El abordaje de las problemáticas en el campo del padecimiento subjetivo que definen al siglo XXI exige una nueva matriz teórico-clínica en el interior del psicoanálisis.1 En este horizonte pienso el psicoanálisis crítico como una perspectiva fundamental al conceptualizar al sujeto no como una entidad puramente biológica o intrapsíquica, sino como un entramado en el que encontramos en el aparato psíquico y el aparato biológico las marcas sociohistóricas atravesadas en la actualidad por las lógicas del poder y el capitalismo absoluto.2 La hipótesis central de este escrito sostiene que los fenómenos globales más alarmantes de nuestra era -el resurgimiento del neofascismo, la alienación tecnológica ligada a la inteligencia artificial que marca un cambio de época, el desamparo existencial ante la crisis ecológica, los problemas de género, clase y generación, la deshumanización de las guerras contemporáneas- no constituyen meros escenarios externos, sino fuerzas activas que colonizan la subjetividad y configuran las patologías actuales. A través de una revisión de categorías que venimos exponiendo, como la corposubjetividad, una clínica de la complejidad, el Yo-soporte, el espacio-soporte, un aparato psíquico abierto, el cuerpo y el lazo social, este texto examinará cómo el malestar contemporáneo se manifiesta en formas de sufrimiento ligadas a la desubjetivización, el desvalimiento, el vacío y la fragmentación vincular. Para ello sostenemos una clínica ampliada que pueda dar cuenta de las demandas de pacientes con dificultades en la simbolización y desórdenes pulsionales en los que predominan los efectos de la pulsión de muerte: la violencia destructiva y autodestructiva, la sensación de vacío, la nada. Es así como el terapeuta debe crear Nuevos Dispositivos Psicoanalíticos que permitan generar un espacio-soporte a la urgencia del paciente.3
El malestar contemporáneo se manifiesta en formas de sufrimiento ligadas a la desubjetivización, el desvalimiento, el vacío y la fragmentación vincular.
Finalmente, se planteará la inmanencia de un psicoanálisis que sigue siendo fundamental como un espacio de resistencia frente a una subjetividad asediada por su cultura. Su importancia reside en generar un espacio para detenerse a pensar, procesar el dolor y rescatar la singularidad del sujeto. En este sentido, un psicoanálisis crítico hay que sostenerlo como una herramienta flexible que debe transformarse frente a los cambios históricos, políticos y sociales que atraviesan la subjetividad cuestionando un encuadre cerrado y abstracto.
Un psicoanálisis crítico hay que sostenerlo como una herramienta flexible que debe transformarse frente a los cambios históricos, políticos y sociales que atraviesan la subjetividad cuestionando un encuadre cerrado y abstracto.
La noción de corposubjetividad permite explicar una subjetividad construida en un nosotros, en tanto es el anudamiento de los registros intrapsíquico (psíquico/ orgánico), intersubjetivo (con los otros) y transubjetivo (con la cultura). Es en ese anudamiento donde lo social marca los cuerpos.
Desde aquí rescatamos el concepto de autoafectación de Michel Henry que propone lo que denomina “la carne”, como experiencia interna e inmediata donde la vida se siente a sí misma sin mediación externa: no es el cuerpo físico que se ve, sino el sentirse vivir; es el sentimiento inmanente de estar vivo.4 En la idea de corposubjetividad ampliamos su perspectiva al integrar el cuerpo orgánico, el imaginario y el simbólico.5 Por ello el cuerpo no es solo biológico, sino soporte de la subjetividad. La autoafectación nos dice de un ser sintiente donde los procesos corposubjetivos se escuchan en las manifestaciones corporales del acto de hablar en los que forma y sentido se unen a la afectividad. Aquí encontramos la identidad como estructura inmanente irreductible a la objetividad: la del viviente como subjetividad engendrada en la vida.
De esta manera el sentirse uno mismo no ocurre en el vacío: está mediado por la cultura y el otro humano; la capacidad de sentirse vivir está marcada por nuestra historia personal y el poder de la cultura. El sujeto no se siente a sí mismo como una esencia, sino a través de las categorías (género, generación, clase social) que la cultura ha inscripto en “la carne”. Lo que siente como su “propio dolor” (Henry) en realidad está atravesado por significaciones colectivas, ya que es una vivencia donde el cuerpo biológico, social y simbólico se funden; sentir hambre, angustia o placer es un acto de autoafectación que ya contiene la historia personal y social del sujeto.
