El gobierno de Milei envió un nuevo proyecto de ley para modificar la Ley Nacional de Salud Mental. Nuestra revista publicó una edición especial en www.topia.com.ar con el título ¡No a la remanicomialización! con textos de Enrique Carpintero, Hernán Scorofitz, Carla Pierri y Nicolás Mileo, Valentina Zurieta, Malena Leone, Alberto Sava y Sebastián Soto-Lafoy.
Aquí sumamos este texto que sitúa y responde al uso malicioso del libro Vivir sin manicomios de Franco Rotellli, publicado por Topía. En la presentación del proyecto, la persona a cargo de la Dirección Nacional de Abordaje Integral de Salud Mental y Consumos Problemáticos citó esta publicación para fundamentar que la “desmanicomialización ha fracasado”.
El siguiente artículo no solo fundamenta el erróneo uso de esa cita, sino que demuestra que el problema no es la Ley Nacional de Salud Mental. La cuestión central es un sistema que necesita ser modificado. La propuesta solo promueve una contrarreforma que empeorará la salud mental: abandonar ese objetivo implica abandonar la perspectiva de Derechos Humanos, la subjetividad del paciente y el abordaje comunitario para regresar a un modelo de manicomialización.
Existe una tendencia a comparar los resultados del análisis a distancia con los del análisis realizado en un consultorio. La eficacia clínica de un análisis está en sus resultados. No es el método en sí mismo, sino la calidad psicoanalítica puesta en la tarea. La experiencia asimilada durante la reciente pandemia, en la que éste fue el único método posible, ayudó a legitimar el psicoanálisis a distancia, dejando atrás la idea de su carácter “provisorio” y trocándola por una cierta “naturalidad” respecto de analizarse a distancia.
La experiencia asimilada durante la reciente pandemia, en la que éste fue el único método posible, ayudó a legitimar el psicoanálisis a distancia.
Es célebre la frase freudiana que nos ha dicho en relación a ese momento clave del análisis que es la repetición en transferencia, que “nadie puede ser ajusticiado in absentia o in effigie”2. Hermosa definición que remite a locuciones latinas referidas a la justicia: la primera tiene que ver con llevar adelante un proceso sin la presencia física de la persona acusada, y la segunda remite a las condenas donde lo que se usaba para ajusticiar era una efigie, es decir, un muñeco u otro tipo de representación de la persona ausente. Lo cual nos habla de los límites de la representabilidad y de la necesidad de que la neurosis alcance una profundidad o intensidad donde la identidad de pensamiento no es suficiente, sino que requiere la identidad perceptiva para poder conmover algo de las mociones inconcientes en juego. Le da a estos actos que se repiten una entidad de presencia que no puede simplemente ser sustituida por la efigie de las asociaciones libres.
La transferencia, cuando reactualiza aquello que pide elaboración, pone en vilo el encuadre mismo, caminando por sus cornisas.
Durante años viví en una casa en pleno centro de Mar del Plata. Hoy, con casi un millón de habitantes, la ciudad tiene el ritmo de una metrópoli.
El garage de la casa -frente a una plaza y a una de las clínicas más importantes- parecía no existir, a pesar de tener colgado en el portón un cartel visible de “no estacionar” y el cordón pintado de amarillo, muy a menudo estacionaban autos en ese lugar vedado.
El problema no es que no haya palabras, sino que las palabras ya no nombran lo que dicen nombrar. Y este vaciamiento de sentido produce una imposibilidad de analizar lo que acontece.
Ante una crisis social, histórica y ecológica derivada de un modelo de consumo y depredación voraz, se evidencia un “(...) colapso a la vez psíquico, social y ambiental” (Fernández Savater, 2024, p.129) que agota cuerpos y vínculos. En este escenario, la ola reaccionaria y negacionista opera como una desmentida: el sujeto percibe la realidad traumática y su responsabilidad en las violencias (especialmente contra mujeres, infancias y grupos vulnerabilizados), pero actúa como si no existieran. Lo que estos sujetos no pueden tolerar de sí mismos -su capacidad de daño- lo expulsan fuera para proteger una integridad supuesta.
