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Formación y praxis psicoanalítica

 

Hay ríos de tinta sobre la formación del analista. En la mayoría de los casos se describe una esencia por fuera de las sociedades y la historia. Se excluye la materialidad que se produce para que uno pueda devenir psicoanalista en un momento histórico social determinado. Y no todos los analistas somos iguales. La formación de cada uno como analista no puede ser tomada por fuera de la propia vida, las propias experiencias, la clase social, la ideología, la sociedad y el tiempo en que vivimos. Aunque la mayor parte de las veces se ha intentado excluir todo esto que ahora intentaremos incluir.
La historia es muy distinta. El trabajo de construcción del psicoanálisis llevó a Freud a organizar la “Sociedad de los Miércoles”. En cada reunión de este grupo un integrante elegido al azar iniciaba una conferencia que luego era seguida de una discusión. Esta sociedad funcionó hasta 1907, ya que Freud decidió iniciar el proceso de institucionalización del psicoanálisis. Para ello escribió una carta a todos los miembros donde anunciaba la disolución de la sociedad y propuso que quien quisiera seguir siendo miembro de la misma lo comunicara. De esta manera la disolución de la sociedad y su posterior organización tuvo el propósito de devolver a cada uno la libertad de separarse sin perjudicar las relaciones personales. En la misma estableció que cada tres años se empleara el mismo sistema. Esta modalidad de trabajo de características democráticas funcionó hasta 1910 cuando en el Congreso de Nuremberg el propio Freud organizó la primera asociación internacional psicoanalítica. Esta primera organización internacional con reglamentos se fue transformando en una sociedad burocrática de psicoanalistas en la que el juego político por el poder empezó a reemplazar el debate y desarrollo psicoanalítico. La institucionalización pronto tuvo como objetivo controlar las desviaciones, como las de Adler y Jung y arrogarse el patrimonio exclusivo del psicoanálisis.
Freud en ¿Pueden los legos ejercer el análisis? (1926), expuso el tipo de formación que se brindaba en la IPA entonces, sedimento de la experiencia de la primera generación de analistas. Ya entonces la base era el análisis personal, la formación teórica y la supervisión con analistas más experimentados durante dos años, lo que hoy se conoce como el trípode. Pero al mismo tiempo Freud fantaseaba con la posibilidad de una “escuela superior psicoanalítica”, donde retomaba la libertad de seguir pensando y construyendo una formación diferente de la que se impartía en la IPA, ya que proponía que “el plan de estudios para el analista está todavía por crearse; debe abarcar tanto temas de ciencias del espíritu -psicológicos, de historia de la cultura, sociológicos- como anatómicos, biológicos y de historia evolutiva.”1
Sin embargo, la historia de la formación psicoanalítica quedó atada a la institucionalización de la formación impartida por la IPA con el trípode, más que con estas ideas abiertas que deslizaba Freud a sus 70 años. Se burocratizó para formar analistas que pudieran reproducir instituciones bajo estas reglas de formación, que además, siguiendo al propio Freud, intentó disociar el psicoanálisis de lo social y lo político. Esto llevó a que, por ejemplo, durante la década del 30, se hicieran concesiones al gobierno de Hitler con el fin de preservar las instituciones psicoanalíticas.2
Años después, las críticas a este modelo comenzaron a hacerse oír. Podemos mencionar algunos hitos. Sigfried Bernfeld, no casualmente integrante de la izquierda freudiana, criticó duramente la formación psicoanalítica en una conferencia sobre la historia del análisis didáctico en 1952 en el Instituto de San Francisco, Estados Unidos.3 Desde otra posición, Jacques Lacan y luego muchos de sus discípulos, también formularon objeciones y distintas reformas a este modelo, que sin embargo terminaron reproduciendo. En 1969, durante el Congreso Internacional de Psicoanálisis en Roma, se creó Plataforma Internacional. Los cuestionamientos de este grupo abarcaban diferentes niveles: el tipo de formación, la verticalidad y el manejo del poder de las instituciones y el lugar de los analistas en la sociedad. Mientras que en algunos lugares del mundo se lograron cambios en los institutos, en la Argentina los miembros de Plataforma y Documento renunciaron a la APA. Hubo intentos de realizar otro tipo de formación, como el Centro de Docencia e Investigación (CDI) de la Coordinadora de Trabajadores de Salud Mental, en la ciudad de Buenos Aires, proyecto que, como tantos otros, recibió los ataques de la Triple A y tuvo que cerrar al iniciarse la última dictadura militar. Esto impidió poder hacer un balance de dicho proyecto de formación psicoanalítica.4
Muchos de los que allí participaron siguieron considerando los términos de la formación, tal como Fernando Ulloa, quien desarrolló ideas propias sobre la cuestión. Por un lado, sus abordajes institucionales y sus críticas a la institución psicoanalítica (que suelen funcionar a la manera de iglesia o de escuela, más que promocionar el avance del psicoanálisis) lo llevaron a promover una formación en lo que llamaba la “institución virtual”. Esto implica que un analista organiza su propio trípode sin hacerlo dentro de una institución. Por otro lado, la idea de la capacitación del analista, lo que supone siempre una conceptualización de la práctica, a diferencia de una “formación”, que para Ulloa gira más en torno a la especulación teórica, “que es propicia a deformaciones en la clínica y se refleja en la tendencia de practicar teorías y no a conceptualizar prácticas desde la excelencia teórica.”5
