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Un sueño latinoamericano

María, partió de Oruro y llegó al suburbio bonaerense, teniendo apenas cuatro años. Era la más pequeña de su mundo familiar y pueblerino.  Lucía trenzas y faldas largas, y la rodeaba la pobreza, así como una tenaz ambición de progreso.
Entonces y ahora, mujeres laboriosas guisan, lavan, planchan y sueñan.
Los hombres, desalentados, violentos y borrachos a veces, cuando no logran volver a su casa con dinero, mitigan este vacío con sexo desenfrenado.
Bajo la amplia falda de su madre se fue dibujando su vientre gestante, año tras año; y así María pasó a la categoría de hermana mayor.
Su padre, con mucho tesón trabaja como peón en construcciones y no desperdicia ninguna oportunidad de ser conchabado.
Como la familia crece, empieza a preocuparles no sólo cómo alimentarse, si no también tener un buen techo.  Bajo la dirección del padre, todos los chicos y la madre aprenden a hacer mezcla y colocar ladrillos.  De lunes a lunes, de la mañana a la noche tal cual horneros construyen un gran refugio, del cual se enorgullecen.
Salen a conquistar nuevos espacios; el jardín de infantes primero y la primaria después fueron tomados por María como verdaderos campos de batalla, con inteligencia y voluntad se opone a todo intento discriminatorio por parte de los lugareños.  En la infancia de María no hay tiempo para jugar.
Al volver a su casa, los reclamos de los hermanitos la guían.  No tiene tiempo para soñar, salvo al son de las tareas.
Y entre pañales sucios, cordones de zapatillas desatados, cuentas y composiciones incompletas, guisados que se pegan, baldosas que hace relucir, María intenta cantar e imaginarse en otro mundo, sí, porque ella no afloja en luchar por un futuro.
Los hombres la asustan, no es para menos, si tuvo que ocultar que durante años recibió   manoseos cariñosos y violentas penetraciones de aquel tío que quedaba a cargo de todos los chicos cuando ambos padres estaban ausentes.
María creció, pero cambió las faldas por anchos pantalones, siente asco por su cuerpo, trata de domeñarlo y descubrió que lo puede lograr no comiendo o vomitando lo ya ingerido, a escondidas.  Se mueve de un lado para el otro todo el día y la alivia que su menstruación no se haga presente.
Se revela contra su madre, cuando intenta volver a cuidarla como mujercita, ya no lo es.  María está decidida a estudiar cada vez más, tener los mejores promedios, y ganarse una beca para estudiar alguna carrera que la capacite para dirigir a otros.
- Entonces volveré a Oruro y seré la más importante entre todos!!- dice.
En un verano cercano ella y su familia viajaron, al casamiento de un primo, y logró quedarse en su Oruro natal, con una de sus hermanas, hasta los carnavales.
Reencontró a su abuela, tios, primos y algunos compañeritos de juegos.  Bailó, lloró, rió y les contó de su vida en Argentina.
La escuchaban, muy atentos y curiosos, en tanto,  María se regocijaba por dentro del largo camino que había recorrido.  Les contaba de sus progresos, de la casa que estaban construyendo, de las buenas notas que se sacaba, de las modas que en algún paseo por shoping conoció, de los gimnasios que existían.  Les contó con palabras , gestos entusiastas y algunas fotos y recortes de revistas que no olvidó llevar, lo diferente que era el mundo a mil y pico de kilómetros - ¡parece otro planeta!- exclamaba.
Ocultó cuidadosamente los enormes esfuerzos y padecimientos. ¡Qué poca importancia tienen comparándolos con tantos logros!.  Se siente una reina poderosa, rodeada por todos, cual súbditos que la reverencian....

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