No es casual que el concepto de “estrago” se asocie instantáneamente a lo materno (el mito de la “madre destructiva” o “madre devoradora”), desviando así la atención de las negligencias, abandonos y violencias (abiertas o veladas) de los progenitores varones.
La familia, esa institución que desde el ideal es un lugar de contención y cuidado, también resulta ser un territorio fértil para el despliegue de conductas violentas. Por una parte, porque existen en ella relaciones asimétricas. La necesaria diferencia de roles que cada uno ocupa en virtud de la dependencia real de los hijos en los primeros tiempos de la vida, deja a los adultos en una zona de mayor poder respecto de los niños, niñas y adolescentes, pero también implica una mayor responsabilidad. Por otra parte, la vida familiar transcurre en el ámbito de lo que históricamente se ha construido como privado y sus miembros comparten intimidad.
Si la violencia es el ejercicio de poder en el sentido de someter o dominar al otro, la dependencia emocional y material de los hijos respecto de los adultos los ubica como blancos posibles de alguna forma de abuso de ese poder.
En este artículo quisiera transmitir aquello que la Interconsulta en un Hospital General como práctica de Salud Mental posibilita. Voy a recurrir para este fin al psicoanalista Fernando Ulloa quien desarrolló una manera peculiar de transmitir su práctica y que consistía en ciertas narraciones de sus vivencias en la disciplina y que plasmó en su libro Novela Clínica Psicoanalítica. Con el propósito de convertir la escucha en experiencia quería entonces compartirles las diferentes prácticas que hacen a la Interconsulta desde mi punto de vista, incluyendo también lo que nos atraviesa a aquellos que cotidianamente asistimos al “malestar” en el escenario hospitalario. Justamente la Interconsulta es sumergirse en historias, en narraciones, en angustias… en entrampamientos y salidas… Sin lugar a dudas es la práctica de Salud Mental que, afortunadamente, trabaja recorriendo gran parte de la institución hospitalaria. En general los pedidos de interconsulta que recibimos constituyen verdaderas encerronas trágicas, como conceptualizaba Ulloa. Se nos multiplican las situaciones donde no vemos claro y donde además parecería no haber salida.
Los pedidos de interconsulta que recibimos constituyen verdaderas encerronas trágicas, como conceptualizaba Ulloa. Se nos multiplican las situaciones donde no vemos claro y donde además parecería no haber salida.
En la sala 4 de internación, hay una habitación decorada con montañas de color rosa y verde. Triangulares y perfectas, cuando el sol las toca, ilumina las puntas salpicadas de motas blancas. En esa habitación, hace algunos años vivieron una niña pequeña y su madre quien, contra todos los pronósticos, se pronunció a favor de ser triángulo y salida.
La primera vez que tomé noticia de Jana, fue en esa habitación donde la montaña no era rosa sino de enojo. Un enojo casi ancestral metido debajo de la frazada que la cubría entera. No quería salir, menos hablar, menos verme.
En el servicio de psicopatología de un hospital suburbano, un chico triste le dice a su joven analista: “a mí nadie me tiene autoestima”. Se trata de una revelación extraordinaria, para el analista, claro. El chico le muestra la fragilidad del término “auto”. Que lo llamado “auto” proviene muchas veces desde afuera. El chico, que no leyó a George Berkeley, ya sabe que ser es ser percibido. Y que no ser percibido lastima al ser.
La realidad exterior, la del paciente, pero también del analista, sacude el consultorio y los libros de su biblioteca.
En la guardia de salud mental es habitual el ingreso de personas que son traídas por la policía contra su voluntad. A veces llegan con un familiar y otras veces en soledad. Vienen con un pedido de evaluación de “riesgo cierto e inminente para sí o para terceros”, en los términos de la Ley Nacional de Salud Mental. El hospital es el último recurso, el final del recorrido luego de un derrotero de fracasos e impotencia que ha dejado a su paso la ruptura de los lazos, la incredulidad de que algo pueda mejorar, el agotamiento del paciente y de su entorno. “Internado, preso o muerto”, repetía el familiar de un paciente, vislumbrando un futuro por demás desalentador. Las escenas de violencia, los gritos y movimientos descontrolados de la crisis de excitación psicomotriz, son el resultado de procesos que en ocasiones llevan mucho tiempo, incluso años.