La cuestión de la articulación de la teoría con la práctica sigue siendo un punto ciego, y no sólo en la formación. Para ello, creo es necesario introducir un concepto, el de praxis psicoanalítica. La cuestión de la praxis implica poder tomar los aportes del marxismo al psicoanálisis. Marx, en las Tesis sobre Feuerbach, permite pensar que no haya una teoría desgajada de la práctica: “es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento. El litigio sobre la realidad o irrealidad de un pensamiento que se aísla de la práctica, es un problema puramente escolástico.”6 Por eso mismo, muchos de los autores “a la izquierda de Freud”, se ocuparon de la cuestión de lo que se llamaba técnica psicoanalítica, intentando reducir la distancia de teoría y práctica.7
Si consideramos el concepto de praxis psicoanalítica, el trípode no alcanza para pensar la formación, ya que abarca sólo una parte (absolutamente necesaria) de la experiencia de la formación psicoanalítica. No sólo no incluye la experiencia vital de cada analista (al que muchas veces se intenta reducir a una “función analítica”, excluido de su subjetividad), sino que también se desestima el tipo de experiencia clínica, institucional, social y política que es fundamental para la forma en que se constituye como analista. Se supone que un analista realiza su formación de la misma manera si tiene sólo pacientes individuales en un consultorio particular, si tiene que proletarizarse de forma encubierta en el trabajo en clínicas privadas, obras sociales y prepagos o si realiza tareas en instituciones públicas. El trípode y la pertenencia institucional serían las fuentes de la formación, lo que no es así. Nada de los propios desarrollos pueden ser por fuera de las experiencias y cómo se conceptualizan. Hay ejemplos paradigmáticos, tal como Enrique Pichon Rivière en el hospicio o Wilfred Bion con grupos de rehabilitación, sólo por citar dos casos. En relación al mismo tema, Juan David Nasio relataba lo siguiente: “tuve la suerte de tener una formación de primer nivel, me fui con cinco años del hospital Lanús, con un gran maestro que fue Goldenberg, con todos los grandes maestros que venían al Lanús: Bleger, Ulloa, etc. Todos venían al Lanús para contribuir al desarrollo del psicoanálisis en el hospital psiquiátrico.”8 Por lo tanto, todo analista puede repensar cómo sus experiencias moldean a fuego el tipo de analista en que se convierte. Por eso el mandato del trípode no cubre el conjunto de la formación analítica, sólo los requisitos institucionales.
Es una ilusión que la formación del analista quede desgajada de su práctica clínica, social y política. No será igual que pueda intervenir analíticamente en el ámbito público o que lo desvalorice, idealizando el trabajo en consultorio particular. Tampoco será lo mismo si reniega de la explotación que implica el trabajo en prepagos y obras sociales con la ilusión de tener solamente pacientes individuales en análisis.
Pero también es necesario también desnaturalizar el trípode. Las experiencias de análisis personal pueden ser muy diferentes y distan de ser estandarizadas, con el problema, señalado por todos los que cuestionaron el “análisis didáctico”. No llamarlo “didáctico” no le quita el sometimiento transferencial y la posibilidad de seguir ideas e instituciones del analista, más que hacer el camino propio. Tampoco las supervisiones pueden ser normalizadas, ya que los dispositivos de supervisión psicoanalítica son numerosos, además de las propias teorías y modalidades de supervisor. Lo mismo sucede con grupos de estudio y discusión. Leyendo las respuestas al cuestionario sobre formación que sigue a continuación el lector podrá ver las complejidades de formarse como analista en cada momento histórico.
Seguir considerando que la formación pasa sólo por el trípode encubre la importancia de tener distintas experiencias (clínicas, formativas, vitales, sociales y políticas), que suelen ser claves en la formación tanto en artes y ciencias (dejemos entre paréntesis qué es el psicoanálisis porque para esta cuestión es exactamente igual). Finalmente, retomar la pregunta de cuál sería la función de cada cual como analista en la sociedad en la que vive.
Hoy la institucionalización del psicoanálisis sigue siendo hegemónica. No sólo en las internacionales IPA o la AMP, sino también en múltiples pequeñas instituciones. Allí el poder en juego en el lazo transferencial continúan siendo efectivos dispositivos de captura.
Por lo contrario, las experiencias de formación que dan libertad al analista, como la propuesta de Ulloa, no obtienen la fidelidad transferencial, porque no la buscan. Recuperan la pasión de hacer la historia con las propias manos, más que la repetición mortífera de encuadres, teorías y estereotipos. Recuperan un psicoanálisis que se ponga sus pies en el barro de la sociedad en la que vive y en el campo de la Salud Mental más que encerrarse en la reproducción institucional y la defensa de un psicoanálisis institucional.
Los avances del psicoanálisis estuvieron en manos de quienes no siguieron los mandatos institucionales oficiales, realizaron y teorizaron prácticas no avaladas institucionalmente desde el psicoanálisis. En el caso de que hubieran pertenecido a instituciones, perdiendo pertenencias y poder.9 Estos analistas permitieron abrir otros espacios para el psicoanálisis, lo que hoy denominamos dispositivos psicoanalíticos en nuevos campos como el análisis de psicóticos, los trabajos grupales, familiares, institucionales y los distintos abordajes en que se incluyen psicoanalistas en equipos interdisciplinarios dentro y fuera del campo de Salud Mental.10
Ellos nos transmitieron la pasión en transformar en vez de repetir dogmáticamente, abandonando los privilegios del pertenecer. Pero como las cosas más importantes de la vida, en las escuelas no se enseña.

