Neutralidad y Abstinencia. Una introducción. | Topía

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Neutralidad y Abstinencia. Una introducción.

 

Si yo pongo en el consultorio un retrato de Gardel, cosa que siempre he pensado, entonces no puedo analizar a un tipo al que le gusta Mozart, pues ya le estaría dando un mensaje que no es pertinente para su análisis.
Horacio Etchegoyen, 1998

La neutralidad y la abstinencia son dos cuestiones a repensar para los analistas del siglo XXI. Este par tiene casi un siglo de existencia y la concepción que de ellos se tenga marca la propia práctica clínica. Por eso, para comenzar, es necesaria una revisión histórica crítica de estos conceptos. “El giro del psicoanálisis”, tal como fue designado por Enrique Carpintero, implica un estudio de distintos aspectos teórico-clínicos para estar a la altura de las exigencias de nuestra época, que nos marca considerar “nuevos dispositivos psicoanalíticos”. Y siempre el primer paso de toda investigación es la historia.
La neutralidad y la abstinencia tienen un parto conjunto en la obra de Freud. El año es 1915 y el texto es “Observaciones sobre el amor de transferencia”. Allí Freud dice:
“Nuestro dominio sobre nosotros mismos no es tan grande que descarte la posibilidad de encontrarnos de pronto con que hemos ido más allá de lo que nos habíamos propuesto. Así, pues, mi opinión es que no debemos apartarnos un punto de la neutralidad que nos procura el vencimiento de la transferencia recíproca. Ya antes he dejado adivinar que la técnica analítica impone al médico el precepto de negar a la paciente la satisfacción amorosa por ella demandada. La cura debe desarrollarse en la abstinencia. Pero al afirmarlo así, no aludimos tan sólo a la abstinencia física ni tampoco a la abstinencia de todo lo que el paciente puede desear, pues esto no lo soportaría quizá ningún enfermo. Queremos más bien sentar el principio de que debemos dejar subsistir en los enfermos la necesidad y el deseo como fuerzas que han de impulsarle hacia la labor analítica y hacia la modificación de su estado, y guardarnos muy bien de querer amansar con subrogados las exigencias de tales fuerzas. Y, en realidad, lo único que podríamos ofrecer a la enferma serían subrogados, pues mientras no queden vencidas sus represiones, su estado la incapacita para toda satisfacción real.”2
De aquí pueden extraerse varias hipótesis. Por un lado, no es casual que la neutralidad y la abstinencia surjan del trabajo sobre el amor de transferencia. Es que el “huracán” transferencial y su contraparte contratransferencial lo lleva a Freud a formular ciertas reglas que le posibiliten continuar con la tarea analítica y no favorecer actuaciones.
La abstinencia había aparecido desde el inicio en la obra de Freud. Pero en todos los casos está asociada a la abstinencia sexual y sus efectos. La neutralidad no había surgido previamente. Pero unos años antes podemos rastrear un antecedente en una de sus metáforas cientificistas para entender la función del analista. En 1912 aconsejaba tomar como modelo la conducta del cirujano, “que impone silencio a todos sus afectos e incluso a su compasión humana y concentra todas sus energías psíquicas en su único fin: practicar la operación conforme a todas las reglas del arte.” O bien, un espejo: un analista que debe “permanecer impenetrable para el enfermo y no mostrar, como un espejo, más que aquello que le es mostrado.”3
No debemos olvidar que esta aspiración de ser como un espejo o como un cirujano estaba moldeada con la aspiración cientificista que atravesará la obra de Freud. Es importante recalcar que él mismo no trabaja de ese modo con sus pacientes, tal como lo describe Emilio Rodrigué en su magistral biografía de Freud.4
En 1918 profundiza el concepto, como “principio de abstinencia”. La cuestión surge en función de una defensa de la “técnica activa” de Ferenczi, a la cual supone un horizonte promisorio que luego desestimaría. En ese contexto, postula que “en la medida de lo posible, la cura analítica debe ejecutarse en un estado de privación -de abstinencia-. Quedará librado a un examen de detalle averiguar la medida en que sea posible respetar esto. Ahora bien, por abstinencia no debe entenderse la privación de una necesidad cualquiera -esto sería desde luego irrealizable-, ni tampoco lo que se entiende por ella en el sentido popular, a saber, la abstención del comercio sexual; se trata de algo diverso, que se relaciona más con la dinámica de la contracción de la enfermedad y el restablecimiento.”5 Pero en el texto, la abstinencia también es una imposición al paciente en relación a satisfacciones sustitutivas que podrían alejarlo del éxito de su análisis, ante las cuales el analista debe oponerse “enérgicamente”.
