En un famoso pasaje de las Confesiones, San Agustín afirma que si nadie le pregunta qué cosa es el tiempo, él lo sabe perfectamente, pero que basta esa pregunta para que deje de saberlo. Salvando las distancias, algo parecido nos ocurre con muchas de las palabras que organizan nuestro pensamiento cotidiano. En este caso quisiera referirme a “tecnocapitalismo”. Se trata de un término que circula de un modo cada vez más generalizado en los análisis de nuestro presente. Su evocación parece exorcizar la sensación de incomprensión radical que, desde un tiempo a esta parte, se presenta como la única certeza compartida: todo aquello que no podíamos esperar, ocurre; solo sabemos con seguridad que lo que creíamos seguro ya no lo es tanto. En ese contexto la palabra “tecnocapitalismo” funciona como un bálsamo; al evocarla sentimos que la perplejidad retrocede y volvemos a comprender. Pero si nos detenemos en cuáles son sus especificidades, qué trae de nuevo y qué retiene de lo viejo, debemos confesar, como Agustín, que las cosas no son tan claras como parecían.
La acumulación de capital es quien gana las batallas en el campo del sentido común, pero solo a condición de no mostrarse como tal, de que sus movimientos los haga públicamente la tecnología.
En una primera mirada, el término tecnocapitalismo parece empujarnos a una contradicción. Apunta, por un lado, a definir lo nuevo: las monstruosas transformaciones de la sociedad capitalista contemporánea; nos hunde, por el otro, en la redundancia de lo que por cambiar siempre -y tan repetitivamente- permanece inmóvil. Me refiero a la dependencia que tiene el capitalismo de la innovación tecnológica. Máquina a vapor, telar automático, ferrocarril, telégrafo, electricidad, teléfono, motor de combustión interna, línea de montaje, acero, computación, robótica, internet, algoritmos, inteligencia artificial generativa, internet de las cosas. Esta sucesión, ¿no señala al mismo tiempo la historia de la tecnología y la del capitalismo? ¿La historia del capitalismo no es también la de sus constantes saltos tecnológicos? ¿Pero entonces qué podría aportarnos como novedad el término tecnocapitalismo, si el capitalismo siempre ha estado escandido por la tecnología?
Mi intensión en este texto, sin embargo, no es abandonar el término tecnocapitalismo, sino intentar comprender qué es lo que verdaderamente trae de nuevo.
II
En 1770 Wolfgang von Kempelen sorprendió a la corte austríaca con un invento: un muñeco de tamaño y apariencia humanas, vestido a la turca, no solo capaz de moverse por propia voluntad, sino también de vencer al ajedrez a cualquier retador. La realidad es que no había autómata, pero sí un mecanismo ingenioso. Un sistema de espejos, imanes y cordeles le permitía a un “enano jorobado” (gran maestro del ajedrez), ver las jugadas escondido en el interior del muñeco, y manejar desde allí sus movimientos. En las célebres Tesis sobre el concepto de historia de 1940, Walter Benjamin usó esa imagen para hablar de la filosofía y la política del futuro: el materialismo histórico, advertía, era el nuevo muñeco, y resultaría imbatible si ponía a su servicio a la teología, que como se sabe, agregaba, es pequeña y fea, y no debe dejarse ver por nadie.
Esa metáfora hoy nos resulta lejana; no vemos en el materialismo histórico a quien gana todas las partidas, y menos aún somos de imaginar que algún tipo de teología podría mover certeramente sus hilos. Pero la imagen sigue siendo potente. Para darle vida deberíamos identificar en este escenario actual, quien es el que gana todas las partidas y se presenta en el debate público como imbatible, porque su sola presencia se muestra como el más sólido argumento. Me arriesgaría a decir que se trata del progreso tecnológico. Ningún argumento, ni siquiera la propia supervivencia como especie, parece lo suficientemente fuerte como para confrontar con el progreso tecnológico. Puede argüirse, por ejemplo, que ciertos elementos de la tecnología pueden acarrear, por ejemplo, grandes problemas éticos o sociales, pero en el mejor de los casos el debate público condescenderá a preguntarse si la dirección del progreso tecnológico es la verdadera, o si se ha producido un desvío. Nada hace mella en la justificación del progreso técnico, sencillamente porque éste, en su mera existencia, es su propia justificación. La menor crítica a la direccionalidad de ese progreso tecnológico, es liquidada con la acusación de luddismo,1 cosa que incluso a sectores de izquierda se les presenta como un argumento incontestable.
Entonces, si lo que ocupa en nuestros días el lugar del imbatible autómata es la tecnología, o la ideología de su infinito progreso, la pregunta sería quién es el enano, jorobado y feo, que desde su interior dirige sus movimientos con una estrategia propia. Esta pregunta es sencilla de responder: ese enano es hoy el capital, o mejor aún, la pulsión irresistible de su acumulación. La acumulación de capital es quien gana las batallas en el campo del sentido común, pero solo a condición de no mostrarse como tal, de que sus movimientos los haga públicamente la tecnología.