 

Alejandro Vainer
Psicoanalista
Alejandro.vainer [at] topia.com.ar

 

 

Notas

1 Freud, Sigmund, ¿Pueden los legos ejercer el análisis?, en Obras Completas, Tomo XX, Amorrortu Editores, Bs. As., 1979.
2 Caeiro, Alfredo, “Freud y el Nazismo. Religiosos y Religiones del Siglo XX”, en Topía Revista, N°22, Bs. As., marzo de 1998.
3 Guinsberg, Enrique, “Bernfeld y la izquierda marxista”, en Vainer, Alejandro (compilador), A la izquierda de Freud, Editorial Topía, Bs. As., 2009.
4 Para profundizar en los diferentes cuestionamientos de esos momentos se puede consultar Carpintero, Enrique y Vainer, Alejandro, Las huellas de la memoria. Psicoanálisis y Salud Mental en la Argentina de los 60 y 70, Editorial Topía, Tomo I y II, Bs. As., 2004 y 2005. También, Langer, Marie (compiladora), Cuestionamos y Cuestionamos 2, Granica Editor, Bs. As., 1971 y 1973.
5 Ulloa, Fernando, Novela clínica psicoanalítica, Editorial Paidós, Bs. As., 1995, pág. 77.
6 Marx, Karl, Tesis sobre Feuerbach, en Obras Escogidas, Editorial Cartago, Bs. As., 1984.
7 Wilhelm Reich y Otto Fenichel tuvieron a cargo los seminarios de técnica psicoanalítica e hicieron aportes en dicho campo en sus enseñanzas y en sus libros. La preocupación de que la teoría no se articule con la práctica fue la preocupación de Enrique Pichon Rivière y José Bleger, más allá de cómo resolvieron en su momento dicha cuestión. Vainer, Alejandro, “Introducción”, en Vainer, Alejandro (compilador), A la izquierda de Freud, Editorial Topía, Bs. As., 2009.
8 Cueto, Emilia, “Entrevista con Juan David Nasio”, en http://www.elsigma.com/site/detalle.asp?IdContenido=1410. El subrayado es nuestro.
9 No desarrollaré extensamente este punto, pero es todo un tema para investigar cómo se han sucedido “excomuniones” y pérdidas de función didáctica de tantos analistas creadores como Wilhelm Reich, Sigfried Bernfeld, Jacques Lacan, Wilfred Bion, Donald Meltzer, Enrique Pichon Rivière y tantos otros. Sin contar quienes decidieron abandonar instituciones voluntariamente, tales como los grupos Plataforma y Documento.
10 Para la cuestión de la problemática en la formación y trabajo en equipo de psicoanalistas, Vainer, Alejandro, “El psicoanalista trabaja en equipo”, en Revista Topía, Nº53, Bs. As., agosto 2008.
 

 
Articulo publicado en
Julio / 2009

Boletín Topía