En la década del 20 Freud conceptualiza la pulsión de muerte. Sin embargo, no hubo reformulaciones sobre la práctica a partir de este giro que le da a la teoría. Esto implicaba una revisión de la práctica psicoanalítica, cuestión que quedó sin realizarse.6
A esta altura se puede notar que Freud proponía la abstinencia, pero la misma siempre está puesta en función de cada paciente, su patología y el contexto. Sin embargo, hubo un factor que generalizó su aplicación: la institucionalización creciente del psicoanálisis que se llevó durante las décadas del 20 y del 30. Entonces se creó la Comisión Didáctica Internacional que fue presidida por Max Eitingon, quien formalizó los métodos que consideraba eficaces y los transformó en reglas que deben ser cumplidas por todos los miembros. Se exoneró a Ferenczi a raíz de sus investigaciones sobre la “técnica activa”, tal como a otros analistas como Wilhelm Reich. Por muchos años la Internacional Psicoanalítica decidió qué era psicoanálisis y qué no. Esto llevó a que la abstinencia y la neutralidad fueran más una regla superyoica a obedecer que una regla necesaria para mantener el juego del análisis, variable, insisto, a diversas situaciones y psicopatologías.
Poco tiempo después, se institucionalizó el psicoanálisis en la Argentina. Emilio Rodrigué, psicoanalista de la segunda generación, relata como la abstinencia se transmitía entre los primeros analistas en su autobiografía. Su primer paciente era una paciente terminal: “trataba a la paciente en el Hospital Francés, ella era piel y huesos y estaba tan consumida que no toleraba el peso de las sábanas sobre las piernas. Día tras día la veía envuelta en un silencio de marasmo. Cierta vez, poco antes de morir, ella me tendió su mano huesuda y yo no le tendí la mía, lo que hasta hoy no me perdono. La técnica de la abstinencia no me lo permitía.”7 Esto es un buen ejemplo de la forma indiscriminada en la cual se transmitieron las reglas psicoanalíticas. Abundan ejemplos a lo largo de la historia de ese tipo.
Sin embargo, el avance del psicoanálisis en el trabajo con otras situaciones y pacientes llevaba a la propia Anna Freud -la “ortodoxia” absoluta para cualquier psicoanalista argentina-, en 1954 a preguntarse si la “técnica corriente” la equipaba para encarar “el análisis del carácter en forma tan adecuada como nos ha equipado para el análisis de las diversas formas de histeria y de neurosis obsesiva”. Y además, si “sigue siendo todavía válida la vieja regla que aconseja que, en general, el análisis deberá llevarse a cabo en una atmósfera de frustración de la realización de deseos”. Esto la llevaba a varias cuestiones: la modificación de la “técnica” en psicosis y perversiones y a considerar que en las situaciones de emergencia “nuestras reglas de procedimiento dejan de aplicarse, en forma total o parcial.”8
En la misma década del 50, Jean Laplanche y Jean-Bertrand Pontalis bajo la dirección de Daniel Lagache escriben el Diccionario de Psicoanálisis. Es necesario poner en contexto la publicación de un diccionario, como cualquier otra publicación. Eran dos discípulos de Lacan, que en ese entonces propugnaba la “vuelta a Freud”. Pero recordemos que no sólo estaban entonces en la Internacional Psicoanalítica (y siguieron estando luego de la ruptura con Lacan a principios de los ‘60), sino que el proyecto estaba financiado por la UNESCO y dirigido por Daniel Lagache. En el Diccionario aparecen tanto la abstinencia como la neutralidad, tal como podía acordar el establishment como las ideas de un primer Lacan. La abstinencia es una regla o un “principio según el cual la cura analítica debe ser dirigida de tal forma que el paciente encuentre el mínimo posible de satisfacciones substitutivas de sus síntomas. Para el analista, ello implica la norma de no satisfacer las demandas del paciente ni desempeñar los papeles que éste tiende a imponerle.”9 La neutralidad, es una “de las cualidades del analista durante la cura. El analista debe ser neutral en cuanto a los valores religiosos, morales y sociales, es decir, no dirigir la cura en función de un Ideal cualquiera, y abstenerse de todo consejo; neutral con respecto a las manifestaciones transferenciales.”10
Alrededor de esos años, Jacques Lacan intentó “traducir” a la abstinencia y a la neutralidad en sus propios términos de acuerdo a sus esquemas teóricos. Así la abstinencia consiste en no gratificar jamás a la demanda: “La abstinencia del analista que se rehúsa a gratificar la demanda, la separa del campo del deseo y la transferencia es un discurso donde el sujeto tiende a realizarse más allá de la demanda y en relación a ella.”11 Y en cuanto a la neutralidad, la desdibuja humorísticamente: “En cuanto a nosotros, sobre este punto delicado, en el que algunos pensarían en advertirnos de la neutralidad analítica, hacemos prevalecer el principio de que ser amigo de todo el mundo no basta para preservar el lugar desde donde debe operarse.”12 O sea, para Lacan lo central será el lugar del analista desde el cual se opera, perdiendo de algún modo lugar tanto la abstinencia como la neutralidad como conceptos, a diferencia de la importancia que tenían en la obra de Freud.