¿Qué se esconde detrás de esos gritos y otras formas hostiles? ¿Cómo acceder a lo íntimo de una persona que se resiste al tratamiento? ¿Cómo localizar el punto de dolor que soporta un cuerpo tan desarmado que es difícil de apresar mediante la palabra?
El sentimiento de asco, habitualmente vinculado a la repulsión “involuntaria” hacia alimentos o situaciones percibidas -por su aspecto, olor o sabor- como sucias o desagradables, en la experiencia homoerótica se despliega como un fenómeno complejo y conflictivo que interroga las fronteras entre cuerpo, deseo y cultura. En particular, la sexualidad anal masculina, marcada a lo largo de la historia por una carga simbólica de perversión y suciedad, es un terreno donde se entrecruzan deseos, miedos y afectos contradictorios.
El sexo anal no es rechazado solo por lo que implica, sino por su asociación con la pasividad, percibida como amenaza a la integridad del yo masculino (patriarcal).
En este artículo postulo un espectro clínico de distintos cuadros que solemos abordar como entidades independientes: la angustia masiva (psicótica), la interpretación paranoide, la conspiranoia, la paranoia y el fanatismo. Al hacerlo, abandono las conceptualizaciones clásicas sobre la esencia de cada uno. Espero poder elucidar el hilván que percibo en estas cinco situaciones y la utilidad de esta nueva comprensión en la clínica.
Postulo un espectro clínico de distintos cuadros que solemos abordar como entidades independientes: la angustia masiva (psicótica), la interpretación paranoide, la conspiranoia, la paranoia y el fanatismo
Una paciente que hace varios años está en análisis dice: “yo no le caía bien a nadie, me rechazaban, me miraban mal, era así siempre, y yo sentía que dejaba de existir, ahora siento que sigo valiendo, existiendo. Nunca le interesé a los demás, sentía que no tengo que ser como soy…”
Esas construcciones psíquicas son modos de tornar pensables, narrables, situaciones traumáticas vividas tempranamente en la historia y que se repiten a lo largo de la vida en intentos frustros de metabolización
Luego de acompañar durante dos años a una orquesta de la ‘Red de Orquestas Barriales’ de la ciudad de Córdoba, a la que asisten niñxs y adolescentes que viven en la periferia, me interesa compartir algunas ideas conjugando conceptos de la salud mental y del psicoanálisis.
Estas orquestas funcionan como un espacio soporte de contratos inclusivos y de transformación subjetiva. El desafío en estos tiempos narcisistas y desiguales es apostar para que estos espacios autogestivos puedan sostenerse
Hoy nos preguntamos cómo pudo suceder que en una localidad de nuestro país un grupo de varones se animara a desfilar en el Carnaval portando carteles que festejaban y promocionaban la pedofilia. “Aguanten las menores”, “Dos besitos porque 3 se me para”.
Se sentían impunes, mientras desde el Poder se banaliza la violencia sexual contra infancias y adolescencias.
Cada agresión sexual tiene que ser leída como acción política conservadora de un orden en el que el Poder somete para intentar perpetuar una forma de ver el mundo a través de la cual los privilegios de los poderosos deben permanecer intactos, a cualquier precio.
Cuando a Mao Tse Tung le preguntaron qué pensaba de la Revolución Francesa contestó con un exceso de prudencia que todavía era prematuro sacar una conclusión. Es más que justificado responder lo mismo con respecto a las consecuencias de la pandemia de covid en la vida humana. Lo cierto es que la humanidad estuvo en peligro. La muerte circuló con su indiferente guadaña llevándose a alrededor de veinte millones de personas. Más que en la Primera Guerra Mundial y un poco menos que en la segunda. El General Covid mató sin piedad, sin odio, sin maldad y generó un terror colectivo que no se sabe aún qué herencia habrá dejado. Y por cuántas generaciones.
La pandemia y el crecimiento mundial y viral del fascismo han obligado a pensar una clínica del infortunio común. Una fortuna adversa que no reemplaza a lo neurótico, pero lo resignifica
Una querida paciente cuyo análisis se desarrolla de manera virtual por la distancia geográfica que nos separa, trae un sueño.
