En el famoso cuento de Edgar Allan Poe La carta robada, encontramos una enseñanza de excelencia. Dupin, el entrañable detective, es contratado por la reina para realizar cierta tarea específica: recuperar una carta que le ha sido robada por su ministro. Sin embargo, los policías registran constantemente al ladrón, lo requisan una y otra vez en diferentes momentos, y nada encuentran. Incluso su casa es revisada, sus cajones revueltos, pero la carta no aparece. Dupin, en el mismo momento en que escucha el estado de la situación, confía en saber con cierta precisión dónde puede encontrarse dicho objeto. En cierta ocasión, cuando el ministro no se encuentra en su hogar, el detective ingresa a la vivienda y se apodera de la carta que se hallaba, para sorpresa de todos, en una repisa de la chimenea del despacho, arrugada, como un papel sin más, y a la vista de cualquiera. Dupin pudo ver lo que nadie había notado: la mejor forma de esconder algo es dejarlo a la vista. Un especialista, parece decirnos Poe, rara vez va en busca de lo más común.
Frente a la apuesta por lo que nos diferencia contemporáneamente, parece que hemos dejado de lado lo que compartimos por naturaleza.