Hacia fines de la década del 60 se formaron los grupos que cuestionaban el psicoanálisis de la Asociación Psicoanalítica Internacional. Su historia habitualmente es tomada en función de la ideología y la política, pero pocas veces se toman algunos desarrollos que tienen repercusiones en la clínica.13 Y uno de sus aportes es el cuestionamiento de la neutralidad analítica, por considerarla imposible y parte de un proyecto cientificista. Marie Langer, que integraba uno de los grupos, Plataforma, decía que “... ya no creemos en ella (la neutralidad), como tiempo atrás dejamos de creer en el ‘analista-espejo’... No somos computadoras y todos tenemos wishfull thinking respecto de nuestros analizados. Nuestros deseos difieren según la ideología que profesamos: eso es todo.”14
Es importante subrayar dos cuestiones. Por un lado, las buenas intenciones de Langer la llevan a un exceso de optimismo: los deseos se someterían a la ideología. Pero el deseo es inconciente, mientras que nuestra ideología tiene sectores concientes, preconcientes e inconcientes. Y la dimensión inconciente del analista es realmente la piedra angular que echa por tierra a la neutralidad. Podemos intentar ser neutrales, pero lo inconciente se filtra. Esto nos lleva a la segunda cuestión: la imposibilidad de la neutralidad. Un analista habla de sí aunque se pretenda neutral. Habla con su cuerpo, con su ropa, con la elección de consultorio (desde el lugar hasta el mobiliario), sus opciones teóricas, sus opciones de vida. Aunque no hable directamente de ello, todo esto habla y forma parte de una noción de contratransferencia amplia.15 Esta ilusión positivista de domeñar a lo inconciente se puede considerar con una experiencia habitual: los pacientes cuando se consolida su análisis se “acomodan” al estilo y la teoría del analista. Y así, según la importancia que le dé el analista, relatan más sus sueños, producen lapsus, registran sus manifestaciones transferenciales, etc.
Que un analista no sea neutral no quiere decir que no sea abstinente. Porque lo que sí queda en pie es la abstinencia, pero con las particularidades de cada caso y situaciones, tal como lo había esbozado el propio Freud. Esto mismo fue desarrollado por Fernando Ulloa, quien lideraba el otro grupo que rompió con la Internacional Psicoanalítica, Documento. Ulloa rescata a la abstinencia como parte central de la clínica psicoanalítica, pero lo pone a funcionar con un concepto tomado de su maestro, Enrique Pichon Rivière, el de pertinencia. “La clínica psicoanalítica se ve apartada de los caminos médicos en función de la abstinencia, regla fundamental tanto metodológica como ética... Toda esta abstinencia activa compone lo que podría considerar la herramienta fundamental de mi práctica clínica, que defino como estructura de demora”. Y la diferencia de la neutralidad, la “no neutralización del sujeto analista”. Pero, aclara la diferencia entre dispositivos, ya que Ulloa trabaja en dispositivos institucionales: “suele acontecer que un analista sin mayor experiencia en el campo social, pretenda abordar una cuestión institucional extremando su presencia abstinente, cosa nada pertinente a la naturaleza de ese campo. En ese contexto, la condición pertinente obliga a no desconocer la especificidad del quehacer que agrupa institucionalmente a las personas sobre la que se pretende operar... La regla de la pertinencia, fundamento central de lo que el psicoanálisis tiene de arte, es decir de técnica, vale tanto como la de abstinencia.”16
En estos tiempos, podemos considerar a la abstinencia y la neutralidad de la siguiente forma. Por un lado, la neutralidad no existe, forma parte del campo contratransferencial. La ilusión del espejo es irrealizable aunque uno quiera ponerse el mismo traje todos los días y dejar el consultorio en blanco. Es inevitable. Por otro, la abstinencia sólo funciona en conjunción con la pertinencia del dispositivo que organizamos como analistas, acorde a la situación (recordar a la primera paciente de Rodrigué), la psicopatología (no es lo mismo un paciente neurótico clásico que un paciente depresivo, psicótico o perverso, mucho más considerando la operatoria de la pulsión de muerte en la psicopatología), y el contexto (la cultura que atraviesa a cada clase social en cada momento histórico).
Esto nos lleva a poder formular dispositivos psicoanalíticos que toman a la regla de abstinencia en relación a su pertinencia para avanzar sobre esos “nuevos caminos de la terapia psicoanalítica” del siglo XXI, de la mano de un Freud que nos sigue enseñando que “las variadas formas de enfermedad que tratamos no pueden tramitarse mediante una misma técnica.”17