Los múltiples usos de las nuevas tecnologías -algoritmos, inteligencia artificial generativa, internet de las cosas, etc.- confluyen tendencialmente en un único fin: la conversión de las relaciones humanas en valor, y la acumulación de ese valor en capital.
La metáfora de Benjamin nos permite pensar el tecnocapitalismo ya no desde la perspectiva de la relación externa entre capital y tecnología, sino como el momento histórico de su mutua identificación. En la fase actual del capitalismo las nuevas tecnologías han sufrido un cambio radical. Si la tecnología tradicional constituía un sistema en el que medios y fines tenían independencia relativa, los múltiples usos de las nuevas tecnologías -algoritmos, inteligencia artificial generativa, internet de las cosas, etc.- confluyen tendencialmente en un único fin: la conversión de las relaciones humanas en valor, y la acumulación de ese valor en capital. Pasado en limpio: en las formas últimas de la tecnología la determinación principal ya no es instrumental ni técnica, sino que resulta inseparable del imperativo de valorización: sin importar cuáles sean los usos y fines parciales de la tecnología, todos sus caminos conducen al capital.
Pero no se trata de un uso instrumental que hace el capital de las nuevas tecnologías, sino de una metamorfosis sustancial. Es la forma de la valorización del capital la que se ha consustanciado con la tecnología, es la hegemonía del capital tecnológico. Se trata, entonces, de pensar el proceso por el cual el capital ha sido tecnológicamente transformado y la tecnología económicamente resignificada. A la pregunta por la significación de las nuevas tecnologías, podríamos responder parafraseando la célebre frase de la campaña de Bill Clinton en 1992: ¡es el capital, estúpido! O más concretamente: el tecnocapitalismo.
III
Ahora bien, los cambios en la forma de la valorización no son algo inédito. En 1973, con la crisis del petróleo, se produjo un cambio radical en la forma de la valorización, que se desplazó desde el capital industrial al financiero; fue el comienzo del neoliberalismo. Desde la perspectiva de las grandes transformaciones del capital, el neoliberalismo no puede reducirse a una determinada escuela de pensamiento, a un conjunto de políticas públicas, o al carácter ideológico de un gobierno. Se trata, antes bien, de la lógica de todo un ciclo del capital signado por la valorización financiera. El umbral de ese ciclo es la crisis de 1973, pero su pleno desarrollo recién se hace evidente en 1989, con la caída del Muro de Berlín y el correspondiente reformateo del mercado mundial.
Las transformaciones que supuso el ciclo neoliberal son bien conocidas: de la organización fordista de la producción se pasó a la toyotista y de la lógica de la fábrica a la de la empresa; del horizonte del pleno empleo a la flexibilización laboral y de la producción nacionalizada a la deslocalización; de la industria pesada a la informática; de la Guerra fría y las revoluciones anticoloniales a la hegemonía unipolar estadounidense y el consenso de Washington. Y así como la crisis de 1973 señala el comienzo de ese ciclo, la de 2008 anuncia su fin. La valorización centrada en el capital financiero dará lugar entonces a la valorización centrada en el capital tecnológico. Este es el transito del capitalismo neoliberal al tecnocapitalismo, aunque su realidad plena recién se hará evidente al finalizar la pandemia de covid-19.
Recapitulando: el neoliberalismo (que comienza en 1973 y finaliza en 2008) consistió en que las relaciones sociales convertidas en valor, para acumularse como capital, debían pasar por el tamiz del capital financiero y su lógica. El tecnocapitalista (que comienza en 2008) hace pasar las relaciones sociales convertidas en valor por toda una red de tecnologías que favorecen su acumulación como capital.
Pero cada nueva lógica del capital no anula las anteriores, sino que les sobreimprime sus nuevas determinaciones, como una aglomeración de capas. El modo industrial de producción de valor no desapareció por la hegemonía financiera, pero fue transformado, y lo mismo ocurre con la lógica financiera en el ciclo tecnológico. Esto se ve claramente en una de las características más notables del nuevo ciclo, que es la tendencia a la sustitución de la parte del capital destinado a pagar la fuerza de trabajo (capital variable) por la parte destinada a la adquisición de maquinarias, materias primas, etc. (capital constante). Esta sustitución fue central durante el neoliberalismo, por ejemplo, con el uso de la robótica en la industria automotriz, que redujo drásticamente el número de obreros empleados en la producción. Las consecuencias son bien conocidas, desde la liquidación del horizonte del pleno empleo a la debilitación definitiva de los sindicatos y la capacidad de huelga de los trabajadores. Pero esa lógica de sustitución de trabajo vivo se vuelve extrema con la capacidad de las nuevas tecnologías de realizar casi la totalidad de las tareas humanas del proceso productivo.