El sentirse uno mismo no ocurre en el vacío: está mediado por la cultura y el otro humano; la capacidad de sentirse vivir está marcada por nuestra historia personal y el poder de la cultura.
Desde aquí podemos pensar que el síntoma no es una falla de la “máquina” (neurotransmisores) sino una forma de autoafectación desesperada: el sujeto se siente a través del síntoma (dolor, pánico, cansancio) cuando las vías de expresión simbólica están obturadas.
El síntoma neurótico contiene una verdad cifrada del sujeto que representa un compromiso entre el deseo reprimido y la prohibición; en la actualidad éste trocó en el predominio de una clínica de lo negativo con síntomas efecto de la pulsión de muerte: la violencia destructiva, autodestructiva, la sensación de vacío, la nada de la depresión.
Esta situación se produce a partir de una cultura en la que predomina lo que denominamos un exceso de realidad. Un exceso de realidad que impide la capacidad de simbolización, produciendo hechos traumáticos que generan monstruos. Este exceso de realidad no es simplemente tener mucha información, sino una sobrecarga sensorial y emocional que el aparato psíquico tiene dificultades para procesar. Cuando esta sobrecarga se vuelve crónica y se ve amplificada se crea un terreno fértil para el traumatismo social generalizado. De esta manera encontramos configuraciones sintomáticas muy visibles: adicciones, suicidios (en especial en jóvenes y adolescentes), trastornos de conductas alimenticias (anorexia, bulimia) y los pacientes límite que se caracterizan por la impulsividad, el vacío crónico y la apatía de los estados melancólicos.6
El exceso de realidad no es simplemente tener mucha información, sino una sobrecarga sensorial y emocional que el aparato psíquico tiene dificultades para procesar.
En este sentido, el síntoma actual, a diferencia de las neurosis clásicas que estudiaba Freud, se encuentra con una cultura que empuja a las personas a nuevas formas de sufrimiento alimentada por la “cultura de la crueldad” del neofascismo neoliberal donde los gobiernos y el mercado promueven el odio y el miedo.7
El síntoma actual, a diferencia de las neurosis clásicas que estudiaba Freud, se encuentra con una cultura que empuja a las personas a nuevas formas de sufrimiento alimentada por la “cultura de la crueldad” del neofascismo neoliberal.
Ante esta situación la psiquiatría hegemónica (basada en el DSM), transforma el síntoma en una anomalía biológica a eliminar. La alianza de la psiquiatría biológica con los laboratorios farmacéuticos lleva a que el medicamento suela usarse como un “chaleco de fuerza químico” que adormece la angustia sin resolver el conflicto de base.
El psicofármaco no es un enemigo ni un tabú. El psicoanálisis crítico no cuestiona la química en sí misma, sino la ideología de la medicalización generalizada que domina la salud mental actual.
El psicofármaco no es un enemigo ni un tabú. El psicoanálisis crítico no cuestiona la química en sí misma, sino la ideología de la medicalización generalizada que domina la salud mental actual.
El fármaco es una herramienta de apoyo, no una cura, sino un recurso para facilitar el tratamiento cuando el desborde de angustia, el dolor o la fragmentación psíquica le impiden al paciente hablar. El fármaco sirve para “armar un piso” terapéutico. Su único fin legítimo es bajar el ruido sintomático para que el sujeto pueda volver a tomar la palabra y sostener las entrevistas analíticas.
El peligro principal radica en usar la pastilla para silenciar el conflicto y tapar el síntoma de inmediato. Si se elimina el síntoma sin escuchar qué venía a decir, se cronifica el conflicto inconsciente bajo otras formas de padecimiento.