 

Alejandro Vainer
Psicoanalista
alejandro.vainer [at] topia.com.ar

Notas

1  Stitzman, Jorge, Conversaciones con Horacio Etchegoyen, Amorrortu Editores, Bs. As., 1998.
2  Freud, Sigmund (1915), “Observaciones sobre el amor de transferencia”, en Obras Completas, Biblioteca Nueva, Tomo II, cuarta edición, Madrid, 1981. Es interesante mencionar la diferencia de las traducciones al castellano. El mismo párrafo que López Ballesteros traduce “neutralidad”, José Luis Etcheverry en la edición de Amorrortu traduce “indiferencia”. Y realmente la supuesta neutralidad puede tener mucho de indiferencia.
3  Freud, Sigmund (1912), “Consejos al médico en el tratamiento psicoanalítico”, Biblioteca Nueva, Op. Cit., pág. 1656.
4  Rodrigué, Emilio, Sigmund Freud. El siglo del Psicoanálisis, Editorial Sudamericana, Bs. As., 1996, pág. 42.
5  Freud, Sigmund (1918), “Nuevos caminos de la terapia psicoanalítica”, Amorrortu Editores, Bs. As., 1979.
6  Esto se puede leer en el Editorial de Enrique Carpintero de este mismo número. No desarrollaré la cuestión de poder pensar la pulsión de muerte en la clínica psicoanalítica, que excede este trabajo, aunque está inspirado en dicha idea.
7  Rodrigué, Emilio, El libro de las separaciones. Una autobiografía inconclusa, Editorial Sudamericana, Bs. As., 2000. El subrayado es mío.
8  Freud, Anna, Estudios psicoanalíticos, Editorial Paidós, Bs. As, 1978, págs. 80-2.
9  Idem anterior. Los subrayados son míos.
10  Laplanche, J. y Pontalis, J.-B. Diccionario de Psicoanálisis.
11  Lacan, Jacques, Seminario XII: El objeto del psicoanálisis, edición digital.
12  Lacan, Jacques, “La ciencia y la verdad”, en Escritos 2, Editorial Siglo XXI, México, 1984, pág. 850.
13  Carpintero, Enrique y Vainer, Alejandro, Las Huellas de la Memoria. Psicoanálisis y Salud Mental en la Argentina de los 60 y 70, Tomo II, Editorial Topía, Bs. As., 2005.
14  Langer, Marie, “Psicoanálisis y/o revolución social”, en Langer, Marie, Cuestionamos, Granica Editor, Bs. As., 1971, pág. 265.
15  Carpintero, Enrique, Registros de lo Negativo. El cuerpo como lugar del inconsciente, el paciente límite y los nuevos dispositivos psicoanalíticos. Editorial Topía, Bs. As., 1999.
16  Ulloa, Fernando, Novela clínica psicoanalítica. Historial de una práctica, Editorial Paidós, Bs. As., 1995, pág. 110 y 162-4. El subrayado es mío.
17  Freud, Sigmund, op. Cit.
 

 
Articulo publicado en
Julio / 2008

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