IV
En este punto se disuelve la contradicción que veíamos al comienzo, el tecnocapitalismo ya no se presenta como la articulación entre tecnología y capital, sino como la transformación de un nuevo ciclo de valorización, centrada en el capital tecnológico. El tecnocapitalismo no es otra cosa, entonces, que el reemplazo histórico del ciclo neoliberal. ¿Pero qué es lo que hemos ganado con esta caracterización del tecnocapitalismo? Fundamentalmente, la capacidad de discernir qué exigencias políticas perduran de los ciclos anteriores y cuáles se han modificado o incluso creado. Por poner solo un ejemplo, si no entendemos que las nuevas tecnologías no pertenecen a la categoría de instrumentos técnicos, neutrales, sino que se constituyeron como aspectos del capital tecnológico, los términos del enfrentamiento nos serán desconocidos, y pondremos nuestros medios y nuestros fines parciales al servicio de los fines totalizados del capital. Pero más urgente incluso resulta explicitar las transformaciones que este nuevo ciclo produce en los sujetos.
El tecnocapitalismo ya no se presenta como la articulación entre tecnología y capital, sino como la transformación de un nuevo ciclo de valorización, centrada en el capital tecnológico. El tecnocapitalismo no es otra cosa, entonces, que el reemplazo histórico del ciclo neoliberal.
Si el tecnocapitalismo está ligado a la sustitución del trabajo vivo por tecnología (capital), ¿no es necesario pensar que junto a esas tecnologías sustitutivas se deben producir también formas subjetivas que le sean adecuadas? ¿No es una de las tareas ineludibles del presente identificar hasta qué punto nos estamos convirtiendo en sujetos fascinados ante su propia sustitución? ¿Qué es lo que mueve a la fascinación ante la capacidad de las nuevas tecnologías de sustituirnos no solo en las actividades más penosas, sino también y, sobre todo, en aquellas que hacen a la autoafirmación genérica como hacer música, escribir y contar historias, pensar, enseñar, conversar?
Lejos de limitarse a la producción, el horizonte de la sustitución conforma una potente pulsión social que abarca la totalidad de la vida. Y hasta la curiositas (el deseo de saber que el cristianismo consideraba concupiscencia) ha sido sustituida por el acceso a un inmenso arsenal de información. Ese inmenso arsenal al que accedemos mediante las IA generativas no apunta a convertirse en una capacidad subjetiva, una disposición personal que incorporamos trabajosa y duraderamente, sino a producir objetos inmediatos; información lista para el consumo. Un saber disponible y familiar, pero también desconocido, porque nada sabemos de su origen ni proceso de producción. Si saber algo es saber de su génesis, el saber que se reduce a una información ya conformada es lo contrario del saber. Incluso, en muchos casos la información es errónea, pero su enunciación borra las huellas de la duda; la verificación es así también sustituida por la enunciación tecnológica. Por esto, no somos sujetos sino objetos de ese saber. Se trata de un saber que “se tiene” (o se cree tener), pero no se es. Los procesos de sustitución de partes del cuerpo por tecnología (cíborg)2 o los posthumanismos parecen reforzar este fetichismo de nuevo tipo.
Tecnocapitalismo es el nombre del ciclo que reemplazó al neoliberalismo, pero también el de una exigencia: la de ser capaces de perseverar en nuestro ser, la de resistirnos al vértigo de la sustitución, la de ser capaces de sostener nuestros fines sin rendirlos a ese inmenso arsenal de medios, que pretende establecer la obsolescencia programada del sujeto. ◼
Notas
1. El luddismo fue un movimiento de resistencia obrera surgido en la Inglaterra temprano-industrial (1811-1816), conocido por la destrucción de máquinas como protesta contra su uso para desplazar mano de obra, reducir salarios y precarizar las condiciones laborales. Más que un rechazo a la tecnología per se, expresaba una crítica a su implementación bajo una lógica capitalista que priorizaba la ganancia sobre el sustento de los trabajadores. Al respecto dice Christian Ferrer: “De vez en cuando, estampas de aquella sublevación popular que se hiciera famosa a causa de la destrucción de máquinas han sido retomadas por tecnócratas neoliberales o por historiadores progresistas y exhibidas como muestra ejemplar del absurdo político: ‘reivindicaciones reaccionarias’, ‘etapa artesanal de la conciencia laboralista’, ‘revuelta obrera textil empañada por tintes campesinos’. En fin, nada que se acerque a la verdad. Unos y otros se han repartido en partes alícuotas la condena del movimiento luddita, rechazo que en el primer caso es interesado y en el segundo fruto de la ignorancia y el prejuicio”. (Ferrer, Cabezas de tormenta, Buenos Aires, Anarres, 2006, p. 82)
2. Sobre esta cuestión remito al libro de César Hazaki, Planeta Cyborg, Buenos Aires, Topía, 2024.
Cristián Sucksdorf, Lic. en Ciencias de la Comunicación, Doctor en Filosofía
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