La cultura actual empuja a consumir un fármaco para tolerar la alienación cotidiana, transformando el malestar social en un negocio privado. Es así como debemos diferenciar la medicalización -donde el remedio es una mercancía más para ser vendida en la que el sujeto, bajo las etiquetas de DSM, pierde su condición de sujeto para convertirse en objeto del saber médico- de la necesaria medicación que permite avanzar en un tratamiento. Aquí el análisis busca que, si hay medicación de por medio, el paciente entienda para qué la toma y qué lugar ocupa en su economía psíquica, evitando que la pastilla reemplace su propia implicación en la cura.8
Un dispositivo funciona como una linterna diseñada especialmente para iluminar ciertos caminos, permitiéndonos ver detalles que de otra forma quedarían ocultos en las sombras.
El psicoanálisis crítico es un dispositivo teórico y político capaz de entender cómo el capitalismo actual moldea nuestro sufrimiento mental. Para pensar su articulación interna es necesario concebirlo como una arquitectura conceptual de tres dimensiones interdependientes que rechaza cualquier reduccionismo (psíquico, biológico o socio-cultural). No se trata de una suma de partes, sino de una red donde lo singular, lo corporal y lo sociohistórico se producen mutuamente. Para ello unimos los pensamientos de Freud, Spinoza y Marx en una tríada o “lente intelectual” en la que la articulación es política y clínica a la vez: 1. Sigmund Freud es la base para entender el aparato psíquico, lo inconsciente y el interjuego pulsional (esas fuerzas internas que nos mueven).9 2. Baruch Spinoza decía que los seres humanos nos movemos por pasiones que aumentan (las pasiones alegres, el amor, la solidaridad) o disminuyen (las pasiones tristes, el odio, la depresión) nuestra potencia para vivir. Los sistemas de poder manipulan nuestras pasiones tristes (como el miedo, el odio o la culpa) para dominarnos y hacernos obedientes. El psicoanálisis crítico -desde la perspectiva que vengo sosteniendo- busca transformar esas “pasiones tristes” en “pasiones alegres” que liberen al sujeto.10 3. Karl Marx dio las bases teóricas para explicar cómo el capitalismo absoluto convierte todo en una mercancía. El sistema actual no solo explota económicamente a las personas, sino que coloniza su mente. Nos exige ser hiperproductivos, exitosos y consumistas, lo que genera nuevas formas de locura urbana, ansiedad, aislamiento y depresión.
El psicoanálisis crítico es un dispositivo teórico y político capaz de entender cómo el capitalismo actual moldea nuestro sufrimiento mental.
La clínica está historizada ya que el aparato psíquico de un paciente no flota en el vacío. Las crisis económicas, las injusticias sociales y la cultura actual sostienen e influyen directamente en la forma en que nos enfermamos o sufrimos.
En este dispositivo de psicoanálisis crítico, la clave está en ver que no nos limitamos a “sumar” teorías, sino cómo se encastran de manera lógica. Su articulación en este engranaje se produce uniendo tres dimensiones: el Inconsciente (Freud), el Cuerpo (Spinoza) y la Historia (Marx).
Veamos.
1. De Marx a Freud: encontramos la “Historización” del aparato psíquico donde el sufrimiento de un paciente no se debe únicamente a traumas familiares infantiles ya que la conexión con Marx aporta la estructura económica (el capitalismo absoluto que mercantiliza la vida).11 Esta estructura determina la cultura, y esa cultura es la que, según Freud, reprime y moldea el aparato psíquico.
2. De Spinoza a Freud: podemos dar cuenta del “Cuerpo” como lugar del inconsciente. La conexión Spinoza plantea que mente y cuerpo son una misma sustancia y que nos movemos por pasiones (afectos). Freud habla de la pulsión, que es justamente una fuerza psíquica que tiene su origen en el cuerpo. Su resultado es que el inconsciente no es un lugar abstracto de puras palabras o pensamientos ocultos. El inconsciente se inscribe en el cuerpo. Las tensiones, las enfermedades psicosomáticas y los dolores son el registro físico de los conflictos reprimidos.
3. De Marx a Spinoza. La conexión con Marx nos permite analizar cómo las clases dominantes controlan a la sociedad a través de la economía y la ideología. Con Spinoza el poder político y económico utiliza las pasiones tristes (como el miedo al desempleo, la culpa por no encajar según el modelo hegemónico o el odio al diferente) para debilitar la potencia de actuar de las personas. El resultado, un sujeto deprimido, asustado y aislado es un sujeto dócil que no va a rebelarse contra las injusticias del sistema.