En el mismo, conversamos, lo hacemos a través de una pequeña ventana. Yo estoy ubicada afuera, y ella, adentro… El espacio en el que la charla discurre seguirá demostrando su significatividad con el paso de los meses, pero hoy no viene al caso. En esta ocasión en particular, ella habla mientras yo la escucho con atención. Se trata de algo importante y estamos ubicadas cada una de su lado, cara a cara.
En 2020 también nos dirigimos a los clásicos para revisar cómo se habían ido sorteando los cambios acaecidos en el pasaje del consultorio vienés del siglo XIX a espacios tan diversos como hospitales generales, gabinetes, campos de refugiados, ludotecas…
Todxs tenemos una historia para contar. Algunas de esas historias están llenas de muchos recuerdos, otras con algunos más chiquitos. Algunas historias están teñidas de momentos felices y otras no tanto. Pero todxs tenemos una historia para contar. Quienes por la suerte del azar de la vida contaron con personas a su alrededor para armar y transmitirles esa historia, tendrán el camino un poco allanado, pero ¿qué sucede con aquellos cuya historia se encuentra inaccesible por no tener quien le cuente dicho relato? ¿A dónde van a parar esas historias?
Intentaremos transmitir la historia de cómo dos psicólogas de un hospital público de la provincia de Buenos Aires, comenzaron a asistir al servicio de neonatología de dicha institución semana a semana en la búsqueda de historias para contar
El traumatismo colectivo nos atraviesa hasta las entrañas. En los cuerpos, en las guardias, en las internaciones, en las calles, en los consultorios, en los diferentes espacios.
En este texto buscaré herramientas en algunos momentos de la historia, precisaré algunos conceptos, para poder llegar a la propuesta de cómo tener dispositivos clínicos a la altura de este traumatismo “generalizado” (tal como lo define Enrique Carpintero) que vivimos.
Nos enfrentamos con procesos de desubjetivación que nos exigen, como entonces, la inteligencia y la imaginación colectiva para enfrentar este “traumatismo generalizado”
ADVERTENCIA: Lo que van a leer a continuación no es un relato convencional: es un intento de transmisión de un día cualquiera de trabajo en un hospital público de la Ciudad de Buenos Aires, sito entre Barracas y Constitución. Transcurre sin comas ni respiros y en tiempo real, lo cual puede generar mareos, náuseas, taquicardia y posibles huidas. Pero, ojalá quieran quedarse hasta el final porque, aunque no lo crean, hay recompensa.
No atropellada, no de un cáncer, ni siquiera por las venas taponadas de colesterol: voy a morir de institución, aplastada de demandas
EDITORIAL:Recuperar la vergüenza ética como fuerza de lo colectivo. Enrique Carpintero
DOSSIER: AFIANZAR LA ÉTICA DE LA ALTERIDAD Ramiro Gentile / Daniel Waisbrot / Eugenia Aptecar
Primera mención del Octavo Concurso Topía Ensayo Breve 2024/2025
2023. Marcelo Rodríguez
SEPARATA: POR QUÉ LA IZQUIERDA HOY. Entre la colonización algorítmica y una hibridación que respete la vida. Entrevista a Miguel Benasayag Alejandro Vainer
Columna: Lo puto no quita lo facho: cuando el otro deja de importar. Tom Máscolo
ÁREA CORPORAL: Todo dolor es sufrimiento. David Le Breton
Reflexiones sobre la propuesta de modificación de la Ley de Salud Mental ¿Reforma o gatopardismo? María Laura Lopez Rolandi
TOPÍA EN LA CLÍNICA: EL TRABAJO A DISTANCIA HOY Ricardo Carlino / Luciano Rodríguez Costa
DAR EN EL BLANCO: Hoy estoy que ni me entiendo. Relatos de un psicoanalista. Carlos D. Pérez
NOTA DE LOS EDITORES: La contrarreforma psiquiátrica avanza
Y también:Lucas Méndez / Alejandro Vainer / Tom Máscolo
Carla Delladonna (compiladora), Rocío Uceda (compiladora), Paulina Bais, María Sol Berti, Susana Di Pato, Marta Fernández Boccardo, Romina Gangemi, Maiara García Dalurzo, Bárbara Mariscotti, Agustín Micheletti, María Laura Peretti, Malena Robledo, Georgina Ruso Sierra