Mirando la foto en la calle Corrientes | Topía

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Mirando la foto en la calle Corrientes

   --Amiga, yo le cuido el auto, quédese tranquila—y seguía indicándome con énfasis como arrimar no desperdiciando espacio. Terminó con un ceremonioso saludo sacándose la gorra.
   No bajé, esperando una amiga con quien encontrarme, el cuidador se acercó. 
   --Vaya tranquila, hace seis años que estoy aquí, me autorizó el juez y la policía. Si quiere me da algo cuando se va.
   Me cayó simpático, de gesto sumiso sin llegar a ser del todo lastimero. ¿Por qué tantas justificaciones?  Repitió varias veces el “amiga”. ¿Modismo de actualidad o una esterotipia de este muchacho u hombre que aparenta unos cuarenta y pico de años?
   Después de aclararle que estaría unos minutos ahí, le pregunté sobre su tarea. Me explicó con entusiasmo que estaba todos los días desde la tarde hasta la madrugada, y en el fin de semana se iba cada noche con dos o tres billeteras bien llenas, unos trescientos pesos.  Tiene prohibido cobrar, pero sí tiene derecho a recibir propinas, que sugiere con bastante tacto.
   Sin formularle más preguntas, pero sin duda percibiendo mi curiosidad por saber más de él, después de recibir la moneda esperada, siguió contándome.
   --Yo soy discapacitado, esquizofrenia, tengo las pastillas en el bolsillo—y sacó del bolsillo unas hojas dobladas que leyó en voz alta, con cierta lentitud, y que confirmaban  bajo un membrete de un juzgado, el diagnóstico de cuadro psicótico y la obligatoriedad de tratamiento.
   Agregó, el hospital donde recibía tratamiento, el nombre de algunos psiquiatras, y trataba de mostrarme las pastillas.
  . -- Antes no las quería tomar, pero me hacen bien.  Estoy muy bien --lo dijo como interrogándome para ver si se lo confirmaba.
    Hasta aquí mi satisfacción de conocerlo.  Pero mi espera se extendió unos minutos más y siguió sus relatos.
    --A mi me sacaron varias veces de Chacarita, yo iba y me enterraba, estaba desesperado. Al ladito de la tumba de mi mamá, es que me quedé solito, y ella también, ahí bajo tierra. Yo me dormía un ratito, pero después, me daban miedo los ruidos, eran los gatos y unas voces como truenos, y entonces le pedía a mamita que me cuide y escuchaba que ella me tranquilizaba
    Me descubrían los empleados a la mañana y llamaban a la policía y me llevaban al hospital.  Hasta que el psiquiatra me convenció que me iba a ayudar a buscar a mi mamá de otra manera.  Yo estaba enojado con mi padrastro y mi hermana, no quería verlos—Yo me asusté,  aunque él seguía muy íntegro mientras lo contaba.
    Noté que volvió a buscar algo en el bolsillo interior de su campera.  Sacó una foto y me la mostró.  Era un nene de unos tres años, en brazos de su madre, mirándose mutuamente y fuertemente abrazados, imagen desgastada por el tiempo.
    --Me quedé mirando esta foto muchos años, me la dio mi hermana.
    --Ella tuvo a mi mamá más que yo.
    --Ahora ya se lo perdoné—guardó cuidadosamente la fotografía y corrió a atender a otro auto que se acercaba.  Nos despedimos.
    Yo le dije --te felicito, seguí adelante. Cuidate.
    --Gracias, amiga.

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