En las patologías actuales debemos implementar lo que llamamos Nuevos Dispositivos Psicoanalíticos donde el encuadre cambia radicalmente a través de las siguientes transformaciones prácticas:12
1. Flexibilidad de espacio y tiempo: La clínica “en trinchera”. El consultorio deja de ser un búnker cerrado dado que el sufrimiento mental actual exige que el analista pueda intervenir en los espacios donde la vida y la crisis ocurren. El ser psicoanalista13 no lo pensamos como una esencia puesto que depende de los procesos corposubjetivos donde se abre a nuevos escenarios para incluir la atención en hospitales públicos, centros de salud comunitaria, asambleas de trabajadores o cooperativas. Por otro lado, el analista crítico adapta el tiempo y la frecuencia de las sesiones según las posibilidades reales del paciente, entendiendo que las crisis económicas alteran la rutina -entre otras cuestiones- y los recursos de las personas.
2. El fin de la “neutralidad fría” del analista. En el psicoanálisis clásico, el terapeuta debe ser alguien que casi no habla ni muestra emociones. El dispositivo crítico altera esta posición a partir de una Implicación afectiva (Spinoza); el analista entiende que el encuentro terapéutico es un choque de cuerpos y afectos. No puede ser indiferente al dolor del otro.14 Sin imponer sus ideas políticas personales (principio de abstinencia), el analista crítico reconoce abiertamente que el sistema actual (neoliberalismo) es violento.
El psicoanálisis tradicional -particularmente el de cuño estructuralista- ha centrado su ontología en la categoría de la falta. Bajo esta perspectiva, el sujeto está constituido por una pérdida originaria, y el deseo es el motor que intenta, inútilmente, llenar ese vacío estructural. La meta de la cura suele pensarse como la aceptación de esa castración o la resignación frente a lo imposible. Si bien la falta es una dimensión ineludible de la condición humana, un psicoanálisis que se agote en ella corre el riesgo de volverse funcional a nuestra época. El capitalismo tardío se alimenta de la culpa, la impotencia y la melancolización del sujeto. Promover una clínica basada únicamente en la renuncia puede derivar en una práctica adaptativa que normaliza el sufrimiento y despolitiza el malestar.
Pensar un psicoanálisis de la potencia implica rescatar el deseo no como carencia, sino como producción y fuerza afirmativa. Inspirado en la noción spinoziana de conatus -el esfuerzo de cada cuerpo por perseverar y aumentar su potencia de actuar-, donde el psiquismo es devenir y transformación.15 La potencia no es omnipotencia infantil ni rendimiento neoliberal; es la capacidad del sujeto de ligarse a otros, de afectar y ser afectado, y de producir formas de vida singulares. Mientras que la falta aísla al individuo en su herida privada, la potencia es inherentemente vincular. Un psicoanálisis de la potencia no busca que el sujeto “se resigne a lo que hay”, sino que descubra de qué es capaz su cuerpo y su deseo cuando se liberan de las fijaciones sintomáticas.
Para trabajar con la pulsión de muerte en la clínica actual, el terapeuta debe construir un espacio-soporte que sostenga al paciente y transformar el dolor del cuerpo en palabras.
Para trabajar con la pulsión de muerte en la clínica actual, el terapeuta debe construir un espacio-soporte que sostenga al paciente y transformar el dolor del cuerpo en palabras.
Frente a un sujeto desbordado, vacío o que se autodestruye, el analista ya no puede ser un testigo silencioso. La intervención para ponerle un freno a la pulsión de muerte (y hacer ganar a la pulsión de vida o Eros) se basa en tres acciones clínicas:
1. Que el sujeto pueda habitar el desamparo: Cuando una persona llega al consultorio con un ataque de pánico o una crisis de angustia, la pulsión de muerte se siente como una amenaza real de fin del mundo. El terapeuta no busca interpretar “un deseo oculto”. Interviene activamente con su presencia, su voz y su mirada. Su tarea es construir “bordes” para que habite su angustia. Este espacio-soporte, donde “soporte” lo entendemos como soportar y tolerar, se constituye en un hábitat seguro para calmar su crisis y que el paciente sienta que no está solo en ese vacío.16
2. Pasar del “acto en el cuerpo” a la palabra (Simbolizar): La pulsión de muerte ataca directamente al cuerpo porque el sujeto no puede tramitar mentalmente lo que le pasa (por ejemplo, el que se corta, el que toma alcohol de forma compulsiva o el que no puede comer). El giro clínico implica ayudar al paciente a armar un relato. Se busca que ese dolor, que antes se ponía en la carne o en la sustancia, empiece a nombrarse. Poner palabras donde había un vacío actúa como un dique de contención que frena la destrucción biológica y psíquica.
