humillación paralizante, sino una fuerza política activa. En su correspondencia con Arnold Ruge (1843), Marx afirma que “la vergüenza es ya una revolución”.8 Cuando el colectivo siente vergüenza por el estado de la sociedad, nos encontramos con el primer paso para transformarla. La vergüenza surge cuando el sujeto reconoce que la realidad social es indigna. Si esa vergüenza se vuelve colectiva, deja de ser un “veneno solitario” y se convierte en un motor de cambio social. Funciona como una reacción ante la alienación y la deshumanización del sistema capitalista; es el rechazo subjetivo a una existencia que se percibe como impropia o degradada.9
De esta manera los afectos como la vergüenza se inscriben en el cuerpo y están atravesados por la cultura y el poder. Así encontramos una doble dimensión de la vergüenza: puede ser una herramienta del poder para someter los cuerpos, generando un sentimiento de inferioridad que inmoviliza al sujeto. Pero también la capacidad de sentir malestar (y vergüenza) una grieta en la subjetividad capitalista. Es un “registro de lo negativo” que permite cuestionar las normas impuestas. Podemos recordar que la dictadura cívico-militar de 1976 utilizaba el terror y la vergüenza para fragmentar los lazos sociales, por ello la recuperación de la memoria es necesaria para sanar la subjetividad.
Venimos afirmando que el neoliberalismo no es solo un modelo económico, sino una “fábrica de subjetividad” que opera directamente sobre los cuerpos.
De allí que la vergüenza represiva sea utilizada como una herramienta de sometimiento.10
En la fase neoliberal el poder utiliza afectos como el miedo, el odio y la vergüenza para someter a la población. El neoliberalismo promueve la idea de que cada individuo es un “empresario de sí mismo”, un emprendedor. Cuando el sistema falla (desocupación, pobreza), el sujeto de la subjetividad neoliberal no culpa al sistema, sino que siente vergüenza de sí mismo por no haber sido “suficientemente exitoso”. Esta vergüenza privatiza el malestar. En lugar de convertirse en una protesta colectiva, se transforma en un síntoma individual (depresión, angustia) que inmoviliza al sujeto.
La vergüenza represiva surge ante la imposibilidad de alcanzar los estándares de consumo y estética que la cultura dominante impone como requisitos para “pertenecer”. Al sentir vergüenza de su propia situación, el sujeto se vuelve más dócil ante las exigencias de la cultura dominante, aceptando condiciones de vida precarias como una “responsabilidad personal”.
Sin embargo, existe una vergüenza represiva y una vergüenza ética, una vergüenza “productiva”: sentir malestar frente a la crueldad ajena es lo que permite rebelarnos. De esta manera podemos entender que no es solamente un problema singular, sino el resultado de cómo nos vinculamos con los demás y con las normas del poder. El desafío, es transformar esa “pasión triste”, que nos inmoviliza, en una acción potente que cuestione por qué sentimos vergüenza de lo que el poder nos impone.
En este sentido para desarmar estas políticas del sometimiento, la vergüenza ética nos permite reconstruir las potencias colectivas.◼
Notas
1. Génesis 3, 14-17.
2. Garcés, Gonzalo, Los relatos bíblicos. Las historias, las ideas y los personajes que formaron occidente, editorial Paidós, Bs. As., 2026.
3. Y continua “Explicación. Pero debe notarse aquí la diferencia que hay entre vergüenza y el pudor. La vergüenza es, en efecto una tristeza que sigue a la acción de la que uno se avergüenza. En cambio, el pudor es un miedo o temor a la vergüenza, en cuya virtud el hombre se abstiene de cometer al vergonzoso. Al pudor suele oponérsele la impudicia, que no es realmente un afecto, como mostrare en su lugar, pero (como ya he advertido) las denominaciones de los afectos corresponden más bien al uso de aquellas que a la naturaleza de estos.” Spinoza, Baruch, Ética, Editorial Aguilar, Buenos Aires, 1982.
4. De La Boétie, Étienne, Discurso sobre la servidumbre voluntaria, editorial Colihue, Buenos Aires, 2014.
5. El dispositivo topicoanalítico fue desarrollado para pensar un modelo clínico de intervención terapéutica diseñado específicamente para tratar a pacientes con patologías límite (borderline), psicosis o problemáticas complejas donde las reglas del análisis clásico resultan insuficientes. Este enfoque forma parte de lo que denomino Nuevos Dispositivos Psicoanalíticos donde propongo reformular la técnica tradicional basándome en las necesidades del psiquismo contemporáneo y el sufrimiento actual. Esta clínica se sostiene sobre algunos pilares estructurales donde el encuadre lo debemos pensar como un Espacio-Soporte. Desde allí encontramos una doble inscripción: por un lado, el consultorio y la relación terapéutica configuran un espacio transferencial para la cura que llamo espacio-soporte. Este espacio tiene una realidad tanto metafórica como pulsional. Por otro lado, encontramos la función de sostén: En pacientes con fragilidad yoica o fallas en la estructuración psíquica, el encuadre analítico tradicional (asociación libre estricta y neutralidad absoluta) puede desorganizar al sujeto. El dispositivo topicoanalítico opera brindando una red de contención activa que ayuda a tolerar la emergencia de lo pulsional, en especial los efectos de la pulsión de muerte. (Carpintero, Enrique, Registros de lo negativo. El cuerpo como lugar del inconsciente, el paciente límite y los nuevos dispositivos psicoanalíticos, editorial Topía, Buenos Aires, 1999).
6. Carpintero, Enrique, El erotismo y su sombra. El amor como potencia de ser, editorial Topía, Buenos Aires, 2016.
7. Freud, Sigmund (1905), “Tres ensayos de teoría sexual”, Tomo VII, Amorrortu ediciones, Obras Completas, Buenos Aires, 1976.
8. Marx, Carlos (1843), “Carta a Arnold Ruge”, Marxistas Internet Archive, abril de 2008, julio de 2014.
9. Leer Gros, Frederic, La vergüenza es revolucionaria, editorial Taurus, España, 2023.
10. Carpintero, Enrique, La tentación neofascista. El odio y el miedo como política de sometimiento, editorial Topía, Buenos Aires, 2025.
Enrique Carpintero
Psicoanalista
Email: enrique.carpintero [at] topia.com.ar