Intenciones | Topía

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Intenciones

La noche se despeñó perfumada sobre los tejados húmedos de la ciudad. Santiago la acompañó hasta la puerta de la casa, era como la una de la mañana. El lugar estaba desierto.

Al llegar al zaguán él la rodeó con sus brazos y los frotó sobre la espalda de ella como para no entumecerse por el aire fresco. Dina se reclinó sobre los cristales biselados de la puerta de su casa intentando frenar el vértigo de anticipaciones imaginarias. Luego se acomodó el vestido de gasa azul que la brisa desarreglaba una y otra vez y le descubría los muslos.

Santiago parecía transportado a un estado de alerta máxima, alzaba y bajaba los ojos grandes al ritmo de esos movimientos, adelantaba la cabeza y fisgoneaba a través del escote mientras se balanceaba y se aproximaba a ella más y más, siempre con la boca húmeda y entreabierta. Se fue abriendo camino entre sus cabellos con ambas manos, como si quisiera arrastrarlas hacia la nuca. Ella experimentó un temblor extraño pero cerró los ojos y se dejó acariciar el cuello hasta afectar de flojedad sus tensos músculos y descomprimir los hombros.

La oscuridad se elevó por encima de los cúmulos de hojas otoñales a modo de una pauta desde la cual se pudieran ordenar las sensaciones más caóticas. Ambos se quedaron allí parados bajo la luz contigua del farol vecino, la mirada de uno fija en los gestos del otro, en un ligero mareo de ritmos respiratorios.

Dina esbozó un saludo torpe, como quien pretende frenar un remolino. Él retrocedió indeciso, sin señales visibles de querer hacerlo. Ella introdujo la llave en la cerradura y comenzó a darle vueltas, mirándolo de soslayo. Lo volvió a mirar de arriba abajo y él le sopló algunas palabras al oído.

Dina lo vio allí parado como alguien capaz de torcerle el rumbo, esbelto, de escasos veinte años, con abundante cabellera y barba, los ojos profundos bien separados entre sí, portadores de algún misterio que posiblemente estuviera a la vista. Ella le hizo un gesto de adiós con la boca y extendió la mano temblorosa. Aún podía escuchar el barullo casi imperceptible de su respiración. La puerta se cerró tras ella.

Al entrar en la casa con el rostro sonriente hinchó el pecho y suspiró hondo. Luego sacó de su bolsillo la servilleta arrugada que él le había dado y la alisó dulcemente con los dedos. Dina destapó la botella de sidra que había dejado enfriar y acercó las mejillas enrojecidas a la superficie helada. Finalmente se desplomó sobre la cama y comenzó a desvestirse.

Se quitó los anteojos, la faja y colocó su dentadura postiza en el vaso contiguo. Luego se esparció una máscara alisante sobre el rostro y tomó los remedios para la circulación. Sólo entonces advirtió que le faltaba su collar de diamantes.

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