3. Romper la “compulsión a la repetición”: La pulsión de muerte ama lo idéntico: empuja al sujeto a repetir una y otra vez la misma conducta dañina (el mismo consumo, la misma relación tóxica, el mismo boicot). El terapeuta trabaja para introducir una diferencia en ese circuito cerrado. Interrumpe la marcha automática de la queja o el síntoma compulsivo. Ayuda al paciente a registrar ese momento previo al desborde para que pueda elegir hacer algo distinto, abriendo espacio a la novedad y al deseo.
Hay una clásica lectura biologista de Freud que ve a la pulsión de muerte exclusivamente como una fuerza natural que viene grabada en los genes. Nosotros la entendemos como un efecto de los procesos corposubjetivos del sujeto, es decir, del anudamiento entre su singularidad y lo histórico-social el cual lleva a la desinvestidura del objeto cuando se desliga de la pulsión de vida, el Eros.
Veamos brevemente.
El ser humano nace en unas condiciones de inadaptación entre su organismo y el medio, que generan una absoluta dependencia del niño con un Primer otro (madre o sustituto). Las consecuencias de este hecho marcan una estrecha relación entre el nacimiento y la muerte. De esta manera se crea lo que denominamos el espacio-soporte de la muerte-como-pulsión, que va a posibilitar el necesario proceso de catectización libidinal, en el que se produce una encarnadura en el cuerpo que le permita soportar sus fantasías de muerte y destrucción y encontrarse con sus pulsiones de vida, Eros. Es decir, el Primer otro va a poder dar el amor que requiere el niño para su desarrollo en la medida que pueda soportar la angustia de muerte que este padece, y que se manifiesta en una permanente demanda de atención. En este sentido el amor es consecuencia de poder soportar la emergencia de lo pulsional que trae el niño, caso contrario aparecerá un agujero en lo simbólico con ulteriores consecuencias psíquicas. Con la constitución del espacio-soporte intrapsíquico vamos a encontrar una identificación primaria del bebé con el Primer otro que permite ser objeto de sus pulsiones agresivas y de su angustia ya que es imposible satisfacerlo. Desde allí es posible la ligazón de las pulsiones de muerte con las pulsiones de vida, Eros. Este desvalimiento originario nos lleva a destacar la importancia del dispositivo social para que el otro significativo, el Primer otro constituya el espacio-soporte de la muerte-como-pulsión. Es el otro inserto en una cultura quien lo preserva y le ofrece los instrumentos necesarios para desarrollar su potencia de ser.17
En esta perspectiva los procesos corposubjetivos del sujeto lo llevan a que la actualidad de nuestra cultura genere nuevas formas de procesar la pulsión de muerte que no ha sido analizada en la época de Freud (por ejemplo, los efectos de las consecuencias en las llamadas redes sociales). Es decir, nuevas formas de subjetivación cuyos efectos son los procesos de desligazón de la pulsión de muerte que conducen a la violencia destructiva y autodestructiva y a la dificultad de simbolizar el desvalimiento originario propio de la muerte-como-pulsión; su resultado es reactualizar la vivencia del desamparo.
En resumen, mientras la visión clásica la ve como una fuerza biológica interna e inevitable, la definimos como una fuerza psíquica e histórico-social que se alimenta del desamparo y de la falta de lazos humanos. El capitalismo neoliberal actual opera como un amplificador de la pulsión de muerte porque aísla a las personas, destruye la solidaridad y promueve la crueldad. Su consecuencia es la hegemonía de patologías graves. Estas no son el despertar de un “gen maldito” o un instinto; son el efecto de un sistema social que ataca los lazos afectivos que nos mantienen vivos.
El capitalismo neoliberal actual opera como un amplificador de la pulsión de muerte porque aísla a las personas, destruye la solidaridad y promueve la crueldad.
