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La familia en-red-ada 1

 

Elena se encuentra frente a la caja haciendo el pago de la tarjeta, disgustada por la deuda que queda pendiente. Gastos generosos de fin de año y el receso del verano a la vista; se pregunta cómo enfrentarán el próximo pago.

Suena el celular, su hija, Gabriela la de quince. Registra la llamada pero no la atiende, termina el trámite y sale rápidamente del banco, para responderle.

Cosa de pájaros

Mi consultorio está en un quinto piso a unas dos cuadras del Parque Independencia. Tiene una ventana bastante grande que da a calle Alvear, hacia el este, y otra, más pequeña, que mira hacia el oeste y desde la cual se puede espiar un rectángulo de parque. Emergiendo de entre el follaje de las tipas y los pinos, una o dos torres de iluminación de la cancha de Newells Old Boys perforan sin misericordia ese encanto verde que acaricia el cielo.

Mirando la foto en la calle Corrientes

   --Amiga, yo le cuido el auto, quédese tranquila—y seguía indicándome con énfasis como arrimar no desperdiciando espacio. Terminó con un ceremonioso saludo sacándose la gorra.
   No bajé, esperando una amiga con quien encontrarme, el cuidador se acercó. 
   --Vaya tranquila, hace seis años que estoy aquí, me autorizó el juez y la policía. Si quiere me da algo cuando se va.

El Colorado

       El colorado                                                                                   Norma B. López

 

El saco

Pasé mi vida tratando de adivinar cómo era mi papá. Cuando era chico jugaba al basketball y me lo imaginaba  ahí mirándome. Me rompía todo por meter pelotas en la canasta, para que él estuviera contento. Lo veía, alentándome.

DISCULPE, SEÑORA

Bety subía la escalera hacia la sección maquillajes de la perfumería; en el rellano hizo un alto en el ascenso porque venía fatigada, era una mañana de compras, se acercaba Navidad.  Giró unos grados apoyándose sobre su pierna derecha y casi sobresaltada le sale un–¡disculpe Señora! -, con voz aguda y temblorosa.    Bety es muy educada y asustadiza, una persona como ella no debe mirar curiosamente a alguien desconocido. 

Un sueño latinoamericano

María, partió de Oruro y llegó al suburbio bonaerense, teniendo apenas cuatro años. Era la más pequeña de su mundo familiar y pueblerino.  Lucía trenzas y faldas largas, y la rodeaba la pobreza, así como una tenaz ambición de progreso.
Entonces y ahora, mujeres laboriosas guisan, lavan, planchan y sueñan.
Los hombres, desalentados, violentos y borrachos a veces, cuando no logran volver a su casa con dinero, mitigan este vacío con sexo desenfrenado.

Algunas formas de “seguridad laboral”

Cada uno se asegura como puede:

         Están los que logran   tener su casa propia “el techo propio”, como máxima protección para sí mimos, su vejez y dejar algo seguro para sus hijos.   Anhelo fundamental de gente trabajadora y fieles a enseñanzas transmitidas desde varias generaciones entre nuestros pueblos latinoamericanos mestizados, habitando en las grandes urbes o en los pequeños conglomerados dispersos por campos y montañas.

MONEDA

Camina segura de sí misma. Los transeúntes se detienen y la buscan. Intercambia autógrafos por una sonrisa, por un suspiro o una frase halagadora. La reconocen. Hoy eso le basta.

 

Da vuelta la esquina. Un anciano se le acerca. No le pide ningún autógrafo. Menos aún sabe quien es ella.

 

Ella recuerda a su padre: todos los ancianos se le parecen. Éste arrastra su pierna izquierda como él lo hacía. Pero es más sucio. Ahora lo advierte: un pordiosero.

 

UN TAL DON JUAN LEDESMA

Un tal Don Juan Ledesma                                                              Silvia Sajaroff   

     

Bajaba lentamente la colina con un bastón hecho de rama de algún árbol duro de la zona, meticulosamente tallado con el facón del abuelo, ese blasón indiscutido de la familia Ledesma.

Eran las seis y pico de la tarde. Esa hora en la que el sol apenas lame la superficie de los sembrados. La misma hora en que los girasoles rotan sus frágiles e imponentes cabezas hacia la tierra.

Le quitaron la ilusión a un niño

Susana Ragatke
susana.ragatke [at] topia.com.ar

ELTANGO CAMBALACHE EN EL SIGLO XXI

Susana Frida Ragatke

susana.ragatke [at] topia.com.ar

Era un domingo del otoño del 2000, solitario para Elena como todos sus domingos.

Cruzó la ciudad para acercarse a recorrer el Abasto, guiada por las noticias sobre la recuperación del viejo barrio. Su abuelo Pascual le había contado muchas anécdotas de cuando atendía el puesto de frutas en el mercado, allá por el 50.

MELINDRA, LA MADRINA Y LAS MANDARINAS

Melindra, la madrina y las mandarinas                                   Irene Tolkachier

 

-¡Ay madre¡ ¿Dónde habrás puesto los visones?

La vieja Paulina, arrastrando  las chancletas se asomó por la puerta de la habitación de Melindra, preguntándose que le ocurría  a su hija.

-         Madre, madre, no hallo los visones.

-         ¿Qué decís, las colas negras esas? No  sé por ahí deben estar, me parece que las puse con naftalina, del año pasado que no las usas.

VENDIENDO COMUNICACIÓN

El semáforo rojo detiene la caravana de autos, colectivos y motos que circulan por una de las grandes avenidas de Buenos Aires, a la altura de uno de los barrios elegantes, y a todo lo ancho de la misma aparecen tres grandes carteles coloridos captando la mirada obligada de los conductores y pasajeros.

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