Rechazamos la idea de que el psicoanálisis trabaja únicamente con la “realidad fantasiosa interna” del paciente y la psicología social con el “mundo externo”. La clínica opera en el “entre”, el lugar donde las determinaciones inconscientes individuales impactan sobre la realidad y, a su vez, la cultura y la economía se inscriben en el psiquismo.
En esta perspectiva, el psicoanálisis crítico lo concebimos desde un aparato psíquico abierto que significa romper con la idea de que la mente humana es un sistema cerrado, aislado, que funciona únicamente procesando fantasías infantiles o instintos biológicos independientes del mundo exterior. El psiquismo es un sistema abierto e incompleto que se produce, se historiza y se transforma permanentemente en su intercambio con la cultura, la economía y el lazo social.
Decir que el aparato psíquico está abierto significa que mantiene una relación de inclusión y permeabilidad con el aparato cultural. La cultura y el sistema socio-histórico no están simplemente “afuera” como un estímulo; ingresan, fundan y estructuran la mente del sujeto. El modo en que reprimimos, deseamos, nos angustiamos o amamos cambia según la época. Por ejemplo, el aparato psíquico de la época victoriana de Freud (marcado por la prohibición sexual estricta) no funciona igual que el aparato psíquico del capitalismo absoluto actual (bombardeado por el imperativo de consumo tecnológico, la virtualidad y la precarización laboral).
El concepto de Yo-soporte no lo entiendo solo como una función externa o una etapa del desarrollo; es una subestructura permanente del Yo que aporta la consistencia basal necesaria para amarrar y ligar el interjuego de las pulsiones de vida y muerte. Pienso el Yo-soporte como una tercera dimensión constitutiva del Yo que funciona como la garantía y el sostén del proceso de estructuración y desestructuración en el interjuego de las pulsiones de vida y de muerte.
El Yo no es una instancia homogénea, sino que está dividido en tres dimensiones bien diferenciadas: 1º) El Yo-función: es la subestructura del aparato psíquico vinculada al sistema percepción-conciencia. Sus tareas principales son el acceso a la motilidad, la adaptación a la realidad y los mecanismos de defensa frente al displacer. 2º) El Yo-representación: está conformado por el conjunto de identificaciones, imágenes, investiduras y afectos que el sujeto tiene de sí mismo (el Yo como objeto de amor, ligando el narcisismo). 3º) El Yo-soporte: es la matriz basal o el andamiaje existencial indispensable para que las otras dos dimensiones (función y representación) puedan existir. No provee un sentido de identidad ni realiza tareas cognitivas, sino que aporta la consistencia psicocorporal básica para que el psiquismo no se desarme.
El Yo-soporte tiene la misión vital de servir de amarra o dique de contención frente a las fuerzas destructivas inconscientes: bajo condiciones saludables el Yo-soporte metaboliza el interjuego de las pulsiones, permitiendo que la pulsión de muerte se ligue a Eros (pulsión de vida); en situaciones de crisis o estasis pulsional, cuando el sujeto atraviesa traumas severos, desamparo social o dolores indecibles (como en las autolesiones o el pánico), el Yo-soporte se precariza o desaparece al quedar directamente atravesado por los efectos disociadores de la pulsión de muerte. Al quebrarse este “andamio”, las funciones y las representaciones del Yo se fragmentan de inmediato.
El capitalismo tardío y el neoliberalismo promueven falsamente una “exaltación del Yo” y del narcisismo individualista. Sin embargo, se trata de una paradoja trágica: mientras el mercado le exige al sujeto ser un Yo exitoso y autónomo, las condiciones de vida destruyen los lazos comunitarios y afectivos, provocando una profunda precarización del Yo-soporte. El sujeto se queda sin soportes institucionales o vinculares externos que apunten a su sostén psíquico.
Para finalizar, historizamos el futuro al entender que, así como el pasado nos marca, el futuro es un territorio en disputa que depende de nuestra responsabilidad subjetiva basada en un optimismo racional. Es así como recuperamos una esperanza activa colectiva. La salud mental es la capacidad de proyectar con otros, donde no se trata de “poseer” al otro (vínculo mercantil), sino de componer potencias. Es así como podemos pasar de ser sobrevivientes del sistema a ser sujetos de nuestra propia historia.18 ◼
La salud mental es la capacidad de proyectar con otros, donde no se trata de “poseer” al otro (vínculo mercantil), sino de componer potencias.
Notas
Notas
1. Esto es lo que venimos desarrollando en la revista Topía. Sus fundamentos lo podemos encontrar en Carpintero, Enrique, “El giro del psicoanálisis”, Topía en la Clínica, marzo del 2001.
2. Recordemos que éste aparece desde los inicios del psicoanálisis a partir de conceptualizaciones realizadas por psicoanalistas de izquierda. Leer Vainer, Alejandro (compilador), A la izquierda de Freud. Wilhelm Reich, Vera Schmidt, Otto Fenichel, Siegfried Bernfeld, Erich Fromm, Herbert Marcuse, Enrique Pichon Riviére, José Bleger, Marie Langer, León Rozitchner. Escriben: Alejandro Vainer, Enrique Carpintero, Fernando Fabris, Mabel Inés Falcón, Enrique Guinsberg, Raúl Páramo Ortega, Ángel Rodríguez Kauth, Juan Carlos Volnovich, Silvia Werthein y Vicente Zito Lema, editorial Topía, Buenos Aires, 2009. También en este número “Genealogía del psicoanálisis crítico”.
3. Esta idea está planteada en Carpintero, Enrique, Registros de lo negativo. El cuerpo como lugar del inconsciente, el paciente límite y los Nuevos Dispositivos Psicoanalíticos, editorial Topía, Buenos Aires, 1999.
4. La teoría y el pensamiento del filósofo francés Michel Henry se divide en tres grandes etapas fundamentales: período Fundacional o Fenomenológico Radical (1963–1976) donde se apoya en sus tesis sobre Spinoza. Su concepto clave es el de autoafectación y el cuerpo subjetivo. El segundo período de la Fenomenología Aplicada o Crítica Cultural (1976–1990) y finalmente el tercer período Teológico o de la Filosofía del Cristianismo (1990–2002). Nosotros nos apoyamos en sus conceptualizaciones del primer período.
5. El concepto de corposubjetividad me permite entender que la subjetividad se conforma en el anudamiento de múltiples dimensiones corporales y aparatos que no funcionan de manera aislada: el cuerpo orgánico, el social y político, el imaginario y el simbólico. De allí que establezco un anudamiento indisociable entre tres sistemas que se constituyen en aparatos: el Aparato Psíquico, determinado por el deseo inconsciente y la relación con el otro; el Aparato Orgánico, que es la base biológica, la cual mantiene una relación de continuidad con lo psíquico y el Aparato Cultural donde la cultura interiorizada atraviesa al sujeto y marca sus cuerpos. De esta manera la corposubjetividad articula lo intrasubjetivo (psíquico y orgánico), lo intersubjetivo (vínculo con el otro) y lo transubjetivo (relación con la cultura y lo histórico-social). Utilizo este concepto para cuestionar la visión hegemónica que reduce el padecimiento subjetivo a procesos meramente biológicos o neurotransmisores, reivindico que toda producción de subjetividad es corporal donde el deseo está entramado con lo social y lo político.
6. Carpintero, Enrique, “Anamorfosis de la realidad”, revista Topía Nº 105, noviembre de 2025.
7. Carpintero, Enrique, La tentación neofascista. El odio y el miedo como política de sometimiento, editorial Topía, Buenos Aires, 2025.
8. Carpintero, Enrique (compilador), “La medicalización de la subjetividad. El poder en el campo de la Salud Mental” en La subjetividad asediada. Medicalización para domesticar el sujeto, editorial Topía, Buenos Aires, 2011.
9. De Freud tenemos que citar la mayoría de sus obras; por ello señalamos la edición de sus obras completas, Amorrortu ediciones, Obras Completas, Buenos Aires, 1976.
10. Carpintero, Enrique, La alegría de lo necesario. Las pasiones y el poder en Spinoza y Freud, editorial Topía, Buenos Aires 2003, Primera edición.
11. Carpintero, Enrique (compilador), Actualidad de “El fetichismo de la mercancía”, Carlos Marx, Eduardo Grüner, Pablo Rieznik, Miguel Kohan, Oscar Sotolano y Cristián Sucksdorf, editorial Topía, Buenos Aires, 2013.
12. La experiencia que realicé durante 10 años como director en el Servicio de Atención para la Salud (SAS) un Espacio de Atención en Situaciones de Crisis me permitió crear lo que denominé el dispositivo topicoanalítico en el que fuimos desarrollando un modelo clínico de intervención terapéutica diseñado específicamente para tratar a pacientes con patologías límite (borderline), psicosis o problemáticas complejas donde las reglas del análisis clásico resultan insuficientes. Este enfoque forma parte de lo que denomino Nuevos Dispositivos Psicoanalíticos donde propongo reformular la técnica tradicional basándome en las necesidades del psiquismo contemporáneo y el sufrimiento actual. Esta clínica se sostiene sobre algunos pilares estructurales como venimos planteando a lo largo de este texto. Su desarrollo teórico-clínico se encuentra en Carpintero, Enrique, Registros de lo negativo. El cuerpo como lugar del inconsciente, el paciente límite y los nuevos dispositivos psicoanalíticos, op. cit.
13. Fernando Ulloa utiliza la expresión “estar analista” para proponer que el psicoanálisis no es una identidad fija, sino una posición ética, clínica y política que se sostiene y se reactiva dinámicamente en la práctica cotidiana. Seguimos esta idea a través del concepto de “ser analista”, en tanto siguiendo a Spinoza el ser no es una esencia sino que se constituye en el “estar siendo”. Ulloa, Fernando, Novela clínica psicoanalítica. Historia de una práctica, libros del Zorzal. Buenos Aires, 2008.
14. Ferenczi, Sándor, Sin simpatía no hay curación. El diario clínico de 1932, Amorrortu, Buenos Aires, 1997.
15. Spinoza, Baruch, Ética, editorial Aguilar, Buenos Aires, 1982.
16. Debemos diferenciar la idea de holding en Winnicott del concepto “espacio soporte”. Para Winnicott -que no tiene en consideración los efectos de la pulsión de muerte- la idea de holding proviene de la observación díada madre-bebé en los inicios del desarrollo emocional. Por eso la define como la capacidad de la madre (o cuidador) de identificar empáticamente las necesidades del bebé y sostenerlo tanto física como psicológicamente. Este sostén resguarda al lactante de las agresiones del entorno y le permite pasar del “no-ser” al “ser”, integrando su cuerpo y creando un self verdadero. En la terapia, el analista recrea simbólicamente esta función materna. Ofrece un encuadre confiable que funciona como un útero psicológico para que el paciente regrese a sus etapas de regresión más primitivas y repare las fallas del desarrollo temprano. En cambio, el concepto de espacio-soporte y su correlato el Yo-soporte parte de una matriz pulsional y político-cultural. Nace de la articulación entre el psicoanálisis freudiano, la filosofía spinoziana y la crítica al capitalismo tardío; en especial al trabajar con pacientes límite. El Yo-soporte no es solo una función o una etapa del desarrollo; es una subestructura permanente del Yo (junto al Yo-función y Yo-representación) que aporta la consistencia basal necesaria para amarrar y ligar el interjuego de las pulsiones de vida y muerte. El analista no busca solo “maternar” o reparar una falla de la infancia en la transferencia, busca que encuentre un borde donde pueda habitar su crisis. Entendemos que el Yo-soporte se quiebra en el presente cuando la singularidad del sujeto se encuentra con el desamparo provocado por la violencia del cuerpo social y político actual (precarización laboral, aislamiento tecnológico, disolución de lazos comunitarios), lo cual lleva a la defusión de la pulsión de muerte que se desata como violencia destructiva y autodestructiva.
17. Carpintero, Enrique, El erotismo y su sombra. El amor como potencia de ser, Topía, Buenos Aires, 2014.
18. Acá debemos señalar los límites de un tratamiento terapéutico en relación a la estructura social y económica, como planteaba lucidamente León Rozitchner. Ver Freud y los límites del individualismo burgués, editorial Siglo XXI, México 1973; Freud y el problema del poder, ediciones Folio, México, 1987.
Enrique Carpintero
Psicoanalista
Email: enrique.carpintero [at] topia.com.ar